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A Garcilaso
Con las mismas rimas de su Soneto
“Un rayo se levanta mi esperanza”
Nos dan con el bromuro la esperanza
tan pronto nos hayamos levantado
pero siendo la vejez el mayor grado
yo pongo en mi tazón la desconfianza.
Tiempo no es de templanzas ni mudanza
y estoy para soflamas muy cansado;
ruego que, tomando nota de mi estado,
me despierten si llega la bonanza.
A no estorbar, me cruzaré de brazos;
que, si por mala maña algo rompiera,
no culpen que el cacumen tengo espeso.
Causará reclusión más embarazos,
y antes que el niño elija lo que quiera
al can se entretendrá royendo un hueso.
2 de mayo de 2020
(@angelmanuelarias, Sonetos desde la crisis)
Este dibujo, que dio pie a otros varios y a alguna pintura de mayor formato al óleo y acrílico, se titula «La madre de John en su laberinto», y forma parte de una de las doce láminas que incorporé al libro Sonetos desde el Hospital (Angel Manuel Arias, 2019).
El título y la realización parecen crípticos, pero su origen e intención tienen referencias concretas. El dibujo básico, bastante complejo, lo realicé una noche durante una estancia en San Juan de Puerto Rico, en la curiosa pensión que la madre de John, a quien me habían presentado aquél mismo día, regentaba en la capital del Estado asociado. Yo tenía ya, obviamente, reservada habitación en un hotel, pero acepté la invitación del tal John para conocer «la más hermosa casa de San Juan», en donde su mamá ofrecía habitaciones para huéspedes.
La madre de John era uno de esos personajes curiosos, enigmáticos, polifacéticos e inasibles que alguna vez nos encontramos en la vida, los que ya hemos recorrido mucha. Tenía una ágil conversación y mantenía una alta capacidad seductora, con la palabra, los gestos y los restos vivos de una belleza que tuvo que ser esplendente. En un momento dado, para apoyar la idea que había servido a la creación de su hospedería, quiso enseñarme las habitaciones de la misma, que decía había decorado de acuerdo con la percepción, inclinaciones y gustos de los clientes, en caso de que fueran (como así eran la mayoría), habitantes de larga duración de aquel misterioso negocio.
Algunos de los cuartos estaban ocupados en aquel momento, y la apertura de las puertas de sus recintos, dejaba al descubierto sus intimidades. No estoy seguro de no haber soñado lo que pasó aquel día. Pero cuando volví, ya de madrugada, a pesar de estar cansado y algo espeso, no pude contenerme, y estuve dibujando durante más de una hora, las sensaciones que me había levantado «la madre de John en su laberinto»,


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