Me han trasladado la sospecha de que los incendios que han transformado en días pasados el verde paisaje de varias zonas del occidente de Asturias en una visión apocalíptica, fueron provocados. Más aún: que los autores son ganaderos que pretenden con ello ahuyentar a lobos y jabalís de las zonas de pastos del ganado.
No me lo creo, claro. Porque algo dentro de mí se resiste a aceptar que hay seres -con los que comparto el privilegio teórico de contarme entre las criaturas sedicentes más inteligentes del planeta-, que actúan como descerebrados, sin otras miras que sus intereses egoístas, que les impiden, además, valorar el alcance boomerang de sus desatinadas acciones.
Al desconcierto con el que trato de asimilar la mala noticia de que puedan existir pirómanos entre los pastores (además de enajenados entre los pirómanos), se une la necesidad de valorar, aunque sea para mi coleto, el resultado -es decir, el mal resultado- de las elecciones generales del 2o de diciembre de 2015.
Ha sido un mal resultado para todos. Me refiero, para el colectivo. Porque si alguien está celebrando, alegando motivos serios, el panorama que se deduce de la última votación para designar a quienes deben representarnos en el Senado y en las Cortes a los españoles, tendría que explicarnos muy bien a quienes no nos contamos entre los de su grupo, a qué atribuye su felicidad .
Atajo de urgencia a quienes puedan creer que estoy decepcionado porque mi opción no obtuvo el resultado que me apetecía. No tengo más ideología ni otro propósito a la vista que apoyar a quienes tengan el timón de gobernar en su mano. Soy consciente de que mi voto, en tanto que tal, no vale nada.
Por eso no me estoy expresando desde la posición de ningún partido político y, en especial, de ninguno de los que han sido presentados con alardes de espectáculo de prensa rosa como únicos posibles adalides del futuro del país. Me cansó pronto la manera con la que se aprestaban a sacar sus navajas afiladas, marcando distancias con los demás, en lugar de ayudar a los votantes a conocer las identidades de propósitos que facilitarían los pactos posteriores.
No oí hablar a ningún candidato, ni leí en los programas, acerca de propuestas concretas sobre creación de empleo, apoyo a la investigación de élite, definición de sectores tecnológicos preferentes, acciones de conexión con la élite empresarial y financiera, adecuación de la enseñanza a las necesidades de nuestro país, medidas contra el cambio climático, …
Me pareció ver demasiadas actitudes piromaníacas y un afán por destacar desde la boutade, la acrobacia intelectual, la apariencia de tipo listo que cree que se le va a puntuar más alto si hace la pelota al profesor o se sabe las cosas de memoria. He tenido, sin embargo, la esperanza de que -aunque dudo que la colectividad tome decisiones inteligentes cuando actúa desorientada- se alcanzara, a pesar de la dispersión de votos entre los cuatro o seis partidos teóricamente dominantes, una línea suficiente de estabilidad.
Cuando observo los resultados totales de la Convocatoria de diciembre de 2015, incapaz de sacarle más zumo a los muchos que las han analizado, matizado, recompuesto y barajado desde arriba, esto es, considerando agrupaciones posibles e imposibles de quienes obtuvieron escaños, los contemplo desde abajo, desde los que no obtuvieron ningún escaño.
Ahí están los 110 votos de Ongi Etorri (creo que es Bienvenida, en euskera), los 201 del Partido Liberal de Derechas (por si hiciera falta puntualizar), los 406 de Soluciona (con c, no con z), o los 1.906 del Partido Comunista Obrero Español (PCOE: no hay confusión posible).
Mucho más sugiere, desde luego, la evolución de quienes han tenido, sabiéndose sin la menor oportunidad de obtener escaño, el coraje de volver a postular su formación: la caída del partido Humanista (yo los hubiera votado, solo por el nombre), desde 10.132 votos en 2011 a solo 2.907 ahora; o el descalabro de la agrupación Por un mundo más Justo (¿quién no está de acuerdo?) desde los 21.210 de 2011 a los escasos 4.531 de la última prueba de fuego. Nada comparable en debacles, sin embargo, como la de Escaños en blanco (supongo que no hizo falta detallar programa alguno para este propósito) que cayó desde 97.673 a los misérrimos 10.060.
Siento, de corazón, el descalabro del joven Garzón, que me pareció el más coherente de todos los candidatos que tuvieron opción en los debates televisados. Me pareció advertir en él el brillo de la vieja izquierda, la de los que saben que van a perder, pero se conocen necesarios. He comprobado que su formación se gastó pasta colocando carteles con su foto de chico bueno en las farolas de Madrid, sin obtener el éxito deseado. Una sugerencia, para las próximas elecciones, que serán, salvo milagros, en 2016: que lance un guiño hacia los Animalistas (contra el maltrato animal); han conseguido el 0,87% de los votos (219.481) y son una fuerza emergente (102.144 en los anteriores comicios). ¡Más que UPyD!
Y, después de escribir cuanto antecede, me retiro a contemplar, con ánimo sobrecogido, el resultado incendiario de estas elecciones generales, que nos han acercado a todos al actual modelo catalán, que podía resumirse en la fórmula culinaria de cómo provocar un desaguisado con muy buenas voluntades.
