La Granja Humana tiene una evolución natural, intrínseca. Aunque el proceso es dual -esto es, por una parte avanza hacia el mayor desarrollo tecnológico. por otra, se sumerge en la ignorancia y el caos-, los humanos con mayores disponibilidades económicas, ponen de manifiesto, con satisfacción, la tendencia positiva. En los foros políticos, académicos y mercantiles, la expresión que mejor recoge ese contento es «La ciencia siempre acude». Su sencilla formulación facilita que sea utilizada tanto por los sabios oficiales como por los lerdos consagrados.
No hace falta ser un lince para constatar que ese avance tecnológico, que está vinculado a la sensación de bienestar y al concepto de utilidad, no tiene una distribución homogénea. Para grandes colectividades de La Granja, la distancia respecto al grupo de cabeza se percibe como creciente, un ave que se escapa. Su situación, llena de precariedades -falta de agua, de electricidad, de saneamiento, de viviendas (no «dignas»: mínimas), de medios para explotar los recursos, de centros sanitarios, educativos, infraestructuras, de legislación, etc.- resulta, además, indecentemente afectada por la tolerancia de situaciones de corrupción, explotación humana, crímenes, marginación de género y de etnias, por parte de otros sectores aventajados de la Granja.
No hay explicación coherente ni aceptable para el mantenimiento de esas trabas, cortapisas, rémoras, promesas de ayudas incumplidas, cuando no exigencias desmesuradas, etc., que impiden que las regiones más deprimidas de La Granja levanten la cabeza. Pero, menos aún, para la introducción de elementos ajenos, que actúan a modo de experimentos. Hay muchos ejemplos: venta de armas y explosivos a tiranos o grupos incontrolables, envío de chatarras informáticas y residuos, incluso nucleares, explotación infantil y cargas de trabajo inadmisibles en horarios inaceptables.
La historia reciente de La Granja levanta la sospecha de que se han ensayado acciones de desestabilización, previstas inicialmente a pequeña escala, que se han descorregido de manera incontrolada, al fallar los puntos de contención. No de otra forma se pueden calificar los sucesos de la guerra en Afganistán, el derrocamiento y homicidio de Sadam Hussein en Irak, el apoyo al ayatolah Jomeini en Irán, la guerra en Siria, el asalto a Libia con la muerte de Gadafi, el consentimiento de la presión israelí sobre el pueblo palestino, etc.
Este relato solo pretende referirse tangencialmente a las cuestiones históricas. Sin embargo, no puedo dejar de comentar que en todos los puntos actualmente en conflicto, se detectan, aunque no sin esfuerzo, como si se tratara de un incendio provocado en un bosque, dónde empezó la desestabilización, y qué vientos la impulsaron. No siempre será fácil identificar a los culpables; los actores materiales son escurridizos y los instigadores espirituales se ocultan en laboratorios recónditos de la Granja, incluso puede que camuflados tras Oficinas de Ayuda al Desarrollo, Centros de Inteligencia, o Cooperación Humanitaria.
Hay un Olimpo para los verdaderos Poderes fácticos de la Granja. Allí están, quienes controlan los grandes factores macroeconómicos, las hambrunas, las guerras. Reparten los premios y los castigos. También se encuentran con ellos los poderes más oscuros, las injerencias metafísicas. Son los dioses no terrenales, deidades flexibles a las que se rinde devoción. En La Granja total, entre los humanos, pululan entes invisibles. (1)
Como la imaginación del Poder es inmensa, y muchas de sus creaciones y recreaciones, son efímeras, ha quedado huella solo de algunas de sus actuaciones. En este momento histórico de la Granja, la expresión más potente de esa fuerza bien pudiera ser el «mundo árabe» y su reciente evolución.
El mundo árabe comprende alrededor de una veintena de países y es un sentimiento nacido de la combinación fructífera de una lengua: el árabe y una religión: la musulmana, (con algunas variantes). Desde la perspectiva europea de La Granja, este espacio comprende el Oriente Próximo (Arabia Saudí, Chipre, Egipto, Emitatos Arabes Unidos, Irak, Irán, Israel, Jordania, Bahrein, Kuwait, Líbano, Libia, Omán, Qatar, Siria, Sudán y Yemen) y el Oriente Medio (Afganistán, Pakistán e India). Habitan en él 450 Millones de humanos, muy jóvenes en relación con la envejecida población europea: más de la mitad tiene menos de 25 años. Su potencial es tremendo, pues, además de esa fuerza juvenil, laboral e intelectual, disponen de recursos energéticos y minerales muy importantes.
Para los propios Estados de la zona, el mundo árabe incluye tanto los Estados situados al Oriente de Africa, que integrarían el Magreb ( Marruecos, Túnez, Argelia, Mauritania, República Árabe Saharaui Democrática y Libia) y el Mashrek (Egipto, Palestina, Jordania, Líbano, Siria, Arabia Saudí, Sudán, Yemen, Irak, Qatar, Bahrein, Omán, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos), excluyendo, algunos de la relación anterior.
En esa zona de la Granja, con diferencias económicas terrribles -el PIB/cápita de Arabia Saudí es 19.100 dólares; el de Yemen, 2.500; Afganistán, 1.100), a los graves problemas de subsistencia para grandes sectores de población, se ha añadido, de forma artificial, el efecto de las creencias musulmanas concretas como elemento reactivador de un conflicto olvidado.
Es una vuelta a la Baja Edad media. Pocos árabes musulmanes, hasta hace muy pocos años, tenían preocupación alguna por conocer los límites o diferencias entre la doctrina chií o suní, – la batalla de Kerbala, en el 680, señaló la separación entre ambas y la forma de seguir las enseñanzas de su Libro sagrado y de atender a los exégetas-; sucedía igual que entre protestantes y católicos, por ejemplo.
Cada uno seguía individualmente sus inclinaciones, tanto dentro de Estados laicos, como teocráticos; así era en Irán bajo el Shah Reza Palehvi; o en Egipto, con Nasser o Sadat. Pacífico estaba Túnez, hasta encabezar la ilusión de una primavera árabe, animada por «expertos occidentales» y convertido en un Estado sin rumbo desde la huída de Ben Alí -que había sido apoyado anteriormente como «democráta»- y que cuenta en su haber luctuoso el asesinato a balazos del líder marxista panárabe Chokri Belaid en 2013.
Qué decir de Siria, en guerra civil desde la revolución de los jazmines (enero 2011), copiada de Túnez, donde se intentó de derrocar a Al-Asad sin contar con el avance del DAESH, lo que cambió las tornas. No se puede dejar de mentar a Libia, donde Gadafi, apoyados los rebeldes por la OTAN, capturado herido, fue ajusticiado de forma ignominiosa, dejando al país en manos de caciques de decenas de taifas.
En 2011, por los múltiples flancos abiertos en la Granja árabe, entró un grupo depredador, llamado Estado Islámico de Iraq y Siria (ISIS, DAESH para quienes niegan al monstruo al que ayudaron a engendrar). Es, sobre todo, un ejército de asalariados, bien entrenados en las guerras de Afganistán e Irak, que siguen la herejía salafista. Los conflictos armados se extienden por la región, en donde los contendientes usan sus armamentos europeos, rusos, israelíes, canadienses y norteamericanos. Hay un efecto colateral muy importante: el miedo se ha apoderado de La Granja.
Tengo la penosa impresión de que ha sido saludado con vítores de Bienvenida desde algunos lugares.
(continuará)
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(1) Esa base tiene varios sustentos: 1) la flecha del tiempo no parece que tenga un blanco definido con el que chocar, por lo que el tiempo para evolución de la mutación de energía en materia es infinito/indeterminado; 2) resulta irrefutable la idea de que, si el tiempo no tiene límite, todo lo imaginable como posible acabará siendo verdadero; Tomás de Aquino y otros sabios han puesto de manifiesto que la concentración de todas las excelencias y bondades imaginarias tiene forzosa representación ontológica; sensu contrario, la de todas las maldades y miserias, apunta a un maligno igualmente poderoso; 3) en fin: más de 3.000 millones de seres (digamos, la mitad de la Humanidad) están seguros o han sido convencidos de que Dios existe, de que se ha manifestado en varios lugares de La Granja, y en los libros que recogen las bases de la teoría teocosmogónica, figura hasta el árbol genealógico de la deidad.
