La pugna por hacerse con la mayoría desde la que poder gobernar en Madrid, que se decidirá conforme al resultado del escrutinio de las elecciones a las que los madrileños están convocados el 4 de mayo de 2021, está confirmando la banalidad de los postulados políticos esgrimidos por quienes se deberían estar esforzando en convencernos.
Empiezo mi comentario desde la nostalgia. En una notable reflexión sobre la posibilidad de subsistencia de la izquierda ideológica («¿Es posible otra izquierda?», Gabriel Tortella, EM, 10 de abril de 2021) el articulista glosa sobre la necesidad de un verdadero partido de izquierda que afronte «honradamente (…) las desigualdades sociales», dedicando una añoranza consciente a la ausencia de un «partido verdaderamente progresista».
Hace tiempo, en efecto, que la cuestión acerca de lo que es izquierda o derecha, populismo o fascismo, socialismo o libertad (lema sin contenido conceptual aceptable, que ha elegido la candidata Ayuso para su campaña) ha perdido sentido, por deformación semántica de los postulados, por desorientación y negativismo irreflexivo de las alternativas y por desconocimiento culposo de los hechos históricos que nos han traído hasta aquí.
No puedo precisar cuántos electores se verán animados por los asaltos físicos de energúmenos contra los candidatos de Vox y, por traslación, contra toda opción que no les guste («este barrio es mío», «fascistas, fuera de aquí», «no os queremos, ultraderecha»), para votar a favor de ese partido y de aquellos otros partidos que hayan condenado claramente los asaltos a la convivencia que se han convertido en expresión paradialéctica de la convivencia. No me apetece, por tanto, comprobar que, en esta ilusión cada vez más decepcionante de país demócrata, habrá millones de personas que se mostrarán felices de no conceder opciones de manifestarse (negándoles el pan y el agua a su expresión legítima) a las posiciones que a ellos no les gusten.
Proliferan los negacionistas de cualquier alternativa a su esquema cerrado. Y los hay para todas las opciones. ¿Pretenden abrir debate? No. Crean crispación, negando opción de expresión al diferente o ridiculizando, entendiéndola falsa sin razones, la decisión tomada a partir del conocimiento técnico o científico.
En política, se dicen republicanos, no por convicción ni por disponer de alternativa más beneficiosa, sino como «postura estética» contraria a la Monarquía legítima en un Estado parlamentario. Otros, entienden la unidad de España como algo inamovible y hasta etéreo, negándoles opciones a quienes, si se mantuvieran respetuosos con el orden constitucional (ay!), desearían expresar, elaborada y seria, su propuesta de en Estado federal. Aquellos, no quieren ni oír a defensores de la capacidad de los padres para decidir el tipo de educación de sus hijos. Más allá, no están dispuestos a admitir que se pueda apoyar la libertad económica al mismo tiempo que el progreso social, con una exigente cooperación sectorial público-privada en determinados sectores preferentes.
Por volver a los principios, los dos elementos que reclaman atención prioritaria, después de más de un año (trece meses) de torpe e ineficiente lucha contra la pandemia y de la grave incapacidad para mantener o rescatar la economía de su colapso, son, sin duda, éstos: a) inmunizar inmediatamente a toda la población y b) regenerar la capacidad de creación de actividad y empleo sin ninguna dilación, con especial dedicación a la promoción de empleo juvenil y la potenciación de la investigación. En este caso, puede que todos aquellos a quienes se pregunte, estén de acuerdo con estas prioridades, pero… no se hace gran cosa, anquilosados por las disputas entre gobierno central y autonomías, ayunos de ideas, etc. La triste realidad es que aún debemos esperar hasta octubre (o más allá) para que a todos nos hayan puesto una vacuna que nos inmunice (con un porcentaje alto) y, para mayor pavor, no tenemos ni idea de si nuestra recuperación colectiva tendrá forma de «V», de «K» o de raya horizontal.
Voy a tener difícil decidirme por un candidato en estas elecciones. Tengo, sí, claro que mis simpatías por Ayuso descansan principalmente en que no me gusta que a nadie se le ridiculice o critique por lo que ha hecho bien o, al menos, ha supuesto actuar cuando el vocerío contrario le aconsejaba estar quieta, viéndolas venir. No alcanzo a adivinar lo que representa Gabilondo, con su estatismo tan distante de la realidad pastosa, con ese áurea de profesor universitario empapizado por sus lecturas, con el que, a lo mejor, me apetece tener una conversación sobre la existencia de los seres miríficos, pero no que dirija mi región; lo veo más como defensor del pueblo, esto es, largando papeles sin mucha chicha. Me parece, por otra parte, que Monasterio, esposa de Espinosa de los Monteros, representa perfectamente la clase social a la que sentimentalmente no pertenezco y alumbra la opción de un matrimonio de élite con pico de oro y cuadras de equino.
Por supuesto, jamás votaré a «este» Pablo Iglesias, ambicioso encantador de serpientes y guía de ciegos y alucinados, que, como su colega de banquillo -hasta hace unos días-, Sánchez, no tiene problemas en mentir ni cambiar de opinión según le convenga, sintiéndose por encima de la verdad y del conocimiento y apto para forzar la realidad al antojo de sus propios intereses y los de sus colegas de facción. Entre ambos, han destruido por bastantes años el espacio del socialismo real, mancillándolo con vacuidades, interpretaciones falsas de la Historia y los hechos actuales. Su objetivo oculto parecería ser espantar a los empresarios, hundir la economía y mandar el conocimiento y la investigación al ostracismo.
Y, para terminar rompiendo las fichas, no me seduce votar a Errejón, porque no me fío de su disimilitud forzada con el equipo de Podemos, engatusado ahora con la especie sin valor de arrastre, de presentar proyectos atractivos, pero marginales.
Tengo siempre la opción de votar en blanco, por supuesto. Aunque, cuando le doy vueltas, se me acerca la figura de Bal (Edmundo), un candidato serio, anodino, sin fuerza mediática, pero al que no le oí decir (¿aún?) ninguna tontería. Tiene muy difícil conseguir el mínimo 5% que le liberaría del ostracismo absoluto y no le ayuda (al contrario) la mochila del insensato proceder de Rivera, las dimisiones de descontentos a la busca de autor o la pérdida de empaque de Arrimadas. Votarle, puede significar tirar el voto a la basura.
Pero…¿no es aún peor votar a quien no ofrece garantía de que cumplirá lo prometido?
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La Bulbinella Angustifolia (planta originaria de Nueva Zelanda) es una de las muchas plantas en floración del Botánico de Madrid, ignorada por cuantos se concentran en torno a os parterres de tulipanes, camelios y rododendros.


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