Durante cinco años, a principios del siglo XXI, en el restaurante AlNorte de Madrid celebramos más de cincuenta cenas-tertulia, en las que intervinieron más de trescientas personas de muy variados ámbitos.
La fórmula, desde la primera de ellas, fue siempre la misma. Reunir a un grupo de 20 a 30 personas, en una única gran mesa, mientras cenaban, para que hablaran sobre un tema conocido de antemano, sobre el que se habían enviado unas sugerencias de lo que podrían ser las cuestiones contretas a tratar.
Aunque con el tiempo se consolidaron como fijos una media docena de tertulianos, el resto de los que acudían cada mes a la convocatoria, no se conocían, en muchos casos, personalmente. Se apuntaban a la cena -que tenía lugar, en general, el primer lunes de mes- y se presentaban a las 21h en el restaurante.
Era entonces el momento de los saludos y el primer intercambio de cortesías, en una media hora que servía para dar tiempo a que los rezagados aparecieran. Resultaba curioso constatar que no pocos de los presentes, aunque estuvieran desempeñando parecidas funciones en organismos diferentes o trabajaran en empresas del sector o fueran miembros del claustro universitario (por exponer ejemplos reales), era la primera vez que se trataban directamente.
A las 21h30, todos estaban sentados, y habían sido estratégicamente colocados en la mesa, de forma que quienes tuvieran, en principio, más información o interés sobre los temas pudieran verse de frente y, en todo caso, que el moderador tuviera su situación controlada.
Entre los comensales había siempre (así se procuraba, al menos) una combinación de expertos en el tema, junto a simples interesados en él o curiosos. La concurrencia mezclaba ingenieros, sociólogos, médicos, abogados, gentes sin profesión conocida o virtuosos de otras disciplinas. Posiciones encontradas a veces, al principio; matizadas y comprendidas, al final, casi siempre.
Ninguno de los presentes estaba invitado a disfrutar «gratis» la cena, aunque algunos si lo eran a participar, porque el organizador entendía que era importante contar con su opinión. Nadie declinó jamás su asistencia y no se dió un solo caso en que, al acabar la cena, alguien se quejara.
Los platos que se servían formaban parte de la provocación a hablar, a intercambiar ideas: habían sido elegidos cuidadosamente, tanto en su descripción como en su contenido alimentario para que tuvieran relación con la materia que iba a ser objeto de discusión.
Pero la clave de las cenas tertulia a que me refiero era que no había un ponente, al que hubiera que escuuchar y hacer preguntas. Todos los asistentes lo eran. En una escala de opiniones que el moderador procuraba controlar, éste invitaba sucesivamente a los contertulios, con preguntas o afirmaciones concretas, a veces provocadoras, en otras, interfiriendo con su propia opinión, a que se manifestaran. Las intervenciones cruzadas eran frecuentes, aunque el tener que comer y hablar limitaba, con acierto, los pronunciamientos largos, obligando a que se condensaran.
La secuencia de servicio de los platos (aperitivos, entrada y principal, postre y café) era graduada por el moderador para que coincidiera, si era posible, con un cambio de ritmo en la tertulia, o con la opción de crear una nueva expectativa, o servir para disminuir, en su caso, la tensión que hubiera podido crearse.
A las dos horas de estar sentados en la mesa, la tertulia terminaba como tal. No había conclusiones. Tampoco el final oficial del encuentro suponía que los asistentes tuvieran que marcharse. Al contrario, en los últimos tres años, se abría paso a los juegos de magia, presentados con fino acierto, de acuerdo también con los temas tratados, por un contertulio que tenía esta afición como segunda profesión, y que duraban 20 a 30 minutos más, en un ambiente completamente relajado. (1)
Con las notas que había tomado durante la cena, el moderador realizaba la reseña, que se enviaba a los pocos días a los asistentes, para correcciones o modificaciones, antes de darle difusión en la web del restaurante.
Guardo esas reseñas como oro en paño. Son casi mil páginas de ideas, sugerencias, comentarios, y análisis de la sociedad española contemporánea, realizadas por quienes son sus verdaderos protagonistas; aunque en muchos casos, por circunstancias de la vida o por su misma modestia, puedan haber pasado por anónimos.
Pero eso ya sería otra historia.
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(1) Este Comentario está redactado en tercera persona y pretendía evitar citar nombres. Pero no sería justo dejar de expresar que el mago era el ingeniero de montes Rafael Ceballos Jiménez. De menor importancia es indicar que el moderador y organizador de las cenas tertulias era yo.
Porque para lanzar una idea así sirve cualquiera. Pero para llevarla a cabo y mantenerla hace falta contar con contertulios inteligentes, sabios, nobles y sinceros, y de esos, por fortuna, conté en todas esas cenas-tertulia.
Razón por la cual somos muchos las que las añoramos hoy en día, y pensamos que es una fórmula estupenda para que en este país se hable, se escuche, se contrasten ideas, sobre todo, entre los que saben y los que tienen responsabilidades. Y lo hagan, mientras cenan, evitando confrontaciones estériles y, en especial, recurrir a lugares comunes, a referencias baldías. Necesitamos tranquilidad e ideas, para avanzar.
