A los diecisiete días de la invasión rusa de Ucrania, son muchas las derivas de este conflicto iniciado por el sátrapa Vladimir Putin y su equipo del Kremlin, Desde luego, el elemento sustancial de este baldón en la Historia de la Humanidad, es la agresión criminal de un Estado con ambiciones imperialistas a un Estado soberano, libre y con una calidad democrática muy superior a la del invasor.
Esta inconcecible vuelta a la barbarie esclavista sucede cuando creíamos -al menos, desde nuestras gafas de visión limitada occidental- que estábamos avanzando velozmente en un mundo globalizado, tecnológicamente muy capaz y en el que los derechos más básicos, aunque con algunas deficiencias, resultaban respetados por todas las naciones. Hoy lamentamos que ese juguete de autocomplacencia se nos ha ido por los aires.
La guerra en Ucrania sigue, porque la invasión no solo no cede, sino que la defensa de los ucranianos de su país se ha consolidado a niveles heroicos. La ayuda internacional en armamento y apoyo logístico ha aumentado, desde unos primeros momentos de indecisión y, aunque siguen existiendo graves reticencias para proporcionar desde los países de la OTAN dispositivos bélicos que puedan permitir un mejor equilibrio de fuerzas, el desequilibrio entre los dos bandos combatientes es notorio.
Es casi inexplicable, salvo por la intención perversa de machacar sistemáticamente cualquier oposición y dejar tierra quemada en Ucrania, que Rusia no se haya hecho ya con el control. Los avances de las fuerzas armadas rusas, cuando se observan sobre el terreno como una mancha de sangre, destrucción y dolor que se propaga por Ucrania, son tan angustiosamente lentos, tan devastadores, que no me atrevo a asignárselos (aunque quisiera) solo a la capacidad de resistencia, sacrificio y valor de los ucranianos; porque no puedo ignorar que el Estado asolado carecía de un Ejército de entidad y la inmensa mayoría de los que luchan del lado del invadido, hace un mes no sabían manejar un arma.
Una consecuencia tremenda del conflicto, que nos afecta a todos, y que, en olas de solidaridad y afecto, surgidas de forma espontánea, han avanzado por la Unión Europea, es la acogida a refugiados. Son ya más de tres millones de personas, básicamente mujeres, ancianos y niños, porque los hombres se han quedado en los frentes. A España también están llegando algunas de estas familias, que han perdido absolutamente todo. Polonia es, con distancia, el país que más refugiados ucranianos ha acogido, por proximidad al conflicto. Un conflicto que, por ese calculado incremento de presión sobre la OTAN del megalómano director de la invasión, está ya muy cerca de activar el compromiso de defensa de la OTAN si se amenaza a un Estado de la Alianza.
El entusiasmo por ayudar, de dar salida al deseo de ofrecer cooperación desde el burladero de la guerra a los ucranianos, mezclada con la indignación y la rabia, no debería hacer olvidar que esa colaboración tiene que realizarse de forma ordenada. Muchos españoles han llevado víveres, ropa, material de primera necesidad y farmacos, a centros de recogida para Ucrania y no son pocos los ucranianos residentes aquí que, acompañados con frecuencia de españoles, han hecho o están haciendo los más de dos mil kilómetros (casi tres mil desde los puntos más distantes de la frontera polaca), para llevar esa ayuda a centros próximos a la zona de guerra para que se los hagan llegar directamente a los desplazados a la frontera de Polonia o a puntos del conflicto.
Han empezado a llegar familias rotas ucranias que lo han dejado todo atrás, salvo el dolor de haber sufrido el arranque brusco de la tranquilidad y tal vez de forma definitiva. Hay mucho frío en este invierno en la zona. Los desplazados han tenido que soportar, con las prendas de abrigo recogidas de manera veloz y el impulso desgarrado de su dolor, condiciones durísimas, inimaginables desde nuestros asientos de confort.
Las ONGs especializadas en ayuda humanitaria y, también, portavoces del Ministerio responsable de Migración y ayuda a refugiados, advierten de la necesidad de poner orden a estas entradas, de momento realizadas de manera no reglada, espontánea y con riesgo de entrar en caos. Los trabajadores sociales están tratando de dar cobertura afectiva, pero también orientación válidad a esos recién llegados.
Toman sus datos básicos, les dan el primer apoyo, se interesan sobre si cuentan con redes aquí en España y tratan de concretar sus necesidades. Tienen autorización para estar tres meses sin permiso de residencia, pero precisarán al cabo de ese tiempo, saber si cuentan con un trabajo con garantías de estabilidad, si los niños que les acompañan pueden ser escolarizados y, por supuesto, dónde residir. Si valoramos además que la gran mayoría no conocen el idioma, podemos darnos alguna cuenta de la dimensión del problema.
No son refugiados, tienen el Estatuto de protección temporal, porque oficialmente se cree que la guera terminará pronto. Lo que no terminará en años, aunque la demencial agresión finalice, es el dolor y la desolación causados. Ni la necesidad de reflexionar con absoluta seriedad y profundidad por qué nos ha explotado esta bomba en nuestras manos.


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