Ya sé que es un título raro para un cuento. Tenía pensado uno buenísimo pero no consigo recordarlo.
Yendo directamente al grano del asunto, el protagonista de este relato no es un pueblo concreto, ni una raza, sino una especie. La humana. Y el marco de referencia no es la Tierra, sino el cosmos. Puede parecer pretencioso, aunque no es exactamente mi intención.
Cuando quienes imaginaron el Universo habían ya colocado toda la escenografía, activado los mecanismos semiautomáticos y decidido los momentos en que se producirían los momentos más impactantes, y se disponían a disfrutar de los efectos, tranquilamente sentados en la primera fila de butacas, uno de ellos tuvo una idea singular:
-Pongamos la condición de que, en la evolución de las especies, una de ellas no tenga memoria.
El resto de los artífices del Universo estuvo de acuerdo de inmediato en que podría ser interesante, y ese y no otro es el origen de la especie humana, tal como la conocemos hoy. La ausencia de memoria afecta por igual a hombres y mujeres, porque lo importante para este cuento no es ignorar o no dónde dejaste las llaves o cuál era el traje que llevabas el día que se casó tu prima la de Logroño, sino que me estoy refiriendo a la Memoria colectiva, a los hechos claves de la Historia de la Humanidad que hubieran permitido reconocer porqué estamos y somos así, y no repetir más que los éxitos, evitando caer por segunda vez en lo que salió mal.
Me he referido en el párrafo anterior a «la Historia de la Humanidad» y, en realidad, no existe. Tenemos a disposición de los curiosos y eruditos una colección de anécdotas, en su mayor parte inventadas o tergiversadas, que es imposible interpretar, por mucho que te rompas la mollera. Como la especie humana es actualmente muy numerosa -hace tiempo que alcanzó la masa crítica-, hay centenares de análisis de lo que pudo haber pasado, y hay que reconocer que algunos llegan a conclusiones divertidas.
Tanta palabrería no impide ser claro en afirmar que la humanidad, como no tiene memoria, esté continuamente volviendo a empezar, para diversión de los dioses de esta gran aldea global, aunque lo hace cada vez con menos margen de actuación, como si estuviera representando ya el último acto. Esto explica -es un decir- que, con las tensiones entre pueblos y razas, que hace apenas un siglo desembocaban en guerras y operaciones destructivas de ámbito local, ahora tengan un carácter general, y por un quítame allá esas pajas, se esté a punto de organizar la de vámonos, Juana. Como si esto fuera un patio de colegio, los grandullones y los gallitos no paran de trazar líneas rojas y de tirar petardos al lado del vecino, que te dejaban sordo un par de días.
Aunque todo parece más estructurado, no hay tal. El origen de la tensión no ha cambiado, y es el afán de dominar y acapararlo todo que surge, como una enfermedad, en ciertos grupos y en todas las generaciones. La ausencia de Memoria es la razón.
A nivel individual, como han resuelto algunos estudiosos, lo deseable es llegar a la vejez con buena salud y mala memoria. Solo que, como especie, hemos llegado a este punto con mala salud y nula Memoria. Lo que es muy poco tranquilizador.
He soñado que los autores del libreto y la escenografía, en este acto, habían previsto que Olvido saliese a buscar a Memoria. Era un sueño muy entretenido, que me hubiera gustado recordar.
FIN
