Que estamos viviendo en España una situación excepcional, no deberían caber dudas. Son tantos los frentes abiertos, que solo enumerarlos produce sensación gélida en los cogotes de quienes, aunque no nos encontremos en ninguna de las trincheras bélicas, nos preguntamos si sus resultados, sean cuáles fueran, nos afectarán o forman parte de un espejismo colectivo.
Tenemos las instituciones convertidas en un batiburrillo de tensiones y, cuando podríamos mostrar satisfacción por lo alcanzado, hemos puesto los focos sobre el cuarto de las escobas, aireando los trapos sucios y el cubo de la basura.
Cuestionamos la Constitución y la forma del Estado, sin reparar en si las alternativas mejoran lo presente o lo descalabran. Donde algunos parecen ver más libertades, otros vemos más servidumbres y cadenas, y al revés, según nos cuadre. Se defiende aquí el Estado federal y otros expertos constitucionalistas, se empeñan en demostrar que ya lo tenemos. Se dan vivas a la república en las plazas y enarbolan banderas de todo tipo, cuando cabe reconocer que Felipe VI es un profesional serio y hasta elegante, con bastante mejor formación que sus alternativas, y que, además, hemos pagado entre todos.
Mostrando una capacidad disociativa casi sobrehumana, el Rey aparenta no estar afectado porque una de sus hermanas está siendo enjuiciada por evasión fiscal, y que su cuñado tiene todas las papeletas de pasar una temporada larga en la cárcel; con la cabeza empleada en temas acuciantes, tampoco parece importarle que sus padres, pareja real emérita, anden sueltos por el mundo lamiendo sus heridas, y que la imagen de su augusto padre sea desplazada a golpes de semanario del corazón desde salvador de la democracia a rijoso impenitente.
¿Y qué decir de los trabajos de Hércules para mejorar la existencia de los que somos más humanos?. Después de unas elecciones para designar los representantes populares en las Cámaras, quedó puesto en evidencia que el país no está dispuesto a recomponer la dualidad política que había supuesto una alternancia pacífica, y positiva, de dos partidos que habían tenido la perspicacia de ir aproximando sus posturas ideológicas hacia el calor del centro izquierda.
Con cuatro formaciones prácticamente igualadas, y después de arduas negociaciones misteriosas en las que se han malgastado oportunidades de entenderse a cambio de dar martillazos sobre el pastel de las negociaciones, el maltrecho Partido Socialista y la juvenil ave Fénix surgida de las cenizas de la descomposición parcial del Partido Popular, han firmado un acuerdo de mínimos edulcorado.
Por su escueta redacción, más que a programa de Gobierno, estaría destinado a llamar la atención del electorado sobre la incapacidad de la derecha tradicional para lamerse sus heridas e incompetencia en solitario, absteniéndose de meter las narices en la gestión de lo público por un período, y, no en último lugar, acerca de las incoherencias de una agrupación de descontentos, agraviados, parados juveniles, secesionistas, ingenuos e incorruptibles no probados, en su camino iluso hacia la Tierra Prometida que les señalan como un mantra ciertos guías de catadura un tanto estrafalaria que se consideran habilitados por sus estudios académicos superiores para saber cómo redimirlos.
En momentos de crisis económica y tecnológica, y mucho paro de larga y de corta duración, tenemos a algunos profesionales muy ocupados en el corto plazo: periodistas y jueces, en particular, concentrados especialmente en la investigación de los recovecos de la corrupción, líquido apestoso que parece haber contagiado las fórmulas para las adjudicaciones públicas y que, a medida que avanzan los trabajos de los unos señalando la ruta a los otros, nos sustenta la convicción de que somos, sino el país más corrupto del mundo, sí dignos de figurar entre los más torpes en ocultarlo.
Tantos son los casos y tan extendido y común aparece el asunto de quienes sustrajeron algunos dineros de las obras y concesiones administrativas para su Partido y/o para su coleto y tan poco creíble que los directivos de empresas no estuvieran todos al tanto de esa práctica malsana, que la duda que suscita es si tanto empeño en descubrir la verdad no acabará al modo de la película «Todos a la cárcel» o con una confesión de autoculpabilidad de todos ellos, preguntando a la audiencia: «Y ahora, ¿qué?»
En fin, hénos aquí, como país, desnudos ante el mundo, una vez más. Hurgando en las miserias -que no por propias dejan de ser comunes-, y sin atender a lo que es más importante. Sin gobierno, vamos. En sentido general y figurado.

La sensación que hace ya un tiempo, y ahora más acentuada es de vivir en un país que no puedo calificar de moribundo, porque los países no mueren, pero sí de estar en una siesta demasiado larga , de despertar difícil, como de unión a la noche…..como de no acabarse…con menos ganas de levantarme…