La situación anímica de la mayor parte de la ciudadanía del Reino de Valgamediós (o del país de Uishbatcant, que viene a ser lo mismo) era tan deplorable que, por fin, los controladores de la temperatura social se decidieron a intervenir.
Para quien haya oído por primera vez la expresión «controlador de la temperatura social», puede que esta designación específica, bien conocida por los especialistas en conductismo colectivo, parezca extraña. Para no extenderme mucho, bastará dejar indicado aquí que existen unos complejos aparatos de medida del malestar de una sociedad, por los que se puede saber, con notable precisión, cuándo está a punto de estallar.
Normalmente, los dirigentes públicos se mantienen alejados de la zona de peligro, por la cuenta que les tiene, aunque se han dado casos en que, contrariando las precisas prescripciones de funcionamiento de los equipos, que alertan de las consecuencias graves que pueden derivarse, ha habido gobernantes que, confiados, por ejemplo, por haber obtenido una mayoría en alguna elección o haber resultado airosos por cualquier casualidad, han superado los niveles de seguridad.
Los efectos de superar el índice de resistencia máxima de una población son desastrosos.
La fórmula más utilizada para disminuir la temperatura social, cuando no se dispone de elementos reales, positivos, que aportar al caldo socioeconómico, es construir historias inventadas que, en principio, si están convenientemente enmascaradas, pueden surtir efectos similares por un cierto tiempo.
Es una solución provisional, pero mucho menos costosa que el enderezar una situación compleja tomando medidas eficientes. Este fue el camino adoptado por los dirigentes del cotarro de Valgamediós, y para su cumplimentación se convocó, discretamente, un concurso de ideas (1).
Los participantes en el certamen deberían disponer de experiencia probada en inventar historias creíbles, y su currículum tendría que estar avalado por, al menos, tres dirigentes de talla internacional en cuyos países las invenciones hubieran tenido el deseado efecto.
Realizada la selección de entre los mejores candidatos, que resultaron ser cuatro, se adjudicó a cada uno una zona del país de Valgamediós. A Sigmund Freud (nombre supuesto) se le destinó al noroeste; a Friedrich Nietzsche (igualmente, apodo imaginado), se le encomendó el sur; a Adolf Hitler (obviamente, personalidad ficticia), se le envió al nordeste; y a Ignacio González (por supuesto, no siendo éste su verdadera identidad), aunque no cumplía con los requisitos de la convocatoria, pero venía muy bien recomendado, se le dejó el centro como lugar de actuación.
Pasó algún tiempo y era de ver cómo, demostrando la pericia de todos los seleccionados, el país de Valgamediós recuperó el optimismo y las ganas de vivir, aunque, como los expertos independientes del Banco Multinternacional (Multinternational Bank, en inglés), convocados para realizar la evaluación, rápidamente detectaron, las técnicas seguidas por cada especialista en inventar historias habían sido notablemente diferentes.
El denominado Freud difundió, para cumplir el objetivo, una serie de casos por los que se generó un complejo de auto-responsabilidad, por la que los ciudadanos de su zona se convencieron de que la mala situación por la que atravesaban era culpa suya y de nadie más. En consecuencia, bajaron el nivel de sus aspiraciones, por lo que fueron más felices.
La solución expuesta por el experto Nietzsche consistió en que los habitantes del área que se le había asignado tuvieran por seguro que ellos eran los más capaces y los mejores del mundo para hacer cuanto se propusieran. Seleccionó varias historias en las que se había ganado algún trofeo y, con ese estímulo, extrapolando desde el campo de los deportes al de la ciencia y la tecnología se lanzaron a la fabricación de los más variados artilugios, que exportaron con notable éxito a los países menos desarrollados, que resultaron muchos.
Muy comentada fue la solución del conductista Hitler, que introdujo la idea de que los males de la población provenían de un grupo concreto, que no había cumplido las reglas. Puso muchos ejemplos que, reforzados por los medios de comunicación, convencieron al personal de que las gentes con el defecto de andar cojeando, eran quienes impedían estar a la altura. Obtuvo el deseable éxito cuando los que se quedaron en su área consiguieron expulsar -en algunos casos, incluso, mandándolos a otros mundos- a todos los que cojeaban de alguna manera, incautándoles sus propiedades y todas las riquezas atesoradas, que distribuyeron discretamente entre quienes se quedaron.
Pero el éxito mayor fue el conseguido por las ideas puestas en marcha por Ignacio González. Este experto asumió el papel de atribuir el malestar a una apariencia generada por la persecución internacional. En consecuencia, negó la crisis, negó que se hubieran malversado dineros, negó que la gestión pudiera ser juzgada por nadie en su sano juicio como buena o mala y se dedicó a negar, incluso, la existencia de todo lo que, de puro evidente, nadie se hubiera atrevido a poner en duda. Los ciudadanos del centro de Valgamediós se sintieron tan confundidos, que no eran capaces de distinguir si lo que les estaba sucediendo era real o lo habían soñado.
Ese modelo de gestión fue adoptado, en lo sucesivo, para toda la colectividad de Valgamediós, que pasó a vivir en un mundo imaginario.
FIN
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(1) La discreción es norma obligada para todas las actuaciones de los gobernantes de Valgamediós, siendo de muy mal gusto que se vulnere esta premisa, lo que podría tener incluso consecuencias penales.

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