Casi todos los cuentos para niños acaban mal para las brujas, los lobos, los duendes y, en general, para esas criaturas taimadas que aprovechan los descuidos y la inocencia de otras, con la exclusiva intención de comérselas, objetivo que nunca cumplen y, si llegan ocasionalmente a zampárselas, surgirá un cazador que les abrirá la panza para extraer, sanos y salvos, a las abuelitas, los cerditos, los corderitos o las caperucitas.
Nos han enseñado a interpretar esas historietas en una sola dirección, que es la de pretender que nos identifiquemos con los perseguidos y saquemos como moraleja, conclusiones y avisos que, en la vida real, es muy poco probable que podamos poner en práctica.
De entre los cuentos enigmáticos con los que teóricamente fue formado en mi niñez en las buenas prácticas, el de los tres cerditos es, para mí, el que se lleva la palma.
Recordará el lector que esos tres lechoncitos, habitantes de un bosque, eran apetecidos como alimento por el lobo feroz. Buscando protección, todos construyeron una casa para guarecerse en ella. El más vago y remolón la fabricó de paja; el intermedio en las veleidades del espíritu, la hizo de madera, y el tercero, que era más concienzudo, se atrevió con el ladrillo.
Cuando el lobo aparece en la escena, hambriento y sistemático, sopla primero sobre la casita de paja, destruyéndola, y da luego unos golpes sobre la de madera, que tampoco puede resistir tales envites. Los dos hermanos menos eficientes, desprovistos de cobijo, corren a refugiarse en la casa del albañil, la cual, no solo resiste, sino que, cuando el lobo intenta entrar por la chimenea con las previstas intenciones manducatorias, se encuentra con que le está esperando en el hogar una caldera con agua hirviendo, en la que cae de cabeza.
Las versiones que andan por ahí difieren a partir de este momento. Unas, dan en afirmar que al lobo nunca más le quedaron ganas de comer cerditos, bien por escarmentado o por haberse convertido en carne guisada. Otras variantes, seguramente ubicables en lo que se podía llamar teoría de la liberación de cánidos, dejan a cerditos y lobo cantando juntos en un grupo musical, en feliz armonía.
En realidad, los grandes comedores de cerditos somos los seres humanos, y solo hay que irse hasta Segovia para percatarse de las razones de la devoción que sentimos hacia estos animales, de las que se ha dicho que nos gustan hasta los andares.
Cierto es que los cerditos que viven en los bosques se llaman jabalíes y que, dado el abandono en el que, particularmente en España, tenemos a esta parte de la naturaleza, han proliferado mucho, hasta el punto de que bajan al llano a hurgar en la basura de las colonias humanas que limitan con lo verde.
Cierto también que, gracias a la reintroducción del lobo en ciertos parajes, y a la escasez de los apetitosos rebaños de ovejas, que tan buenas historias de saña, solidaridad y desafectos filiales proporcionaron a nuestros ancestros, no es ya improbable que los jabatos y los lobos tengan encuentros poco saludables para los primeros.
Pero todo no es óbice ni cortapisa para defender que el mayor enemigo de los suinos en general es el hombre. Y puesto que el ser humano es el único animal conocido capaz de leerse cuentos y creérselos, poca defensa tienen los seres a los que este depredador les encuentre buen sabor, salvo que sean venenosos o sea oficialmente declarado pecado el comérselos.
Por eso estoy convencido de que, en la versión para cerditos, en la que no hay lobos feroces, sino hombres y mujeres sin miedo al colesterol, los tres hermanos se salvan, no por la solidez de la construcción de las viviendas, sino por haber conseguido influir en las alturas para ser declarado animal inmundo.
Lo que es un buen truco, desde luego. Hasta el punto de que los percebes, las cigalas, los centollos, la carne asada, los calamares en su tinta, la tarta de Santiago y las empanadillas de bonito están tramitando la declaración de impacto celestial.
FIN
