Termina 2014 y no debiera haber dudas de que ha sido un año importante. Aunque se intentó disimular su entidad, a medida que ésta crecía, echando la vista atrás o hacia los lados, para enfocar actos y personas del pasado e incluso otras celebraciones sin futuro, destaca sobre los de su constelación con especial intensidad.
Puede ser el brillo que delata la extinción de las estrellas, pero no debe pasar desapercibido.
Son muchos sus signos para ignorar su fortaleza. La globalización ya no engaña: está estallando en las manos de los que la manipulaban, alardeando ser artificieros y conocer sus ventajas. A su alrededor, danzan, como descarnados esqueletos, antiguos pretendientes a su mano que la realidad ha rechazado con rudeza.
¿Desarrollo sostenible? Sobre el papel, un joven atractivo; en el escenario, una quimera de la que se aprovechan, riendo, celestinas y chulos, que lo utilizan como trofeo y, a veces, todavía, como enseña. ¿Crecimiento constante, generador de bienestar y pleno empleo? Magnífico gañán, experto en palabras de reclamo, gran seductor con bagaje de pura fantasía. ¿Responsabilidad social corporativa? Señora de altos vuelos, utilizada como engaño para atraer consumidores compulsivos, inconscientes de lo que se hará por detrás con su dinero. ¿Sensibilidad ante el cambio climático y el deterioro ambiental? Aires de final de fiesta, música para distraer a los pasajeros de cubierta de primera, que bailan con los informes, cada vez más pesimistas, del panel orquestal que ya no se sabe bien quién ha contratado.
La Unión Europea se hunde en la ciénaga de sus terribles contradicciones: en tránsito de aquel hipotético entrañable proyecto de región de regiones a execrable vejestorio cubierto de potingues que cuenta batallitas, pretendiendo que se sigan sus consejos y se tenga en cuenta su ejemplo tardío, pero se olvide su pasado fagocitador. Pertrechada en su salón de invierno, quema los pocos muebles que le quedan, pero ya no puede disimular sus carencias: en política internacional, en defensa de la biodiversidad, en capacidad para generación de empleo, en solidaridad, en cohesión interna, en impulsar liderazgos convincentes.
El número de países verdaderamente relevantes se ha reducido, al mismo tiempo que aumentaron y aumentan los territorios que seccionan sus fronteras, bajo el estéril señuelo de pretender saber hacerlo mejor. No hace falta convocar a los sabios para interpretar las señales. Los poderes de China y Estados Unidos han decidido que es mejor ponerse de acuerdo en querer lo mismo, en lugar de continuar tirándose los trastos. Se trata de aguantar unos decenios, abrazados tiernamente, hasta que el terremoto se debilite. Estabilizada la tectónica, la reconstrucción sobre las placas derruidas, señalará nuevas vías a los supervivientes.
2014 ha servido para mostrar que la crisis es, ciertamente, momento para oportunidades, siempre que se tenga la sartén por el mango. La plutocracia rusa aprovechó la ocasión para recuperar algunos terrenos, no solo en geografía, y pulsar de paso la capacidad de protección de la OTAN sobre los bordes de Europa.
Asoma el esperpento de descubrir campos para ensayos de más potentes artefactos bélicos: se puede apelar al fanatismo religioso, al iluminismo caciquil, a la protección o escasez de recursos minerales, a la casualidad o al raciocinio. Qué más dará. Este año de tránsito ha servido también para comprobar cómo Latinoamérica se transformó, tras tiempos encerrada en su crisálida, en un glifo en el que se combinan incongruencias ideológicas, proclamas populistas y hallazgos económicos con fondos harto sospechosos, convocados al grito, cómo no, de sálvese quién pueda.
Pero si el exterior tiene importancia, es en la política interior, en nuestro pequeño país, y para quienes vivimos en él, donde la proximidad permite apreciar las grietas que se nos han hecho más profundas. Un gobierno que no sabe y que engaña: ni recuperación, ni perspectiva, ni cohesión, ni fortaleza. Una oposición que se deshace, cambiando jinetes y caballos, aunque sin saber lo que corresponde hacer, ni haber analizado el tipo de carrera.
Adiós al estado de bienestar, a la sanidad, a la educación para todos, a los beneficios sociales, a la calma ciudadana. Había cierta ilusión por conocer lo que podemos. Podemos, desde luego, mucho, pero el tiempo ha venido a mostrar rápidamente que, no basta con un diagnóstico certero, si las propuestas son fantasía de aprendices salidos de la escuela, y el mucho hablar delata el vacío de las mochilas. Hay acuerdo total en que las castas defenderán siempre sus sitios, que la corrupción, sin que alcance a todos, hace asqueroso lo que toca. Se necesita cambiar muchos fondos y maneras, cuestionar y vigilar con más cuidado. Pero la solución, que siempre hay, no vendrá de mozos con martillo. Hay que llamar a la necesidad y a la destreza.
2014 es el año de Ya está bien. El clamor es intenso, y cuando más se grite, más feroz será la resistencia. No parece que el problema provenga de la forma de Estado, sino del modo con el que se realiza su gobierno.
La Monarquía -reducida a símbolo-, se refugia en la última trinchera, prodigiosamente incólume. La nostalgia republicana tiene más miedo a sí misma que al análisis de las ventajas que la harían coyuntura. La Universidad, a menudo da la impresión de que, por no saber, ignora hasta la razón de su cáncer. Está prohibido criticar las decisiones de los jueces, cuya independencia es delito poner en duda, y hay dudas. La gran empresa es capaz de alardear de buenos resultados sin comprometerse en ayuda de quienes le hicieron crecer, desagradecida. Los comercios de cercanías cierran, arruinados, sus puertas, mientras las grandes superficies amplían sus ofertas encantados. La economía, asustada, se sumerge aún más hondo. Hay más pobres, y aunque no se quiera verlos, están ahí, junto a nosotros; y ya no todos vienen de fuera.
Se atisban cambios y, aunque es pronto para saber dónde conducen, desde la posición de observador, se intuye que provocarán, con el tiempo, que 2014 sea un año destacado en la memoria colectiva. Que sea para bien; es decir, para ya está bien.
