La posición de España en el contexto internacional como país intermedio, y la percepción consciente de esa modesta situación relativa, no permitiría arriesgarse a mantener posiciones aisladas en prácticamente ningún sector, desde el energético a, por supuesto, en el terreno siempre poliédrico de seguridad y defensa. Dependemos de alianzas internacionales y, para los asuntos de estrategia militar, de las directrices, humores y decisiones que adopte el gigante de nuestro lado ideológico y sentimental, Estados Unidos.
¿Es así? ¿Estamos realmente vinculados, como una lapa a su roca de asiento, a las decisiones que tome, en política internacional, el primo de Zumo Sol? Opino que deberíamos de revisar los términos de esa adhesión inquebrantable, a la que, desde luego, sacamos algunos beneficios pero de cuya dependencia recibimos sobresaltos e inmerecidos bofetones.
No somos autónomos ni independientes a la hora de fijar nuestra posición en lo que se llama, genéricamente, política exterior. La pertenencia a la Unión Europea nos marca las directrices básicas para las alianzas internacionales, la gestión del cambio climático y la estrategia de defensa exterior.
En unos aspectos, enarbolando la bandera, actualmente costosa y por momentos hasta ridícula, de capitanes de la protección ambiental mundial, la descarbonización forzada o la defensa del libre mercado como paradigma, este posicionamiento grupal aparente sirve para mostrar las diferencias ideológicas entre los miembros e invita a que cada Estado, en especial los que están alejados en sus posicionamientos del núcleo duro (Francia y Alemania), hagan lo que les venga en gana.
La salida desairada de Afganistán, después de casi 20 años de ocupación del territorio, ha dejado un mal sabor de boca, no solo en la población norteamericana. La mayoría la interpreta como una derrota frente a los talibanes y, a medida que se disipa el polvo de la escapada y se conocen las medidas de estricta aplicación de la sharia de los nuevos dirigentes, nuestra sensibilidad nos hace llevarnos las manos a la cabeza. A España el apoyo a la estrategia de Estados Unidos, deseoso de venganza por los ataques a las Torres Gemelas y el Capitolio, nos ha causado varios dolorosos atentados mortales en nuestro territorio, más de cinco mil millones de euros de gastos sin mucha justificación y la muerte en acto de servicio de casi un centenar de militares y personal auxiliar.
No tenemos -al menos hasta época reciente, aunque nos toca confiar en la pretendida mano izquierda del ministro José Manuel Albares- una estrategia definida frente a Marruecos, país amigo dirigido por una satrapía, que tiene permanentemente la mano tendida para recoger subvenciones e inversiones sin mucho futuro. Las decisiones que emanan del entorno de los palacios presidenciales combinan, a su antojo, parabienes y bofetadas, en las que nuestro país parece jugar el papel de destinatario del pim, pam, pum.
Nos encantó en su momento insinuar que Rusia estuvo detrás de los resultados de las falsas elecciones por la independencia de Cataluña y que apoya la descomposición de España en minúsculos estados. Si el presidente de Estados Unidos no sabe quién es Pedro Sánchez y lo ignora en un pasillo, si el embajador de Inglaterra en España, a pesar de llevar dos años en nuestro país, aún no puede hablar con soltura el español, se hace difícil imaginar que Putin tenga un mapa de intereses en el que figure el desgarro de la piel de toro.
El actual Mr. Pesc (Josep Borrel) repite una y otra vez que la Unión Europea necesita su propia y autónoma plataforma de defensa exterior (y seguridad), ya que los intereses de ese conglomerado de Estados tan diversos no coinciden plenamente con los de Estados Unidos. Es bastante evidente: ni coinciden ni tenemos fuerza disuasoria ni capacidad bélica autónoma para cualquier ataque exterior, convertidos, en caso de conflicto internacional entre las potencias, en preferible campo de pruebas antes de embarcarse en la guerra total.
Lo escrito en el título del comentario invita a muchas derivaciones. El punto común es que hace falta y es urgente la revisión de nuestra política exterior. Lo que pretenda Europa, si se decide a hacer finalmente algo, bien está. Pero, entretanto, es imprescindible fijar con claridad cuáles son nuestros intereses concretos en política internacional y cómo los defendemos: si con negociación, acuerdos de colaboración, ayudas y subvenciones y a qué productos, buenas palabras o enfados manifiestos y llamada a casa de embajadores, botas militares sobre el terreno, venta de material bélico de segundo nivel, formación a cuadros del Ejército del país potencialmente rival, etc.


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