Por los veranos, la casa grande se llenaba de actividad. A final de cada primavera, se abrían de par en par sus puertas y ventanas, para airearla de la humedad acumulada durante el invierno. Se revisaban las filtraciones de las paredes y, si hacía falta, se pintaba alguna pared, se reponían las tejas que se habían roto para controlar las goteras y se sacaban los sillones de mimbre y sus correspondientes cojines de hierba seca a la azotea.
A través de las rejas del portillo que cerraba el alto muro de piedra coronado por hileras de cristales de botellas con peligrosos bordes, yo podía ver el ajetreo. Dos mozas de las del pueblo, contratadas como criadas de temporada, sacudían frenéticamente las alfombras, quitaban las colchas que habían cubierto los muebles y limpiaban el polvo acumulado sobre los libros de las estanterías. Finalmente, fregaban hasta dejarlos como los chorros del oro, los suelos de madera de castaño del comedor y los pasillos, haciendo que todo oliera a limpio, es decir, a jabón Lagarto y a lejía.
Era siempre domingo cuando llegaban los inquilinos de la casa grande. Venían en dos coches. En el que iba delante, viajaban los señores y algunas maletas. El era magistrado de la Audiencia, un tipo muy importante, que hablaba poco y jamás se mezclaba con nadie, pienso que para no contaminarse. Conducía. Ella, había heredado la casa de un medio hermano que había hecho las américas y al que unas fiebres reumáticas le habían dejado para siempre por allá; tampoco era precisamente alegre como unas pascuas.
En el segundo coche, que manejaba «un propio», venían los niños (un varón y una hembra), el perro pekinés, y atado a la baca, bien ajustado con cuerdas recias de calabrote, un colchón doblado.
Aquel año en concreto del que más me acuerdo, vino también una joven francesa que había sido contratada como institutriz o algo similar. También recuerdo una frase que pronunciaba frecuentemente, con su voz cantarina, aquella joven empleada. Lo hacía, supongo, no tanto por reprender a los pequeños como por justificar su sueldo como asistenta au pair: comportévú lesanfán.
Era una mujer muy simpática, que me daba caramelos y algún bocadillo con una onza de chocolate y manteca, bailaba con mucha gracia en el salón cuando hacían fiestas y no tenía problema en enseñarnos las piernas a los muchachos, haciendo ágiles volatines de su propio cuerpo, que muy bien podría estar compuesto de alambres sino fuera porque era evidente que su composición era de carne.
Yo me hice desde el principio amigo del chico, que tenía más o menos mi misma edad y se llamaba Gasparín. La niña era algo más joven y no me caía nada bien; había heredado los palos de escoba de sus padres, miraba por encima del hombro a todos los del pueblo. Lo juro, no recuerdo su nombre.
Fue la nuestra una amistad singular, de íntimos amigos, aunque tengo la impresión de que mi amigo nunca supo que lo fuéramos tanto. No le dejaban salir fuera del cercado de piedra de la casa grande. El alto muro de piedra la convertía para los ajenos en una fortaleza, pero también era para él, su cárcel.
Pasábamos muchas horas juntos, porque yo acompañaba a mi padre, que era el jornalero para todo en la casa grande. Mientras mi padre se encargaba de atender el jardín y la huerta, podaba los setos, injertaba los árboles, picaba leña, alimentaba los mastines, regaba los frutales, recogía la fruta, o llevaba los desperdicios de la casa al estercolero con la carretilla, nosotros, los niños, jugábamos.
Enseñé a mi amigo a hacer trampas para pájaros, a distinguir un nido de malvís de otros de urraca, a coger avispas y abejas por las alas, a sacar grillos de sus agujeros, distinguiendo los machos de las hembras, y a predecir el tiempo del día siguiente mirando las nubes rojas de poniente.
El me enseñó, sobre todo, a entender que no era diferente.
Una noche, nos escapamos al río, y le enseñé a coger truchas con las manos, haciéndoles cosquillas mientras dormían, buscándolas bajo las piedras con una linterna que yo llevaba. Regresamos ateridos, pero muy contentos. El estaba encantado de quedarse con todo lo que habíamos pescado-una media docena de peces, y una de ellas de casi medio kilo-, porque deseaba enseñárselas a su padre, y hacerle sentirse orgulloso.
-Las dejaré sobre la mesa de la cocina, para que mamá las vea cuando se despierte; se pondrá muy contenta -fue su despedida.
Al día siguiente, mi padre me levantó de la cama a trompicones y me riñó muchísimo. Me prohibieron volver a ir a la casa grande.
-¡A quién se le ocurre llevar a un chico de ciudad al pozo Verdugo! ¡Podía haberse ahogado! -gritaba, mientras me sacudía. Pero no me hizo daño.
De todo esto hace ya bastantes años. Quizá cuarenta, puede que incluso alguno más. Mi amigo y yo no volvimos a vernos. La casa grande estuvo cerrada mucho tiempo, y a través de las rejas del portillo apenas se veía ya nada, porque la yedra cubría la entrada. Nadie la cuidaba; no había perros mastines que la guardasen, los frutales se secaron y las urracas anidaron en las ramas más altas y en la chimenea.
Yo tuve pronto que ganarme la vida, y me fui a buscar trabajo fuera, al extranjero, que era donde lo había. Tuve poco contacto con el pueblo.
Hace poco tiempo que regresé definitivamente al pueblo, a la casa que había sido de mis padres, ya fallecidos, y que también había sido abandonada. Me encontraba muy cansado, con el ánimo de quien ha sufrido una derrota definitiva. Estaba convencido de que mi vida había sido un fracaso, porque, sintiéndola ya casi en su final, no tenía hijos que me cuidaran, me encontraba divorciado pos segunda vez, sin trabajo ni ganas de buscarlo y la mayor parte del dinero que tenía ahorrado se lo habían devorado los abogados.
Con cariño y nostalgia, sabiendo que no tenía nada mejor que hacer en el resto de mi tiempo, restañé las grietas y desconchados de la fachada, reparé el tejado y vi con emoción que el naranjo que había sido mi confidente en las noches en vela, aún se mantenía en pie, apoyándose tal vez en el mar de zarzamoras que dominaba la pequeña huerta.
Esta misma tarde, una persona mayor, con profundas entradas y el rostro de aspecto cansado, se me acercó mientras estaba repasando con pintura blanca la puerta de la casa que me pertenecía.
-¿Será usted, por casualidad, el niño que cogía truchas con las manos? -me preguntó.
-¿Gasparín? -fue lo que salió de mis labios, mirando con sorpresa desbordada al desconocido.
Nos analizamos mejor, nos reconocimos sin dudas, y me fundí con aquel hombre que venía de la casa grande, hecha una ruina, en un abrazo. Sí, yo era el niño que cogía truchas con las manos. Algo quedaba de nosotros todavía.
Era solo cuestión de descubrirlo.
FIN

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