Felipe VI cumplió con el trámite de su segundo mensaje navideño con una faena de aliño, sin arriesgar ni lucirse. No hubo pases apretados ni alardes vistosos, manteniendo la distancia en todo momento. Leyó con énfasis forzado las cuartillas que le habían preparado desde el partido aún en el Gobierno -dicen que con añadidos propios-, acompañando algunas de las frases con gestos repetitivos y bastante torpes, destinados a enfatizar los tibios contenidos.
Ha trascendido también que fue el propio monarca quien eligió el escenario para la representación -el salón del trono del Palacio Real, en la Plaza de Oriente de Madrid-. Sentado en un silloncete en medio del inmenso espacio, teniendo a su costado diestro los dos tronos barrocos que presiden la estancia, se pretendía expresar la conexión de la institución regia con la historia profunda de nuestro pueblo, y a esa referencia dedicó las primeras frases de su alocución.
El marco simbólico pudo parecer acertado para los asesores de Su Majestad, pero resultó más bien un impedimento. ¿Qué significado plebeyo cabe dar, desde esa tendencia republicana que va cobrando fuerza de vendaval, a la visión de un Jefe de Estado que ostenta un arcaico privilegio sanguíneo, implantado en una sala vacía, desprovisto de corona, símbolos y boato, pero también falto del parapeto funcional de una mesa de trabajo con papeles que revolver? Su visión producía sensación de soledad, incluso de desamparo; los amplios encuadres animaban al desapego y distanciamento: formal detachment, que diría, con Received Pronuntiation, H.M. The Queen Elisabeth of England.
El contexto en el que se producía el mensaje tenía, además, otra vinculación con el pasado, que no debería pasar inadvertida. La Navidad es una festividad religiosa y, aunque se celebre a final de Año y tenga un arraigo familiar y social indiscutible en España y en otros países, a alguien avispado se le podía haber ocurrido llegado el momento de trasladar la alocución real al último día de 2015, apurando la sintonía con un Estado aconfesional y para mayor acercamiento a una población que, por su comportamiento, se ha vuelto hedonista, informalmente republicana y agnóstica.
Dejando a un lado la opinión sobre el marco escénico, ¿se desaprovechó la oportunidad de confeccionar un mensaje más directo e incisivo? Si pretendemos responder desde el espacio que la Constitución concede a la institución monárquica, no hubiera sido posible. El Rey no ha de intervenir en política, ya que representa al Estado y es una figura simbólica. Pero es que la política sí está afectando, y gravemente, a la institución. Hay más de 5 millones de españoles que están manifestando, a gritos, su voluntad republicana. Hay, al menos, dos millones de españoles que proclaman su deseo de separarse del Estado que Felipe VI representa.
Hubiera sido una excelente oportunidad para que el Rey manifestara la base humana de su entidad, y, apartando a un lado, con un par de frases bien urdidas, la sensiblería o el populismo, dejase aflorar su opinión sobre lo que está pasando, y expresara, sin florituras semánticas trasnochadas, su voluntad de ser un colaborador activo y eficiente, para ayudar a encontrar la solución al lío de intereses políticos en el que se ha metido el país.
Esto supondría expresar claramente que la forma de Estado no es un parte del problema, que la composición del Gobierno no es el qué sino el cómo de lo que corresponde hacer y que comparte la voluntad mayoritaria de concentrarse en las prioridades que mejorarán la convivencia de los españoles -crear más empleo y de calidad, eliminar las bolsas de pobreza, mejorar el reparto de riqueza y aumentar la generación de plusvalías colectivas, etc-.
Es decir, pudo colocarse por encima del rifirrafe en que se ha encallado la política, dejando al descubierto la línea central que nos garantiza mantenernos en convivencia y no en rebeldía ineficiente. No lo hizo. En consecuencia, mi respuesta a la pregunta que me planteaba en el titular sería: idóneo, desde luego, no fue.
