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Perdiendo el tiempo

6 febrero, 2020 By amarias 2 comentarios

El 6 de febrero de 2020, se reunieron el Presidente de Gobierno Pedro Sánchez y Joaquín (Quim) Torra,  inhabilitado  como President de la Generalitat (a la espera de que el Tribunal Supremo resuelva sobre su recurso) por sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña.

Nadie puede dudar que esa escenificación es consecuencia del pacto del PSOE-Unidas-Podemos con ERC para facilitar la investidura de Sánchez. Había que aparentar que se abría un período de diálogo con los separatistas catalanes, que tienen secuestrado el gobierno de la muy querida, y valiosa, región y que se hayan empecinados en conseguir lo imposible: la declaración de la independencia de Cataluña y la libertad para los presos políticos, reos de sedición y malversación; en el paquete se incluye el levantamiento de la orden de extradición para el fugado Puigdemón y compañeros que han preferido armar bulla desde el otro lado de la frontera en lugar de someterse al veredicto de la justicia.

Las declaraciones posteriores de Sánchez y Torra han puesto de manifiesto que la reunión no ha servido para nada, salvo -claro- para volver a dar visibilidad y cancha verbal a un especialista en vulnerar las normas del derecho y de la convivencia, amparándose en la debilidad del ejecutivo español y la existencia de una cuerda (o ronzal) que liga la estabilidad del gobierno de coalición a los representantes de la izquierda republicana catalanista. Un partido, el ERC, que no tiene empacho, abusando de la tolerancia de nuestras instituciones y de un mal entendido respeto de los demócratas a los disidentes, en expresar, en un comunicado que trasciende vileza, que no aceptan la Monarquía (la más abierta y mejor cualificada del mundo en este momento) ni la propia Cámara como forma de representación del Estado autonómico.

No perdamos el tiempo. Tenemos en España cosas mucho más importantes, y urgentes, que atender a reclamaciones ilegítimas e ilegales. Concéntrese el Gobierno en solucionar, por ejemplo, el problema agrario (que ha estallado estos días con crudeza, poniendo de manifiesto que las importaciones bajo coste gustarán al consumidor pero hunden al campesino y al ganadero, con ello, generan aún más desempleo) y que la cadena de distribución está mal construida y que, por si no bastara, se está subvencionando a productores del exterior, dejando sin protección a los locales. He venido denunciando en este blog que, por ejemplo, las lentejas y los garbanzos -¡incluso bajo el nombre de la Asturiana!- provienen de Estados Unidos y Canadá, que los espárragos «cojonudos» de Tudela son peruanos o chinos y, en fin, que la mantequilla holandesa se vende a mitad de precio que la asturiana, gallega o cántabra.

Tenemos un problema muy grave, sí: Que el gobierno (éste y los anteriores) trabaja para la galería, en lugar de atender a la acción callada, profesional y seria. El incidente del avión de Air Canadá en el aeropuerto Adolfo Suárez (Barajas) ha puesto de manifiesto que, por fortuna, hay una España que estudia, aprende bien, sabe, actúa. No busca la publicidad, sino actuar correctamente ante los problemas. Se la está presionando demasiado: en la enseñanza, en la sanidad, en la industria, en el campo,…También en las grandes empresas y en las pequeñas.

No tienen que ver esas personas ni con corruptelas, ni talones bajo cuerda, espionajes, intentos separatistas, ni buscan declaraciones ostentosas. Trabajan para poder llegar a fin de mes con dignidad, sin apretujones al bolsillo. No siempre lo consiguen.

Hay que concentrarse ahí, en ese problema y dejar que los que chillan se queden sin plataforma, y caigan en el vacío de nuestro menosprecio.

…

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Air Canadá, avión, Diálogo, incidente Barajas, reunión, Sánchez, Torra

Usted puede ser un terrorista

27 marzo, 2015 By amarias 1 comentario

Reconozcámoslo. Las especulaciones en torno a las causas que llevaron a un avión Airbus de una compañía de bajo coste a estrellarse en los Alpes han dejado al descubierto muchas de nuestras debilidades. Colectivas, pero también individuales.

Por si aún no nos habíamos dado cuenta, queda demostrado, casi sin réplica posible, que nos hemos vuelto muy vulnerables.

Tan pronto como se difundió -fundamentalmente, a través de las redes sociales- que un aparato que hacía el vuelo entre Barcelona y Madrid se había estrellado, las televisiones y emisoras con más medios (ruego que el lector entienda el juego de palabras. en referencia a lo mediático, es decir a lo que resulta rentable) se dedicaron con ahínco a desflorar la noticia, en todas las direcciones posibles.

Exprimían nuestro morbo, nuestra ignorancia casi supina y, por supuesto, nuestro miedo al otro.

No se descarta ninguna opción, fue el mantra al que se acogieron los portavoces oficiales desde el inicio del crecimiento de la bola de nieve, mientras la rueda de la imaginación giraba, frenética.

a) Podía tratarse de un nuevo acto de terrorismo islámico. ¿No estamos permanentemente amenazados por esa fuerza oscura que consigue la inmolación de sus creyentes, llevados hasta el fanatismo, en una permanente guerra santa contra infieles, partidarios menos ortodoxos de su doctrina, religión desconocida de la que la mayoría opina, sin entender a profundidades, niveles ni matices, que «necesita un hervor», o que «es una adulteración ingenua del mensaje cristiano»?

b) Podría deberse a uh fallo técnico, porque nos han enseñado a desconfiar de todo lo que no entendemos. El avión era ya viejo (tenía 20 años), o bien que, a pesar de haber sido revisado recientemente (¡el día anterior!) no lo hubieran hecho a conciencia (¡Horror! ¿Podría haberse tratado de una inspección en Barcelona?…Por fortuna, el debate apasionante sobre el verdadero estado tecnológico intraeuropeo y sus diferencias, no llegó a abrirse, porque se indicó justo a tiempo que la revisión se había realizado en Düsseldorf. Así que la alta tecnología alemana hubiera sido la culpable de cualquier error supervisor.

c) Pero podría haber sido un fallo de concepción del modelo mismo. El Airbus, esa apuesta europea para competir con la tecnología norteamericana, quizá no estaba tan bien concebido como la práctica venía demostrando. O quizá, a pesar de la pretendida seguridad de este medio de transporte (hay que apresurarse a decir que tenían que caer un par de centenares de aviones para que empeoraran significativamente los ratios de solvencia del transporte aéreo, cuyos índices de fiabilidad parecen mantenerse firmes como rocas), convendría recordar que había algunos accidentes de Airbus provocados por fallos misteriosos.

Se añadieron otros ingredientes para mayor patetismo, mientras el reloj de los hecho ajenos se paralizaba. No había inanición en Somalia ni guerras en Sudán, ni crisis en Grecia, ni parados en España, ni cajas B, ni inacción en cientos de conflictos. Los representantes a máximo nivel de tres de los poblaciones a las que pertenecía el grueso de las víctimas, decidieron ponerse de acuerdo para hacer turismo en los Alpes, acercándose, cuanto pudieron, al lugar del accidente.

Todos los que fueron solicitados de opinión, coincidieron con solidarizarse con las víctimas (es decir, con los muertos), estar consternados por la noticia, ser prudentes acerca de las razones del accidente. Los expertos consultados ilustraron al pueblo llano acerca de cómo funcionan los mandos automáticos de una aeronave moderna, del tiempo que hacía y hará en los Alpes y en esa zona concreta, del esfuerzo para tratar los traumas de los familiares, etc., y los testigos -incluso a decenas de kilómetros del lugar inaccesible en el corazón de la tragedia- hablaron de ruidos, explosiones, normalidad, nieve, dificultades, silencios-.

Se habilitaron carpas para periodistas, acompañantes, curiosos, políticos, familias de las víctimas, rescatadores, alpinistas, policías, sicólogos, etc.

El tiempo seguía parado, mientras sabíamos ya mucho de la naturaleza de los ocupantes del avión; habíamos precisado con imaginativa concisión lo que había sucedido en los ocho o nueve minutos de caída suave del avión hasta su encuentro con la rota. Se habían ya mantenido, decretado o solicitado miles, millones de minutos de silencio en escuelas, centros públicos, sedes empresariales o deportivas.

Hasta que apareció Andreas Lubitz. Veintisiete años, alemán, copiloto, con solo 600 horas de vuelo, tal vez en una parte importante en un simulador o como acompañante de cabina. La caja negra del avión siniestrado no registraba su voz, sino las órdenes del comandante del Airbus, de los controladores, los gritos de los pasajeros, los golpes dados con los puños, con a saber qué instrumentos, para tratar de abrir la puerta que el joven había cerrado desde dentro, aplicando las claves que impedían, por estrictas medidas de seguridad, abrirlas desde fuera.

El desentrañamiento de los hechos, de su responsable, nos desvela una metáfora/realidad muy intranquilizadora. Pretendíamos defendernos del terrorismo exterior, dando las llaves de nuestra seguridad a los que estaban dentro, en el núcleo del sistema, a los que deberían pilotarnos a nuestro destino, y resulta que entre ellos también hay terroristas.

Porque, aunque se nos pretende convencer de lo contrario, el suceso por el que un avión Airbus, fue estrellado por un terrorista. Alguien que, en lugar de suicidarse con un tiro en la sien, o arrojándose al paso de un convoy, decidió que le acompañaran 149 personas en su inmolación. 149 ajenos a su propósito.

Lo del móvil particular de Andreas es lo de menos. Los medios seguirán especulando, habrá alimentación para rato con más especulaciones y análisis inanes. Lo importante, para mí al menos, es que no la amenaza proviene también de los que están elegidos para protegernos. Y los medios de seguridad que hemos ideado contra un peligro teórico exterior, son los que nos impiden acceder a la cabina de mando para desconectar el sistema previsto cuando algo va mal.

Qué relato salvaje, que historia más verdadera. Qué enseñanza para entender que hay que desconfiar de todo el mundo, del vecino apacible, del experto sonriente, del político sagaz. El enemigo vive con nosotros.

Y es, en mi opinión, nuestra creciente incapacidad para protegernos del otro, ignorándolo. Ignorando todo lo que sucede alrededor, hasta que, de pronto, se nos descubre el velo por el que deberíamos entender que, en lugar de desviar nuestra mirada para no chocar con la del otro, sería conveniente que nos miráramos a los ojos.

 

Publicado en: Sin categoría Etiquetado como: accidente, airbus, avión, terrorismo

Cuento de invierno: Seis horas con nadie

18 marzo, 2014 By amarias Deja un comentario

Habían transcurrido aproximadamente dos horas desde el despegue, y los pasajeros se preparaban mentalmente para el aterrizaje, pues calculaban que estaban a punto de llegar a su destino. Para la mayoría, sería el comienzo de sus vacaciones.

El cielo estaba despejado, luminoso, magnífico.

Por los altavoces interiores del avión se escuchó una voz, que hablaba en una lengua que no todos los pasajeros conocían:

-Les habla el comandante de la nave. Mi nombre es Huá Chao Ming y tengo el placer de anunciarles que este será, para todos nosotros, nuestro último vuelo. Contrariamente a lo que estaba anunciado, he decidido enfilar rumbo al océano, hasta que el combustible del avión se agote, en cuyo momento el aparato caerá irremisiblemente al mar. He desconectado todos los localizadores hace ya un rato, por lo que desde tierra nadie podrá saber dónde nos encontramos, ni cómo encontrarnos hasta que nuestro destino se haya cumplido.

Por el pasaje, empezando por quienes entendían el idioma en el que se expresaba el piloto, se extendieron los gritos de estupor y de pánico, cubriéndolo todo de consternación espesa.

-¿Qué ha dicho? -preguntó alguien, quitándose bruscamente los auriculares con los que estaba escuchando canciones de los Beach Boys.

La voz del comandante seguía con sus prolijas explicaciones:

-Calculo que tienen ustedes seis horas hasta que se agote el combustible para poner en orden sus ideas, encomendarse a su Dios, o maldecirme. No importa lo que hagan, no tendrá ningún efecto sobre una decisión que yo he tomado por Vds. La puerta de la cabina está automáticamente cerrada, sin posibilidad de acceso desde el exterior y el copiloto y el mecánico están aquí, a mi lado, inmóviles, pues les he proporcionado un sedante que les ha causado un coma profundo, del que nunca despertarán. Yo me dispongo a beber del mismo líquido, por lo que a partir de ahora solo el piloto automático guiará el avión. Ofrezco el sacrificio de todos ustedes a la única fuerza en la que creo, que es la Fatalidad, y lo hago como mensaje hacia la que fue mi esposa Huó Xeng Shú: Caiga la sangre de estos inocentes sobre tu infidelidad .

El sobrecargo corrió hacia la cabina, y trató de abrir la puerta. En efecto, estaba cerrada herméticamente por dentro. Varios pasajeros se levantaron y, atropellándose por el pasillo del avión, en loca carrera hacia delante, se dedicaron a aporrearla por turnos. Nadie contestó; nada se oía.

Otros, tomando sus teléfonos móviles, se esforzaban en encontrar la mínima cobertura en las ondas por la que poder lanzar una llamada de auxilio. No había respuesta satisfactoria; se habían interceptado o bloqueado todos los canales.

Pasaron varios minutos, y el pánico crecía, incontenible. El aparato seguía una línea recta, imperturbable; los motores quemaban combustible de manera regular, mecánica, impecable. Majestuosa.

Algunas personas gritaban. Otras, aún sin saber qué hacer, buscaban en su equipaje, como si en él pudieran encontrar la solución. Quién, rezaba.

-¿No se puede hacer nada? -preguntó a una de las azafatas, que estaba pálida como una acera después de las lluvias de verano, un tipo gordo y de ojos saltones, al tiempo que la zarandeaba, presa de pánico.

Un tipo con talante místico arrebatado, ocupó el centro del pasillo y, con voz demasiado alta, propuso:

-Aprovechemos este tiempo para rezar. El comandante ha dicho que disponemos de seis horas. Quizá tengamos incluso suerte y el avión caiga en una zona en donde puedan rescatarnos. Seguro que ya se han dado cuenta de que nos hemos desviado de nuestra ruta. Tengamos fe. Algo sucederá.

-¿Quién asegura que tenemos seis horas de combustible? -fue la pregunta irrelevante de un hombre de negocios, que no había dejado ni por un momento de apagar y encender su ordenador portátil, a la espera de no se sabía muy bien qué reacción.

-¿Y qué importa que sean seis horas o dos minutos? ¿Qué duda cabe de lo que nos va a suceder? ¡Lo único cierto es que nos vamos a estrellar!

Los pasajeros que estaban ocupando asientos junto a la ventana observaron el cielo, que era limpio y azul, como cualquier día perfecto.

Una mujer joven, que había estado callada, se dirigió a su vecino de asiento con una tímida sonrisa:

-Me llamo Michelle. No quiero pasar mis últimas seis horas sentada al lado de alguien que no conozco. ¿Le importa contarme algo de su vida?

Mientras el fuel se agotaba, se mantuvieron hablando y hablando, hasta que comprendieron que su tiempo también se acababa. Entonces, gritaron como todos.

FIN

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: automático, avión, caída, comandante, combustible, cuento, cuento de invierno, océano, pasajero

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