Sin que pretenda hacer una revisión erudita o pedantuela de significados, me refiero aquí a los esbirros como aquellos que están a sueldo de un señor más principal, al que protegen y hasta adulan, -mientras les pague-, y por vasallos, a los que, sabiéndose inferiores en alcurnia y poder, pero libres para decidir, suscriben un contrato con el que más manda, ofreciéndose para colaborar con él y dándose protección y apoyo recíprocos, conseguir avanzar juntos, junto a todos aquellos que también han suscrito el contrato de vasallaje.
Un señor con muchos fondos, podrá permitirse mantenerse solo con esbirros. Si es sabio y prudente, y carece de bienes propios, deberá apoyarse en la fuerza de los que le respetan como líder, preocupándose por mantenerla con decisiones acertadas.
No estoy escribiendo de cuestiones hístóricas, sino, allá en el fondo, de lo que nos está pasando ahora mismo, y estoy afinando el tiro a lo que es la política y los asuntos serios de un invento para gobernarnos entre todos, y que se llama democracia.
El votante es un señor de su casa, como dicen los suecos que venden muebles de usar y tirar, y cuando concede su apoyo en las urnas a un ciudadano más alto que está en una lista con un programa de actuaciones, está rindiendo un acto de vasallaje, pero que no se entienda sin más como de sumisión, sino conjunción de libertades. Se firma un contrato en el que se reflejan los compromisos asumidos por ambas partes. En lenguaje más llano, mi voto te lo doy adelantado, porque vas a cumplir un programa, que es tu propuesta, y si no lo cumples, me siento libre para cambiarme a otro feudo, y hasta para luchar contra tí, por tramposo.
El afiliado a un partido y mayormente si el o alguien de su familia está comiendo del duerno de los puestos de la administración pública o cobrando de los sobres por los contratos que adjudican -quiero suponer que no en subasta de a ver quién mete más billetes en el involuto, sino por haber hecho la mejor oferta en el mundo real- es un esbirro. El contrato que tiene con la cúpula del partido en cuestión es otro al del votante, su recompensa por el servicio que presta, la tiene en la nómina o… en la lista de los pagos que recibe en B.
Miro enrededor, y veo alborotados a los esbirros, como zánganos a punto de cambiar de abeja reina; los veo, por talantes, más que nunca, mercenarios. Lo que me sorprende es la calma de los vasallos; no sé si atribuirlo a que estamos en un cambio de la sociedad feudal política a un nuevo renacimiento de la sociedad civil o, con esto de la involución y el big-bang-bounce, no nos estaremos metiendo en una etapa oscura, en una especie de neodictadura, en la que, entre la descomposición del imperio de la Unión Europea por un lado y los ataques noramericanos-chinos-sarracenos por otros, nos la estén dando, sencillamente, con queso, o, incluso, por mantequilla y por el c…
