¿Quién no se ha encerrado -de niño o de adulto- en el cuarto de baño para obtener un momento de «intimidad»? ¿Qué es, en realidad, lo íntimo? ¿Es la intimidad la sensación de encontrarse aislado de todo y de todos, protegido aparentemente -aunque solo sea durante unos instantes- del bombardeo de obligaciones, deberes, interferencias, disciplinas?
Liberarse de las ataduras laborales, familiares o sociales, por minutos, días, meses o para el resto de nuestra vida -es decir, ser otro, cambiar el tino, cargar las baterías con la ilusión de que borramos los problemas- no tiene que ver con la intimidad, sino con la necesidad de tomar distancia respecto a lo que nos angustia o preocupa, para mirarlo de otra forma.
Si atendemos a lo que cada uno cree que es la intimidad y su extensión, nos encontraremos rápidamente con que el concepto de lo íntimo no tiene la misma extensión para todos. Si nos referimos a la intimidad física, que es la primera referencia que suele venir a la mente, el recato al respecto de mostrar nuestro cuerpo desnudo varía con el contexto social y, dentro de él, con la edad y con la situación emocional, la actividad que nos encontremos realizando y, no en última instancia, con nuestro estado de salud.
También depende de que lo sintamos como hermoso o no, porque no deseamos presentar un flanco vulnerable ante los demás, tampoco en lo físico.
En lo práctico, resulta que las interferencias sobre la intimidad física pueden ser importantes, si hemos sido privados en parte de libertad ambulatoria y nuestra capacidad de decisión respecto al qué hacer se encuentra disminuida (por ejemplo, estamos presos, en una zona de guerra, en un convento, e incluso, en el trabajo, especialmente si se trata de una tarea vinculada a una máquina o a un proceso productivo en cadena del que formamos parte).
Pero las restricciones a la intimidad que másinteresa considerar son las psíquicas. Nos jactamos inocentemente de que nuestro pensamiento no podrá ser controlado, que somos libres para imaginar o maquinar desde la trastienda de nuestro cerebro, y que nadie puede intervenir sobre esa capacidad.
Estamos equivocados. La intimidad -tanto la física como la psíquica- ha quedado reducida a una ilusión. El espacio de libertad del yo es una quimera, y lo construimos mediante la selección, llena de condicionantes, de lo que podemos, dentro de lo que nos gusta, y de lo que nos imponen pero no nos gusta, de un escaparate de opciones, que acaba conformando nuestra específica personalidad, lo que entendemos que es nuestro yo.
Nuestro ADN tendrá dos expresiones, la física y la psiquica, pero el ser diferenciables no nos hará originales. Si despojamos de hojarasca lo que somos, eliminando aquello en lo que tenemos coincidencia con cualquier otro, nos encontraremos que somos una combinación de opciones, probablemente idéntica a la que algunos otros, vivos o muertos, han adoptado para ser,
Porque la originalidad, eso es ya otra casa.Una anomalía cósmica, un misterio por descifrar.

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