El Estado de seguridad está en auge, como sustituto potente del Estado social, amenazando incluso el Estado de derecho. La percepción de peligros y la difusión de situaciones de riesgo aumenta de forma imparable, alimentada desde todos los ámbitos, pero especialmente, desde los centros de poder, tanto los próximos como los remotos.
La valoración de una situación de seguridad es clave y por ello, la presentación del riesgo no suele ser ni inocente ni inocua. La mayor parte de las veces, se trata de conducir la sensación y forzar la interpretación, resaltando los elementos que se desea aparezcan como relevantes y ocultando o adulterando otros.
Por supuesto, el riesgo tiene, sobre todo, una dimensión personal, y la protección frente a él que deseamos afecta a lo que tenemos próximo, afectiva y físicamente. A los poderes públicos, en una posición que es traslado magnificado de lo que se espera que haga el «pater familiae» para proteger a los suyos, se les exige que reduzcan los riesgos a cero, lo que abre un campo estupendo para la manipulación, ya que no es posible vivir sin riesgo.
Cualquier incidente sobre la seguridad -provocado por catástrofes naturales, actuaciones humanas, fallos técnicos- despierta de inmediato dos actuaciones derivadas: las autoridades políticas o empresariales prometerán que dedicarán todo el esfuerzo a descubrir las razones del fallo, perseguir a los culpables y garantizar que no volverá a suceder. Con ello se tratará de contrastar otra actuación inevitable: el incremento del miedo, del temor a que situaciones parecidas generen los mismos problemas, encontrará agoreros fieles de nuevos desastres, que propondrán todo tipo de opciones, intoxicando el espacio de opinión.
Por supuesto, la sensación de peligro es inversamente proporcional a la distancia a la causa y guarda relación con su carácter concreto o difuso y el tiempo de generación del riesgo. Miles de ahogados en Bangla Desh o millones de personas amenazadas de muerte por la sequía en el Sahel tienen menor importancia que la caída de un árbol que haya provocado heridos en el Parque de al lado. La predicción de que la temperatura media de la Tierra se elevará más de dos grados centígrados en un par de decenas de años no tiene la misma importancia que la escasa lluvia caída el último verano.
Estas consideraciones, aunque generales, afectan a la valoración de los riesgos y amenazas que fundamentarían la misión de los Ejércitos. En un contexto de Estados pacíficos, de objetivo de paz duradera -aunque sea una mera elucubración-, las actuaciones preventivas o defensivas forman el eje de las medidas de Defensa.
La Seguridad Nacional española identifica doce riesgos o amenazas: Conflictos armados, Terrorismo, Ciberamenazas, Crimen organizado, Inestabilidad económica y financiera, Vulnerabilidad energética, Proliferación de armas destrucción masiva, Flujos migratorios irregulares, Espionaje, Emergencias y catástrofes, Vulnerabilidad del espacio marítimo y Vulnerabilidad de las infraestructuras críticas y servicios esenciales. Todas ellas tienen fundamentos serios, pero la percepción particular de los mismos por la ciudadanía es muy diferente: invito al lector a realizar su propia valoración y contrastarla con la dedicación de los media a cada una de ellas.
La intervención de los Ejércitos en acciones exteriores con fines que se podrían considerar estratégicos -en lo político, que es, en fin, lo económicos-, cuenta con ejemplos modernos. Aunque el principio de estas actuaciones debiera ser tratar de reducir o evitar el crecimiento del conflicto o riesgo detectados, las intervenciones en Irak, Afganistán o Bosnia de las fuerzas internacionales han venido a confirmar que son capaces de convertirse en un problema en sí mismo.
Las acciones en el exterior han pasado, sin embargo, a constituir el núcleo principal de las intervenciones de los Ejércitos de los países occidentales que pueden considerarse como tradicionales, aunque su actuación sea la de fuerza pacificadora. En escenarios de conflicto bélico o grave tensión civil, las fuerzas desplazadas (especialmente, las terrestres, las llamadas en el argot militar, de «bota en tierra») corren riesgo de verse involucradas en acciones guerreras, padecer un atentado con efectos mortales o muy graves, y perder efectivos materiales, además de tener que asumir gastos de intendencia, transporte, munición, etc.
Para reducir el riesgo de pérdida de vidas humanas propias, las intervenciones en terceros países, además de ser previamente justificadas ante los organismos internacionales (como norma) tienden a descansar, cada vez más, en medios que son lanzados desde la distancia y manejados con control remoto. La sofisticación de medios permitiría (ha permitido, de hecho) incluso eliminar al dictador, al sátrapa o al líder que se pretende derrocar, reduciendo la repercusión a la población civil y los daños colaterales…inmediatos. El mapa de países en situación de guerra civil o asimilable no se ha visto disminuido, sin embargo.
La complejidad de las situaciones lleva a algunos analistas a defender que, para ayudar a resolver las tensiones sociales que están en la base de las guerras civiles, es imprescindible llevar a efecto programas de cooperación estructural permanente. No es una medida fácil de llevar a efecto, puesto que en zonas de conflicto, las Organizaciones No Gubernamentales corren graves riesgos de ser objetivos bélicos, y ello supone que deban ser protegidas por fuerzas militares o que sean los propios militares los que ejecuten os programas de cooperación. Ni qué decir tiene que la consolidación de este tipo de acciones está cambiando, y cambiará aún más, el sentido de los Ejércitos y la formación que deben recibir los militares.
(continuará)
Una preciosa hembra de roquero rojo (montícola saxatilis) parece preguntarnos por la razón de haber invadido su territorio. A primera vista (y a contraluz), el inexperto ornitologista aficionado podría confundirla con un mirlo joven, por sun tamaño y comportamiento, e incluso se puede encontrar semejanza con una collalba gris de gran tamaño.


Deja una respuesta