Los apicultores saben bien que, si se quiere atraer un enjambre, hay que convencer a la abeja reina de que el aposento que se le ofrece es adecuado. Los demás miembros del grupo se acomodarán de inmediato en la nueva vivienda, afanándose en realizar aquello a lo que su naturaleza los destina: prepararse para soportar el invierno, garantizar la subsistencia de la realeza y fabricar miel para los depredadores.
Cierto es que las reinas de las colmenas no parecen disponer de una vida regalada: atrapadas en el fondo de la casa común, están bien alimentadas y cuidadas, pero su función es poner tantos huevos como les sea posible, fecundadas para siempre en un vuelo nupcial en el que cientos de pretendientes se jugaron el pellejo (y lo perdieron) por unos segundos de éxtasis del que solo uno disfrutó, aunque tampoco pudo contarlo.
Es una historia bastante triste, si bien se mira, pero las cosas de la naturaleza carecerían de sentido si no se fuera capaz de observarlas con perspectiva distinta a la de los que están cumpliendo sus designios.
Y esto me lleva, aunque parezca traída por los pelos, a expresar mi opinión sobre los fanáticos. No creo que el líder de cualquier grupo de devotos intransigentes de cualquier causa sea el más fanático o convencido de ella. Por el contrario, pienso que debe ser uno de los que menos, lo cual le permite, como los posteriores acontecimientos suelen demostrar, cambiar de creencias con relativa facilidad.
Podía referirme, porque para nuestra educación occidental, sería muy fácil, hablar, para criticarlo, del fanatismo islámico, de la razón por la que, con demasiada frecuencia, unos vociferantes individuos -siempre varones- reclaman el cumplimiento de no se qué castigos, manifiestan su odio visceral contra no se qué posturas, espoleados por servidores divinos que han estudiado tanto en libros consagrados que pueden adivinar lo que piensan los dioses a los que dicen servir.
Pero no caeré en esa trampa. Aquí, entre los nuestros, también tenemos la carga de los fanáticos; gentes que han renunciado a su capacidad de análisis, para convertirse en voceros de un dios menor, y que lo hacen, sin esperar nada a cambio, cumpliendo estúpida y cerrilmente su designio natural: sacrificar su capacidad de pensar en beneficio del sostenimiento del poder oscuro que se mueve en el fondo de sus colmenas.
