Al socaire

Blog personal de Angel Arias. La mayor parte de los contenidos son copy@left, aunque los dibujos, poemas y relatos tienen el copy@right del autor

  • Inicio
  • Sobre mí

Copyright © 2026

Usted está aquí: Inicio / Archivo de pueblo

La estrafalaria figura del mandato político

9 agosto, 2016 By amarias 1 comentario

_DSC0070

Durante estos últimos meses de oscurantismo político en España, se está utilizando con profusión, la expresión «por mandato del pueblo», reforzándola o aderezándola con supuestas variantes: «los españoles han decidido con su voto» o «tenemos la obligación frente a nuestros votantes», y otras muchas de parecido tenor, con las que sus dicentes pretenden haber obtenido la facultad para hacer, en esencia, lo que les peta.

Esta adulteración del término proviene de una doble confusión. Por una parte, ignorar que el mandato es el período por el que un elegido para representar a una colectividad ejerce la función que se le ha encomendado. No hay mandato, pues, hasta que no se toma posesión del cargo.

Por otra, se ha producido la extralimitación sobre el significado y, por tanto el alcance, del hipotético contrato verbal entre quien detenta el poder (actualmente, en la acepción constitucionalista tipo, el pueblo soberano, al que se atribuye haber decidido con anterioridad que existen valores patrimoniales, funciones de gestión y control que es conveniente encomendar a ciudadanos privilegiados) y aquellos a quienes se delega su ejercicio (los políticos electos, mediante procedimientos consensuados). No es esta encomienda un permiso vacío, amplio o irrestricto; ni siquiera está basado en la confianza que pueda generar la capacidad del elegido, sino que está sujeto a las condiciones de contorno que marcan, conjuntamente, el programa propuesto por el partido correspondiente, y la propia situación a resolver, sea cual fuere su complejidad.

Defiendo, por tanto, que, contrariamente a lo que se está interpretando ladinamente por quienes negocian, en no se sabe ya qué términos ni bajo qué condiciones, la formación de un Gobierno, no hay mandato para actuar libremente, ni patente de corso para ir por las calles de la improvisación que más les apetezcan. En un momento como el que se vive en España, en que llevamos dos elecciones generales y vamos camino de una tercera, sin que exista acuerdo entre los partidos para elegir un presidente de Gobierno, no es la capacidad negociadora de los líderes políticos la que está en juego, sino que se ha puesto de manifiesto la incapacidad de la sociedad para encontrar una solución a las graves crisis que padecemos.

No ha habido ninguna propuesta que resultara suficientemente convincente, y el voto popular se ha desparramado entre varias opciones, sin privilegiar realmente a ninguna.

Por tanto, analizado con frialdad, lo que los españoles han expresado con su voto es, sencillamente, el cumplimiento de una obligación surgida por los usos y costumbres de un estado democrático, que quizá tuvo su sentido -paradógicamente, cuando no había tanta parafernalia puesta en papel- en reuniones o juntas abiertas, en las que todos los asistentes tenían ocasión de expresarse (y lo hacían, con la precisa contundencia). Ese «·derecho ciudadano a votar», en la actualidad, se ha convertido en una trampa, un engorro o un rompecabezas para el hallazgo colectivo de soluciones complejas en momentos delicados.

Los programas políticos son líneas abiertas sin compromisos claros, propuestas sin alicientes precisos, trucos ideológicos que el líder de turno convierte en base para sus dotes de improvisación. No se debería votar a programas prendidos con alfileres y mal ajustados, para que luego los partidos entendieran que se les ha dado un voto de confianza.

Lo que la disparidad de votos ha demostrado, en suma, es que lo que los ciudadanos hemos emitido, en conjunto,  voto de desconfianza.

Los ciudadanos, en situaciones así, nos vemos sobre-solicitados. No se nos pida que, en tanto que votantes, ofrezcamos soluciones, ni siquiera que sepamos interpretarlas o valorar las que se nos presentan de forma confusa o imperfecta. Incluso, no se espere que abramos en torno a los programas, en un par de meses, un debate constructivo. Ese no se improvisa, ni se construye desde la discusión paritaria, cuando los temas a discutir superan ampliamente lo que cabe esperar del sentido común o del raciocinio combinado de la experiencia y la voluntad. Lo obvio, cuando se propone a un grupo de gentes, sin información ni los conocimientos previos, que propongan una actuación concreta sobre un tema complicado, es que se obtengan múltiples sugerencias, una panoplia de opciones, de las que algunas podrán ser utilizables -previo desbaste y pulido intelectual- pero lo mayoría serán simples elucubraciones.

Nada hay más complejo, hoy por hoy, que dirigir los asuntos de un Estado de los llamados desarrollados, en un panorama general de crisis, con amenazas de extrema gravedad -desde el colapso del sistema capitalista hasta el terrorismo indiscriminado-. No cabe la improvisación, ni apelar a mandatos del pueblo para justificarse. El pueblo no sabe, ni tiene por qué saber. Quiere, pero no puede; no tiene argumentos o soluciones sobre cómo salir de los problemas ni predecir la mejor actuación futura, pero, con razón, donde le duele, protesta.

Grave responsabilidad la de los cabezas de lista de los partidos más votados. No tienen mandato para lo que pretenden, ni siquiera tienen mandato aún para lo que les encomendaremos, que no es sino la imperiosa necesidad de sacarnos del atolladero. Juntos. Es comprensible que duden, que no sepan muy bien qué hacer. Tenían que haberlo pensado mejor antes, Pues que trabajen en ello. Pero lo que no resulta admisible es que, encima, nos calienten la cabeza.

—-

PS.- Incluyo una fotografía de un aguilucho. Vuelan muy alto, casi siempre a las mismas horas, lanzando gritos agudos. Con su vista extremadamente penetrante, los pajarillos que se asusten con esos estridentes sonidos y cambian de lugar, delatando su situación, se convierten en la presa elegida para su voracidad. Los que se quedan quietos, no corren peligro. Por su parte, los córvidos, ante uno de sus ataques, se defienden en grupo, y los ahuyentan. He sido testigo del éxito de una oropéndola macho en defender su nido frente a uno de estos majestuosos depredadores, al que sometió a una persecución implacable, hasta que lo hizo salir de su área de control.


 

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: acuerdo, democracia, elecciones, gobierno, mandato, partidos políticos, pueblo

La voz del pueblo

20 enero, 2016 By amarias 2 comentarios

En el concepto resbaladizo y sinuoso de democracia, hay un componente bastante perverso que aparece cuando se consulta al pueblo -es decir, a la generalidad que se supone resultará afectada por la decisión que se tome- qué es lo que opina sobre una cuestión concreta.

Claro está que, como no se va a entregar al personal al que se interroga un cuestionario completo con las diferentes opciones, ni mucho menos, se va a facilitar a cada individuo la posibilidad de expresar matices, condiciones o añadidos en unas hojas supletorias, la cuestión queda reducida a que diga sí, no, o nada (paleta en blanco o quedarse en casa) o  a que se deje convencer por la labia, el careto o el programa de quienes han decidido dedicarse, de por vida, o por una temporada, a manejar los dineros públicos.

En particular, si se trata de un asunto tan complejo (aunque no necesariamente el más delicado) como designar representantes de la población por una temporada larga, incluida la opción de que entre ellos nombren un Presidente de Gobierno que ordene los asuntos de la caja común, no dejará de sorprender al votante juicioso e independiente, la cantidad de opciones a las que entregar su voto.

El dicho popular indica que «si llueve como si hace calor, el culpable es el alcalde». (1) Con mayor razón, si la economía va mal o regular, el culpable es el partido de Gobierno, y, en este caso, además, en España hemos tenido la fortuna de que el Jefe de Gobierno es un señor bastante mayor y al que, perdóneseme la osadía, no parece haberle dado natura el don de la labia jacarandosa.

Como tocaba convocar elecciones generales, el momento parecía oportuno para lograr una alternancia, que diese nuevos aires -no ventarrón- al paquebote en donde viajamos todos los españoles. Me gustaría haber subrayado «todos», pero ahí lo dejo, porque no hay que menospreciar la sagacidad del lector.

Dicen que el pueblo, pues, habló. Y lo hizo con claridad tan sutil que no hay analista que se aclare, por más que se estrujen las meninges, se tracen líneas rojas o verdes por los portavoces de los partidos y se barajen al tuntún o de buena fe las combinaciones para formar gobierno, pues existen cuatro agrupaciones -de los cientos que se postularon- que andan más o menos igualadas y que, si se combinan dos a dos, no alcanzan mayoría simple para nombrar quien lo presida.

¿Tenemos un país ingobernable? En absoluto. Aunque la Historia tenga ejemplos de Estados que se fueron al garete por la ambición, insidia o dejación de sus mandatarios, no es ese el riesgo que corremos. Lo que nos ha pasado es que las opciones de los cuatro partidos que han salido como minivencedores de esta contienda electoral tienen cosas buenas y malas, según cómo se mire, pero ninguno ha conseguido seducir de manera convincente a algo más de la mitad de los votantes.

Porque, de eso se trata, cuando se pide al pueblo que elija: de elegir entre dos opciones, carne o pescado; de postre: arroz con leche o café solo. Y que una de ellas obtenga la mayoría -aunque sea por un pelo, o incluso, que lo sea de esa mínima manera-.

El país estaba ya adquiriendo la costumbre de escoger entre Derecha liberal o Socialdemocracia, que a mí me sigue pareciendo de lo más saludable. Aparecieron más opciones, de las que dos resultaron destacadas: Podemos (bajo el lema subterráneo de Cambiarlo todo de momento y Luego ya se verá) y Ciudadanos (con su eslogan de Somos capaces y sensatos y, además, separaremos la caja común de la propia).

Todas tienen su puntito, sobre el papel. Pero, como la inmensa mayoría no leerá papeles, el asunto de decidir se trasladó a los caretos y a la labia, con el resultado conocido. Lamentablemente, el Menú no permite combinar tantas opciones y, aunque las encarguemos a la mesa, lo que tendríamos garantizado es un empacho colectivo.

Por tanto, es preferible que no se alcancen acuerdos en esta ronda. Que se vuelvan a sus rediles, mediten los muñidores de cocina que les falta a cada una de las opciones para alcanzar la mayoría, y que se presenten con nuevos platos a la mesa. Porque si han de ir modificando las enjundias, las salsas y el porqué cuando estamos sentados, con el hambre que tenemos, presumo que no habrá Hoja de reclamaciones a la que dirigirnos con solvencia.

—

(1) Circulan múltiples variantes de esta imputación gratuita. Me gusta especialmente, ésta, en bable occidental: «Cuando llueve y fai aire, tola culpa tienla l’alcalde; cuando llueve y fai sol, tola culpa tienla el rexidor».

 

Publicado en: Actualidad, Política, Sociedad Etiquetado como: acuerdo, elecciones, gobierno, programa, pueblo, reclamaciones, repetición, voz

Cuento de invierno: El niño que cogía truchas con las manos

3 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Por los veranos, la casa grande se llenaba de actividad. A final de cada primavera, se abrían de par en par sus puertas y ventanas, para airearla de la humedad acumulada durante el invierno. Se revisaban las filtraciones de las paredes y, si hacía falta, se pintaba alguna pared, se reponían las tejas que se habían roto para controlar las goteras y se sacaban los sillones de mimbre y sus correspondientes cojines de hierba seca a la azotea.

A través de las rejas del portillo que cerraba el alto muro de piedra coronado por hileras de cristales de botellas con peligrosos bordes, yo podía ver el ajetreo. Dos mozas de las del pueblo, contratadas como criadas de temporada, sacudían frenéticamente las alfombras, quitaban las colchas que habían cubierto los muebles y limpiaban el polvo acumulado sobre los libros de las estanterías. Finalmente, fregaban hasta dejarlos como los chorros del oro, los suelos de madera de castaño del comedor y los pasillos, haciendo que todo oliera a limpio, es decir, a jabón Lagarto y a lejía.

Era siempre domingo cuando llegaban los inquilinos de la casa grande. Venían en dos coches. En el que iba delante, viajaban los señores y algunas maletas. El era magistrado de la Audiencia, un tipo muy importante, que hablaba poco y jamás se mezclaba con nadie, pienso que para no contaminarse. Conducía. Ella, había heredado la casa de un medio hermano que había hecho las américas y al que unas fiebres reumáticas le habían dejado para siempre por allá; tampoco era precisamente alegre como unas pascuas.

En el segundo coche, que manejaba «un propio», venían los niños (un varón y una hembra), el perro pekinés, y atado a la baca, bien ajustado con cuerdas recias de calabrote, un colchón doblado.

Aquel año en concreto del que más me acuerdo, vino también una joven francesa que había sido contratada como institutriz o algo similar. También recuerdo una frase que pronunciaba frecuentemente, con su voz cantarina, aquella joven empleada. Lo hacía, supongo, no tanto por reprender a los pequeños como por justificar su sueldo como asistenta au pair: comportévú lesanfán.

Era una mujer muy simpática, que me daba caramelos y algún bocadillo con una onza de chocolate y manteca, bailaba con mucha gracia en el salón cuando hacían fiestas y no tenía problema en enseñarnos las piernas a los muchachos, haciendo ágiles volatines de su propio cuerpo, que muy bien podría estar compuesto de alambres sino fuera porque era evidente que su composición era de carne.

Yo me hice desde el principio amigo del chico, que tenía más o menos mi misma edad y se llamaba Gasparín. La niña era algo más joven y no me caía nada bien; había heredado los palos de escoba de sus padres, miraba por encima del hombro a todos los del pueblo. Lo juro, no recuerdo su nombre.

Fue la nuestra una amistad singular, de íntimos amigos, aunque tengo la impresión de que mi amigo nunca supo que lo fuéramos tanto. No le dejaban salir fuera del cercado de piedra de la casa grande. El alto muro de piedra la convertía para los ajenos en una fortaleza, pero también era para él, su cárcel.

Pasábamos muchas horas juntos, porque yo acompañaba a mi padre, que era el jornalero para todo en la casa grande. Mientras mi padre se encargaba de atender el jardín y la huerta, podaba los setos, injertaba los árboles, picaba leña, alimentaba los mastines, regaba los frutales, recogía la fruta, o llevaba los desperdicios de la casa al estercolero con la carretilla, nosotros, los niños, jugábamos.

Enseñé a mi amigo a hacer trampas para pájaros, a distinguir un nido de malvís de otros de urraca, a coger avispas y abejas por las alas, a sacar grillos de sus agujeros, distinguiendo los machos de las hembras, y a predecir el tiempo del día siguiente mirando las nubes rojas de poniente.

El me enseñó, sobre todo, a entender que no era diferente.

Una noche, nos escapamos al río, y le enseñé a coger truchas con las manos, haciéndoles cosquillas mientras dormían, buscándolas bajo las piedras con una linterna que yo llevaba. Regresamos ateridos, pero muy contentos. El estaba encantado de quedarse con todo lo que habíamos pescado-una media docena de peces, y una de ellas de casi medio kilo-, porque deseaba enseñárselas a su padre, y hacerle sentirse orgulloso.

-Las dejaré sobre la mesa de la cocina, para que mamá las vea cuando se despierte; se pondrá muy contenta -fue su despedida.

Al día siguiente, mi padre me levantó de la cama a trompicones y me riñó muchísimo. Me prohibieron volver a ir a la casa grande.

-¡A quién se le ocurre llevar a un chico de ciudad al pozo Verdugo! ¡Podía haberse ahogado! -gritaba, mientras me sacudía. Pero no me hizo daño.

De todo esto hace ya bastantes años. Quizá cuarenta, puede que incluso alguno más. Mi amigo y yo no volvimos a vernos. La casa grande estuvo cerrada mucho tiempo, y a través de las rejas del portillo apenas se veía ya nada, porque la yedra cubría la entrada. Nadie la cuidaba; no había perros mastines que la guardasen, los frutales se secaron y las urracas anidaron en las ramas más altas y en la chimenea.

Yo tuve pronto que ganarme la vida, y me fui a buscar trabajo fuera, al extranjero, que era donde lo había. Tuve poco contacto con el pueblo.

Hace poco tiempo que regresé definitivamente al pueblo, a la casa que había sido de mis padres, ya fallecidos, y que también había sido abandonada. Me encontraba muy cansado, con el ánimo de quien ha sufrido una derrota definitiva. Estaba convencido de que mi vida había sido un fracaso, porque, sintiéndola ya casi en su final, no tenía hijos que me cuidaran, me encontraba divorciado pos segunda vez, sin trabajo ni ganas de buscarlo y la mayor parte del dinero que tenía ahorrado se lo habían devorado los abogados.

Con cariño y nostalgia, sabiendo que no tenía nada mejor que hacer en el resto de mi tiempo, restañé las grietas y desconchados de la fachada, reparé el tejado y vi con emoción que el naranjo que había sido mi confidente en las noches en vela, aún se mantenía en pie, apoyándose tal vez en el mar de zarzamoras que dominaba la pequeña huerta.

Esta misma tarde, una persona mayor, con profundas entradas y el rostro de aspecto cansado, se me acercó mientras estaba repasando con pintura blanca la puerta de la casa que me pertenecía.

-¿Será usted, por casualidad, el niño que cogía truchas con las manos? -me preguntó.
-¿Gasparín? -fue lo que salió de mis labios, mirando con sorpresa desbordada al desconocido.

Nos analizamos mejor, nos reconocimos sin dudas, y me fundí con aquel hombre que venía de la casa grande, hecha una ruina, en un abrazo. Sí, yo era el niño que cogía truchas con las manos. Algo quedaba de nosotros todavía.

Era solo cuestión de descubrirlo.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: amistad, casa grande, cuento de invierno, institutriz, jornalero, muro, pueblo, tejado, verano

Cuento de otoño: Las zapatillas que permitían ver el futuro

29 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

En las que serían las tierras donde, algunos siglos más tarde, dominaría el primer maharahjá de Kapurthala, posiblemente antes incluso de que Gurú Nanak naciera (aunque de esto no estoy seguro), y, como pura coincidencia, en un pueblo que estaba relativamente cerca de Talwandi, vivía un joven, de familia humilde, a quien llamaban Atal.

Se trataba de un muchacho de natural despierto y, por tanto, preocupado por conocer la verdad de las cosas, por lo que no cesaba de preguntar a todos los que suponía que eran sabios y, en especial, a cuantos se decían iluminados por la gracia de Dios, que, por aquella época, también eran numerosos.

Sucedió que, un día en que salía de acompañar el rezo comunitario en el lugar apropiado para ello, al ir a recoger sus babuchas, no las encontró. A la entrada de la mezquita, quedaban aún por retirar decenas de calzados de otros fieles y simpatizantes, pero ninguno se parecía a sus babuchas, que estaban muy gastadas por el uso, pero eran las suyas.

-Espera a que todos recojan su calzado, y quédate con las zapatillas que sobren -le aconsejó el santo del lugar, quien había dirigido la plegaria comunitaria, y que tenía la fama de que jamás se equivocaba.

Así lo hizo Atal, y cuando el último de los creyentes se retiró -un anciano achacoso que estaba próximo a conocer la verdad de la existencia, pues estaba a punto de morir-, halló que las babuchas que nadie había recogido estaban hechas de una tela preciosísima, y terminadas en los bordes con delicadas puntadas de hilos que parecían de oro.

Atal hubiera creído que eran las del anciano, pero éste se calzó unas agujereadas y cubiertas de polvo.

-¿No serán las suyas, venerable anciano, éstas otras? -le preguntó Atal, atajando el paso del creyente en edad de no admitir ya dudas, convencido de que, por la corta vista del viejo, se habría equivocado al elegir el calzado.

-No, querido hijo -fue la respuesta-. Ya ves que estas me quedan como un guante. Esas han de ser las tuyas, o de alguien que decidió regalártelas.

Puesto que no tenía la menor intención de volver a su casa sin calzado, ya que las que le habían desaparecido eran las únicas que tenía, y contando de nuevo con el beneplácito del santo director, se enfundó en las babuchas que la suerte le había concedido.

Lo hizo, desde luego, no sin preguntarse cómo alguien podía haberse olvidado una prenda tan delicada y cara, pero en el templo no quedaba ya nadie, y el encargado de velar por la pureza del sagrado lugar, cerró la puerta con las tres llaves que llevaba al cinto y le urgió a que se marchara, pues le estaban esperando para almorzar

No bien había calzado el joven sus pies, se dio cuenta, en primer lugar, que le quedaban algo grandes, y, en segundo, notó que un flujo potentísimo, una energía incontrolable, le llegaba desde los pies al cerebro, hasta el punto que casi pierde el conocimiento. Aquellas zapatillas eran, sin duda, mágicas.

Es cierto que, al principio, después de los primeros pasos, no advirtió los peculiares efectos. Fue al doblar la primera esquina, ya enfocando su caminar hacia la parte más antigua de medina, en donde vivía con su madre enferma, en una de las casitas de adobe, cuando Atal comprendió lo que le estaba pasando: era capaz de ver el futuro.

No el futuro inmediato, sino el futuro lejano. Su cabeza se encontró atiborrada de imágenes, que no cesaban de fluir desde los pies a la cabeza.

Vio artefactos de indescriptibles hechuras, unos voladores como cometas, otros sumergibles y ágiles como percas o más veloces que los tigres y más fuertes que los elefantes.

Vio guerreros con armas que mataban a distancia, empeñados en buscar enemigos con los que entablar cruentas batallas. Vio hombres y mujeres entregados a placeres que le parecieron abyectos, y muchos niños muriéndose de hambre. Vio cajas gigantescas que echaban humo, ríos que se convertían en mares y vergeles que se tornaban desiertos tórridos. En todas las imágenes que contemplaba en su cabeza no faltaban poderosos fundamentalmente taimados y pobres básicamente convencidos.

Cuando llegó a casa, la imagen se le había detenido, como una pirinola que se parara de repente, en una curiosa población, desconocida para él, y en una época que tampoco pudo precisar exactamente, falto de toda referencia.

-Madre, veo que, dentro de varios siglos, habrá un pueblo con hombres de tez blanca y pelo moreno que, abandonando lo que habían considerado su verdadera religión, venerarán a dioses de carne y hueso.

Su madre, que estaba postrada por las fiebres, le advirtió de los perniciosos efectos del alcohol de arroz, suponiendo que, de vuelta a casa, su hijo habría tomado bebidas espirituosas con los amigotes.

-No bebí ni una gota de agua, madre. Veo que esos dioses son planos, habitan en un recinto de cristal y llevan las piernas al aire. Ocupan el tiempo dando patadas a una bola, que mueven de un lado para otro -decía, contando sus visiones, el muchacho.

-¿Y qué les pasa a esos seres, hijo? -se interesó la madre, que, como todas las madres, no descartaba la opción de que su retoño pudiera ser un bienaventurado, y ganar dinero en las ferias con su arte.

-Algo muy rato. Uno de ellos es aclamado como líder del grupo, le rodean los niños para besarle las manos (o algo parecido), y los adultos gritan que desearían que sus hijos se parecieran a él, sin importarles que sea un ladrón mientras siga siendo capaz de hacer malabarismos con la bola -continuaba Atal, aún con las babuchas mágicas en los pies, y los ojos cerrados.

Su madre se lamentó, entonces, de que su marido no hubiera estado allí, para exorcizar al sacrílego, pues creyó que su hijo había sido presa de las fuerzas malignas. Pero el padre de Atal hacía ya tres años que había sido incinerado, y, con seguridad, vagaría por el éter, en busca de una próxima reencarnación, sin importarle ya su antigua familia.

-Veo que en ese pueblo en el que, por cierto, millones de personas se encuentran sin trabajo, vive también un Rey anciano al que le gusta cazar elefantes, aunque le duelen los huesos…-el muchacho parecía enajenado, y la madre le urgió a que quitase las babuchas y las devolviera a su dueño, que, con seguridad, las estaría buscando, y se dejara de decir tonterías.

-Espera…espera aún…Veo ahora que la hija de ese rey está casada con un atleta de otro juego algo diferente, que consiste en meter una bola mayor por un aro situado por encima de la cabeza -reincidía Atal, advirtiendo, de paso, que no podía quitarse tan fácilmente las zapatillas, porque parecían adheridas a la piel de sus pies.

-Estás poseído por las fuerzas malignas, sin duda… -se lamentó la anciana, haciendo esfuerzos para levantarse del lecho, lo que no conseguía, pues estaba baldada de la espalda y débil por la fiebre.

-Veo que ese atleta venerado por la multitud está a punto de ser juzgado por no haber pagado diezmos a las arcas públicas y, al mismo tiempo, y por similar motivo, la hija de ese Rey es insultada con despecho, aunque los argumentos de ambos son idénticos. Ellos no cometieron ninguna falta, porque era su padre,quien les llevaba las cuentas del dinero… -hablaba y hablaba Atal, contrariando su habitual naturaleza, que era la de ser muy taciturno y callado.

-Calla, por todos los dioses que se conocieron y se conocerán, -suplicaba la mamá del vidente-. Cuanto dices son aberraciones que no pueden darse jamás y es solo el fruto de una imaginación perversa que te producirá serios contratiempos. ¿Una hija de rey insultada por las mismas multitudes que aplauden a un plebeyo? Es cosa demoníaca, Atal, y debes ir al santo de la mezquita y pedirle de rodillas que te perdone haberte apropiado de las babuchas embrujadas y te absuelva de tus pecados poniéndote las manos sobre la cabeza.

No hubo forma, sin embargo, de convencer a Atal de que tal hiciera. Por el contrario, encantado de conocer las verdades cuyo conocimiento tanto anhelaba, se propuso perfeccionar la técnica que le permitiría controlar la visión que emanaba de las mágicas babuchas.

Supo así mucho sobre el futuro que deparaba a la humanidad, aunque fuera en pueblos tan distante y diferentes del suyo, y, convencido de ser un bienaventurado de veras, se retiró al desierto, a comer saltamontes y beber agua de lluvia, que, alternándolos con ciertas hierbas que aprendió a reconocer, le proporcionaron sustento suficiente, aunque adelgazó la tira y le creció la barba, que le llegó prácticamente hasta cubrirle las babuchas.

Con el tiempo, sin embargo, las babuchas no solo no envejecían, sino que aparecían lustrosas como el día que las recogiera del templo, manteniendo toda su fuerza predictiva.

Atal, a todos los que, por casualidad, se acercaban al lugar donde estaba, fundamentalmente caravanas de tribus nómadas, les contaba historias que parecían increíbles sobre lo que iba a pasar dentro de varios siglos, sobre pueblos y gentes de los que nadie había oído hablar ni una palabra. Esos cuentos, como es lógico, no interesaban a nadie en absoluto, por más que a él, le producían esa paz espiritual que embarga a quienes, por haber dispuesto de la posibilidad de ver el futuro, están convencidos de que, sin importar el tiempo o el lugar en que se produzcan, las cosas que hacen los seres humanos, si les afectan a los demás, son, sobre todo, divertidas.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, babuchas, cuentos de otoño, españa, fútbol, futuro, India, Infanta Cristina, Kapurtala, mago, maharahja, Messi, Pakistán, predecir, pueblo, rey

Mi Diccionario desvergonzado (21): partido político, gratis, pueblo, apartamento, criada

5 julio, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

partido político: 1. Club social que, una vez cada cuatro o siete años -dependiendo del Reglamento- realiza una representación estupenda a la que han estado preparándose concienzudamente. 2. Forma, desgraciadamente dispendiosa, de dilapidar el caudal y expectativas de la democracia. 3. Formación a la búsqueda permanente de identidad, constituída con pretensiones intelectuales. (N. del E. Estas definiciones se incorporan a la dada con anterioridad, en la edición definitiva del Diccionario)

gratis: 1. Reclamo publicitario por el que se atrae incautos dispuestos a pagar mucho más por todo lo demás. 2. Forma de aprovecharse por parte del que administra algo de la falta de control que se ejerce sobre lo que él hace.

pueblo: 1. Lugar donde uno dice que nació, cuando se trata de fingir un origen humilde. 2. Conjunto de casas abandonadas entre cuyas ruinas se ve elevarse alguna columna de humo y que sugieren a los viajeros palabras llenas de tensión poética, aconsejando al anciano que encuentran en su paseo, que se anime a montar un restaurante, que es lo que echan en falta.

apartamento: 1. Tradicional recurso para ligar entre desconocidos. 2. Piso pequeño, que ha variado su función como picadero a residencia fija del hijo estudiante universitario. 3. Saloncito con cuarto de baño y cocina americana en el que se amontona la familia entera con el deseo imposible de pasar unos días de verano relajados, si bien les sirve para conocerse algo mejor.

criada: 1. En las novelas históricas, moza de pueblo que servía de iniciación sexual al señorito de la casa. 2. Denominación, caída en desuso, de la empleada de hogar, distinta de la esposa. 3. En diminutivo, plato de alta cocina preparado con los testículos de algunos animales (machos), que solo se aprecia verdaderamente mientras no se conozca su procedencia.

Publicado en: Actualidad, Diccionario desvergonzado Etiquetado como: apartamento, criada, diccionario desvergonzado, gratis, partido político, pueblo

Daciones en pago

13 febrero, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

No es preciso recurrir a dotes adivinatorias para deducir que a la Cámara de los Diputados españoles se le avecinan momentos tormentosos. El pueblo aporrea las puertas del Congreso con iniciativas suscritas por millones de ciudadanos, y la pintura de vocación política de algunos representantes se destiñe, dejando ver puras ambiciones personales .

Es comprensible que el Presidente del Gobierno  parezca agotado, de tanto ir del fuego a los pucheros, inseguro de si procede echar agua para que las habas no encallen o atizar el caldo para que coja más sustancia. El lenguaje empleado para dar explicaciones sobre la financiación irregular de los partidos políticos,  tiene poco que ver con el tono vibrante de los mítines que servía para conseguir votos. El reconocimiento de que los sobresueldos se habían ocultado «por vergüenza», no oculta otra mayor, la de tener que admitir de dónde procedían los dineros.

Puede que aún no se hayan dado todos cuenta (la ministra Ana Mato, por ejemplo, ha reconocido que seguirá trabajando sin desmayo por seguir ayudando a las clases desfavorecidas del país, a quienes cree representar, a pesar del ácido popular que corroe los pies de su pedestal de élite privilegiada). Pero el descrédito afecta a todo el colectivo de los profesionales de la política.

Pagarán justos y pecadores, mujeres del César y simples portadoras de delantal y cofia, porque así son los momentos de expiación cuando el ansia justiciera se mezcla con la rabia contenida y fallan los diques de contención por su escasa fortaleza: injustos con los buenos.

El desbarajuste que aflora de los terrenos de la política (que abarca a demasiados responsables de partidos, sindicatos, corporaciones empresariales, entidades de gestión financiera, etc.) no parece recuperable más que con la dación en pago de las carreras de todos los que han visto afectada su credibilidad, aunque sea en escasa medida, por no haber respondido a la confianza que habíamos depositado en ellos. Hay que cambiar  nombres, poner caras nuevas. O se explican bien, con transparencia, o que entreguen sus posiciones, dejando libre el campo a otros. Y, en lo que podamos, ajustar mejor las correas.

Hay varios tipos de daciones en pago.  Con una, en concreto, estoy de acuerdo.

Es la que ocupa más espacio en los media y supone que:

a) quien ha solicitado un crédito para hacerse con un bien inmueble para utilizarlo exclusivamente como vivienda propia que, sin falsear su situación patrimonial, le fue concedido por una entidad financiera, que tenía toda la exacta y completa información sobre el valor de lo que el deudor estaba adquiriendo y,

b) luego de haber estado cumpliendo irreprochablemente las obligaciones que había asumido, por circunstancias sobrevenidos de las que no es en aboluto culpable, se ve en la situación de no poder responder a las mismas, en todo o en parte, y

c) encontrándose sin capacidad ni perspectivas para recuperar la facultad de generar manera de compensarlo en plazo previsible, es totalmente admisible

d) se vea liberado de la obligación de pagar el resto de la deuda, con la entrega del bien al acreedor.

Esto, sin perjuicio de que determinadas situaciones particulares maticen este principio genetal, y que serán apreciadas, no por jueces, sino por árbitros multipersonales.

Hay una situación que no puede resolverse con la dación en pago. La de quien dispuso de un crédito social, trampeó sus datos y actuaciones, que le sirvieron en realidad, para organizar falsos negocios, comprar con añagazas otros, y generar, con tiempo, cómplices y artas amañadas, un entramado complejo en el que se ocultó como la araña en la red, presentándose como empresario de éxito, benefactor de sus coetáneos, probo ciudadano cumplidor de obligaciones.

En ese caso, los acreedores somos todos nosotros. Y no tiene sentido que, con el lento andar de la justicia y la capacidad probada para enmarañar las cosas que tienen los que las contemplan desde arriba, sigan habitando la morada de la honorabilidad quienes no pueden devolvernos la confianza, cogidos in fraganti de la trampa. Tienen que ser desahuciados, ya, y que se defiendan en los tribunales como corresponda a su derecho, pero no ocupen el edificio común cuya rentabilidad nos es imprescindible.

Publicado en: Política, Sociedad Etiquetado como: ana mato, congreso, dación en pago, diputados, imposibilidad, política, pueblo, sociedad, tiempos difíciles

Entradas recientes

  • Homilía y lecturas del funeral de Angel Arias – Viernes 14 abril
  • Cuentos para Preadolescentes (12)
  • Cuentos para preadolescentes (11)
  • Cuentos para preadolescentes (10)
  • Cuentos para Preadolescentes (9)
  • Cuentos para preadolescentes (7 y 8)
  • Por unos cuidados más justos
  • Quincuagésima Segunda (y última) Crónica desde Gaigé
  • Quincuagésima primera Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para Preadolescentes (6)
  • Cuentos para preadolescentes (5)
  • Cuentos para preadolescentes (4)
  • Cuentos para Preadolescentes (3)
  • Quincuagésima Crónica desde el País de Gaigé
  • Cuentos para preadolescentes (2)

Categorías

  • Actualidad
  • Administraciones públcias
  • Administraciones públicas
  • Ambiente
  • Arte
  • Asturias
  • Aves
  • Cáncer
  • Cartas filípicas
  • Cataluña
  • China
  • Cuentos y otras creaciones literarias
  • Cultura
  • Defensa
  • Deporte
  • Derecho
  • Dibujos y pinturas
  • Diccionario desvergonzado
  • Economía
  • Educación
  • Ejército
  • Empleo
  • Empresa
  • Energía
  • España
  • Europa
  • Filosofía
  • Fisica
  • Geología
  • Guerra en Ucrania
  • Industria
  • Ingeniería
  • Internacional
  • Investigación
  • Linkweak
  • Literatura
  • Madrid
  • Medicina
  • mineria
  • Monarquía
  • Mujer
  • País de Gaigé
  • Personal
  • Poesía
  • Política
  • Religión
  • Restauración
  • Rusia
  • Sanidad
  • Seguridad
  • Sin categoría
  • Sindicatos
  • Sociedad
  • Tecnologías
  • Transporte
  • Turismo
  • Ucrania
  • Uncategorized
  • Universidad
  • Urbanismo
  • Venezuela

Archivos

  • mayo 2023 (1)
  • marzo 2023 (1)
  • febrero 2023 (5)
  • enero 2023 (12)
  • diciembre 2022 (6)
  • noviembre 2022 (8)
  • octubre 2022 (8)
  • septiembre 2022 (6)
  • agosto 2022 (7)
  • julio 2022 (10)
  • junio 2022 (14)
  • mayo 2022 (10)
  • abril 2022 (15)
  • marzo 2022 (27)
  • febrero 2022 (15)
  • enero 2022 (7)
  • diciembre 2021 (13)
  • noviembre 2021 (12)
  • octubre 2021 (5)
  • septiembre 2021 (4)
  • agosto 2021 (6)
  • julio 2021 (7)
  • junio 2021 (6)
  • mayo 2021 (13)
  • abril 2021 (8)
  • marzo 2021 (11)
  • febrero 2021 (6)
  • enero 2021 (6)
  • diciembre 2020 (17)
  • noviembre 2020 (9)
  • octubre 2020 (5)
  • septiembre 2020 (5)
  • agosto 2020 (6)
  • julio 2020 (8)
  • junio 2020 (15)
  • mayo 2020 (26)
  • abril 2020 (35)
  • marzo 2020 (31)
  • febrero 2020 (9)
  • enero 2020 (3)
  • diciembre 2019 (11)
  • noviembre 2019 (8)
  • octubre 2019 (7)
  • septiembre 2019 (8)
  • agosto 2019 (4)
  • julio 2019 (9)
  • junio 2019 (6)
  • mayo 2019 (9)
  • abril 2019 (8)
  • marzo 2019 (11)
  • febrero 2019 (8)
  • enero 2019 (7)
  • diciembre 2018 (8)
  • noviembre 2018 (6)
  • octubre 2018 (5)
  • septiembre 2018 (2)
  • agosto 2018 (3)
  • julio 2018 (5)
  • junio 2018 (9)
  • mayo 2018 (4)
  • abril 2018 (2)
  • marzo 2018 (8)
  • febrero 2018 (5)
  • enero 2018 (10)
  • diciembre 2017 (14)
  • noviembre 2017 (4)
  • octubre 2017 (12)
  • septiembre 2017 (10)
  • agosto 2017 (5)
  • julio 2017 (7)
  • junio 2017 (8)
  • mayo 2017 (11)
  • abril 2017 (3)
  • marzo 2017 (12)
  • febrero 2017 (13)
  • enero 2017 (12)
  • diciembre 2016 (14)
  • noviembre 2016 (8)
  • octubre 2016 (11)
  • septiembre 2016 (3)
  • agosto 2016 (5)
  • julio 2016 (5)
  • junio 2016 (10)
  • mayo 2016 (7)
  • abril 2016 (13)
  • marzo 2016 (25)
  • febrero 2016 (13)
  • enero 2016 (12)
  • diciembre 2015 (15)
  • noviembre 2015 (5)
  • octubre 2015 (5)
  • septiembre 2015 (12)
  • agosto 2015 (1)
  • julio 2015 (6)
  • junio 2015 (9)
  • mayo 2015 (16)
  • abril 2015 (14)
  • marzo 2015 (16)
  • febrero 2015 (10)
  • enero 2015 (16)
  • diciembre 2014 (24)
  • noviembre 2014 (6)
  • octubre 2014 (14)
  • septiembre 2014 (15)
  • agosto 2014 (7)
  • julio 2014 (28)
  • junio 2014 (23)
  • mayo 2014 (27)
  • abril 2014 (28)
  • marzo 2014 (21)
  • febrero 2014 (20)
  • enero 2014 (22)
  • diciembre 2013 (20)
  • noviembre 2013 (24)
  • octubre 2013 (29)
  • septiembre 2013 (28)
  • agosto 2013 (3)
  • julio 2013 (36)
  • junio 2013 (35)
  • mayo 2013 (28)
  • abril 2013 (32)
  • marzo 2013 (30)
  • febrero 2013 (28)
  • enero 2013 (35)
  • diciembre 2012 (3)
julio 2026
L M X J V S D
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031  
« May