En primavera, las carreteras son el escenario de inmolación de algunos animales, que sucumben por amor: erizos, sapos, musarañas, zorros, … se cuentan a millares entre las víctimas de nuestra civilización, sometida a las prisas y al deseo de cambiar de lugar para buscar satisfacción fuera de lo que nos ocupa a diario.
Erizo Parsimonioso, Sapo Partero y Musaraña Calamitosa eran tres amigos circunstanciales que habían alcanzado la madurez sexual al mismo tiempo. Vivían en una zona agradable, pero en la que no había hembras a las que aparearse: las pocas que se encontraban en las proximidades, estaban todas ya comprometidas. Al otro lado de una autopista de mucho tráfico, sin embargo, presentían -era una mezcla indefinible de olores, sonidos y agradables sospechas- que encontrarían respuesta a la llamada persistente de su naturaleza, que les impulsaba a satisfacer el instinto de procrear, una fuerza poderosa, incontenible y, por el momento, no saciada.
-Tenemos que cruzar -comunicó Parsimonioso a Calamitosa.. Estoy seguro que allá, al otro lado, hay quien responderá a nuestra llamada.
-No te digo que no -replicó Calamitosa, moviendo sus bigotes con honda preocupación-. Solo que, cada vez que me asomo al borde de esa carretera, me deslumbra un tropel de luces que me aturden, y me da mucho miedo que los veloces animales que circulan por ella no se detengan a nuestro paso.
-Es cierto -se incorporó Partero a la conversación-. Mi amigo Gato Montaraz falleció el otro día, al intentar atravesar ese río de maldición. Su cadáver, convertido en mojama lamentable, puede verse desde aquí. Y él era veloz como un rayo, por lo que no es difícil deducir que nosotros, siendo menos ágiles, seremos pasto fácil de la horda veloz.
-¿Vamos a quedarnos solteros? -argumentó Parsimonioso- No será ese mi destino. Tengo ganas irrefrenables de transmitir mis genes y está claro que a este lado de la vorágine me quedaré virgen, lo que no me satisface en absoluto.
-¿Qué podemos hacer? -se preguntó Partero-. Yo también siento el mismo deseo, o aún superior. Cuando oigo que mi croar es respondido con fruición desde lo que imagino es una charca al otro lado, mis carnes se me abren y si me he contenido hasta ahora es a fuerza de hincharme hasta casi reventar, y temo que cualquier día explote de deseo no satisfecho.
Sopesando pros y contras, incapaces de solucionar por otras vías la inquietud que dominaba todos sus pensamientos primaverales, tomaron la decisión de hacer de tripas, corazón, y lanzarse a la aventura de cruzar al otro lado.
El momento elegido fue una noche clara, con una luna esplendorosa. Estuvieron aguardando un rato, contando mentalmente la frecuencia con la que pasaban, veloces, lo que creían animales superiores, bramando con sus ojos fulgentes, siguiendo un destino que, suponían, también les conduciría a aquellos por impulso de la llamada del amor, hacia otras regiones en las que morarían las hembras de su especie.
-¡Ya! -gritó Partero, y fue el primero en dar un salto, tan grande como pudo con sus ancas encogidas al máximo.
Un monstruo de gran envergadura le pasó rozando, pero pudo dar un segundo salto, y un tercero. Se encontraba ya a uno o dos metros de donde había partido.
-¡Voy! -exclamó Parsimonioso, arrastrando sus patas lo más rápido que pudo, encrespando su cuerpo para dejar ver sus aguzadas espinas, en la confianza -inocente- de que provocara algún temor entre los que surgían de las sombras.
-¡No seré menos! -se animó a sí mismo, Calamitosa, empezando un periplo en zigzag con el que creía tener más opciones de salir indemne de aquel bombardeo de bólidos fugaces.
A la mañana siguiente, dos cuervos encontraron los cuerpos de los tres amigos, despanzurrados sin piedad. Mientras se alimentaban de los despojos, sin temor ante los vehículos que pasaban, a los que esquivaban sin problemas con ligeros aleteos, comentaron entre sí:
-Tenemos que agradecer a la primavera que haya alterado el sentido común de tantas especies, haciéndolas creer que al otro lado de esta carretera hay consuelo para sus deseos. Mi camada crece fuerte y robusta.
-Sí, así también la mía -contestó el otro, algo más negro de pelaje-. Gracias a estos animales veloces que tienen un caminar tan previsible, nuestra especie mejora con los años, y se extiende hasta poblar todo el orbe, tal como han predicho nuestros libros sagrados.
Y se fueron, tan campantes, llevando en sus picos algunos trozos de Calamitosa, Parsimoniosa y Partero, realmente complacidos de lo bien que les iban las cosas.
FIN
