Nos encontramos en el lugar exacto -en el territorio, siempre complejo, de gestión eficiente de la polis- al que, visto el resultado, querían conducirnos, poseídos de una obsesión destructiva, los líderes de los principales partidos o agrupaciones políticas de España en está última campaña electoral (20 de diciembre de 2015): el caos.
Desde luego, como si se tratar de artefactos a los que aún durase la batería, a pesar de que su período de utilización ya hubiera terminado, quienes han hecho de la política su forma de vida -y su forma de afectar a la de los demás-, siguen en campaña electoral, lanzando idénticos mensajes y pretendiendo captar la atención de quienes no los han votado, como si el mantenerse en campaña tuviera el menor interés para encontrar la solución por la que salir del atolladero.
El imaginativo carácter colectivo de nuestro pueblo, cuyas raíces simbólicas podrían encontrarse en la confluencia turbulenta de los vientos de todos los confines de la Tierra, nos hace proclives a investigar las posibilidades de tragedia, representación muy adaptada a nuestro predominante gusto por el sadomasoquismo.
En ello estamos, pues: al borde de unas nuevas elecciones generales, con una región secesionista -capitana hasta hace poco de la capacidad de conducir el liberalismo económico hacia la mayor rentabilidad, tirando del carro común-, con una monarquía formada para la excelencia, empujada hacia el rincón por un hato de jóvenes universitarios y viejos resentidos que desean experimentar nuevamente con la Historia, y, en fin, animada la grey a la estampida colectiva, con disparos al aire y al decorado de los que teóricamente debieran ser los guiadores hacia el abrevadero de la sensatez.
Se que es imposible un acuerdo mientras los que hablen (dicen que negocian) sigan siendo los mismos, y los mismos sean quienes, desde el teatrillo o desde bambalinas, les sostienen el sombrajo para que resistan, ya que no mueven de sitio las tramoyas. No creo que la cuestión sea, sin embargo, cambiar las caras de unos por las de otros.
Es inútil, estéril, pernicioso, ignorar que más de cinco millones de ciudadanos han votado por cambiarlo todo, sin tener la tela ni contar con sastres para hacer los trajes prometidos, y que son más del triple los que votaron por permanecer en la misma partitura, defendiendo el fuerte del asalto sin mucha convicción ni municiones.
Por eso, porque me cansa escuchar las mismas versiones del desentendimiento, propongo que se pongan a hablar, con el objetivo de sacar a flote un programa común, a aquellos que tengan, más que un programa de partido en la cabeza, ideas y propuestas efectivas, acerca de lo que convendría hacer. Y que, como en un cónclave para elegir Papa católico, se mantengan en tensión hasta que no den con un documento de consenso en el que se hayan trazado las líneas preferentes por las que discurrir, al menos, en los próximos cuatro años.
Doy algunos nombres, y espero no equivocarme, de unos pocos de los muchos que tienen un talante que me parece adecuado para salirse del guión, ya sea por conocimientos, experiencia, capacidad, ilusión, responsabilidad, etc.: Manuel Aguilar, Miguel Angel Ballesteros, Ana Patricia Botín, Avelino Coma, Ada Colau, Angel Gabilondo, José Luis García Pérez, Luis Garicano, Angel Garrido García, Antonio Garrigues Walker, Antonio Garzón, Luis de Guindos, Sonia Gumpert, Iñigo Errejón, Diego López Garrido, Juan López de Uralde, Andreu Mas-Colell, Cándido Méndez, Amancio Ortega, Soraya Sáenz de Santamaría, Miguel Sebastián, José Enrique Serrano, Javier Solana, Amelia Valcárcel, Javier Vega de Seoane, …
Los más jóvenes de los que me lean, objetarán que son, en su mayoría, gente mayor. Y que no pocos ya estuvieron en política. Ya, ya, pero es que no me he preocupado en absoluto de que pertenezcan a concretas o diferentes tendencias o ideologías. De algunos, incluso las desconozco. De verdad, ¿le preocupa a alguien que el objetivo sea solo poner a pensar juntos a gentes con ideas? Y en cuanto a la edad, perdónenme quienes echen en falta a treintañeros, -aunque alguno debe estar en el debate-, soy de los que opinan que con el futuro común no se pueden hacer experimentos.
He puesto solo nombres conocidos por todos, porque no quiero comprometer a amigos y colegas -u otros de los que tengo suficientes referencias ajenas- que están trabajando en silencio, sacando adelante su parcela, o formándose continuamente para un cometido mayor que, quizá, nunca les llegue.
Tengo cientos de nombres en mi lista, y, con seguridad, entre todos, podríamos aportar unos cuantos miles de propuestas de españoles que nos ayudarían a encajar mejor las piezas del caleidoscopio con el que encaramos la visión colectiva del futuro. Mujeres y hombres, jóvenes y maduros, activos y jubilados, parados y funcionarios, académicos como autodidactas. Personas de la Banca, de la judicatura, de la Universidad, de la empresa privada, de los sindicatos, …puede que algunos no hayan destacado hacia fuera, pero quienes trabajan con ellos, saben de su valía superior.
¿Los rescatamos? En todo caso, lo seguro es que los necesitamos. Porque aunque estén haciendo su trabajo, es imprescindible que se conozcan, que propongan y discutan juntos, que se pongan de acuerdo en cómo actuar. Y que, cuando hayan llegado a sus conclusiones, nos la cuenten a los demás. Si se avienen a este propósito, ya tienen mi voto por adelantado.
