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Cuento de otoño: Caperucita coja

26 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

A todos los niños les gustan los cuentos y a algunos, mucho. A mis cuatro nietas les encantan, especialmente a las dos mayores (que aún no cumplieron los tres años). No les importa que se les cuente el mismo relato una y otra vez, e incluso diría que les parece mejor caminar por los senderos trillados, porque si se cambia la versión del cuento que conocen, enseguida te sacan la tarjeta roja. «Eso no es, abuelo», me interrumpen.

Entre sus cuentos preferidos figura, en muy alto lugar -apenas superado por El patito feo-, el de Caperucita roja,- Es encantadora la tensión con la que siguen el diálogo esperpéntico entre la ingenua niña y lobo disfrazado con el gorro de dormir y el camisón de la abuela, y el alivio con el que reciben la entrada en escena del leñador, que, con la poderosa ayuda de la imaginación, encontrará a las dos, sanas y salvas.

Una de mis nietas mayores no vocaliza aún bien, y Caperucita roja es, para ella, Caperucita coja. Creyendo que le ayudaría a ver las diferencias, inventé un cuento de una niña que tenía una piernecita más corta que la otra, y que andaba a saltos por el bosque, y que, en uno de sus paseos, se encontró con el «bobo felón». No tuve éxito, pues ignora lo que es ser felón, y la historieta discurrió por cauces más bien abstractos para una niña tan pequeña.

Pero los adultos no ignoramos que nuestra historia real está plagada de felones, que actúan como si fueran bobos, aunque no hacen más que aprovecharse de que estamos cojos, y que esta cojera nos impide alejarnos corriendo de su intención de engañarnos.

No hace falta realizar encuestas de aceptación para saber a ciencia cierta que nuestra inocencia de caperucitas ha sido traicionada a mansalva. No se libra del lastre de desfachatez, trampas y, en suma, felonía, ninguna de las instituciones. Aunque, por supuesto, estemos convencidos de que los que engañan son minoría, son más que suficientes. En este bosque de despropósitos, nos encontramos a cada dos pasos por gentes aviesas que, fingiéndose bobos, han utilizado, no solo nuestra credulidad, sino el prestigio de las instituciones en las que desempeñan sus cargos, en su propio beneficio y abusando de nuestra necesidad.

No preciso citar a nadie, porque el mal está ya en boca de todos. No hay un hueco, del rey abajo, ninguno, en el que no haya señales de malicia. Veo a los bobos felones contestando, taimados, a nuestras preguntas de ¿Por qué lo hicisteis?

-Para servirte mejor.
-Porque no podíamos estar al tanto de todo.
-Ya les habíamos advertido de que no lo hicieran.
-Hay que mantener la presunción de inocencia.
-No se podía actuar de otro modo.
-Todos han hecho lo mismo.

Pues ya lo ven, están descubiertos. Aliado insospechado, el diablo cojuelo ha levantado uno tras otro los tejados de esta ciudad para poner al descubierto las desnudeces de los que se creían bien pertrechados, disfrazados de corderos, esto es, de bobos, de bien intencionados.

¿Cómo acabará el cuento? No lo se muy bien, pero veo cada vez más aislados a los que carecen de razones para justificar el tamaño de sus ganancias, lo desmesurado de sus gorros de oropel, la camisa abultada por las bolsas que birlaron. Somos muchos los que estamos del lado de las Caperucitas cojas. Y esperamos que aparezca en acción el leñador de la verdad, ése que, abriendo el vientre de la desfachatez, saque de nuevo a la luz nuestra esperanza, sana y salva.

Veo que en el bosque hay algunos leñadores, ocupados en recoger ramas y astillas y evitando afectar a los árboles altos de este bosque.

Mi tendencia al pesimismo me indica que los jugos gástricos de la codicia han debido haber hecho de las suyas, y, cuanto más tardemos, más convertidos en piltrafas encontraremos los buenos deseos que se han engullido. Mientras creemos estar atendiendo a las explicaciones sobre el estado de nuestra democracia y la recuperación de la economía, interesándonos por lo que pensamos son las respuestas sinceras de la abuela, lo que escuchamos son los argumentos perversos de los lobos feroces, digo, de los bobos felones, que siguen tragando Caperucitas.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sociedad Etiquetado como: abstracto, bobo felón, caperucita coja, cuento, cuento de otoño, democracia, engaño, escena, felonía, leñador, lobo feroz, nieta, pierna, vocalizar

Cuento de otoño: Lecciones para cerditos

8 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Casi todos los cuentos para niños acaban mal para las brujas, los lobos, los duendes y, en general, para esas criaturas taimadas que aprovechan los descuidos y la inocencia de otras, con la exclusiva intención de comérselas, objetivo que nunca cumplen y, si llegan ocasionalmente a zampárselas, surgirá un cazador que les abrirá la panza para extraer, sanos y salvos, a las abuelitas, los cerditos, los corderitos o las caperucitas.

Nos han enseñado a interpretar esas historietas en una sola dirección, que es la de pretender que nos identifiquemos con los perseguidos y saquemos como moraleja, conclusiones y avisos que, en la vida real, es muy poco probable que podamos poner en práctica.

De entre los cuentos enigmáticos con los que teóricamente fue formado en mi niñez en las buenas prácticas, el de los tres cerditos es, para mí, el que se lleva la palma.

Recordará el lector que esos tres lechoncitos, habitantes de un bosque, eran apetecidos como alimento por el lobo feroz. Buscando protección, todos construyeron una casa para guarecerse en ella. El más vago y remolón la fabricó de paja; el intermedio en las veleidades del espíritu, la hizo de madera, y el tercero, que era más concienzudo, se atrevió con el ladrillo.

Cuando el lobo aparece en la escena, hambriento y sistemático, sopla primero sobre la casita de paja, destruyéndola, y da luego unos golpes sobre la de madera, que tampoco puede resistir tales envites. Los dos hermanos menos eficientes, desprovistos de cobijo, corren a refugiarse en la casa del albañil, la cual, no solo resiste, sino que, cuando el lobo intenta entrar por la chimenea con las previstas intenciones manducatorias, se encuentra con que le está esperando en el hogar una caldera con agua hirviendo, en la que cae de cabeza.

Las versiones que andan por ahí difieren a partir de este momento. Unas, dan en afirmar que al lobo nunca más le quedaron ganas de comer cerditos, bien por escarmentado o por haberse convertido en carne guisada. Otras variantes, seguramente ubicables en lo que se podía llamar teoría de la liberación de cánidos, dejan a cerditos y lobo cantando juntos en un grupo musical, en feliz armonía.

En realidad, los grandes comedores de cerditos somos los seres humanos, y solo hay que irse hasta Segovia para percatarse de las razones de la devoción que sentimos hacia estos animales, de las que se ha dicho que nos gustan hasta los andares.

Cierto es que los cerditos que viven en los bosques se llaman jabalíes y que, dado el abandono en el que, particularmente en España, tenemos a esta parte de la naturaleza, han proliferado mucho, hasta el punto de que bajan al llano a hurgar en la basura de las colonias humanas que limitan con lo verde.

Cierto también que, gracias a la reintroducción del lobo en ciertos parajes, y a la escasez de los apetitosos rebaños de ovejas, que tan buenas historias de saña, solidaridad y desafectos filiales proporcionaron a nuestros ancestros, no es ya improbable que los jabatos y los lobos tengan encuentros poco saludables para los primeros.

Pero todo no es óbice ni cortapisa para defender que el mayor enemigo de los suinos en general es el hombre. Y puesto que el ser humano es el único animal conocido capaz de leerse cuentos y creérselos, poca defensa tienen los seres a los que este depredador les encuentre buen sabor, salvo que sean venenosos o sea oficialmente declarado pecado el comérselos.

Por eso estoy convencido de que, en la versión para cerditos, en la que no hay lobos feroces, sino hombres y mujeres sin miedo al colesterol, los tres hermanos se salvan, no por la solidez de la construcción de las viviendas, sino por haber conseguido influir en las alturas para ser declarado animal inmundo.

Lo que es un buen truco, desde luego. Hasta el punto de que los percebes, las cigalas, los centollos, la carne asada, los calamares en su tinta, la tarta de Santiago y las empanadillas de bonito están tramitando la declaración de impacto celestial.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, animal inmundo, cerditos, cuentos de otoño, historieta, interpretación, lechón, lobo feroz, moraleja, protección celestial, vida real

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