Reconozcámoslo. Las especulaciones en torno a las causas que llevaron a un avión Airbus de una compañía de bajo coste a estrellarse en los Alpes han dejado al descubierto muchas de nuestras debilidades. Colectivas, pero también individuales.
Por si aún no nos habíamos dado cuenta, queda demostrado, casi sin réplica posible, que nos hemos vuelto muy vulnerables.
Tan pronto como se difundió -fundamentalmente, a través de las redes sociales- que un aparato que hacía el vuelo entre Barcelona y Madrid se había estrellado, las televisiones y emisoras con más medios (ruego que el lector entienda el juego de palabras. en referencia a lo mediático, es decir a lo que resulta rentable) se dedicaron con ahínco a desflorar la noticia, en todas las direcciones posibles.
Exprimían nuestro morbo, nuestra ignorancia casi supina y, por supuesto, nuestro miedo al otro.
No se descarta ninguna opción, fue el mantra al que se acogieron los portavoces oficiales desde el inicio del crecimiento de la bola de nieve, mientras la rueda de la imaginación giraba, frenética.
a) Podía tratarse de un nuevo acto de terrorismo islámico. ¿No estamos permanentemente amenazados por esa fuerza oscura que consigue la inmolación de sus creyentes, llevados hasta el fanatismo, en una permanente guerra santa contra infieles, partidarios menos ortodoxos de su doctrina, religión desconocida de la que la mayoría opina, sin entender a profundidades, niveles ni matices, que «necesita un hervor», o que «es una adulteración ingenua del mensaje cristiano»?
b) Podría deberse a uh fallo técnico, porque nos han enseñado a desconfiar de todo lo que no entendemos. El avión era ya viejo (tenía 20 años), o bien que, a pesar de haber sido revisado recientemente (¡el día anterior!) no lo hubieran hecho a conciencia (¡Horror! ¿Podría haberse tratado de una inspección en Barcelona?…Por fortuna, el debate apasionante sobre el verdadero estado tecnológico intraeuropeo y sus diferencias, no llegó a abrirse, porque se indicó justo a tiempo que la revisión se había realizado en Düsseldorf. Así que la alta tecnología alemana hubiera sido la culpable de cualquier error supervisor.
c) Pero podría haber sido un fallo de concepción del modelo mismo. El Airbus, esa apuesta europea para competir con la tecnología norteamericana, quizá no estaba tan bien concebido como la práctica venía demostrando. O quizá, a pesar de la pretendida seguridad de este medio de transporte (hay que apresurarse a decir que tenían que caer un par de centenares de aviones para que empeoraran significativamente los ratios de solvencia del transporte aéreo, cuyos índices de fiabilidad parecen mantenerse firmes como rocas), convendría recordar que había algunos accidentes de Airbus provocados por fallos misteriosos.
Se añadieron otros ingredientes para mayor patetismo, mientras el reloj de los hecho ajenos se paralizaba. No había inanición en Somalia ni guerras en Sudán, ni crisis en Grecia, ni parados en España, ni cajas B, ni inacción en cientos de conflictos. Los representantes a máximo nivel de tres de los poblaciones a las que pertenecía el grueso de las víctimas, decidieron ponerse de acuerdo para hacer turismo en los Alpes, acercándose, cuanto pudieron, al lugar del accidente.
Todos los que fueron solicitados de opinión, coincidieron con solidarizarse con las víctimas (es decir, con los muertos), estar consternados por la noticia, ser prudentes acerca de las razones del accidente. Los expertos consultados ilustraron al pueblo llano acerca de cómo funcionan los mandos automáticos de una aeronave moderna, del tiempo que hacía y hará en los Alpes y en esa zona concreta, del esfuerzo para tratar los traumas de los familiares, etc., y los testigos -incluso a decenas de kilómetros del lugar inaccesible en el corazón de la tragedia- hablaron de ruidos, explosiones, normalidad, nieve, dificultades, silencios-.
Se habilitaron carpas para periodistas, acompañantes, curiosos, políticos, familias de las víctimas, rescatadores, alpinistas, policías, sicólogos, etc.
El tiempo seguía parado, mientras sabíamos ya mucho de la naturaleza de los ocupantes del avión; habíamos precisado con imaginativa concisión lo que había sucedido en los ocho o nueve minutos de caída suave del avión hasta su encuentro con la rota. Se habían ya mantenido, decretado o solicitado miles, millones de minutos de silencio en escuelas, centros públicos, sedes empresariales o deportivas.
Hasta que apareció Andreas Lubitz. Veintisiete años, alemán, copiloto, con solo 600 horas de vuelo, tal vez en una parte importante en un simulador o como acompañante de cabina. La caja negra del avión siniestrado no registraba su voz, sino las órdenes del comandante del Airbus, de los controladores, los gritos de los pasajeros, los golpes dados con los puños, con a saber qué instrumentos, para tratar de abrir la puerta que el joven había cerrado desde dentro, aplicando las claves que impedían, por estrictas medidas de seguridad, abrirlas desde fuera.
El desentrañamiento de los hechos, de su responsable, nos desvela una metáfora/realidad muy intranquilizadora. Pretendíamos defendernos del terrorismo exterior, dando las llaves de nuestra seguridad a los que estaban dentro, en el núcleo del sistema, a los que deberían pilotarnos a nuestro destino, y resulta que entre ellos también hay terroristas.
Porque, aunque se nos pretende convencer de lo contrario, el suceso por el que un avión Airbus, fue estrellado por un terrorista. Alguien que, en lugar de suicidarse con un tiro en la sien, o arrojándose al paso de un convoy, decidió que le acompañaran 149 personas en su inmolación. 149 ajenos a su propósito.
Lo del móvil particular de Andreas es lo de menos. Los medios seguirán especulando, habrá alimentación para rato con más especulaciones y análisis inanes. Lo importante, para mí al menos, es que no la amenaza proviene también de los que están elegidos para protegernos. Y los medios de seguridad que hemos ideado contra un peligro teórico exterior, son los que nos impiden acceder a la cabina de mando para desconectar el sistema previsto cuando algo va mal.
Qué relato salvaje, que historia más verdadera. Qué enseñanza para entender que hay que desconfiar de todo el mundo, del vecino apacible, del experto sonriente, del político sagaz. El enemigo vive con nosotros.
Y es, en mi opinión, nuestra creciente incapacidad para protegernos del otro, ignorándolo. Ignorando todo lo que sucede alrededor, hasta que, de pronto, se nos descubre el velo por el que deberíamos entender que, en lugar de desviar nuestra mirada para no chocar con la del otro, sería conveniente que nos miráramos a los ojos.

Magnifico Angel. Cada día hay que asustarse por lo que deciden los medios, y no por nada más. Es que no nos enteramos.