El hombre entró en el local, que olía a sudor y a humo. Llevaba una gabardina empapada que se quitó nada más traspasar la puerta. Su pelo chorreaba.
-¿Hay algún médico? – preguntó con un grito desesperado.
La música impidió oir sus palabras. Los que estaban más cerca de él le miraron y aquel individuo angustiado trató de explicarse mejor para ellos.
-Hemos tenido un accidente.
Entonces se fijaron en que tenía la mano derecha envuelta en un pañuelo sanguinolento. Y el supo mejor la naturaleza del local en el que había entrado.
Dos mujeres completamente desnudas se movían voluptuosamente en el centro de un pequeño escenario.
La noticia pareció propagarse a lo largo y ancho del sitio y llegó a todas partes. Alguien detuvo la música y el hombre se dio cuenta de que había pasado a ser el centro de atención.
También las dos mujeres del teatrillo interrumpieron lo que estaban haciendo. Una de ellas se quitó la peluca rubia y avanzó hacia el tipo de la venda.
-Yo soy médico- dijo.
Salieron todos a la calle, y comprobaron que, en efecto, había tenido lugar un accidente y su naturaleza. Un camión había volcado parcialmente y decenas de cerdos que formaban su mercancía se habían esparcido, libres, por el terreno. Vagaban sin rumbo, enloquecidos, como figuras fantasmagóricas, a las que ocasionalmente iluminaban los coches que circulaban por aquella carretera vecinal, y que trataban de esquivarlos.
Empotrado en un lateral, un coche deportivo estaba empezando a arder. Su conductora, inconsciente por el brutal golpe, herida de muerte ya que el volante de su vehículo se le había empotrado en el tórax, hacía unos minutos que había dejado de existir.
No había nada que hacer.
-No hay nada que hacer -dijo la médico que actuaba de stripper en el local-. Que alguien llame a la policía.
Nadie de los que observaban la situación, a una discreta distancia, podía conocer que aquella mujer había tenido una noticia que le había hecho feliz hacía apenas unas horas. Por eso, iba, obnubilada por la ilusión, a llevar un bizcocho de pasas a su amiga Gallete, la de la mercería, que también era muy aficionada a los pasteles.
-Qué pena. Era una mujer muy hermosa -dijo alguien. Hace apenas unos minutos estaría rebosante de vitalidad.
-Si se pudiera dar marcha atrás, daría lo que fuera -expresó, sin estar seguro de lo que decía, el conductor del camión, mientras se miraba la mano y manoseaba el pañuelo ensangrentado.
Era imposible dar marcha atrás; el tiempo solo fluye hacia adelante.
Llegó la policía, y tomó declaración al conductor y uno de los agentes -una chica muy joven- preguntó si había algún testigo.
-No hemos visto nada, ni siquiera oímos el ruido -respondió un tipo con bigote, que podría ser el dueño del local.
-Llamaremos al juez, para que haga el levantamiento del cadáver -fue lo único que se le oyó decir al policía de más edad, que no paraba de tomar notas, no se podría decir muy bien de qué.
Poco a poco casi todos los clientes volvieron a entrar en el local. Necesitaban calentarse, y tomar algún refresco. El conductor del camión estaba preocupado por reunir a los puercos, pero no tenía método y, tal vez, le faltaban las ganas.
El espectáculo continuó. La chica que había dicho que era médico se quitó el abrigo, pero olvidó ponerse la peluca. Muchos pensaron que no era posible concentrarse hasta que pasara un rato y se disiparan los restos de la emoción.
Después, siguieron haciendo lo mismo que les había llevado hasta allí, cada uno con su historia, quién sabe cuál.
FIN
