Como es seguramente conocido, muchas personas, cuando encuentran a alguien dispuesto a escucharles, le largan un interminable discurso, sin importarles que no tenga el más mínimo interés para su forzado interlocutor, que se limita, por lo general, a asentir de vez en cuando con la cabeza y a mirar a todos los lados, confiando en que suceda algo, aparezca otra persona o se produzca una explosión devastadora, que les libere del suplicio.
Margarita Sabihondilla ertenecía a ese grupo de personas, sino, más bien, al del lado contrario. Esto era así, porque siempre que alguien intentaba darle un consejo, contarle una anécdota, ofrecerle cualquier información, ella le cortaba diciendo:
-Eso ya me lo se.
Y otras veces, sin abundar en más explicaciones, se expresaba tajante con un:
-Eso no es así.
Si se atiende a tales manifestaciones, podría suponerse que Sabihondilla era un prodigio de sabiduría. Porque daba igual que se hablase del tiempo que posiblemente iría a hacer mañana, de la formación orogénica del cuaternario o de las dificultades para encontrar productos para diabéticos en el barrio, su comentario era siempre uno de estos dos:
-Eso ya me lo se/Eso no es así.
Con tales antecedentes, es comprensible de inmediato que los que la conocían se abstuvieran, salvo contadas excepciones, de darle información relevante alguna, pues, después de haberle comunicado la novedad de la que la querían hacer partícipes, era muy fastidioso encontrarse con que, por mucha ilusión que hubieran puesto en la comunicación de tal noticia, Sabihondilla la descabalgara con lo que parecía un desprecio absoluto.
-Eso ya me lo sabía.
Obviamente, Margarita Sabihondilla estaba lejos de ser ninguna capitana de entre los sabios y se acercaba, más bien, al lado de la necedad donde habitan los ignorantes supinos. Sus dos frases estereotipadas correspondían a una mezcla implosiva de timidez convulsiva y exacerbada petulancia, que le mantenía agarrotada desde muy niña la inteligencia emocional, como producto -casi con seguridad- de una educación ineficiente, que no se había esforzado en corregirle ese deformante vicio de la personalidad cuando había opciones de enderezarle la estrambótica chulería.
Un día del pasado otoño, encontrándose en el Africa subsahariana por mor de un safari fotográfico que había sido organizado por la Agrupación de Devotos de los Dogmas, a la que pertenecía como socia protectora de esta especie en extinción, el vehículo todoterreno que portaba a su grupo se estropeó y hubo de detenerse a punto de embocar un paso donde se podrían contemplar varios paquidermos, amén de algunos cocodrilos.
El conductor, que era también el guía del asunto, aconsejó vivamente a los turistas que se mantuvieran dentro del coche, y esperasen hasta que llegase el equipo de rescate con un nuevo vehículo, porque la zona era peligrosa debida a que era lugar de asentamiento de hipopótamos, que no toleraban intrusos.
Sabihondilla, que escuchó la advertencia, como los demás, no evitó comentar de inmediato la misma con una de sus dos frases favoritas: «Eso no es así» (lo pronunció, para ser exactos, en inglés: «That´s not true»). Pero, como estaba de vacaciones, se sintió cómoda para ser algo más explícita, apostillando:
-Lo se, porque en un cuento que me leía mi mamá cuando era niña, se contaba una historia muy tierna en la que un hipopótamo locuaz era su mejor amigo. (Esto ya lo dijo en español, porque sus conocimientos del idioma extranjero no le permitían grandes malabarismos idiomáticos).
De los otros siete turistas que ocupaban el coche, molestos como estaban por el inconveniente, cuando no, medio muertos de miedo, cuatro parecieron no entenderla, y otros dos, el que había estado dos veranos de vacaciones en España y la que había hecho un curso de Erasmus en Salamanca, la miraron estupefactos. Pero el séptimo de los integrantes de la expedición, catedrático de Metafísica Aplicada a las Artes Sutiles, que era natural colombiano, increpó a Sabihondilla con estas palabras.
-¿Qué tiene que ver un cuento infantil con la realidad? Lo que nos dice el guía es fruto de su propia experiencia y la de gentes entendidas como él, y lo que te leían de niña era solo el producto de la imaginación de quien lo escribió, contado para divertir.
-Eso no es así, -fue la réplica de Sabihondilla, la cual, por hallarse de vacaciones, completó con otras palabras-. Porque no se trataba de un cuento, sino de una historia verdadera. Recuerdo muy bien lo que mi madre me decía cuando me lo leyó, a los seis años de mi existencia: «Si alguna vez te encuentras con un grupo de hipopótamos, pregunta si alguno de ellos es el hipopótamo locuaz».
Tales cosas decía, mientras abría la puerta del todoterreno, y avanzaba, contra todo pronóstico, corriendo, hacia el grupo de hipopótamos que se divisaba en lontananza.
-¿Alguno de vosotros es el hipopótamo locuaz? ¿Podéis sacarnos de aquí?
El guía trató de detenerla, pero fue mala suerte que, al salir atropelladamente del vehículo, pisara mal con el pie izquierdo y se rompiera un hueso que llaman calcáneo, que además de lo mucho que duele, para el caso que aquí se refiere, le impidió caminar.
Los obedientes turistas, a pesar de reconocer que la situación era delicada, prefirieron no intervenir, pues nada bueno podría venirles de ello, pasara lo que pasara. Entre «era ya tarde para reaccionar» o «no había forma de detenerla en su loca determinación», discurrieron sus posteriores argumentos justificativos de la inacción.
Consultado el guía como testigo principal del posterior suceso, jura que Margarita Sabihondilla, mientras se alejaba, no cesaba de repetir, incluso en inglés, estas palabras:
-Are you there, Hypo Loquacious? ¿Estás ahí, hipopótamo locuaz? Do you undestand my language? ¿Entiendes mi idioma?
Fueron tales frases, seguidas de varios gritos desgarradores, las últimas señales audibles de aquella mujer singular. Afortunadamente, la lontananza a que nos hemos referido algo más arriba de este relato, estaba suficientemente alejada para que los extranjeros cazaimágenes selváticas que formaban la expedición no vieran exactamente lo que sucedió, aunque, intuyeron los resultantes efectos.
Fue una historia triste, que les amargó bastante el resto de las vacaciones. Y lo más lamentable es que Margarita Sabihondilla no tuvo ocasión de poner en práctica la enseñanza recibida de que todos los cuentos que, cuando niña, le refería su mamá para entretenerla, no eran ciencia. Alguien debería haber dicho a las claras que le quedaba mucho por aprender y que una forma segura de disminuir la ignorancia es tener en cuenta la experiencia de los demás.
FIN
