Deben quedar ya pocos intelectuales de despacho, de esos que han pasado su vida entre papeles escritos por otros y traduciéndolos a sus lenguajes peculiares para poner sobre el producto del plagio su nombre y su rimbombante titulatio, que no nos hayan ilustrado sobre «lo que hay que hacer» para salir de la crisis.
Tenemos, gracias a esa febril actividad que no sé quién les ha demandado, multitud de recetas para que «quien corresponda», pueda elegir como le plazca, justificando así desde que está haciendo lo que hay que hacer, o que no queda otra, o que no hay que hacer nada que despierte al monstruo de las galletas, es decir, el tipo desalmado que da las bofetadas a los que mean fuera del tiesto.
No se oyen, en cambio, voces de los que están en las trincheras, y no porque no griten, sino porque no se les da cancha.
En las trincheras no están, aunque pretendan con sus aparatosos trajes de camuflaje que vienen de allí, quienes se sientan a la cabeza de Consejos de Administración que miran las cuentas de resultados agrupadas por miles (siendo la unidad representada en la columna, los millones), y se autoconceden bonus de escándalo general porque, al parecer, están dedicados día y noche a aportar valor a sus accionistas, búsqueda que admitimos puede ser ingrata porque siempre nos enseñaron que el dinero era miedoso, pero que no tiene por qué costarnos a los demás el menor quebradero de cabeza: una democracia sana no paga ni a corruptores ni a corruptos.
De las trincheras no vienen, tampoco -y siento más pudor cuando esto escribo-, los prebostes sindicalistas que, alardeando de estrategas, preparan una huelga general con la idea obsesiva de que el despido libre es pernicioso o repiten el estribillo del izquierdismo infantil de que el pérfido capital engaña sistemáticamente a los probos trabajadores, porque hace tiempo que han dejado de contrastar, desde sus regaladas posiciones, sus limpérrimas extremidades de liberados -solo eventualmente empañadas con extrasueldos y prebendas-, con las manos llenas de grasa de los que tienen que pelearse con una máquina de la que no se ven salir piezas mecanizadas, sino, con algo de imaginación, bocadillos para los hijos.
De las trincheras, a decir verdad, vuelven pocos, porque no tienen tiempo para dar mensajes y allá van pocos periodistas sin fronteras ni bozales en la boca, porque, como no les pagan el pato, no les trae cuenta la faena.
Los que combaten en los frentes de la economía real, no pocas veces en tricheras desconectadas de los otros, sin consignas, ni estrategias globales, mandos ni zarandajas, están solamente empeñados en sacar adelante su proyecto -uno solo, sí, que ya les basta-, al que han entregado sus pocos dineros y su esfuerzo total, y concentran su mensaje de ilusión en los que tienen más cerca, a los empleados cuya nómina han tenido no pocas veces que adelantar de su propio bolsillo, desgalitándose porque no les pagan los que deben, no deben los que quieren, no quieren los que pueden.
Cuando los que dicen lo que habría que hacer, sin otra experiencia que la de haber leído mucho de lo que escribieron otros como ellos, comprendan que para ilusionar hay que andar entre trincheras, y dejen el sitio a que esos exploradores de la realidad nos cuenten lo que pasa en la batalla por la supervivencia y nos propongan sus soluciones concretas, y las incorporemos de inmediato a las medidas a tomar, no nos preocupará resolver el dilema gordiano de si es mejor apoyar lo privado o lo público, exportar más o impulsar el consumo interno, reducir la deuda o invertir en completar infraestructuras, conservar la estructura industrial o moverse más hacia los servicios…
Crearemos solidaridad, que vaya si la necesitamos, y que crece, ntural y salvaje, entre los que viven la historia en directo. No consejos de quienes tenen secos los calzones.
