Al socaire

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Cuento de invierno: Un pájaro de cuento

31 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

No había amanecido aún y ya se oía el gorjeo y trinar de un pájaro, tan cerca de la casa, que el sonido del canto parecía inundar la habitación como si se estuviera en medio de un concierto. Parcelino Leondoiro estuvo un rato escuchando, manteniendo la luz del cuarto apagada hasta que, sin poder contener la curiosidad de saber quién era el autor de tal despliegue cantor, abrió suavemente la ventana.

El frío de la noche entró de pronto en la habitación. Por efecto del brusco cambio de temperatura ambiente, Parcelino, que estaba solo protegido por un somero pijama, sintió un escalofrío.

Allí lo vió. En un arbusto cercano a la casa, recortado su perfil contra las tenues luces del día que apenas comenzaba, descubrió su silueta. La ausencia de claridad no permitía distinguir los colores del plumaje; solo advirtió que se trataba de un ave muy grande. Demasiado grande para ser un tordo malvís; demasiado grande para asemejarse a una oropéndola, que, además, no dispone de un canto tan variado; más grande, incluso, que un cuervo, cuyo graznido le hubiera resultado inconfundible.

El pájaro no se movió de donde estaba, aunque, interrumpió su canto.

A Parcelino Leondorio le pareció que le miraba. Lo que ya no estaba tan seguro era de haber escuchado con nitidez lo que creyó haber escuchado:

-Hola.

La primera intención de Parcelino fue cerrar, asustado, la ventana. ¿Habría entendido bien?. Como tampoco estaba seguro de lo que estaba viendo, con curiosidad que superpuso al temor, retrocedió sigilosamente, para no asustar al animal, y recogió las gafas de la mesita de noche, poniéndoselas con la misma discreción y lentitud de movimientos que tendría quien estuviera al acecho de una valiosa pieza de caza.

Puede que este sea el preciso momento de indicar que Parcelino Leondorio se encontraba en un caserón que acababa de heredar de un pariente, emigrante en La Martinica, en donde había conseguido hacer, al menos, dinero suficiente para comprar el terreno y mandar edificar un curioso edificio en aquel preciso lugar.

Ese lugar debía haber tenido para ese pariente de Parcelino una importancia especial, que, sin embargo, nunca le llegó a explicar a él ni, por lo que llevaba investigado desde que se instaló en la casa, a ningún otro lugareño. Porque, siguiendo con la verdad de la historia, la única persona de su familia a la que Parcelino conoció había sido a su madre, quien lo había traído al mundo, como se suele decir «de soltera» y no se había casado con nadie -también en sentido figurado-, aunque no le habían faltado pretendientes.

No tuvo Parcelino oportunidad de preguntarle a su santa quién era ese pariente sobrevenido, pues solo conoció de su existencia por ese testamento que se le comunicó cuando ella ya había fallecido, años antes. Y lo que puede resultar aún más sorprendente, el emigrante tampoco llegó a habitar la casa que había mandado construir en un sitio cuya importancia, sentido o valor sentimental, se había llevado con él a la tumba.

No era, en efecto, el apellido Leondorio el que correspondía a su desconocido progenitor, sino el de su venerada mamá, que había sido echada de casa de sus padres cuando se manifestó embarazada de un estudiante de veterinaria, rico en imaginaciones calenturientas, al que no volvió a ver, escapado de su aventura sentimental. Tampoco la Sra. Lendoiro había tenido mayor relación con sus mayores, luego de aquel despido improcedente. Y en cuanto a lo de no casarse, si el lector tuviera curiosidad por qué no había caído en esa tentación, sírvale esta frase:

-Mejor tira la yegua sola que mal acompañada por cabestro en una yunta –era su respuesta a los que se acercaban a requerirla o le preguntaban por qué seguía, siendo de buen ver, sin tener pareja.

Tanto desconocimiento de sus razones genealógicas, le había causado a Parcelino, cuando era niño, una severa reprimenda en clase de Historia Sagrada, por una metedura de pata inocente que aún era recordada por los compañeros de escuela. ¡Pues no había comparado a su madre con María Santísima!

-¿Qué quiere decir que la Virgen tuvo a Jesús sin concurso de varón? –había preguntado al maestro Don Jeremías, en clase de Historia Sagrada.

-Quiere decir que tuvo a su Hijo por obra y gracia del Espíritu Santo, que la mantuvo como doncella sin mácula –le explicó el venerado maestro. Y, para mayor aclaración del curioso discípulo, había añadido:

-Todo ello fue posible porque Jesús era Hijo de Dios.

A lo que el niño Parcelino, atando cabos, añadió su convencimiento:

-Como yo. Mi madre también me dice que soy hijo de Dios.

Así que la vida de Parcelino estaba rodeada de misterio, de silencios, de ignorancias supinas. Un mundo de oscuridad respecto a sus orígenes que le había llevado, en busca de una expiación por un pecado que, desde luego, no había cometido, a seguir un camino que se le había revelado equivocado. Porque Parcelino Lendoiro era sacerdote. Un sacerdote sin fe, renegado de las enseñanzas que le habían inculcado. Un hombre sin rumbo, sin afectos, ahora sin aquella madre que, durante tantos años, fue único sostén de su virtud, una santa que le exhortaba a difundir la verdad entre los feligreses, y amarlos con el cariño que solo los devotos pueden cualificar certeramente.

Hacía dos semanas que había recibido una carta desde La Martinica, firmada por el cónsul francés en la isla, y que, por las anotaciones del sobre, había seguido un largo camino hasta llegar a él, cuando le fue entregada por un agente del Registro Civil Central.

Por esa carta se le comunicaba que D. Sebastián Dosegado Carbonero, fallecido en tierras tan alejadas, le reconocía como su único heredero, por ser hijo de D. Sebastián Dosegado Carpentier, fallecido soltero, sin hermanos ni más parentela.

Miraba ahora Parcelino aquel ave parlante que le había saludado, y, con mayor temor que el que antes había manifestado, la oyó decir, claramente:

-En este lugar, para expiación de mis pecados, he pedido a mi abuelo que haga construir esta casa en la que estás, y que, a su fallecimiento, te la donara en herencia.

Parcelino se persignó, arrodillándose.

-Hay, sin embargo, una condición, que debes cumplir.

Parcelino no pudo, sin embargo, escuchar esa condición. Había, por la emoción, fallecido.

He pasado, por casualidad, por el lugar, y comprobado que el caserón estaba abandonado. La yedra cubría, densa e indómita, las paredes y ocultaba parcialmente las ventanas, muchos de cuyos cristales se hallaban rotos. Sobre un árbol descuidado y bastante frondoso, había un gran nido de una especie desconocida.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: árbol, canto, caserón, concebida, cuento, cuento de invierno, herencia, Historia Sagrada, Martinica, niño Jesús, pájaro, pecado, sacerdote, virgen

Cuento de otoño: Las dos sillas

28 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

No existen muchos cuentos con pretensiones formativas en los que se haga hablar a seres inanimados, figura literaria que, cuando se estudiaban esas menudencias en la escuela, se llamaba prosopopeya. Supongo que la razón es no restar credibilidad al relato, pues aunque es poco probable encontrarse con ranas que se metamorfoseen en príncipes encantadores, doncellas encantadas cuyos cabellos crezcan casi a la velocidad de la luz, brujas pirujas o gnomos avarientos, no hay porqué descartar esa posibilidad, simplemente porque uno no haya tenido esa suerte.

Reconozco que la historia que voy a contar tiene pocos visos de ser verdadera, pero así me la refirieron y, desde luego, la encuentro de un alto potencial educativo.

En un bosque de robles de la baja Sajonia, más cerca de los tiempos del rey que rabió que de los de Maricastaña, creció un árbol que, por encontrarse en las condiciones idóneas de tierra, agua y aire, era el más alto de la comarca. Su porte era orgullo de sus congéneres, que, en silencio, lo admiraban, pugnando, sin lograrlo, por llegar a su altura.

Sucedió, en fin, lo que acontece a casi todos los árboles, cuando se encuentran con leñadores, ya manejen hachas o máquinas de serrar. Lo cortaron, y lo convirtieron en tablas de diferentes tamaños, dejando un tocón apenas sobresaliente, en donde se podían contar los años que había vivido: setenta y tres.

A cada uno de los trozos de aquel gigante caído, le dieron un destino más o menos adecuado. Y, para lo que nos importa, con una de las ramas, un carpintero de la ciudad de Trotzdem, fabricó dos sillas.

El carpintero tenía aficiones artísticas y, por eso, confeccionó las dos sillas de manera bastante diferente. A una, la dotó de un respaldo con un bajorelieve de animales mitológicos y faunos, en una escena de caza interesante, pues los faunos eran las piezas perseguidas por unicornios; incluso, talló los brazos y las patas con hojas de acanto y azucenas, copiándolas de un libro de arte que le dejó en préstamo un anticuario.

A la otra silla, sintiéndose cansado de hacer filigranas con el cincel y el mazo, y a pesar de que había tenido la intención primigenia de fabricar dos sillas iguales, la dejó monda y lironda. Tenía aspecto de silla, desde luego, pero resultaba de lo más rústico y elemental. Incluso, si a la primera le había encajado un asiento de terciopelo con cintas bordolesas doradas, a esta segunda le encasquetó, simplemente, una plancha de ocume en el lugar en donde los usuarios habían de descansar sus posaderas.

Como puede comprenderse, cada una de las sillas estaba predestinada para servir un servicio disparejo. La que estaba más ilustrada, despertó el interés de una devota, que la compró en el mismo taller del artesano y se la regaló a un sacerdote católico de su diócesis. La otra, convenientemente rebajada de precio, fue adquirida de segunda mano por un obrero de la construcción, padre de familia numerosa, que se había visto en la necesidad de ampliar el escaso mobiliario de su vivienda cuando su señora suegra, recién enviudada, resolvió venirse a Trotzdem con su hija y yerno, dejando las gallinas y la vaca, que eran sus únicas posesiones, a cargo de una vecina de Gottseidank, de donde procedía, de la que nunca más supo.

La silla que soportó, desde entonces, el peso del honorable párroco, fue instalada en un confesionario de los de rejilla lateral, en donde tuvo ocasión de oír los pecados de la feligresía católica, que ciertamente no eran mayoría de la población -tratándose de una ciudad en un país protestante-, pero sí resultaron harto pecadores y, por eso, nada aburridos, pues su imaginación pecaminosa y sus vicios alcanzaban cotas altísimas.

La otra silla, aunque resistió algunos años con estoicismo ebúrneo, no pudo aguantar el peso creciente de la mamá política, dad a los dulces, y acabó desfondándose, vencida en un lateral la plancha de ocume, que sacó astillas. Todavía fue peor: por la humedad del garito en donde vivía la familia del obrero, se había creado un hábitat propicio para que proliferaran las más voraces termitas, insectos que, combinados sus destrozos con los quehaceres de unas nada sutiles carcomas, dejaron tres de las cuatro patas de la silla convertidas en un acerico.

El mueble bendecido podía haber aguantado durante generaciones, pero al sacerdote lo promovieron a obispo y, al abandonar la diócesis, su sucesor, que era aún más voluminoso, encontró la silla inadecuada, amén de pretenciosa e inadecuada, con aquellos dibujos que se le antojaron paganos. Por eso, la sacó del confesionario y la puso a la puerta de la sacristía, de donde, un fin de semana, alguien se la llevó, con la intención de separar el retablo del respaldo, y venderlo en un mercadillo.

Fue así como, tras unos cuantos vaivenes más, se encontraron en una pira de las que se organizan para festejar el comienzo de la primavera, las dos sillas -lo que quedaba de ellas- e, inmediatamente se reconocieron y saludaron con un chirrido.

-¿Cómo te fue en todo este tiempo? -preguntó la más humilde a la cortesana.

-Peor, imposible -fue lo que oyó por contestación- tuve que soportar el peso de más de cien quilos de un prelado casi todos los días, y pongo al dios de los bosques por testigo que sus flatulencias me impregnaron de un olor nauseabundo, que en nada se asemeja al aroma que traía. Y eso, sin contar con que escuché de los humanos tales perversidades que, cuando me quedo dormida, me despierto llena de remordimientos.

-Nada de lo tuyo ha de ser comparable con lo mío -dijo la otra, agarrándose como podía a lo que restaba de su esencia-. Me comieron por dentro animales no solo voraces, sino de lo más desconsiderado, pues me afectaron a la esencia, haciéndome huecos por doquier. Y, para mayor dolor, tuve que aguantar, no solo el peso de unas posaderas que en nada deberían envidiar, en su despropósito, las que te hicieron a ti tanto daño y supusieron tufo, sino que, siendo más débil, no me desmoroné por amor propio.

Mientras las llamas las consumían, quienes pudieron aguzar el oído se enteraron, pues, de las historias de cada una: mismo origen, idéntico artesano quien fabricara su concreto aspecto, y muy diferentes posaderas a las que sirvieron de aposento. Todo ello, para después de haber cumplido con dignidad su cometido, venir a convertirse en fuego de diversión, humo de jolgorio, junto a otras maderas sin historia, paja de rellenar, telas sucias y serrín de serrería. Así son las cosas también para las sillas.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, árbol, bosque, bruja piruja, carcoma, clérigo, cuentos de otoño, destrucción, diferentes historias, dos sillas, fuego, historia, hoguera, naturaleza, obispo, san juan, suegra, termita, tocón

Cuentos de verano: Opúsculo y Exordio

9 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Se llamaban Opúsculo y Exordio, como podían haberse llamado Rómulo y Remo, Pancracio y La legión tebana o Rinconete y Cortadillo. Eran mellizos y aunque no se parecían físicamente en nada, sicológicamente eran siameses. De tal forma estaban coordinados en todo lo que se les ocurría, de manera que se estimulaban, complementaban y continuaban el hilo, en cuanto pasaba por la imaginación de uno u otro.

Opúsculo, que era el mayor, por haber nacido el último; de aspecto recio, feo -y aún más por una cicatriz que le provocaron los fórceps con los que fue arrastrado a este mundo-, resultaba más bien corto de estatura, debido a la exigua dimensión que le habían alcanzado las piernas, ya que su torso y cabeza aparecían perfectamente proporcionados. Cuando se le encontraba sentado, parecía de contextura normal, y aún podría suponerse más alto que la media, pero cuando se ponía en pie, quedaba puesta de manifiesto su cortedad física, siendo habitual motivo de bromas a sus espaldas.

¡Ay, sin embargo, de aquellos a quienes Opúsculo sorprendiese mofándose de su apariencia! Porque de inmediato conocerían que su fortaleza era descomunal, capaz de doblegar a gigantes mediante una combinación de movimientos de las cortas piernas y los desiguales brazos, junto a llaves y trucos extraídos de las artes marciales y de los libros de caballería, que solía leer.

Exordio, el legalmente menor de los dos, era, en atendiendo al físico, como quedó apuntado, todo lo contrario a su hermano. Era hermoso de rostro, adecuado de formas, tal vez algo amanerado, todo según gustos y colores. Tenía apariencia de actor, ademanes de tribuno, la elegancia de movimientos de un cortesano. Pero era enfermizo, de débiles entresijos, propicio a enfermedades y males, que le obligaban a pasar largos períodos encamado, atiborrándose de medicinas, placebos y pócimas.

Con todo, la niñez y primera adolescencia de ambos transcurrieron felices, pues tenían todo lo que podían desear y, en tocando a lo que deseaban expresar, lo que empezaba uno, lo terminaba el otro, y cuando querían reforzarlo, lo contaban los dos al unísono.

Cuando les llegó la edad de la aventura por su cuenta, su padre, que era Talabartero Mayor del Reino, les echó de casa, no por crueldad, sino como parte de su formación.

-Es necesario, hijos míos, que conozcáis por vuestra cuenta las maldades y verdades del mundo. Tomad estos bastones, adecuados a vuestra envergadura, que os servirán para apoyaros en el camino y, si llegara la necesidad, también pueden hacer de cañas, para pescar con ellas en los ríos y de lanzas, y, pues acaban en punta por uno de sus lados, os permitirán permitiros cazar liebres o ciervos, según os parezca y el hambre que tengáis.

-¿Verdad, padre, que también nos pueden servir de instrumento con el que defendernos de quienes pretendan hacernos daño? -Preguntó Opúsculo, blandiendo el bastón más corto, que le iba como un guante.

-En efecto, -contestó el progenitor.

-¿Y no es menos cierto, padre, que nos servirán, en caso necesario, como vara de medir para comprar géneros, y, conociendo su verdadera longitud, aplicando las relaciones de Euclides, para calcular alturas de árboles, edificios y montes? -inquirió el otro de los mellizos, no sin advertir, como ligero contratiempo, que su bastón era un pelín demasiado largo.

-Por supuesto, Exordio; también para eso valen. Y aún para más cosas, que iréis descubriendo con el tiempo.

Se abrazaron los tres y los hermanos se fueron con viento fresco, dejando a la madre de los mellizos, como puede suponerse, compungida.

Sería prolijo relatar las innumerables aventuras por las que los dos hermanos comprobaron, en efecto, el buen ojo que tenía su padre para adivinar el destino que podrían darle a los bastones: con ellos, vapulearon y se defendieron; midieron paños, calcularon alturas de árboles y, por tanto, los cubicaron con acierto; los bastones les sirvieron de apoyo e instrumento para cazar y pescar. También descubrieron que se podían apoyar en ellos para saltar sobre precipicios o como referencia de la profundidad de los ríos y arroyos, antes de vadearlos; utilizaron el más largo como palo mesana y el menor, como trinquete, para fabricar un artilugio de navegar; acompañándolos de otros maderos como travesaños, hicieron de ellos base de escaleras para subir más alto, alcanzando ventanas por donde acceder a dormitorios de doncellas y dueñas; etc.

-Parece increíble que un simple bastón pueda tener tantos usos -comentó Exordio a su hermano, mientras bebían sendas cervezas con aceitunas, en un hostal del País de las Maravillas y los Pescozones, en donde habían, finalmente, recalado.

-Y, seguramente, aún no hemos descubierto todas las opciones, tal como nos adelantó nuestro querido padre -completó, como solía, el pensamiento del otro, Opúsculo.

En estas y otras sensibles meditaciones se hallaban, cuando les llegó la noticia de que su padre se encontraba muy enfermo y que, antes de morir, deseaba verlos para darles el último consejo. Se apresuraron, pues, a desandar lo andado, llegando, justo a tiempo de encontrarse ante la cabecera del moribundo para recoger sus últimos suspiros, refiriéndole, entre ayes y lágrimas, lo que habían hecho y conseguido con los bastones, entre otras minucias y verdaderas proezas.

-Un último consejo quiero daros, hijos míos. Por una razón especial que conseguí convertir en líquido prodigioso, esos bastones conservan su fuerza germinativa. Veo, por lo que me referís, que no se os ocurrió plantarlos. Hacedlo así, y descubriréis, en realidad, la verdadera naturaleza milagrosa de mi regalo vital, y cuyos frutos servirán de gran consuelo en los años que queden de vida a vuestra madre, y de no menos gozo para vosotros y vuestras futuras esposas e hijos, que, por cierto, es hora de que empecéis a preocuparos por ese asunto de la descendencia.

Muerto y llorado el padre, estando aún con el luto, plantaron los bastones en una parte del jardín, y procuraron abonarlos, regarlos y cuidarlos con esmero. Y, como había predicho su señor padre, con el paso de los años, el más pequeño de los dos palos evidenció tratarse de un peral que producía muy jugosas peras, de la clase o variedad que llaman mantecosa y el mayor de ellos, de una acacia que dio una sombra tan espesa que les refrescaba en los tórridos días del verano, más que cualquier abanico de mano.

Lo que les hizo felices, y les animaba a trabajar con ahínco, manteniéndose unidos, día tras día, mientras pudieron, resultando tan uña y carne que, a menudo, sobre todo si se encontraban sentados, resultaba difícil deducir donde empezaba uno y acababa el otro, entiéndase bien, si solo se guiara el observador por el oído.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, árbol, bastón, carácter, cuentos de verano, estatura, Exordio, hermano, mellizos, Opúsculo, valores

Mi Diccionario desvergonzado (10): libro, árbol, calzoncillo, milagro, tajalápices

29 junio, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Libro: Adorno de forma prismática, con cubiertas algo más duras que el interior, formado por hojas de papel, que se coloca en las estanterías de los muebles de exposición en ciertos comercios; como curiosidad, las hojas son blancas salvo en Ikea, que están impresas en un dialecto parecido al euskera, llamado sueco.

Arbol: 1. Perteneciente a ciertas especies vegetales (siendo los más conocidas, el plágano, el magnolio y el ciruelo japonés) que, en las ciudades, se planta en los alcorques y en los jardines de las Comunidades de vecinos con la pretensión de ocultar el bosque de edificios de cemento que le rodea, y que puede llegar a ser muy molesto cuando crece. 2. Producto industrial que se utiliza para hacer conglomerado, como materia prima en una papelera o como combustible, recibiendo en este último caso el nombre técnico de biomasa. Véase: biomasa.

Calzoncillo: Prenda masculina, parecida a las bragas, pero con abertura delantera, que evitaba que se mancharan los pantalones y con la que los hombres procuraban no mostrarse en público, por pudor; ha sido sustituída por los boxer, que, convertidos en artículo de exhibición, vienen provistos de apéndices que simulan un paquete. Usase también en plural (la palabra); la prenda no se suele compartir. Véase: bragas, boxer.

Milagro: 1. Hecho sobrenatural que puede ser explicado de manera muy sencilla, cuando se tienen todos los datos. 2. Dícese de un suceso con escasa probabilidad de ocurrencia, como que toque la Lotería, encontrar un político que actúe guiado exclusivamente por el bien público, o un pedante que tenga razón. Véase: Virgen, político.

Tajalápices: Palabra que usan los asturianos para designar al sacapuntas, y que provoca la hilaridad de quienes les escuchan, sobre todo, de los madrileños, que aparentan no comprenderles; como otras palabras, tales como chiscar, cagoenmimanto, carne gobernada o sofito, forma parte del amplio y rico vocabulario que constituye un idioma ancestral llamado bable, hoy perdido salvo su acento y que, en alarde creativo, se enseña en cierta Facultad de filología, en enseñanza impartida rigurosamente por profesores leoneses. Véase: cazurro, chiscar, cagoenmimanto.

Publicado en: Actualidad, Diccionario desvergonzado Etiquetado como: árbol, calzoncillo, libro, milagro, tajalápices

Títulos para un éxito de ventas (y 2)

22 marzo, 2013 By amarias2013 1 comentario

(Este comentario es continuación del anterior, y lleva por ello el mismo título, formando con él parte inseparable).

Estos serían algunos títulos de obras que no es necesario que nadie escriba, pero que, en mi opinión y a falta de que el mercado editorial sancione este criterio (lo que, claro está, no hará nunca, con lo que la duda permanecerá), serían éxitos de ventas. Con la consecuencia de que prácticamente todo el mundo hablaría de ellos -como suele hacerse con los bestseller, que nadie se atreve a reconocer que no ha leído-.

Pero, en este caso la imposibilidad para leer un libro que no está escrito es absoluta.

1. Libros de ficción:

Revelaciones póstumas de un Papa emérito: la verdad
La Historia de la humanidad contada por el primer asno diplomado
Por fin: Arbol genealógico completo (verdadero) de la especie humana
Cómo llevar una contabilidad B correctamente
Convierta su maceta preferida en un jardín botánico envidia de los vecinos
Peligros venéreos del amor desmedido a los animales
Predecir el tiempo sin salir de casa ni mirar por la ventana: Meteosat

2. Libros de amor y lujo

Prácticas sexuales en lugares confinados: conventos, cárceles y partidos políticos
Heroína por vocación: carrera política de la cuna a las camas
S.E.D. nació en la cola del paro
Pros y contras de tener como amante a un compañero de trabajo, cuando se pierde éste
Primavera en el otoño y otros misterios sexuales al descubierto: porqué no funciona
Persianas bajadas. Viajar en tiempos de crisis. Conócete a tí mismo.

3. Libros de filosofía

El porvenir: una mirada retrospectiva
Cómo organizar una guerra civil sin recursos
Sentido de la vida y otros sentidos
Angustia existencial en el Paraíso. El problema de la eternidad
Pecados, expiación y cachondeo. Conciencia laxa y felicidad

4. Libros de motivación empresarial

El empresario que lo perdió todo y aún tuvo el arrojo de contarlo antes de quemarse a lo bonzo
Cómo montar una empresa sin tener ni puta idea
No pierdas la esperanza: es muy difícil volver a encontrarla
Autoayuda para responsables de promoción industrial
Aprenda en una noche lo imprescindible para ser Ministro y disfrute de una pensión de ensueño
Crédulos y patanes, la combinación letal
La esposa que descubrió que su marido no se quedaba trabajando hasta tarde en la oficina pero no se lo dijo jamás
¿Quién me ha robado la ilusión de que esto tiene remedio?

5. Política y Sociedad

Programa real del Partido Popular
Programa real del Partido Socialista
Programa real de Izquierda Unida-Los Verdes
Programa real de Unión, Progreso y Democracia
Programa real de Equo
Programa de la Sociedad Civil
Programa de otros Partidos a constituir
Análisis fehaciente de la situación económica española y medidas a adoptar

(etc.)

Publicado en: Cultura Etiquetado como: amor y lujo, árbol, bestseller, contabilidad B, éxito de ventas, ficción, genálógico, historia de la humanidad, libro, títulos

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