Al modo de Pascal, que decía tener la prueba de la existencia de Dios en su bolsillo -y enseñaba el reloj-, yo encuentro la premonición de que la Humanidad dejará pronto muchos huecos libres a otros seres menos sabios, pero también menos egoístas, en la mierda de perro que jalona las aceras de las ciudades más opulentas.
Ambas conclusiones necesitan, obviamente de premisas, e incluso peticiones de principio. Para Pascal, como para el arzobispo Camino (ver otros comentarios), la capacidad del ser humano para crear artefactos complejos es una demostración de que existe alguien escatológicamente superior al caos.
Para este modesto escriba, la caca que los propietarios de perros urbanitas dejan abandonada en caminos peatonales, alcorques y parterres públicos o del vecino (especialmente, por las noches, ya que la alevosía se marida bien con la nocturnidad), es la premonición de que, si existe el calentamiento global antropogénico, en pocas décadas, esto se habrá acabado para buena parte la Humanidad.
Ni siquiera necesito recurrir a una valoración pesimista de las reuniones de muchas gentes con supuesta capacidad de decisión no empleada, por la que analizan, acuerdan y resuelven, que las previsiones del Panel de Expertos sobre el Cambio Climático son prácticamente ciertas con probabilidad cercana a la unidad y que, por tanto, con la misma determinación, es urgentísimo tomar medidas que obligarían a reducir drásticamente la combustión de hidrocarburos, y no solamente en el patio de nuestra casa, sino en todos los patios traseros del mundo.
No me hace falta, porque se que, acuérdese lo que se acuerde -y, con infinita mayor razón si no se acuerda nada- no se cumplirá.
Habrá industrias contaminantes que dejarán que sus chimeneas lancen por las noches sus penachos mortíferos; habrá muchos más conductores de vehículos híbridos de teórica eficiencia máxima, que seguirán vaciando sus ceniceros en los aparcamientos y dejando el aceite ya viciado en el regato de al lado, en donde lavarán la carrocería, al tiempo que habrá constructores que falseen los resultados de control de sus prodigiosos sistemas de combustión; habrá dirigentes que defiendan, con razón, que para mejorar el nivel de vida de sus habitantes, para acomodarlo al mismo rasero que los máximos satisfechos hedonistas consumidores de mercancías, necesitan quemar lo que la naturaleza ha puesto bajo su territorio, pues es lo que han hecho antes los que les sirven de modelo.
Así que, cada vez que el lector amigo vea, en su caminar por la ciudad en la que vive, una caca de perro, puede pensar que Dios existe y que se encargará de tratarnos colectivamente como en su infinita sabiduría cree que merecemos, pero yo no puedo despegarme de la idea de que la Humanidad habrá elegido de forma autónoma, consciente, e insolidaria, su destino.
