El «estallido» de varias botellas de oxígeno en la Clínica La Milagrosa de Madrid, en donde está hospitalizado el Rey Juan Carlos, convaleciente de una operación de hernia discal, ha desatado especulaciones sobre el origen de ese incidente, que causó al menos cinco heridos, y obligó a desalojar la unidad de cuidados intensivos.
Sucedió el 6 de marzo de 2013,a las 7h 45 min. Las crónicas del reino indican que innmediatamente, se desplazaron al sitio cinco dotaciones de bomberos, cuatro ambulancias del SAMUR, varios coches de policía, un hospital de campaña, se acordonaron las calles y aceras (la Clínica está situada en el centro de la ciudad), y se atendió a los afectados por las inhalaciones de humo y por las quemaduras de vapor.
No se más. La dirección del Hospital ha afirmado que, «se informará de las causas de incidente tan pronto se conozcan» y que «a partir del medio día el Hospital funciona normalmente», sin que «en ningún momento la seguridad del Rey se ha visto amenazada«.
La mía, sí. El Rey y la mayor parte de sus súbditos podrán dormir tranquilos, pero yo no.
Vengo denunciando, desde hace varios años, ante los organismos llamados competentes, que la manipulación de gases licuados en los hospitales y clínicas de Madrid -y no solo en los centros hospitalarios y supongo que también en toda España, porque la desidia es mal de general propagación- no cumple con las medidas de seguridad. Lo hice incluso en los periódicos, enviando fotografías de irregularidades y, en un caso, de un accidente, que he tenido la ocasión de presenciar en directo.
Sin mucho éxito, aunque debo reconocer que, en algunos casos, se han reforzado los muros de contención ante eventuales implosiones o explosiones de gases, se han incorporado carteles más grandes o cegado algunas ventanas por las que se arrojaban, inconscientemente, colillas encendidas sobre los depósitos sucios.
Las irregularidades, en mi opinión técnica, son múltiples: situación de depósitos de oxígeno de gan tamaño sin guardar las distancias mínimas -con las propias dependencias hospitalarias, incluso-, o sin que se indiquen (ni, por supuesto, cumplan) las limitaciones de acceso o la prohibición de fumar en sus proximidades; cargas mientras se produce el tránsito de peatones y coches; suciedad de todo tipo en los recintos donde se produce la carga y manipulación; almacenaje conjunto de botellas de gases licuados diferentes, y sin los adecuados anclajes; válvulas en mal estado; etc.
En la época de la anterior dictadura, las familias se pasaban de piso en piso unas imágenes de las que la más popular era la del Corazón de Jesús, que se entronizaba en los hogares. «Corazón de Jesús, en Vos confío», era la jaculatoria más socorrida, por la que se invocaba la protección permanente del Altísimo, en pretendida evitación de todo mal.
En esta sociedad no creyente, indolente y ácrata, confiamos ahora en que la casualidad nos proteja. Es decir, seguimos desconfiando de la obra bien hecha, en la seriedad de los controles, en el cumplimiento de la normativa, para apelar a la protección de lo desconocido.
En cada frontispicio, en cada despacho funcionarial, en cada dependencia municipal o empresarial, en cada hogar, con letras en tinta simpática que la hacen invisible, parece que hay escrita esta frase increíble:
«Venerable Casualidad, en vos confío y a vuestra invisible protección me someto, para que no suceda ese accidente del que, conociendo los riesgos, no hago nada por evitar. Y si, como por pura Probabilidad es seguro que acabará sucediendo alguna vez, te ruego que, por mor del inextricable Azar, me pille lejos, para no tener que ofrecer explicaciones».

Es una vergüenza y como bien dices en este sociedad líquida, hasta que no pase algo grave nadie hará nada. Y cuando ocurra todo serán sobreactuaciones innecesarias…