Erase una vez que se era, un hombre crédulo. No se trataba de una característica en grado superlativo, sino sustancial, es decir, sin fisuras. Sencillamente, era incapaz de imaginar que nada de lo que se le pudiera contar por otro ser humano pudiera estar basado en la falsedad o la mentira, por lo que le daba la máxima credibilidad. esto es, toda.
Las razones por las que había desarrollado tan extraña capacidad resultaban, en verdad, desconocidas. No existían antecedentes familiares; ni en la colectividad donde desarrollaba su existencia, las crónicas oficiales o los más antiguos del lugar registraban o recordaban comportamiento similar.
Ni siquiera la experiencia vivida personalmente por el crédulo había minado la más mínimo lo que, en puridad, nadie consideraba virtud, sino defecto.
-¿No puedes entender que mentir, especialmente en las cuestiones esenciales, es una manera de defensa? Cubriendo la realidad con mentiras bien urdidas, se protege la intimidad, la hacienda, los propios intereses -le decía uno de los pocos amigos que tenía, porque para la mayoría resultaba aburrido compartir vivencias con alguien que no veía en ellas doblez ni maldad alguna.
-No. -Fue la respuesta escueta del crédulo supino.
Seguramente por curiosidad, un buen día, nuestro crédulo se encontró frente a la consulta de una pitonisa. El lector debe saber de inmediato que no se trataba de una de esas personas que, con palabras, silencios y otros subterfugios, pretenden adivinar el pasado de quienes les visitan, para que ellos mismos deduzcan el futuro que, por su mala cabeza, les espera.
Aquella vidente había desarrollado una habilidad especial, como consecuencia de haber seguido estudios muy cualificados de análisis de series, estadística cuántica y economía aplicada. En su consecuencia, podía ser capaz -así se jactaba de ello en los anuncios con los que se publicitaba- de «deducir, por métodos científicos, el ámbito más probable en el que se desarrollará cualquier actividad humana».
El crédulo preguntó, ante todo, al ser conducido al cuarto, lleno de ordenadores y otros cachivaches informáticos, en donde la adivina desarrollaba su actividad, cuánto había de costarle la consulta.
-Esto dependerá de la complejidad de la pregunta, -fue la respuesta.
-Pues bien, -no se arredró el inocente-, ya que estamos, aquello que con más interés desearía saber es si alguna vez la Humanidad en su integridad llegará a tener un solo objetivo.
Esa consulta es gratuita, -dijo la pitonisa, esbozando una sonrisa-. Porque ese momento hace tiempo que ha llegado, y todos los hombres y mujeres del planeta se esfuerzan desde entonces por alcanzarlo.
Solo al salir de nuevo a la calle, rumiando, entre sorprendido y satisfecho, el valor de aquella simple respuesta que borraba las dudas que de vez en cuando le atormentaban, comprendió el crédulo que debía haber pedido mayor precisión, y se lamentó de no haber preguntado a la pitonisa cuál era, en verdad, ese objetivo que la Humanidad perseguía con ahínco.
Pero, confiado en que, siendo tan común, cualquiera de sus contemporáneos podría informarle acerca del mismo, abordó al primer transeúnte con aspecto de respetabilidad que se cruzó en su camino, y le preguntó si conocía cual era el objetivo de la Humanidad.
El interpelado, que era un clérigo, le miró con curiosidad, tratando de descubrir si el crédulo le estaba tomando el pelo, y, creyéndolo algo alienado, aunque sin faltar a sus principios, le respondió con lo primero que se le vino a la cabeza:
-El objetivo de la Humanidad es vivir dignamente de acuerdo con los designios que Dios tiene marcados para el hombre.
(Ah, -pensó nuestro hombre, mientras daba las gracias al gentil entrevistado-, ¿cómo no se me ocurrió antes?. Lógico que así fuera).
Apenas había andado unos pasos, sintiendo que la respuesta que había obtenido precisaba mayor concreción, asaltó a una joven que llevaba un carrito con un bebé.
-¿Sería tan amable de aclararme una duda? ¿Cuáles son los designios que la divinidad tiene señalados para la Humanidad?
La joven, que pertenecía a uno de los grupos que se tienen por alternativos, entendió de inmediato que debía estar siendo filmada para uno de esos programas que deleitan a los desocupados ofreciendo a sus audiencias la muestra de su vacuidad cerebral, y quiso aprovechar la oportunidad para lanzar una reivindicación.
-No creo que a ninguna divinidad le preocupe lo que hagamos. Lo que debemos hacer es vivir conforme a las reglas de la naturaleza.
Magnífica observación, se dijo el crédulo para su coleto, y soy muy torpe para no haberme percatado de tan obvia solución a mis inquietudes. Sin embargo, comprendió pronto que, para ser efectivo, el consejo debería completarse aún, por lo que, atravesando la calle, detuvo a un individuo bien trajeado que se acababa de apear de una lujosa berlina, y, conforme a lo que llevaba deducido, tuvo arrestos para encajarle esta cuestión:
-¿Cuáles son las reglas de la naturaleza?
El asaltado, que era un alto ejecutivo de una multinacional polivalente, estaba, justo en aquel momento, repasando las notas fundamentales del discurso de presentación de los resultados de la compañía a la Asamblea de accionistas que tendría lugar en unos instantes. Así que, para quitárselo de encima, tomándolo por un pordiosero, le contestó:
-La naturaleza no tiene reglas. La única fórmula es trabajar duro, siguiendo la propia intuición y con la seguridad de que cada hombre acabará encontrando el sitio que le corresponde.
Increíble -rumió el crédulo, encantado con la facilidad en que había conseguido concretar la solución a la preocupación que hasta entonces le había consumido tantos momentos obsesivos-. No hay respuesta más pertinente que la que este hombre me ha dado. El objetivo de la Humanidad es poner a cada uno en su sitio, ¿qué otro podría ser, sino ése?.
Y, distraído por tan profundo pensamiento, no se percató en que un autobús de línea avanzaba despendolado por el carril preferente que momentáneamente ocupaba, siendo arrollado por el vehículo, que le proporcionó muy graves heridas.
Mientras yacía en el suelo, ensangrentado, rodeado de curiosos espectadores que demandaban con urgencia un médico, dicen los testigos que estaban más cerca del moribundo que musitó estas palabras: Humanidad, mi sitio queda libre.
Nadie entendió a qué podría referirse.
FIN
