Al socaire

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Cuento de primavera: La moda del pico corto

24 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando se extendió el rumor de que en el ala oeste la mayoría de los inquilinos se habían sometido a una cuidadosa cirugía del labio superior, lo que les proporcionaba, sin duda, una apariencia muy simpática, cundió la indignación:

-Es intolerable -decía uno de los polluelos del ala este, que estaban siendo criados como pollitos tomateros, dando alas a su impulso contestatario-. Todos tenemos igual derecho a disfrutar de los adelantos de la técnica.

-¿Y qué podemos hacer? -preguntaba, más sosegado de carácter, uno de sus coetáneos, que cojeaba algo-. Es evidente que tenemos importantes limitaciones para tomar medida alguna.

Resultaba que el encargado de obtener el máximo beneficio en la explotación de aquella granja, había leído en algún sitio que, para evitar el despilfarro de pienso en los comederos -que, al caer al suelo, se entremezclaban con las deposiciones de los animales-, una medida adecuada era cortarles la parte superior del pico.

-Siempre se puede hacer algo -manifestó el pollito con dotes de liderazgo-. Hagamos huelga de hambre.

Y así lo hicieron.

El encargado, que era escéptico de los resultados de haber seccionado una parte del pico a las aves, pues imaginaba que el corte les produciría un trauma que les haría disminuir su ritmo de crecimiento, había dejado, de momento, incólumes, como colectivo de contraste, a los pollos del ala este. Cuando, al cabo de pocos días, comprobó que el peso de los de esta sección se separaba claramente de los que tenían el pico seccionado, no dudó en cortarles un buen trozo del pico, también a ellos.

-Ha sido un éxito -comentó el pollo que había convencido a los demás de la medida de presión-. Es la demostración de que no debemos rendirnos jamás en reclamar nuestros derechos a ir a la moda y disfrutar de los adelantos de la ciencia.

Y así siguieron, contentos, hasta que les llegó la hora.

En otra nave o dependencia de la misma granja, residían, convenientemente separadas en jaulas, unos cuantos cientos de gallinas ponederas. Eran todas muy aplicadas, por la cuenta que les tenía, aunque no todas eran conscientes de los resultados de su empeño. Si a un observador poco atento, se le hubiera solicitado que las describiera, deslumbrado por tanta similitud  aparente, hubiera definido a aquel grupo como de aves de plumas blancas, un tanto gordezuelas, y tan estúpidas como cualquier gallina.

El mismo encargado al que nos hemos referido antes, o quizá otro distinto, había leído en un libro que las gallinas enjauladas aumentaban su producción, es decir, la proporción de huevos que entregaban a las bandejas, si se adoptaban dos medidas que, en principio, nada tenían que ver la una con la otra.

En razón de la primera medida, instaló un aparato que regulaba artificialmente los momentos de claridad y oscuridad dentro de la nave, separándose así del ciclo natural que marca el orto y el ocaso del sol. Acortando la sensación de los días, y teniendo en cuenta que las gallinas ponen, salvo en los escuetos momentos de vacación, un huevo diario, confiaba, por lo que había leído, aumentar la producción de la granja en un veinte coma dos por ciento, al estirar en esa misma proporción el número de fechas del calendario, en el universo que controlaba de su nave.

Las gallinas no se dieron cuenta y, en efecto, los controles expresaban que la decisión sería un éxito.

En virtud de la segunda medida, compró varios gallos de buen porte, y, por turnos rigurosos, soltaba de sus jaulas a las ponederas, para que tuvieran una relación con los esforzados machos de aquella singular quintana. Más aún, por unos altavoces no muy estridentes, se difundía una música la mar de sugerente.

-Esto que se nos ofrece es un regalo por nuestro buen comportamiento -comentó, de pasada, volviendo del jaleo, una de las gallinas, que parecía más inocente que las otras, si bien no sería posible contrastar tal aseveración, por las dificultades para comprobar el coeficiente intelectual de estos animales.

-Tenía ganas de consumar mis deseos de maternidad -decía otra de las aves, devuelta también a su jaula, con algunas plumas menos, afanándose a poner huevo tras otro.

Como el lector humano comprenderá, no era el servir de solaz y esparcimiento a los desgraciados animales, lo que había motivado la incorporación a la explotación de aquellos gallos, sino, el que los últimos trabajos científicos documentaban que las gallinas engalladas ponen mejores huevos y de más color que las que viven en castidad dentro de sus celdas. Si, además, se incorporaba música de cámara durante y después de la coyunda, por ignotas pero efectivas causas, reinaba mejor humor en las enjauladas, comían mejor, tenían más lustre, incrementaban la puesta con las mismas dosis de alimento.

El encargado, o el ingeniero director, o alguien que leía libros de esos en los que se recogen avances y mejoras de la técnica, encontró otra medida que se presentaba como efectiva para lo que era su objetivo: producir más con menos. Según los eruditos de su campo, si se seleccionaban razas de aves con las patas muy cortas, las jaulas podían ser más pequeñas y, además, al no poder moverse con ninguna facilidad, tanto los pollos tomateros como las gallinas ponederas, se concentrarían en aquello para lo que se les había traído a este mundo, cada uno en su especialidad productora.

Compró el hombre, para probar primero, algunos de aquellos deformes animales. Había gallos y gallinas de tal raza, y, como se trataba de repoblar, si el asunto funcionada, con las estirpes recién llegadas, los antiguos modelos, los dejó sueltos, de momento, en un espacio central, acotado, pero suficientemente visible por los otros.

-¿Te has fijado en la moda? -cotilleó una gallina de las de la jaula a su vecina de reja-¡Se llevan ahora las patas cortas en la ciudad! ¡Ha pasado la moda del pico corto!

-Es lamentable -contestó la vecina, que, más observadora, estaba al tanto del ir y venir que se traían los granjeros, pues de cualquier animal que salía de la nave, nunca más se volvía a saber-. Es lamentable que no te hayas dado cuenta, que la única moda que no ha pasado es la de que nosotros estamos destinadas a poner huevos hoy y servir de caldo el día de mañana.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: comida, cuento, cuento de primavera, encargado, gallina, gallinácea, gallo, moda, música, pata, pico corto, pienso, producción

Cuento de primavera: Asno encuentra gallina

5 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando la gallina de los huevos de oro respondió a aquel anuncio -radiado por Maese Cuervo en la emisión matutina-,  que expresaba, de forma un tanto enigmática, » Asno con facultades especiales busca pareja para amistad o lo que resulte», no podía imaginar que la virtud de aquel asno era convertir en pepitas de oro el producto de su digestión.

La gallina que ponía huevos de oro había llevado, hasta entonces, una existencia miserable. Explotada por un granjero que, cuando descubrió su habilidad, la presionaba para obtener de ella el máximo de rentabilidad, no recibía la menor recompensa por su dedicación. Al contrario, mediante un artilugio, su ambicioso propietario había modificado la duración aparente de los días para el animal que, engañado por falsas albas y atardeceres, ponía el doble de huevos de lo que correspondería al ritmo natural.

La carta que le había hecho llegar el Mirlo del Boj, contenía una oferta irresistible del asno de los cagallones de oro, que vivía una existencia también muy desgraciada, a pocas cuadras de allí. Estaba redactada en un estilo que evidenciaba su espléndido nivel cultural: «Escapémonos de nuestros cochinos explotadores y, juntando nuestras habilidades, seguro que encontraremos un lugar en el que podamos vivir felices, a pesar de nuestra desigual apariencia externa».

La gallina de los huevos de oro y el asno de oro (permítaseme la abreviatura) consiguieron, milagrosamente, reunirse en una tarde inolvidable. El burro estaba comiendo la ración de cebada y trigo candeal que su avieso cuidador le proporcionaba, a la espera de la producción áurea, cuando advirtió que el ronzal estaba mal ajustado a la argolla, por lo que pudo escaparse.

Cuando llegó a la granja de la gallina que poseía la habilidad reseñada, se encontró con que la puerta del gallinero estaba cerrada, aunque tenía la llave puesta.

Ambas circunstancias eran debidas a que era la fiesta del Bocholé Primér, y todo el pueblo había bebido en demasía, invitados por los respectivos propietarios del asno y la gallina, quienes eran, por aquello de que el ojo del amo engorda el caballo, lo que más habían gustado de las delicias de aquel brebaje embriagador.

-¡Gallina! -gritó, pues no sabía el nombre del ave de corral-Voy a abrir la puerta del gallinero de una coz y así quedarás libre para viajar conmigo.

Dicho y hecho, el asno lanzó una terrible patada sobre el portón, y lo rompió en mil pedazos; la llave quedó, colgando, de uno de los maderos, aunque aún incrustada en la cerradura. La gallina quedó libre y, consciente de que era posible una gran aventura, se subió a lomos del asno, que, a todo el galopar de sus ágiles piernas, se lanzó a recorrer el mundo, seguros ambos de que no iba a faltarles nada.

-Pon uno de tus huevos -solicitó el asno, cuando creyeron estar suficientemente alejados del pueblo del que provenían- y lo cambiaremos en la plaza de este lugar por comida para ambos y un establo en el que pasar la noche.

-¿Por qué no haces tú de lo tuyo, si no te importa? -replicó la gallina, que había sacado adelante su ánimo contestatario.

-Desgraciadamente, mi habilidad no es, como la tuya, infalible. En realidad, solo una de cada trescientas veces alcanzo a producir oro de lo que como, aunque, eso sí, lo hago en tal caso de forma abundantísima -se justificó el asno.

-Vale por esta vez -dijo la gallina, en tono condescendiente-. Pero no esperes que yo ponga trescientos huevos, con el esfuerzo y dolor que me causa, para que tú, de una sola vez, y por conducto mucho más natural, cumplas tu parte.

El asno la miró con preocupación:

-¿Qué esperas, pues qué hagamos? Yo no puedo acelerar mi proceso ni aumentar mi ritmo, a diferencia de lo que en ti sucede. Y, por cierto, tampoco creo necesario que todos los días vayamos al mercado a vender tu huevo de oro, pues, si el precio que alcanza es el que me imagino, con un par de ellos al mes tendremos bastante, y el resto, lo guardaremos por si vienen tiempos peores.

Así fue que ambos animales con tan portentosas cualidades, se dirigieron al mercado, con el huevo de oro, que habían envuelto primorosamente con papel de celofán que encontraron abandonado en un estercolero junto al que pasaron.

Resultó que era Domingo de Pascua y un padrino que estaba buscando algo original para regalárselo, en tan señalado día, a su ahijada, se sintió muy interesado en conocer el precio de aquél huevo que brillaba de manera especial.

Fue entonces cuando cayeron en la cuenta de que no tenían idea de lo que podían pedir por un huevo de oro.

-Dános la voluntad -dijo el asno de los cagallones áureos.

Y el padrino, encantado, les dio la mano y se llevó el huevo envuelto en el celofán. La niña lo recibió ilusionada, pero, cuando vio que no era de chocolate ni de otra materia comestible, lo olvidó pronto y, a los pocos días, no encontrándole utilidad, su madre o su padre lo tiraron a la basura.

En cuanto al asno y la gallina, escarmentados con el fracaso de su primera operación comercial, cuenta la leyenda que aquella noche durmieron al raso, pero nunca más volverían a pedir la voluntad, sino que se orientaron por las cotizaciones de la Bolsa de Metales de Londres, que el asno -que tenía buena vista- se acostumbró a consultar en las páginas salmón con la que les envolvían las vitaminas de base hierro en la farmacia.

Y vivieron con bastante holgura, hasta que las autoridades monetarias cambiaron el patrón oro por papel moneda.

Gran decepción supuso para la gallina que, al preguntarle al asno por el destino de lo que tenían ahorrado, creyendo que, como habían convenido, habría invertido los sobrantes con cabeza,  se encontró con que el muy burro había guardado los huevos y cagallones amontonados bajo un olmo y, descubierto que había sido el lugar por una urraca, se los había birlado de allí, tomándolos por puros abalorios.

Presa de repentina frustración, el ave se quedó clueca de pronto, y, falta de razón, se empeñó en incubar su puesta de varios días, pero por mucho que calentó el oro, no obtuvo descendencia, al no estar los huevos fecundados.

De lo que le pasó al asno, se sabe que buscó consuelo en su desánimo dedicándose a rebuznar por las esquinas lo mal organizado que estaba el mundo, en tanto la capacidad de decisión permaneciese en manos de los humanos, lo que causaba gran hilaridad a cuantos le escuchaban. Por fin, un cómico que tenía un circo con elefantes, saltimbanquis y enanos, se lo llevó con él como animal de carga, acabando sus días bastante desquiciado.

FIN

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: asno, basura, cuento, cuento de primavera, gallina, huevos de oro, oro, Pascua

Granja humana

12 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

El ensayo filosófico de George Orwell titulado Animal Farm y contado en forma de novela, podría haberse titulado Human Farm sin tener necesidad de cambiar el argumento, porque los animales de la historia son perfectamente identificables como seres humanos travestidos.

En verdad, y no solo en el idioma en el que esto escribo, se atribuyen a algunos animales defectos y virtudes para aplicarlos a los demás humanos (o a nosotros mismos), como si se reconociera que el grado máximo de una cualidad no se encuentra entre nosotros, los monos desnudos que analizó Desmond Morris.

Por eso, podemos tener hambre de lobo, memoria de elefante, ser taimados como un zorro o miedosos como los conejos o las gallinas. Faltos de coraje o de ideas, nos comportaremos como un corderito (o miraremos como uno de ellos degollado), disimularemos nuestra satisfacción con lágrimas de cocodrilo y nos arrastraremos como gusanos para pedir un favor o indulgencia.

Hay tipos que se comportan como una mosca -y, hay que prestar atención a las cojoneras-, o son molestos como ladillas. Si no merecen atención, no pasan de microbios y si son lentos como caracoles, mejor no encomendarles nada que demande prisa, ni a ellos, ni a quelonios. De tener cuidado con alguien, seámoslo con los taimados y prudentes como serpientes (consejo bíblico, además) y, como norma de felicidad, puede servir la de sentirse como pez en el agua (aunque sospecho que se siente mejor un escarabajo entre la mierda).

En el zoo humano con remedos animales, no faltan quienes tienen vista de águila, tanto para descubrir agujas en los pajares como para detectar, de lejos, a los que vienen bufando. Si encontramos a algún subordinado o criado que sea fiel como un perro, podemos sentirnos de enhorabuena, porque es más habitual que, cuando menos te lo esperas, aquel en quien confías te de una coz; que de desagradecidos está el mundo pleno, y está claro como el agua que eso de cría cuervos y te sacarán los ojos se refiere a la naturaleza de los humanos y no a la de los córvidos.

Aunque las cosas no se ven como hace años, siguen siendo motivo de murmuración ajena las cornamentas con las que se identifica a los que sufren infidelidades, ya sea por asuntos de cama o de trabajo, referencia visual tomada de animales machos -cabríos, pero también cérvidos y bóvidos- que pelean hasta la extenuación para aparearse con el mayor número de hembras del rebaño, utilizando, antes que el sexo, la testuz.

Por cierto, y sin que se sepa bien porqué, se atribuye a las gallinas la cualidad de ser promiscuas, a las ratas ser pobres y a los osos, la fealdad.

No está de mas precisar, para novatos en las delicias de esta lengua, que tenerlos como el caballo de Atila, Espartero y otros tipos que pasaron montados a la historia, no implica afición a la coyunda, sino al riesgo.

En el invierno, estés vacunado como si no, es raro que no pases unos días con una fiebre de caballo, y, en toda estación, se encontrará a especialistas en marear la perdiz o revolotear sin rumbo fijo. Se puede ser feliz como un pájaro (desde luego, no enjaulado), presumido como un pavo (real), patoso como es lo propio de los ánades, o ser tratado como un perro, que quiere decir, en este caso, mal (aunque para sí lo quisieran algunos).

Circunstancias exóticas también cuentan con adeptos en esto del lenguaje críptico, como encontrarse como pulpos en garaje o elefantes en cacharrería.

Lo dejo aquí. No quiero ser más pesado que una vaca en brazos, ni parecer más torpe que un pollo mareado, ni con menos ingenio que un mosquito, que ya serían ganas de estar por ahí pintando la mona.

Publicado en: Literatura, Sociedad Etiquetado como: asno, cocodrilo, conejo, cordero, cornudo, elefante, gallina, granja, humana, mono desnudo, Morris, Orwell, personificación, zorro

Cuento de otoño: La granja sin matarife

10 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Hay cuentos que ponen la carne de gallina, incluso a los que presumen de ser duros y correosos como los cocodrilos. Este es uno de ellos, por lo que no es aconsejable que se lea a los niños antes de irse a dormir, pero es conveniente que lo conozcan para que estén bien despiertos ante lo que se les avecina.

Había una granja en la que los animales eran cuidados con esmero. Comían cuanto les apetecía, tenían sus zonas de esparcimiento y, por las noches, se procuraba, con el auxilio de unos feroces mastines, de que ninguna alimaña merodease por los alrededores.

En consecuencia, vivían una existencia muelle, engordaban, se reproducían y disfrutaban de las ventajas de un clima y entorno muy agradables. El propietario de la granja era un hombre bueno, sensible con los animales y, en consecuencia con unos principios éticos que había asumido como inquebrantables, había tomado una decisión muy importante.

Había despedido al matarife. No soportaba que sus animales fueran convertidos en carne para ser llevados al mercado como hamburguesas, filetes o chorizos. Ni siquiera cuando las gallinas habían dejado de poner huevos, las vacas de dar leche o los caballos ya no aguantaban el peso ni del más liviano de los jinetes, les daba pasaporte forzado al otro mundo.

Los seguía alimentando y cuidando, mientras envejecían. Y cuando la muerte les llegaba de forma natural, los enterraba piadosamente en una ladera soleada.

La situación se hizo difícil. No exactamente para el dueño de la granja, que era muy rico porque su abuelo había hecho fortuna en las Américas (cuando las Américas existían como tierra prometida). Se hizo difícil para los animales más jóvenes, que veían cómo los más viejos ocupaban los mejores sitios en los comederos, en los pesebres, en las perchas y en las zonas en donde se podía rumiar bajo la mejor sombra.

Un cerdo de raza ibérica prístina convocó a los jóvenes de todas las especies para una reunión informativa. Lo hizo al amparo de la hora de la siesta, mientras los mayores dormitaban. Y eligió como sitio en donde despertar las menores sospechas, un lugar alejado de los comederos, cerca de los montones de estiércol, en donde se fabricaba abono orgánico para fortalecer los campos de remolacha y trigo.

-No debemos soportar más esta deplorable situación. Los viejos ocupan el sitio que nos corresponde en la granja. El amo los quiere más, solo porque son más antiguos en este lugar, y ellos se comen lo más sustancioso del alimento, sin producir nada a cambio. -argumentó, convincente.

-Es cierto -corroboró una de las gallinas ponederas-. El amo se come nuestros huevos, bebe la leche de las vacas nodrizas y carga pesadamente a los alazanes más jóvenes, mientras las gallinas cluecas y añosas, las vacas estériles y los caballos que no sirven ni como sementales ni para tiro, nos desplazan de los lugares de privilegio.

-Aún peor -gritó una ternera primeriza, que estaba recién parida-. Mi abuela y sus amigos decrépitos nos miran por encima del hombro, dándonos estúpidos consejos, acerca de si no debemos desperdiciar la comida que cae de los comederos, o la conveniencia de tener pocas crías para no sobrecargar la economía del patrón.

-No valen ni para solazarnos con ellos -terció una oveja que tenía restos de hierbabuena en el mentón-. Hay varios machos cabríos a los que no les importa que estemos en celo para cubrirnos, pero que se interponen entre los más potentes de nuestros compañeros, reclamando prudencia en las prácticas sexuales, porque alegan que disminuye la esperanza de vida…

El intercambio de pareceres discurrió de ese tenor durante una hora larga. Al final de la cual, uno de los cerdos más lustrosos, propuso la adopción de una medida que, en realidad, llevaba ya estudiada.

-Debemos proponer al amo que vuelva a contratar el matarife. Será la forma de eliminar a tanto vejestorio y disfrutaremos de la granja para nosotros solos, los jóvenes, como merecemos.

La propuesta fue aprobada por aclamación. Y aquella misma tarde, los animales jóvenes de aquella granja especial, que estaban dotados .como también sus mayores- de la facultad de hacerse entender de los humanos, trasladaron, como una condición irrenunciable, que el matarife debía volver a ocupar sus funciones en la granja.

El amo no quería, llevado de su sensibilidad, malestar entre los animales a los que respetaba y quería. Deseaba hacer lo mejor para ellos y, no queriendo que el alboroto se convirtiera en una revolución, llamó al matarife, para que cumpliera con el trabajo para el que estaba capacitado.

Y lo hizo, válgame Dios si lo hizo a conciencia. Explicó al amo que los animales viejos tenían la carne demasiado dura para ser llevada al mercado y no merecía la pena pagar las tasas del matadero ni los costes de conducirlos al mercado.

En cambio, sacrificó a una buena parte de los animales jóvenes, que tenían las carnes tiernas y mucho más jugosas y apetecibles para los mercados.

La calma volvió a reinar en la granja. Y los animales rebeldes, tanto los que quedaron por el momento en la casa de labranza como los que fueron conducidos al sacrificio, tuvieron algún tiempo para meditar sobre el alcance de su protesta.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: . sacrificio, amo, anciano, angel arias, animales, caballo, cerdo, cuentos de otoño, estéril, gallina, granja, joven, matarife, propietario

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