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Archivo de 13 septiembre, 2013

Cuento de verano: La cadena humana

13 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

En el reino de Valgamedios las infraestructuras eran muy modernas y formaban una red de calzadas reales, principescas, nobiliarias y plebeyas que era considerada la más completa del orbe. De haber sido considerado un país atrasado, el país podía recorrerse ahora de cabo a rabo en un periquete, utilizando las más variadas alternativas, tanto por tierra como surcando las aguas e incluso, si se me permite tal licencia respecto a la época en la que sitúo esta historia, por aire.

¿Cómo habían llegado a tal situación? Gracias a que algunos de los reinos vecinos, más desarrollados tecnológicamente, propietarios de sofisticados procedimientos para dar palos al agua, y que no es cuestión ahora de desarrollar, les habían convencido de su gran capacidad de endeudamiento.

-No os preocupéis de pagarnos ahora. Ya lo haréis más tarde. Lo importante es que os pongáis a nuestro nivel y, por supuesto, que utilicéis nuestra técnica, que ponemos a vuestra disposición si pagáis los correspondientes royalties.

Así lo hicieron. Se endeudaron hasta las cejas, presos del gusto inenarrable de ver crecer los caminos, aumentar los puentes, proliferar las edificaciones, los estadios para juegos, los centros de investigación y hospitales mejor dotados de equipos del mundo, (y de uso tan complejo que muy pocos sabían para qué servían), las zonas de recreo infantiles y, a la espera de que se utilizaran, terrenos destinados a parques industriales, ocupando las zonas más fértiles del reino.

Picapedreros, albañiles, maestros, oficiales, arquitectos e ingenieros reales, mesoneros y palafreneros, cualquiera de las múltiples profesiones que ha imaginado el superior ingenio humano para mantener a la población ocupada, incluso los filósofos y los políticos, estaban felices mientras veían medrar sus economías con pingües salarios y jugosos préstamos.

Los que podían y los que no, compraban y mantenían caballos, bueyes, coches de postas, carros, barcas y aparatos voladores, todo alimentado por el placer de viajar de un lado a otro, de mejorar la condición, presos del ya se pagará, disfrutando de una inmensa felicidad, que creían duradera.

Desgraciadamente, aquello que habían construido con créditos y que tanto orgullo les proporcionó, al presentarlo como modelo, y animados por los tecnólogos y prestamistas que les habían generado la fantasía, no tenía rentabilidad o muy poca y, para mayor inri, llevados por la inercia, cuando ya no tenía sentido seguir haciendo más de aquellas inútiles estructuras, o la prudencia debía haberles aconsejado gastar menos, mantuvieron el error de seguir por bastante tiempo el mismo ritmo, profundizando en el pozo de su endeudamiento.

Cuando se destapó lo que en realidad había detrás de lo que había hecho, se encontraron con un inmenso agujero.

El trabajo escaseó de pronto. Los gremios despidieron a casi todos sus miembros, cerraron los comercios a asgalla, disminuyeron al mínimo las oportunidades, no hubo medios más que para los que no los necesitaban. Como no sabían qué hacer, y escaseaban las tareas, algunos habitantes del reino de Valgamedios se dedicaron a confeccionar cadenas.

Cadenas para perros y osos, pero sobre todo, cadenas para seres humanos. Cadenas para adornos de cuellos y manos. Agotado rápidamente el mercado interior, fabricaron cadenas con la intención de exportarlas a otros mercados o venderlas en los mercadillos locales, a los extranjeros que les visitaran, pues el reino, aunque algo deteriorados por el frenesí del ladrillo, conservaba algunos lugares bastante apreciados por los pueblos del norte, antaño beligerantes y actualmente pacíficos.

Pero a los extranjeros no valoraban las cadenas. Solo apetecían aprovechar el sol del reino de Valgamediós y la facilidad de llegar a los sitios para calentarse y cobrar energías, antes de volver a sus residencias habituales. No se interesaron lo más mínimo por las cadenas. Y, lo que resultó muy desconcertante, cuando se detenían a ver los escaparates y puestos en que se mostraban, hacían creer que las hubieran adquirido, de haber sido fabricadas en otro material diferente al que se les ofrecía.

-¿No tienen vuesas mercedes cadenas de pegmatita o pechblenda? -preguntaba, dando ejemplo, una extranjera rubicunda al vendedor de cadenas de bronce, manoseando algunas de ellas, lo que solo hacía, en verdad, por ocupar el rato.

-No ahora, pero podemos fabricárselas en un par de semanas -podía ser la respuesta diligente y honesta, que, con mucha probabilidad, era contrarrestada de inmediato con un:

-Lo siento, pero mañana nos marchamos ya a la tierra de Baratijalandia. Otra vez será.

Esa otra vez no llegaba nunca, y el encargado de actividades productivas de Valgamedios proponía, un día sí y otro también, a la vista de los resultados de las encuestas que ordenaba realizar periódicamente, nuevos y más sofisticados materiales y formas para las cadenas, animando a que cada habitante del reino se constituyera en fabricante autónomo de cadenas, utilizando su propia imaginación y pidiendo dinero a sus padres, si vivían.

Se vendían solo algunas cadenas, pero a bajo precio y, desde luego, no en la cuantía que se necesitaba para sostener la otrora boyante economía de Valgamedios. El stock de productos invendidos se almacenaba en todas las dependencias, el endeudamiento de los fabricantes, de los intermediarios y de los comerciantes, crecía y, lo que es mucho peor, las arcas del reino de Valgamedios estaban vacías y ningún reino vecino quería ahora concederles crédito para fabricar cadenas.

-Habéis despilfarrado el dinero que os hemos prestado en hacer infraestructuras innecesarias y comprar carros y habitáculos por encima de vuestras posibilidades, y ahora tenéis que devolverlo y, como castigo, lo haréis con creces.

-¿Y cómo vamos a devolver lo que nos habéis prestado, si no compráis nuestras cadenas ni sabemos hacer otra cosa? -inquirían, los que creían ser escuchados.

¡Terrible momento! En Valgamedios había que apelar a la solidaridad, a la creatividad, al empuje de todos, sin que nadie escurriera el bulto. Era preciso superar el bache con ilusión, tocar a rebato. Dejar de fabricar cadenas y planificar actividades en las que todos participaran y de las que todos obtuvieran el beneficio que les permitiera salir adelante.

Por eso, una gran decepción, rayana en la desolación, asaltó a la mayoría de los habitantes de Valgamedios cuando, un día, vieron que en una de las comarcas del reino, allí donde la naturaleza había colocado las mejores cualidades, se había formado una gran cadena humana.

Una cadena formada por hombres, mujeres y niños, que ocupaba la mayor parte de las carreteras y podía verse desde el cielo. La mayoría de los que formaban la cadena se habían unido a ella sin saber lo que significaba, pero los que estaban al cabo de la calle, le dieron un significado. Pedían su independencia del reino de Valgamedios.

No, no eran la mayoría, pero eran muchos. Tampoco se podía decir que eran todos nacidos en la comarca, e incluso se podría interpretar que los que más gritaban diciendo que querían ser independientes de las garras explotadoras del resto de los habitantes de Valgamedios no habían nacido allí, provenían de esos sitios que criticaban, pero repetían, ciegamente, lo que les decían por los altavoces:

-Pertenecer al reino de Valgamedios siempre nos ha perjudicado. Nos han explotado, porque hemos dado siempre más de lo que recibimos. Por eso, queremos ser un país independiente, y estamos dispuestos a lo que haga falta. Nos avergüenza que nos llamen valgamediosanos y nos confundan con ellos, porque, siendo seres superiores, como nuestra historia ha demostrado, iguales a los países del norte, no queremos sostener por más tiempo la ineficiencia de quienes no forman parte de esta cadena.

A la vista de la gigantesca cadena humana, la mayor que se había formado jamás en el mundo, los restantes habitantes del reino de Valgamedios dudaron si formar su propia cadena -que, posiblemente, habría alcanzado unas dimensiones desorbitadas-; incluso, otras comarcas pretendieron formar también las suyas, señalando las peculiaridades de sus territorios.

Con todo, predominó la razón. Y, uniendo sus manos con las de las que formaban la cadena humana de los disidentes, los que estaban de acuerdo con seguir como estaban, y los que pertenecían a las demás regiones de Valgamediós generaron una cadena inmensa. Y, tendiendo sus manos hacia fuera, se unieron más y más gentes de muchos otros lugares, y la cadena humana crecía y crecía. Imparable.

Así, por fin, encontraron la solución que les satisfizo a todos, uniendo esfuerzos, encontrando la fuerza en lo que les unía y hacía semejantes, no en lo que les separaba, que tenía mucha menos importancia.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, cadena humana, cuentos de verano, infraestructuras, Valgamedios

Cuentos de verano: Parábola del Despilfarrador y la buena Samaritana

13 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Cuentan que un día de finales de una época, a la orilla del mar, estando ya avanzada la tarde, un hombre de mediana edad contemplaba absorto el subir de la marea:

-Héme aquí -decía para sí -, ya en el último tercio de mi vida y sin poder ofrecer la menor realización digna de mérito.

En realidad, este individuo, a quien llamaremos Sérgulo, advirtiendo de inmediato al lector que su verdadero nombre era otro, no había estado, ni mucho menos, inactivo, en la trayectoria vital que había dejado atrás.

En lugar de ser sumiso a la autoridad, sin ser rebelde, no dejaba por ello de ser crítico. En vez de ser crédulo con cuanto le habían inculcado, analizaba las razones por las que pretendían instruirlo de ese modo. Y, por mayor abundamiento, siempre que le habían presentado algo o alguien como importante, no aflojaba la ocasión para verlo por detrás o por debajo, en las posturas que resultaban menos favorecedoras al objeto o sujeto.

Si sus trabajos habían servido para algo, no le habían servido para granjearse plácemes ajenos. Por eso, cuando repasaba los logros de quienes habían sido sus compañeros de promoción, las distinciones y galardones de aquellos a los que, en algún momento, había tenido por colegas, encontraba, en contraposición a los de los otros, su currículum estaba vacío como una cáscara de nuez abandonada.

-Cierto que he colaborado en múltiples temas, propuesto infinidad de otros, avanzado teorías y resuelto dificultades. No dudará nadie que estoy ilustrado en una variedad de disciplinas. Pero quienes conceden los títulos que se cotizan en la feria de los valores, los que evalúan los méritos que cuentan, los que conceden las medallas del prestigio y del dinero, jamás han llamado a mi puerta para darme el menor reconocimiento.

Mientras así proseguía, devanándose los sesos para encontrar la razón de lo que entendía como una injusticia ante su diligencia, el agua le rozaba los pies y empezaba a mojarle los pantalones de fibra sintética que, despreocupado, no se había subido hasta las pantorrillas, como hacen los que se acercan al agua para refrescarse las varices.

-He despilfarrado, sin duda, las cualidades que la naturaleza puso en mí. No he conseguido convencer de mi capacidad a mis coetáneos. Y no, por supuesto, a los que estaban en lo alto, a quien no dudé en criticar si me pareció que así lo merecían, sino a los que estaban a mi altura o por debajo en la escala de las decisiones. Todo me sucedió, al contrario de a esos otros a los que, en mi petulancia, consideré menos dotados y que han llegado más alto.

Como suele suceder, el pensamiento del desolado filósofo -no muy profundo, como se advierte, sino más bien de andar por su casa-, volaba también hacia los que tenía más próximos físicamente, repasando las actitudes que mantenían con él. Sin encontrar causas para recriminar, sino reforzando cuanto argumentaba, estaba a punto de sacar alguna conclusión al ya tan largo discernir para su coleto:

-Mi esposa, en fin, que me recuerda casi a diario que no saco rendimiento a cuanto hago, es la voz de la verdad. Soy un inepto, y no por lo que hice, sino por lo que no hice.

Con estos pesarosos discurrires, harto tristes, atormentaba su ánimo, mientras las olas, alborotadas por un viento de poniente que era propio de la época del año, redoblaban en su ímpeto, mojándole ya a veces hasta las rodillas.

Quiso la casualidad, que es colaboradora de todas las historias, tanto verdaderas como inventadas, que en aquel momento se hallaba paseando por el mismo arenal, una joven de buen ver, acompañada de un perro de lanas de cierto tamaño, con el que la muchacha jugaba a lanzar, lo más lejos posible, un platillo de plástico, y que el animal recogía con presteza, volviendo, una y otra vez, a depositárselo a sus pies.

Esta actitud del animal era premiada, ocasionalmente, por la joven con una palmadita o una trozo de galleta que sacaba de una bolsa que llevaba.

Justo en el instante en que la reflexión de Sérgulo estaba concretando de la manera indicada el diagnóstico de las razones por las que se consideraba despilfarrador de dones y ayuno de oficiales méritos, el perro que pertenecía a la joven, en una de sus cabriolas atropelladas, buscando el plástico, tropezó con el filósofo, lo hizo trastabillar, y dio con él de bruces en la marea.

-¡C…! -fue la expresión, casi inaudible, que pronunció Sérgulo, mientras se debatía con su azoramiento para volver a ponerse en pie, con las ropas totalmente empapadas, siendo las olas, desde luego, poco cooperadoras para hacer que recuperara el equilibrio.

Cuando, después de varios intentos, consiguió levantarse, miró alrededor -tal vez sin haberse percatado exactamente de lo que le había pasado- y vió, alejándose, a la joven que, sin manifestar el menor interés, respeto o preocupación por lo sucedido a Sérgulo, seguía con su juego, venga a tirar una y otra vez el adminículo a su animal de compañía.

-En verdad -dijo Sérgulo, hablando esta vez en voz alta- esta joven es mi buena Samaritana. Ha conseguido, con su total desprecio hacia la caída que me provocó, hacerme ver lo errado que estaba con mis reflexiones.

Volvía a la zona que aún no había alcanzado la marea, y advirtió que sus zapatos -por fortuna, no muy caros-, habían sido llevados por el agua, mar adentro. Siguió, impertérrito, razonando.

-La marea estaba subiendo y yo creía que podría evitar mojarme más allá de las rodillas, porque vigilaba su ritmo. Pero un elemento ajeno al mar y a mi propósito, me ha tirado de bruces al agua, en donde estuve, si quiero llevar la idea a su extremo fatal, a punto de ahogarme.

La mojadura de Sérgulo y el frío que estaba empezando a notar en las zonas íntimas de su cuerpo, haciéndole tiritar, no le impidió expresar, también en alta voz, -aunque nadie lo oyó, al estar desierta la playa, a salvo de la Samaritana y su perro, ya a punto de abandonarla-:

-Los seres humanos, en realidad, no somos tan ajenos al comportamiento que esa joven provoca en su perro. Recoger el plato de plástico que ella arroja no tiene, desde una perspectiva objetiva, mérito alguno, pero ella le premia con un trozo de galleta, llevando al corto conocimiento del animal la creencia de que es lo que se pretende de él y que, con ello, recogiendo el plástico, está haciendo algo útil, cuando, en realidad, solo se pretende mantenerlo ocupado.

Seguía andando, descalzo y mojado, hasta la escalera que conducía al paseo marítimo.

-Y ahora que lo veo tan claro, prefiero haber hecho toda mi vida lo que me pareció que correspondía a mi cualidad de ser libre, sin andar persiguiendo los plásticos que lanzan, atentos a lo suyo, quienes solo pretenden mantener ocupados a sus animales de compañía y les premian con dulces cuando alcanzan objetivos que no sirven para nada ni nadie absolutamente.

Y, mucho más contento que cuando empezó a subir la marea, ya casi a oscuras, volvió a su casa y siguió haciendo lo mismo que solía.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, cuentos de verano, despilfarrador, juego, marea, mojadura, perro de aguas, plástico, samaritana

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