Ahora que me voy haciendo algo mayor,
comprendo por qué tengo tantas lagunas
en mi formación: no fui un niño aplicado.
Me estuvieron repitiendo lo que no había que hacer
los mejores maestros, dioses que existían,
pero otras razones me enseñaron a detectar el mal poder
y a desdeñar su vacío. A hundir sus torrezuelas
empeñé mis desmanes naturales.
Qué hermosa fue mi juventud,
mirando hembras, criticando los errores
de cada estéril macho dominante,
riéndome de su verdad como del vicio.
Contra el fuerte y marea
defendí a los más débiles,
destruí molinos de viento
hiriéndome las manos.
Crecí entre esparadrapos y algodones.
Al principio, éramos cuantos
tantos desertaron;
yo quedaba ignorante del hecho,
y seguí poniendo en solfa
cualquier saber, cualquier poder negando,
sembrando de dudas todo campo seguro,
sin notar qué solo me quedaba,
curvado como estaba
por el leve peso insoportable
de mi mochila vacía, especialista
con la hoz, el martillo, las tijeras.
(De «Poemas de encargo», Angel Manuel Arias, 2005)
