Yo nunca había visto un elefante en una cacharrería, pero imaginaba que tenía que ser un espectáculo estupendo. Me refiero, claro, a un elefante de los de verdad, un animal de carne y hueso; porque, sobre todo en las tiendas hindúes, se pueden encontrar muchos elefantitos de cerámica, metal o plástico que, por lo que me han contado, deben tener inexcusablemente la trompa levantada para que traigan suerte.
Cuando mi amigo Eustorgio me propuso meter un elefante en una cacharrería de la calle Preciados, me pareció que su intención era una provocación, así que inmediatamente le expuse mi rotunda oposición:
-No le veo sentido. No tenemos elefante, no veo la forma de conducirlo hasta el centro de Madrid y superar los controles policiales para que podamos avanzar por una calle tan concurrida. Corremos el riesgo de que se espante y atropelle a algún peatón y…
-Para, para…Empecemos por lo que para ti resulta más difícil: el elefante. Yo tengo la materia prima. -me atajó Eustorgio, con una sonrisa que destilaba satisfacción.
-¿Tú? ¿Cómo lo conseguiste? ¿Lo robaste al circo Price? -pregunté, absorto.
-No. Lo acabo de heredar de mi tío Casiopeo, que fue explorador en el Pakistán y que me lo ha dejado en su testamento. Aquí tengo la comunicación de la Embajada de ese noble país.
Me esgrimió un papel, con el membrete de la Embassy of Pakistan, en la que se le expresaba, en efecto, que tenía a su disposición el paquidermo, solicitando, muy amablemente, la hora y el lugar en el que la entrega le resultaría conveniente a mi amigo.
-¿Ves? ¡Lo tenemos todo resuelto! Les diré a la gente de la embajada que deseo que me lo entreguen en la sección de loza y vidrio de El Corte Inglés, en Preciados. La responsabilidad, si algo sale mal, será suya. Nosotros no tenemos más que observar lo que suceda, convenientemente apostados en el local, con una cámara de vídeo, y registrar el acontecimiento.
La idea me parecía descabellada, pero mi amigo Eustorgio es muy difícil de convencer de lo contrario cuando algo se le mete en la mollera. Así que le dejé que escribiera la contestación y supuse, en pura lógica, que la embajada del noble país le respondería que era imposible cumplir con su pretensión y si, en efecto, el elefante estaba ya en España (suponía que retenido en la Aduana), le pedirían, con el tono que tuvieran a bien emplear, que fuera a buscarlo por su cuenta y riesgo, encargándose del papeleo preciso para importar el proboscídeo y que, por supuesto, no se olvidara de aportar el forraje suficiente para que el bicho se compensara del hambre que debería tener después del largo viaje y las imaginables peripecias que habría tenido que soportar por su increíble traslado.
No sucedió así. La embajada de Pakistán, al día siguiente, le contestó, con exquisita expresión oficial, y el consabido membrete del organismo extranjero que, cumpliendo sus deseos, a la hora solicitada y en el lugar expresado, le entregarían el elefante.
Eustorgio no cabía en sí de gozo e inquietud.
-¿Ves? ¡Por fin vamos a saber cómo se comporta un elefante en una cacharrería!
Los tiempos evolucionan que es una barbaridad, como repetía mi abuela, pensé. ¿Era, pues, posible, que una descabellada idea se viera cumplida con la misma facilidad con la que se satisface la entrega de una pizza cuatro estaciones a domicilio o consigues que te cambien sin afectar a los documentos almacenados en él, el disco duro del portátil?… Ver para creer.
La hora fue llegada y, con unos cuantos minutos de antelación, mi amigo y yo nos encontrábamos apostados en la sección de loza del comercio indicado. No habíamos dicho nada a nadie. Todo estaba tranquilo, sin asomo de que se presagiara la que estaba a punto de armarse. Los clientes que se encontraban en el local, miraban los productos expuestos, deambulaban sin rumbo aparente o preguntaban calidades y precios a los dependientes; como un día normal.
De pronto, se oyó un ruido de timbales y todos volvimos la vista hacia la algarabía con la que un exótico grupo avanzaba por la escalera mecánica. La gente se agolpó, curiosa.
-¡El elefante! -se me ocurrió gritar.
Un grupo de jóvenes vestidas con ropas hindúes, y con el típico redondel en la frente -que nunca supe muy bien qué significaba, aunque me lo explicaron montones de veces- se acercó, decidido, a nosotros dos.
Mejor dicho, cuando llegaron a nuestra altura, y para mi total sorpresa, se dirigieron hacia mí.
-¿Eres tú el amigo de Eustorgio?
-Sóylo -les contesté, en lenguaje arcaico-. Y aquí está el interesado, a mi lado -dije, señalando el sitio en donde, instantes antes, se encontraba mi amigo, dándome entonces cuenta precisa de que el nominado había retrocedido unos pasos, como escabullendo el bulto.
-La cosa va contigo. ¿Te imaginas a un elefante en una cacharrería? -me preguntó la joven que llevaba la voz cantante, la más hermosa, la del ombligo más bello y los ademanes más elegantes. No parecía de allende los mares, sino de lo más castizo.
-Creo que s..sí -balbucí, preso de compresible estupor.-Ha de ser un espectáculo impresionante, aunque nunca he sido testigo de algo así. En todo caso, el dueño del elefante es mi amigo, no yo.
-¿Podrías describirlo, tú que eres, por lo que me han dicho, un escritor imaginativo? -se interesó la bella.
-Podría, desde luego. Cacharros rotos, estanterías caídas por el suelo, barritar del animal asustado, pisotones, atolondramiento de las gentes buscando la forma de escapar del tumulto, dependientes echando mano de sus teléfonos móviles para avisar a la policía, el…
-Muchas gracias -dijeron todas las jóvenes, aplaudiendo al unísono. Y la que llevaba la portavocía, continuó:
-Tu buen amigo Eustorgio ha acertado al seleccionarte para esta promoción. Porque habéis sido premiados por El Corte Inglés con una visita al zoo de Madrid el próximo domingo, con especial atención a la zona de los elefantes, en donde se hará entrega a Eustorgio del premio que ha obtenido, como autor de la historia más impactante de todas las que se presentaron al concurso que ha convocado la entidad para impulsar la campaña de productos pakistaníes: un bono para gastarse trescientos euros en figuras imitando el marfil.
Eustorgio me miró con esa cara de picardía que acostumbra a poner, desde que lo conozco en el Colegio, cada vez que me ha colado una de sus bromas.
Desde entonces, cada vez que alguien comenta que se encuentra como un elefante en una cacharrería, o como un pulpo en un garaje, o algo por el estilo, sospecho que se trata de una promoción especial o de que, sencillamente, el que dice hallarse en ese estado está utilizando un pretexto para estimular mi imaginación.
Aunque, para completar la historia, debo admitir que, aquel día, conducido desde la puerta que da acceso a los ascensores del piso cuarto del comercio, un tipo con el torso desnudo y portando una cesta con chocolatines, aparentó que conducía una voluminosa figura de cartón que representaba bastante fielmente a un elefante, la cual, accionada su trompa por algún artilugio mecánico, al llegar a mi altura, derribó la estantería que tenía más próxima en la que, según explicaron de inmediato, habían sido colocados varios cacharros de segunda calidad.
El público aplaudió, complacido, y yo desaparecí aprovechando el barullo. No he vuelto a ver a Eustorgio desde entonces, ni contesté a sus llamadas telefónicas. En este caso, llevado solo por su imaginación, seguro que entenderá que me encuentro bastante enfadado con él. Se me pasará, pero me encuentro aún tan corrido como una becerra en los tentaderos para turistas de Pastrana.
FIN

Delicioso. Que vivan los elefantes y las cacharrerías!