En el reino de Valgamedios las infraestructuras eran muy modernas y formaban una red de calzadas reales, principescas, nobiliarias y plebeyas que era considerada la más completa del orbe. De haber sido considerado un país atrasado, el país podía recorrerse ahora de cabo a rabo en un periquete, utilizando las más variadas alternativas, tanto por tierra como surcando las aguas e incluso, si se me permite tal licencia respecto a la época en la que sitúo esta historia, por aire.
¿Cómo habían llegado a tal situación? Gracias a que algunos de los reinos vecinos, más desarrollados tecnológicamente, propietarios de sofisticados procedimientos para dar palos al agua, y que no es cuestión ahora de desarrollar, les habían convencido de su gran capacidad de endeudamiento.
-No os preocupéis de pagarnos ahora. Ya lo haréis más tarde. Lo importante es que os pongáis a nuestro nivel y, por supuesto, que utilicéis nuestra técnica, que ponemos a vuestra disposición si pagáis los correspondientes royalties.
Así lo hicieron. Se endeudaron hasta las cejas, presos del gusto inenarrable de ver crecer los caminos, aumentar los puentes, proliferar las edificaciones, los estadios para juegos, los centros de investigación y hospitales mejor dotados de equipos del mundo, (y de uso tan complejo que muy pocos sabían para qué servían), las zonas de recreo infantiles y, a la espera de que se utilizaran, terrenos destinados a parques industriales, ocupando las zonas más fértiles del reino.
Picapedreros, albañiles, maestros, oficiales, arquitectos e ingenieros reales, mesoneros y palafreneros, cualquiera de las múltiples profesiones que ha imaginado el superior ingenio humano para mantener a la población ocupada, incluso los filósofos y los políticos, estaban felices mientras veían medrar sus economías con pingües salarios y jugosos préstamos.
Los que podían y los que no, compraban y mantenían caballos, bueyes, coches de postas, carros, barcas y aparatos voladores, todo alimentado por el placer de viajar de un lado a otro, de mejorar la condición, presos del ya se pagará, disfrutando de una inmensa felicidad, que creían duradera.
Desgraciadamente, aquello que habían construido con créditos y que tanto orgullo les proporcionó, al presentarlo como modelo, y animados por los tecnólogos y prestamistas que les habían generado la fantasía, no tenía rentabilidad o muy poca y, para mayor inri, llevados por la inercia, cuando ya no tenía sentido seguir haciendo más de aquellas inútiles estructuras, o la prudencia debía haberles aconsejado gastar menos, mantuvieron el error de seguir por bastante tiempo el mismo ritmo, profundizando en el pozo de su endeudamiento.
Cuando se destapó lo que en realidad había detrás de lo que había hecho, se encontraron con un inmenso agujero.
El trabajo escaseó de pronto. Los gremios despidieron a casi todos sus miembros, cerraron los comercios a asgalla, disminuyeron al mínimo las oportunidades, no hubo medios más que para los que no los necesitaban. Como no sabían qué hacer, y escaseaban las tareas, algunos habitantes del reino de Valgamedios se dedicaron a confeccionar cadenas.
Cadenas para perros y osos, pero sobre todo, cadenas para seres humanos. Cadenas para adornos de cuellos y manos. Agotado rápidamente el mercado interior, fabricaron cadenas con la intención de exportarlas a otros mercados o venderlas en los mercadillos locales, a los extranjeros que les visitaran, pues el reino, aunque algo deteriorados por el frenesí del ladrillo, conservaba algunos lugares bastante apreciados por los pueblos del norte, antaño beligerantes y actualmente pacíficos.
Pero a los extranjeros no valoraban las cadenas. Solo apetecían aprovechar el sol del reino de Valgamediós y la facilidad de llegar a los sitios para calentarse y cobrar energías, antes de volver a sus residencias habituales. No se interesaron lo más mínimo por las cadenas. Y, lo que resultó muy desconcertante, cuando se detenían a ver los escaparates y puestos en que se mostraban, hacían creer que las hubieran adquirido, de haber sido fabricadas en otro material diferente al que se les ofrecía.
-¿No tienen vuesas mercedes cadenas de pegmatita o pechblenda? -preguntaba, dando ejemplo, una extranjera rubicunda al vendedor de cadenas de bronce, manoseando algunas de ellas, lo que solo hacía, en verdad, por ocupar el rato.
-No ahora, pero podemos fabricárselas en un par de semanas -podía ser la respuesta diligente y honesta, que, con mucha probabilidad, era contrarrestada de inmediato con un:
-Lo siento, pero mañana nos marchamos ya a la tierra de Baratijalandia. Otra vez será.
Esa otra vez no llegaba nunca, y el encargado de actividades productivas de Valgamedios proponía, un día sí y otro también, a la vista de los resultados de las encuestas que ordenaba realizar periódicamente, nuevos y más sofisticados materiales y formas para las cadenas, animando a que cada habitante del reino se constituyera en fabricante autónomo de cadenas, utilizando su propia imaginación y pidiendo dinero a sus padres, si vivían.
Se vendían solo algunas cadenas, pero a bajo precio y, desde luego, no en la cuantía que se necesitaba para sostener la otrora boyante economía de Valgamedios. El stock de productos invendidos se almacenaba en todas las dependencias, el endeudamiento de los fabricantes, de los intermediarios y de los comerciantes, crecía y, lo que es mucho peor, las arcas del reino de Valgamedios estaban vacías y ningún reino vecino quería ahora concederles crédito para fabricar cadenas.
-Habéis despilfarrado el dinero que os hemos prestado en hacer infraestructuras innecesarias y comprar carros y habitáculos por encima de vuestras posibilidades, y ahora tenéis que devolverlo y, como castigo, lo haréis con creces.
-¿Y cómo vamos a devolver lo que nos habéis prestado, si no compráis nuestras cadenas ni sabemos hacer otra cosa? -inquirían, los que creían ser escuchados.
¡Terrible momento! En Valgamedios había que apelar a la solidaridad, a la creatividad, al empuje de todos, sin que nadie escurriera el bulto. Era preciso superar el bache con ilusión, tocar a rebato. Dejar de fabricar cadenas y planificar actividades en las que todos participaran y de las que todos obtuvieran el beneficio que les permitiera salir adelante.
Por eso, una gran decepción, rayana en la desolación, asaltó a la mayoría de los habitantes de Valgamedios cuando, un día, vieron que en una de las comarcas del reino, allí donde la naturaleza había colocado las mejores cualidades, se había formado una gran cadena humana.
Una cadena formada por hombres, mujeres y niños, que ocupaba la mayor parte de las carreteras y podía verse desde el cielo. La mayoría de los que formaban la cadena se habían unido a ella sin saber lo que significaba, pero los que estaban al cabo de la calle, le dieron un significado. Pedían su independencia del reino de Valgamedios.
No, no eran la mayoría, pero eran muchos. Tampoco se podía decir que eran todos nacidos en la comarca, e incluso se podría interpretar que los que más gritaban diciendo que querían ser independientes de las garras explotadoras del resto de los habitantes de Valgamedios no habían nacido allí, provenían de esos sitios que criticaban, pero repetían, ciegamente, lo que les decían por los altavoces:
-Pertenecer al reino de Valgamedios siempre nos ha perjudicado. Nos han explotado, porque hemos dado siempre más de lo que recibimos. Por eso, queremos ser un país independiente, y estamos dispuestos a lo que haga falta. Nos avergüenza que nos llamen valgamediosanos y nos confundan con ellos, porque, siendo seres superiores, como nuestra historia ha demostrado, iguales a los países del norte, no queremos sostener por más tiempo la ineficiencia de quienes no forman parte de esta cadena.
A la vista de la gigantesca cadena humana, la mayor que se había formado jamás en el mundo, los restantes habitantes del reino de Valgamedios dudaron si formar su propia cadena -que, posiblemente, habría alcanzado unas dimensiones desorbitadas-; incluso, otras comarcas pretendieron formar también las suyas, señalando las peculiaridades de sus territorios.
Con todo, predominó la razón. Y, uniendo sus manos con las de las que formaban la cadena humana de los disidentes, los que estaban de acuerdo con seguir como estaban, y los que pertenecían a las demás regiones de Valgamediós generaron una cadena inmensa. Y, tendiendo sus manos hacia fuera, se unieron más y más gentes de muchos otros lugares, y la cadena humana crecía y crecía. Imparable.
Así, por fin, encontraron la solución que les satisfizo a todos, uniendo esfuerzos, encontrando la fuerza en lo que les unía y hacía semejantes, no en lo que les separaba, que tenía mucha menos importancia.
FIN
