Se llamaban Opúsculo y Exordio, como podían haberse llamado Rómulo y Remo, Pancracio y La legión tebana o Rinconete y Cortadillo. Eran mellizos y aunque no se parecían físicamente en nada, sicológicamente eran siameses. De tal forma estaban coordinados en todo lo que se les ocurría, de manera que se estimulaban, complementaban y continuaban el hilo, en cuanto pasaba por la imaginación de uno u otro.
Opúsculo, que era el mayor, por haber nacido el último; de aspecto recio, feo -y aún más por una cicatriz que le provocaron los fórceps con los que fue arrastrado a este mundo-, resultaba más bien corto de estatura, debido a la exigua dimensión que le habían alcanzado las piernas, ya que su torso y cabeza aparecían perfectamente proporcionados. Cuando se le encontraba sentado, parecía de contextura normal, y aún podría suponerse más alto que la media, pero cuando se ponía en pie, quedaba puesta de manifiesto su cortedad física, siendo habitual motivo de bromas a sus espaldas.
¡Ay, sin embargo, de aquellos a quienes Opúsculo sorprendiese mofándose de su apariencia! Porque de inmediato conocerían que su fortaleza era descomunal, capaz de doblegar a gigantes mediante una combinación de movimientos de las cortas piernas y los desiguales brazos, junto a llaves y trucos extraídos de las artes marciales y de los libros de caballería, que solía leer.
Exordio, el legalmente menor de los dos, era, en atendiendo al físico, como quedó apuntado, todo lo contrario a su hermano. Era hermoso de rostro, adecuado de formas, tal vez algo amanerado, todo según gustos y colores. Tenía apariencia de actor, ademanes de tribuno, la elegancia de movimientos de un cortesano. Pero era enfermizo, de débiles entresijos, propicio a enfermedades y males, que le obligaban a pasar largos períodos encamado, atiborrándose de medicinas, placebos y pócimas.
Con todo, la niñez y primera adolescencia de ambos transcurrieron felices, pues tenían todo lo que podían desear y, en tocando a lo que deseaban expresar, lo que empezaba uno, lo terminaba el otro, y cuando querían reforzarlo, lo contaban los dos al unísono.
Cuando les llegó la edad de la aventura por su cuenta, su padre, que era Talabartero Mayor del Reino, les echó de casa, no por crueldad, sino como parte de su formación.
-Es necesario, hijos míos, que conozcáis por vuestra cuenta las maldades y verdades del mundo. Tomad estos bastones, adecuados a vuestra envergadura, que os servirán para apoyaros en el camino y, si llegara la necesidad, también pueden hacer de cañas, para pescar con ellas en los ríos y de lanzas, y, pues acaban en punta por uno de sus lados, os permitirán permitiros cazar liebres o ciervos, según os parezca y el hambre que tengáis.
-¿Verdad, padre, que también nos pueden servir de instrumento con el que defendernos de quienes pretendan hacernos daño? -Preguntó Opúsculo, blandiendo el bastón más corto, que le iba como un guante.
-En efecto, -contestó el progenitor.
-¿Y no es menos cierto, padre, que nos servirán, en caso necesario, como vara de medir para comprar géneros, y, conociendo su verdadera longitud, aplicando las relaciones de Euclides, para calcular alturas de árboles, edificios y montes? -inquirió el otro de los mellizos, no sin advertir, como ligero contratiempo, que su bastón era un pelín demasiado largo.
-Por supuesto, Exordio; también para eso valen. Y aún para más cosas, que iréis descubriendo con el tiempo.
Se abrazaron los tres y los hermanos se fueron con viento fresco, dejando a la madre de los mellizos, como puede suponerse, compungida.
Sería prolijo relatar las innumerables aventuras por las que los dos hermanos comprobaron, en efecto, el buen ojo que tenía su padre para adivinar el destino que podrían darle a los bastones: con ellos, vapulearon y se defendieron; midieron paños, calcularon alturas de árboles y, por tanto, los cubicaron con acierto; los bastones les sirvieron de apoyo e instrumento para cazar y pescar. También descubrieron que se podían apoyar en ellos para saltar sobre precipicios o como referencia de la profundidad de los ríos y arroyos, antes de vadearlos; utilizaron el más largo como palo mesana y el menor, como trinquete, para fabricar un artilugio de navegar; acompañándolos de otros maderos como travesaños, hicieron de ellos base de escaleras para subir más alto, alcanzando ventanas por donde acceder a dormitorios de doncellas y dueñas; etc.
-Parece increíble que un simple bastón pueda tener tantos usos -comentó Exordio a su hermano, mientras bebían sendas cervezas con aceitunas, en un hostal del País de las Maravillas y los Pescozones, en donde habían, finalmente, recalado.
-Y, seguramente, aún no hemos descubierto todas las opciones, tal como nos adelantó nuestro querido padre -completó, como solía, el pensamiento del otro, Opúsculo.
En estas y otras sensibles meditaciones se hallaban, cuando les llegó la noticia de que su padre se encontraba muy enfermo y que, antes de morir, deseaba verlos para darles el último consejo. Se apresuraron, pues, a desandar lo andado, llegando, justo a tiempo de encontrarse ante la cabecera del moribundo para recoger sus últimos suspiros, refiriéndole, entre ayes y lágrimas, lo que habían hecho y conseguido con los bastones, entre otras minucias y verdaderas proezas.
-Un último consejo quiero daros, hijos míos. Por una razón especial que conseguí convertir en líquido prodigioso, esos bastones conservan su fuerza germinativa. Veo, por lo que me referís, que no se os ocurrió plantarlos. Hacedlo así, y descubriréis, en realidad, la verdadera naturaleza milagrosa de mi regalo vital, y cuyos frutos servirán de gran consuelo en los años que queden de vida a vuestra madre, y de no menos gozo para vosotros y vuestras futuras esposas e hijos, que, por cierto, es hora de que empecéis a preocuparos por ese asunto de la descendencia.
Muerto y llorado el padre, estando aún con el luto, plantaron los bastones en una parte del jardín, y procuraron abonarlos, regarlos y cuidarlos con esmero. Y, como había predicho su señor padre, con el paso de los años, el más pequeño de los dos palos evidenció tratarse de un peral que producía muy jugosas peras, de la clase o variedad que llaman mantecosa y el mayor de ellos, de una acacia que dio una sombra tan espesa que les refrescaba en los tórridos días del verano, más que cualquier abanico de mano.
Lo que les hizo felices, y les animaba a trabajar con ahínco, manteniéndose unidos, día tras día, mientras pudieron, resultando tan uña y carne que, a menudo, sobre todo si se encontraban sentados, resultaba difícil deducir donde empezaba uno y acababa el otro, entiéndase bien, si solo se guiara el observador por el oído.
FIN

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