(En el escenario a semioscuras, se ve la carcasa de un aparato de televisión sobre una mesa con ruedecillas. Por un lateral, aparece, con gesto cansado, el Rey Felipe VI. Se sitúa detrás de la mesita y, moviéndose ligeramente a un lado y a otro, incluso sacando los brazos fuera de la carcasa, ajusta su colocación con parsimonia.
Cuando está satisfecho con el resultado de la operación, Felipe VI extrae unos papeles algo arrugados del bolsillo, se cala las gafas que necesita para compensar su incipiente presbicia, y mira al frente. En ese momento, se encienden más luces, y descubrimos, en el lateral contrario a aquel por donde apareció el Rey, a la Reina Doña Leticia, sentada sobre unas maletas de viaje.
Felipe VI lee con voz timbrada, guardando las pausas; de vez en cuando, utiliza una petaca de la que bebe un líquido no identificado)
-Buenos días a todos. Me corresponde, como hacían mi padre y su antecesor en la Jefatura de Estado, dar un mensaje de Navidad en estas fiestas entrañables. Se trata, como bien sabéis, de ser proactivo y amable, repitiendo cuatro o cinco ideas de esas sin el menor interés, por su obviedad manifiesta. Por ejemplo, animando a que seáis solidarios, a recordar que si estamos juntos podemos superar cualquier dificultad, y expresando que todos somos iguales ante la ley, la democracia y las oportunidades de la vida.
Pues bien. En estos meses que llevo haciendo de Rey, me he dado cuenta de que se estaba mucho mejor haciendo de Príncipe de Asturias. Viajaba mucho, tanto de placer como para asistir a las investiduras de presidentes de antiguas colonias, asistía a fiestas de incógnito o con otros miembros de familias reales, y entregaba una vez año unos premios con mi nombre -con mi nombre- a algunos compatriotas, junto a personajes que habían sido galardonados con el Nobel o estaban a punto de serlo en la próxima convocatoria.
Pero no solo eso, la Reina Doña Leticia también ha sacado sus propias consecuencias de este tiempo. Me dice que estaba muchísimo mejor siendo periodista del montón, nieta de taxista y locutora, e incluso, cuando estaba divorciada y se reunía de vacaciones con sus amigos en Asturias para comer oricios, regarlos con sidra y cantar Patria querida. Ella, que viene de por ahí, de por donde vosotros, me anima a que nos comportemos como tipos normales, sin pasarse, claro, permaneciendo más o menos de buena familia, sin que tengamos que disfrazarnos para tratar de pasar desapercibidos en la calle. Me apetece, incluso, ponerme de vez en cuando la camiseta con la inscripción CR que me regaló Florentino, irme algún fin de semana en tren a Alicante con el taper de tortilla y las niñas, y hasta debe tener su puntillo hacer la cola del paro por las mañanas y una chapucilla, para ir tirando, por las tardes.
La verdad, cuando no puedo dormir por la noche, la idea de mandarlo todo a la porra, me mola cantidad. ¿Qué hice yo para tener que representar la unidad de España? ¿Qué diablos es eso? He asistido a algunas reuniones del Consejo de Ministros y leo todos los días las notas de prensa que me recorta y clasifica la Reina, que de eso sabe un montón, y me doy cuenta de que los problemas que tiene el país son de una complejidad abrumadora. No es que sean superiores a los de otros países, es que hay demasiada gente encargada de complicarlos todo lo posible cada día. Y lo hacen con tanto empeño, con tanta devoción, que el único punto de acuerdo al que es posible que lleguen es que no tienen solución, y solo consiguen calentarse recíprocamente las cabezas.
A esta situación general, se añaden las cuestiones personales. Mi padre, que tiene los achaques propios de su edad, se encuentra en paradero desconocido, negociando no se qué, por lo que me cuentan, con la que fue su amante durante las últimas décadas. Mi madre, está buscando casa con terreno en la campiña griega, para retirarse a cuidar allí, junto a mis helénicos tíos, los toros de lidia que pueda salvar de su cruel destino en plazas españolas. Mi hermana mayor, separada del padre de sus hijos, con un exigüo peculio, trata de rehacer su vida como puede a la caza de algún candidato con posibles. La pequeña me ha dicho que vendrá a vivir con nosotros, pues su casa va a ser embargada, porque un juez rencoroso con la élite quiere saber de dónde sacó el dinero su marido, pues no se cree que alguien pueda hacerse rico por el solo hecho de pertenecer a la familia real, como siempre ha sido desde que el mundo es mundo.
Todo esto que ya sabéis por los periódicos, no tiene nada de particular. Si no en todas las familias, pasa en algunas de ellas, y solo basta leer el Hola, para estar de acuerdo en que las familias de la aristocracia y de la farándula en general, andan por los mismos andurriales a cada poco.
Pero lo que ha colmado el vaso de mi paciencia es que, según las encuestas vienen reflejando, soy el más popular de los personajes públicos relacionados con la política -es evidente que hay que sacar fuera de las estadísticas a los que se dedican al fútbol o a la canción melódica-. Hasta ahí, bien. Lo que sucede es que me dicen, también, que la gran mayoría de vosotros sois republicanos.
Esto supondría que, si se os dejara libres, tendríais como forma de gobierno una República, y desearíais que me presentara a las elecciones para la jefatura del estado o del Gobierno. Y eso sí que no. ¿Competir yo, que he sido formado en las mejores Universidades del mundo, que hablo impecablemente cuatro idiomas, que he hecho la carrera militar en todos los ejércitos, que se pilotar aviones y tanques, que mido más de dos metros, etc. con cabezas de lista de los partidos políticos?
No quiero poner ejemplos, para no encrespar los ánimos de nadie. Jamás he ido a una reunión, que no fuera de vacaciones, en camisa; nunca me visteis levantar la voz en una comparecencia pública; jamás he emitido una opinión contra nadie; me tragué lo que pensaba de todo lo que sucedió a mi alrededor; etc.
He releído la historia del Rey Amadeo, y me volvió a impresionar mucho. Tanto que, concluyo, para no cansaros.
Ahí os quedáis. Leticia, las niñas y yo, nos vamos. A un lugar secreto, y para siempre.»
(Se van las luces del escenario. Felipe saca el cuerpo de detrás de la carcasa, se acerca a Leticia y salen con las maletas, mientras suena una música celestial, o algo parecido)

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