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(Soneto para jugar a la rayuela, o cascayu)
A la de una, que inventen la vacuna;
a la de dos, nos saquen de este encierro
a la de tres, verdad digan alguna
a la de cuatro, no falte digno entierro.
A la de cinco, tenga yo fortuna
a la de seis, paseémonos sin perro
a la de siete, vigilantes con la hambruna
a la de ocho, avisos con cencerro.
A la de nueve, viejos en la cuna
a la de diez, perdónenme si yerro,
a la de once, soñando con la luna.
A la de doce, me quiten este hierro
a la de trece, vuelva aquí la tuna
y a la de catorce, fuera el testaferro,
28 de abril de 2020
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Uno de mis dibujos más enigmáticos -y queridos, por lo que significa, en mi opinión de realización conseguida-, y que también he pintado a óleo en formato grande (el original, a lápiz y acuarela, tiene la dimensión A3, habitual para mis creaciones pictóricas, por la facilidad de llevar el bloc en mis excursiones o mantenerlo sobre mis rodillas mientras veo una película en la tele; me es muy difícil concentrarme en la pantalla).
El título es, en sí mismo, un desafío y proporciona una pista: «El hijo de la afrenta». Una mujer y dos hombres. Ella lleva un extraño ser en brazos, casi cayéndole al suelo por la poca maña con la que lo sostiene; ese hijo (según el título) tiene cuerpo humano, de infante, y cabeza de pájaro. Los dos hombres tienen diferentes actitudes: el central, protector, extiende sus brazos para abarcar tanto al otro hombre como a la mujer. El de la izquierda del dibujo lleva el pecho abierto y de él está extrayendo un masa confusa de intestinos y naturaleza. El rostro de la mujer adúltera refleja inocencia y candorosidad; pudor, incluso.
Estaría claro que, tratándose de un adulterio, el sufridor de la afrenta sería el marido cornudo, que abre su pecho, en expresiva bondad, hacia la mujer amada, siendo desconocedor de que el niño que lleva su esposa en los brazos no es suyo.
Pero una única interpretación no encajaría con la polivalencia que siempre -casi siempre- pretendo dar a mis cuadros y dibujos. La mujer, cuyo rostro recuerda a las magníficas hembras de Botticelli, ( la Venus de su Nacimiento, en concreto), es un trasunto de esa diosa pagana, como es sabido, es símbolo de erotismo y fertilidad.
El niño es, en realidad, un demiurgo, un semidios, una mejora de la raza humana, que será capaz de volar como un pájaro, además de estar dotado de la inteligencia y el poder propio del hombre. No se representa, pues, un adulterio, sino una concepción consentida. Y «el hijo de la afrenta» es, por tanto, una promesa de futuro, que su padre putativo acoge con cariño y promesa de dedicación.


Da gusto leerte, Angel.
En estos dias de encierro, me recuerdas a Joaquin Vidal , q en aquel antaño, buen periodico, sus cronicas de toros , eran imprescindibles.
Que arte escribir bien, no es mi don. Quizás al no dominar la máquina, no puedo escribir según voy pensando.
Me alegro saber que stá bien Angel. Los que te conocemos del CIDES, te hechamos e menos .
Seguiré leyendo, sonetos y lo que se tercie
Un fuerte abrazo y cuidaros