Ganó Pedro Sánchez las elecciones internas para militantes en el Partido Socialista español. Lo consiguió en una dura pugna contra la candidata andaluza, Susana Díaz, que, al parecer, representaba la recuperación del control por la gerontocracia del partido, y todo se llevó a cabo bajo la observación terciaria de Patxi López, que se esforzó en representar las quintaesencias de una socialdemocracia tan rancia como entrañable.
Hemos estado siendo bombardeados por los exégetas con multitud de cábalas, y extracción de consecuencias según los posibles resultados y análisis fino y grosero de lo que había detrás de cada una de las facciones de lo que otrora fue la alternativa a la gran potencia atractiva de la derecha española.
Creo que Sánchez es, y coincido con los que hablan desde la nostalgia por recuperar la capacidad de convicción de la socialdemocracia, la mejor alternativa de las que se presentaban a la elección. Díaz solo ganó en Andalucía -que mantiene la tercera parte de la militancia- y López solo en el País Vasco, lo que demuestra el poder de la simpatía territorial para un partido que aspira a seguir representándonos a todos los españoles a los que nos apetece, de vez en cuando, probar un aire fresco desde las ventanas de la izquierda.
Pero la elección de Sánchez por la militancia del PSOE no tiene nada que ver con ganar unas votaciones generales. Sus exigüos 50.000 votos de gentes con carnet no son la proyección de los deseos de los 10 u 11 millones de españoles que deberían elegir PSOE en la casilla, cuando nos llamen a todos a las urnas. En mi opinión, la calamitosa escenificación de esas primarias socialistas ha provocado un mayor espanto en las posibles inclinaciones por votarlos como alternativa.
Por supuesto, el asunto no tiene nada que ver con Sánchez, al contrario. Ese Sánchez resurgido desde sus vaivenes anteriores, y como él mismo confiesa, ha aprendido. Su simpatía personal, el gusto patrio por los que han sido vencidos y vuelven con heridas al tatami, ha sido superior al alcance que podía esperar de su programa que, como no se cansa de decir Josep Borrel -dice éste que lo ha elaborado en lo fundamental- existe y es interesante.
Pues, a trabajar. Que Sánchez y los que le queden como suyos, dejen de mirar a derecha e izquierda (en caso, este último, que el magnífico manejo del martillo por parte de Iglesias pueda asociarse a una ideología) y difundan, con honesta seriedad, lo que van a hacer cuando obtengan el gobierno. Lo que no veo imposible, sino heroico.
Una avefría surca, asustada, el cielo castellano, dando gritos de advertencia y temor ante el intruso. En el suelo, con su penacho, son inconfundibles. En el aire, sino se las ha visto elevar el vuelo (siempre en tropel) desde la laguna en donde anidan, sus características diferenciadoras son más difíciles de detectar.

