Al socaire

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Cuento de otoño: El timonel mentiroso

15 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Entre los tiempos de Maricastaña y la Levitación Cósmica, en el País de las noches tenebrosas y los días muy cortos, vivió un timonel que jamás había conducido un barco.

En verdad, que de las Escuelas Oceanográficas de timoneles y condestables de mar se salga con el título de piloto sin haberse subido jamás a un navío, no tiene tanto de extraño. La Escuela de que hablo estaba situada tan lejos del mar que hubiera llevado días enteros acercar hasta él a los estudiantes de los últimos cursos, en donde se formaban, como final de la formación exclusivamente teórica, en el arte preciso de navegar, y, si conseguían superar la última prueba, que consistía en lanzarse desde una torre inclinada a la calle sujetos por una goma elástica, se les otorgaba un diploma de Surcador Experimentado de la Mar Océana.

Así que, como suplencia al déficit de agua salada en medio de la sequedad terrosa, el Alto Almirantazgo Superior había decidido que se realizaran simulaciones a escala reducida en una bañera en las que se ejercitaran en maniobras de babor, estribor, a toda máquina y a barlovento reducido. Todos los alumnos se agolpaban en torno al simulador y, con un poco de suerte, hasta podían manejar los mandos del aparato durante unos instantes. Al menos, eso fue, hasta que una mala maniobra dejó al instrumento inutilizado, y, por falta de presupuesto, no fue posible enviarlo a reparar al dique seco del País de los días muy luminosos y las noches cortas.

Eso sí, los planos que se conservaban en la Biblioteca de los Océanos, Piélagos y Mares, eran extraordinariamente precisos. Tanto que, según se decía, hubiera sido posible construir un barco de cualquiera de los tipos conocidos, -desde fragatas hasta petroleros de triple casco- siguiendo únicamente aquellos dibujos. Solo que no era necesario, porque en el País de las noches tenebrosas y los días muy cortos, estaba muy mal visto lanzarse a la aventura y lo que se había puesto de moda era mirarse el ombligo, sacudirse las malas pulgas o sentarse a la puerta de casa para ver pasar cadáveres de tus prójimos, fueran o no tus enemigos.

No habría cuento, ni historia, ni argumento, si no hubiera sucedido que un día cualesquiera avisaron desde el litoral del País de las noches tenebrosas y los días muy cortos, que en un lugar de la costa playera había aparecido un barco. Al parecer, ese barco fantasma se había desorientado de su ruta, como sucedía con algunos cachalotes, rorcuales y orcas que también encallaban fortuitamente en aquel lugar dejado de la mano de Dios, y su tripulación lo había abandonado para no tener que dar explicaciones.

Una vez comprobado que se encontraba en estado aceptable, y pasado un tiempo prudente en que ratificaron que nadie reclamaba la propiedad del navío, lo declararon res publica, y el Alto Consejo Consultivo de Acciones Inminentes, decidió que se necesitaba un timonel para volver a lanzarlo al mar. Porque llevaban mucho tiempo deseando llevar a buen puerto las aspiraciones que habían ido acumulando durante años en los entresijos de la pereza, y la ocasión les pareció propicia para sacudirse de aquella carga legendaria.

Fue por eso que se anunció, en el Boletín Oficial de Asignaciones Digitales, la convocatoria para elegir al mejor piloto entre todos aquellos que tuvieran el título habilitante y las ganas resultantes. El concurso debería consistir en presentar propuestas de singladura, que un Jurado formado por todos los habitantes que estuvieran de momento sin nada que hacer (que eran la inmensa mayoría), determinaría como más adecuada.

Se presentaron tres propuestas, lo que no impidió reconocer que el concurso estuvo bastante reñido. Una propuesta, que fue muy valorada, consistió en contratar a un piloto extranjero, que supiera cómo manejar aquel artefacto, y dar con él la vuelta al mundo, dejando aquí y allá, desparramadas, montones de aspiraciones, para retornar al punto de partida sin ninguna de ellas.

-La idea es muy atractiva, -comentaron algunos ciudadanos- pero para un viaje tan largo y tan costoso esperaríamos que el resultado fuera más prometedor. Además, dudamos que cumpla con el Acuerdo Marcopol, que, aunque no hemos suscrito, aceptamos voluntariamente.

Así que la desecharon.

Un segunda propuesta, proveniente de uno de los titulados timoneles más antiguos, era hacer un boquete definitivo en el barco, y, en ese mismo lugar, poner un monolito conmemorativo con una historia inventada, plasmada en una serie de gestas sublimes que no habría ninguna necesidad de llevar a cabo, pero que servirían de ejemplo a las futuras generaciones.

-Es una idea estupenda, que crearía varios puestos de trabajo -no dejaron de valorar algunos ciudadanos-, pero para llevarla a cabo no necesitamos un timonel, sino un dinamitero y un picapedrero.

Así que también la desecharon.

Por fin, un timonel consiguió convencerles. Afirmó que sabía cómo manejar el barco y que, si se lo llenaban de vituallas y le dejaban a él contratar a la tribulación, cargaría con las buenas intenciones que tenían, y las convertiría en fruto maduro, para goce de todos, volviendo, al cabo de la singladura, con nuevas y más refulgentes riquezas, cúmulos de pasmosas realidades y montones de fabulosas expectativas.

Llegó el gran día. Habían venido gentes de todos los lugares del País para despedir a los expedicionarios. Orquestas, cómicos y malabaristas rivalizaban en ofrecer su espectáculo junto a los sabios, los dementes y los párrocos. El piloto elegido estaba vestido con sus mejores galas y, subido al palo mesana, pronunció un discurso enfebrecido, que fue muy aplaudido.

Costó bastante enderezar el navío y dirigirlo a alta mar, a donde entró dando tumbos, dejando tras sí una estela de un humor algo apestoso.

Finalmente, desapareció en el horizonte. Nunca más se supo de él, ni de su carga valiosa, ni de la tripulación ni, por supuesto, del gallardo timonel.

Desde entonces, en el País de las noches tenebrosas y los días muy cortos, se traslada de boca en boca la historia del timonel mentiroso, y no falta nunca, de entre los que la escuchan, una frase como ésta:

-Es un cuento muy instructivo, sobre todo, porque no se sabe cómo acaba.

FIN

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Cuento de otoño: Optimo y Posible

19 noviembre, 2013 By amarias2013 1 comentario

Esta es la historia de dos amigos, que se llamaron Optimo y Posible. Estaban siempre juntos, lo que no se debe interpretar como que estuvieran siempre de acuerdo. Optimo era, como su propio nombre indica, exigente, perfeccionista, severo y un tanto plasta. Posible era pragmático, intuitivo, hedonista y bastante descuidado.

En realidad, para qué vamos a ocultar la verdad: Optimo y Posible solo estaban de acuerdo en sentarse a analizar las opciones de hacer cualquier cosa. Llegado el momento de ponerlas en práctica, cada uno seguía su camino. Lo habían hecho siempre así, desde niños: había que ver a Posible jugando con un taco de madera, y convenciéndose de que tenía un coche entre las manos y a Optimo, afanado en sacar lascas con una navajita de las que regalaban para la Primera Comunión a varios pedazos de roble, en la pretensión de fabricar un Alfa Romeo como los de la tienda de Maese Trillo, propósito que, como se puede suponer, no conseguía culminar.

Cuando se hicieron mayores, ambos, que habían terminado brillantemente la carrera de ingeniería (opción superior), se emplearon en sendas empresas energéticas y, como eran brillantes como centellas, no tardaron en llegar a jefes de departamento. A Optimo se le encomendó la dirección del departamento de Máxima Rentabilidad y Responsabilidad Social Corporativa, en una empresa de energía eólica.

A Posible le asignaron el departamento de Opciones Inmediatas y Seguridad Garantizada en una empresa de energía nuclear.

Si el lector está preocupado algo, aunque sea muy poco, por las cuestiones energéticas, podrá deducir que los altos ejecutivos de las empresas habían acertado bastante bien al nombrar a cada uno de nuestros protagonistas guardando atención a sus cualidades sicológicas más aparentes, lo que permitía atisbar el éxito de sus respectivas gestiones futuras.

Sin duda, los test de respuesta a situaciones simuladas que debería encontrarse posteriormente en la vida real (seguir una secuencia numérica, adivinar hacia qué lado se orienta la próxima figura en una serie de polígonos, deducir quién es el más simpático de una relación de delincuentes, etc.) había permitido detectar lo más relevante de sus personalidades.

Como se conocían tan bien, sin embargo, y eran tan brillantes, dedicaron mucho tiempo a analizar el trabajo del otro, poniendo serias objeciones. Cuando se reunían en la Comisión Mixta para tomar decisiones respecto al futuro, Optimo no solo defendía lo buena que era la energía eólica, la necesidad de aumentar las subvenciones hasta que fuera rentable y la vinculación social de su empresa con los animales vertebrados, sino que expresaba, sin venir a cuento, que la energía nuclear era peligrosa, productora de residuos altamente contaminantes y, a pesar de lo que se creía por el vulgar de los mortales, obsoleta.

Por su parte, el ingeniero Posible, metiéndose a su vez en el terreno de su amigo el ingeniero Optimo, dedicaba algo de tiempo a expresar que las centrales nucleares eran inversión de utilización probada, inmediata y segura, incluso por los importantes estudios que se estaban realizando en centros de investigación confidenciales sobre el control de los residuos de alta radioactividad. La mayor parte de su intervención, cuando tenía público, la concentraba en opinar que la energía eólica era una tecnología trivial («de chicha y nabo», era su expresión concreta, junto a «conocida desde los tiempos de Carracuca»), cara a rabiar y de producción caprichosa e impredecible como la propia naturaleza, por lo que no es que necesitase una energía de apoyo, sino que si alguna fuente energética debería ser marginal, era la de los molinillos de acción ventosa.

El Presidente de la Comisión Mixta, que era licenciado en derecho y economía con matrícula de honor en todas las asignaturas, pero no entendía mucho de tecnologías (aunque algo había aprendido en los seis meses que le habían encargado tan importante posición), se desesperaba con las interminables discusiones. No conseguía que se pusieran de acuerdo y tampoco se encontraba con conocimientos para tomar una decisión, habida cuenta, además, de que los intereses que había detrás de cada una de las empresas que representaban Optimo y Posible eran de lo más complejo, que es lo mismo que decir, delicado.

Los dos parecían tener razón, porque los argumentos que ponían sobre la mesa (mucho más elaborados que lo que reflejamos aquí, pues esto es solo un relato resumido, como una especie de Resumen Ejecutivo de esos que nadie lee, porque son obvios), estaban bien construidos y eran convincentes como puñetazos de campeón de los pesos welter al de los pluma, o pellizcos de monja teresiana a la niña de ojos verdes, por poner solo dos metáforas que no vendrán a cuento, pero encajan de maravilla, literariamente hablando.

Así que, como ambos defendían bien sus parcelas, razones y elucubraciones, y nadie estaba dispuesto a quitárselas ni a ponérselas por capirote o saltárselas por encima o por debajo de los ijares, el País de los Propósitos Bien Intencionados, desarrolló una estructura energética duplicada. Redundante, como es su nombre técnico más preciso. Excesiva o desproporcionada, como se indicaría si fuera el caso de hablar para andar por casa.

Llevados de la mano de Optimo, llenaron el país de aerogeneradores, allí donde había la menor brizna de viento, artefactos de dudoso valor estético que ventilaban con sus aspas los campos y las dehesas (cuando hacía viento), pero pocas veces podía aprovecharse tanta energía como proporcionaba la madre de todos los vientos, pues no se necesitaba.

Por supuesto, conducidos por Posible hacia las bondades de la energía nuclear, mantuvieron en actividad las centrales existentes, perfeccionaron las técnicas de tratamiento y, en su caso, ocultación en las profundidades abisales, de los residuos más contaminantes, y, por supuesto, aunque no se consiguió vencer el parón nuclear decretado in illo tempore, exportaron la tecnología (utilizando simuladores avanzados) a países mucho menos desarrollados, lo que creó algunos puestos de trabajo temporal de alta especialización en el extranjero. Sin embargo, como la producción de energía era excesiva para las necesidades del país, que se encontraba (debíamos haberlo dicho al principio, pero va ahora) en una isla y estaba sumido en una depresión sicológica, la mayor parte del tiempo las instalaciones estaban paradas o casi, aunque por motivos de garantía de seguridad, las inversiones de mantenimiento alcanzaban cifras muy elevadas.

Pasaron unos años, y Optimo y Posible se hicieron algo mayores, por lo que, llegada la edad de cincuenta y cinco años (o así), ambos pasaron a la situación de pensionistas, siendo sustituidos por gente más joven que tenía mucho que aprender. Habían conocido a varios Presidentes de las Comisiones Mixtas y podían estar contentos de haber defendido, cada uno, su parcela, y conseguido creación de valor para los accionistas de sus respectivas empresas.

Coincidían frecuentemente en el Centro de Mayores, donde aprendían a bailar chotis y a freir un huevo, leían los periódicos del día y hacían sudokus y mandalas cada vez más complicados.

Era una tarde de otoño y todo invitaba a la filosofía.

-Debemos estar satisfechos de haber cumplido con nuestro deber -dijo, de repente, Optimo, que parecía haber estado meditando sobre la influencia de la sustitución del cangrejo de río autóctono por el americano en el gusto de la paella valenciana.

-¿Qué deber teníamos, Optimo? -preguntó Posible a su íntimo amigo, levantando los ojos de la máquina tragaperras en la que había conseguido cien mil puntos y dos corazones. Preparaba automáticamente su contraataque, guiado por la costumbre.

-¿Y tú me lo preguntas, Posible? -Optimo se había quedado por un momento con la mente en blanco, porque empezaba a afectarle el Alzheimer, y tardó en encontrar una respuesta-. Defender, con toda nuestra ilusión y conocimientos, que sabíamos hacia dónde íbamos.

-Pues aquí estamos -dijo en voz casi inaudible el otro, ocupado en obtener el tercer corazón, que suponía un premio de diez euros-. Así que nos equivocamos.

La lluvia, que repicaba en los cristales, recordaba algo al poema de Antonio Machado, ese de la monotonía. Y aunque era otoño, parecía una tarde parda y fría de invierno.

(Nota.- Este Cuento no refleja necesariamente mi opinión personal al respecto, limitándose a ofrecer un motivo de distracción; si el lector encuentra en el mismo motivos para la reflexión, debe considerarse el único culpable de tener tan buen criterio).

(FIN)

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Cuento de otoño: Castores y ratas de agua

15 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Hace muchos años, en lo que, andando el tiempo, sería conocido como País de los Despropósitos, había lugares en los que la vegetación era exuberante, junto a los ríos, arroyos y riachuelos, si bien el resto del territorio era desértico, por falta de agua.

En esos biotopos especiales, las ratas de agua vivían felices. Comían plantas y frutos frescos, babosas, caracoles y gusanos y los pocos depredadores que podían intimidarles -zorros, fundamentalmente- no tenían especial interés por ellas, porque sus carnes les sabían a fango; preferían los topillos de pradera, que se alimentaban de alacranes, saltamontes y bayas secas, y eran, por ello, más sabrosos.

Sucedió que un día, una nueva especie apareció en aquel hábitat. Que, desde más allá de las montañas y las tierras de fuego, empujados por el hambre o la curiosidad, vinieran desconocidos, no era tan extraño. Lo normal es que no pudieran aclimatarse y murieran o se volvieran por donde habían venido, al cabo de poco tiempo.

Eran castores y, por lo que dijeron a quienes se molestaron en escucharlos, habían llegado para quedarse.

Los recién llegados, eran solo tres o cuatro parejas, y pocas ratas de agua les prestaron atención especial, al menos al principio. Los desconocidos eran, en cierto modo, incluso parecidos a las ratas de agua, aunque más voluminosos, y parecían bastante simpáticos.

-Solo venimos a trabajar y nos agenciaremos para conseguir alimento sin molestar a nadie. -dijo el que parecía llevar la voz cantante.-Decidnos solo un lugar en el que podamos estar tranquilamente.

La autoridad competente de las ratas de agua les asignó un lugar en una de las zonas más alejadas de los núcleos de población principal de las ratas acuáticas, corriente arriba de uno de los regatos menos caudalosos.

Era el peor sitio de los imaginables para las ratas de agua, que no habían llegado tan arriba, porque preferían las desembocaduras de los ríos, donde, en los deltas, las aguas discurrían muy tranquilas, y la vegetación se componía, sobre todo, de plantas que crecían en el fango, muy jugosas y tiernas, por lo que no necesitaban realizar exploraciones que podían resultar peligrosas.

-Procurad no hacer mucho ruido por las mañanas -fue la única advertencia que se les ocurrió a las ratas-. Aunque estaréis lejos de las zonas habitadas por nosotras, nuestros pequeños y a nosotros nos gusta dormir a esas horas, después de una noche de frenética actividad llenando nuestros estómagos.

Las tres o cuatro parejas de castores se instalaron río arriba, muy, pero que muy arriba, en lo alto de las montañas casi donde se encontraban las fuentes y los manantiales. De inmediato, empezaron a fabricar, cada familia por su lado, los diques que les parecieron adecuados para crear el hábitat en el que poder criar a sus retoños ciegos a salvo de la intemperie y, por supuesto, almacenar bajo el agua reservas para el invierno, porque en las alturas hacía tanto frío que todas las superficies se helaban.

Derribaron algunos árboles muy grandes con sus poderosos y afilados dientes, y arrastraron las pesadas ramas hasta los lugares que les parecieron adecuados para embalsar el agua.

Unos aquí, otros acullá. Trabajaban día y noche, porque su voluntad era transformar la naturaleza para adaptarla a lo que necesitaban.

Eran construcciones, de verdad, muy interesantes, compactas y resistentes, y que, para hacerlas razonablemente estancas, guiados por la experiencia y el instinto, reforzaban con barro.

El agua quedaba retenida en ellas, formando remansos de un alto valor estético y en huecos de las presas los castores mantenían a sus retoños o guardaban ramas tiernas.

Seguramente era de lamentar que ningún animal pudiera valorar tanta belleza de aquellas creaciones, pues todos quienes vivían en lo que luego sería llamado el País de los Despropósitos -desde las ratas de agua a los topillos de pradera, por no hablar de caracoles, peces y zorros- carecían de la inteligencia o formación adecuadas para dejarse impresionar por lo que resultaba tan claramente inútil para su especie.

Las ratas de agua que estaban río abajo no tardaron, sin embargo, en darse cuenta de que las aguas no fluían con la misma intensidad que antes. Los caracolillos y las babosas (en especial, las desprovistas de concha, muy apetecibles) escaseaban.

Pero lo más alarmante era que algunos meandros del delta estaban empezando a cambiar su curso.

-Venid río arriba -les dijeron las ratas de agua que ya se había desplazado a vivir en las zonas altas-. Allí el trabajo de los amigos castores ha conseguido inundar áreas que antes estaban secas, y hay ahora alimento suficiente, en donde hace poco tiempo solo se encontraba el desierto.

Sucedió, sin embargo, que, cuando llegó la temporada de lluvias, las aguas torrenciales se llevaron por delante los diques de los castores. Aunque estaban hechos para resistir las corrientes normales, no aguantaron las crecidas impetuosas provocadas por escorrentías y torrenteras que aparecieron por todos los lados.

El colapso de los diques, arrastró también árboles y ramajes. Los castores, guiados por su instinto, presagiaron el momento y pudieron salvar a sus crías. Pero muchas ratas de agua, que carecían de esa experiencia, se encontraron de bruces con el cambio de condiciones de vida. Perdieron a muchas de sus crías. Confiadas en lo que creían saber del entorno en el que siempre habían vivido, generación tras generación, no consideraron la posibilidad de que el nivel de los ríos pudiera variar tan bruscamente.

Fue una catástrofe para las ratas de agua, tanto las que vivían río arriba como las que se habían quedado en el delta. Las plantas de ribera resultaron arrancadas en muchos puntos y, en otros, se cubrieron de piedras y un loes que las hacía, al menos momentáneamente, incomestibles.

Realmente alarmadas, convocaron a una reunión de urgencia. Habían encargado a expertos en deltas y meandros que emitieran sus informes, lo que hicieron prestamente, utilizando los conocimientos acumulados en sus genes durante siglos.

Obligaron también a los castores a que asistieran a la convocatoria, para que expusieran sus argumentos, aunque ya se habían confabulado de antemano para no escucharlos.

El encuentro resultó áspero. Una rata de agua experimentada, que decía haber vivido en los deltas del que luego sería llamado por los humanos río Misisipi, afirmó estar rotundamente convencida de que los diques habían provocado desequilibrios insoportables en las corrientes de agua, y que, en consecuencia, los castores deberían ser expulsados del territorio.

Fue aplaudida por todas las ratas de agua.

El portavoz de los castores hizo ver que ellos no habían provocado las lluvias torrenciales y que, en realidad, la construcción de los diques había sido beneficiosa, mientras estuvieron en pie, para la existencia de las ratas de agua, pues se habían podido colonizar nuevos territorios y disponer de más alimento que antes.

Fue silbado por todas las ratas de agua.

No hubo, pues, acuerdo. Las ratas eran mucho más numerosas, incomparablemente superiores en número, y a dentelladas y empujones, echaron a los castores de aquel que consideraban su territorio, y de ellos, nunca más se supo.

Fue más o menos por aquellas fechas cuando se instalaron algunos humanos en ese lugar, y encontraron a las ratas de agua bastante sabrosas, exterminándolas prácticamente.

Los castores, que habían seguido creciendo en número, volvieron a ocupar las áreas del País de los Despropósitos de las que habían sido expulsados. Cuando su número creció, los humanos los declararon objetivo de caza para sus escopetas.

No serían aprovechables como alimento, pero sus pieles, utilizadas como pellizas y abrigos, a los humanos se les antojó que los hacían muy elegantes.

Claro que la historia no había hecho, en realidad, más que empezar.

FIN

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Cuento de otoño: Yemeserach y la tierra prometida

12 octubre, 2013 By amarias2013

Su padre le puso el nombre de Yemeserach, que significa Buenas Noticias. Era una niña hermosa, con la piel de un negro siena que brillaba al sol como el café tostado.

La llamó así no porque el nacimiento les hubiera colmado de alegría. Obviamente, hubieran deseado tener otro varón, ya que son más resistentes y de mayor utilidad para el trabajo. Hacía el número seis de sus hijos, y su madre era aún joven y fértil. Una buena esposa, que le llevaba cada día a su esposo la comida al campo, le lavaba los pies y se encargaba de traer el agua, preparar la cerveza, calentar la vivienda con boñiga seca y preparar las tortas de teff.

Cuando nació Yemeserach, las señales de la naturaleza daban a entender que la temporada de lluvia iba a ser larga en Kohla Diba, situada en la zona de Amhara, y eso resultaba un buen augurio. La familia poseía dos hectáreas de terreno; una parte, estaba plantada de café, que se vendía a un comerciante de Kohba; el resto, se dedicaba a pastos para las seis vacas, los dos bueyes y las trece cabras que eran, junto a dos decenas de gallinas, la verdadera riqueza de la familia.

No fue sin dolor que Yemeserach fue entregada a cambio de 2000 birr a un matrimonio de mercaderes affares que prometieron cuidarla y educarla como una hija. Estos la vendieron a un anciano de Addis Abeba, cristiano copto, que se creía descendiente del mismo rey Salomón, y que la educó en el conocimiento de la Biblia y que se jactaba de ser un zahorí infalible.

Yemesarach demostró ser muy lista, y, en particular, resultó tener una facultad especial para hacer predicciones. Adivinaba, con solo mirar a los ojos de su interlocutor, quién era buena o mala persona, y, sobre todo, tenía facultades para encontrar agua en el desierto, señalando el lugar en donde se podía hallar un líquido tan precioso, ayudándose de una vara de olivo.

Cuando alcanzó la edad de catorce años, Yemeserach se quedó embarazada sin que fuera capaz de explicar el fenómeno, y el anciano que la había cuidado, temiendo que le atribuyesen la paternidad, y velando por su buen nombre, la echó de casa.

-Eres una buena niña, y estoy muy satisfecho con tu aprendizaje, pero no puedo exponerme a la maledicencia. Eres inteligente y trabajadora, y sabrás cómo sobrevivir. Te regalo este libro sagrado, que perteneció a mis ancestros, y, cuando tengas necesidad, ábrelo al azar, y encontrarás la solución a lo que te aflija.

Y le entregó una Biblia, un hatillo con comida y leche, un vestido blanco de ceremonia y unas sandalias de repuesto para el camino. También le dio un beso en la frente.

Yemeserach, abandonó la casa en la que había vivido los últimos años, y se dirigió a la plaza principal de la ciudad, en donde tenía pensado ofrecerse como zahorí y sacar algún provecho de su facultad de distinguir a las buenas de las malas personas mirándolas a los ojos.

Mientras esperaba que alguien solicitara sus servicios, se comió la mitad de la torta que le había dado el anciano y se bebió la leche. Cuando estaba en esa ocupación, se le acercó un joven amhara y le preguntó qué hacía en ese lugar.

-No tengo dónde ir, porque el anciano que me cuidaba me echó de casa -contestó la niña.

-Si quieres, puedes venir conmigo. Pertenezco a un grupo de personas que estamos preparando una expedición para irnos hasta Europa, en donde esperamos salir de la miseria -explicó el nuevo compañero.

Yemeserach explicó que no tenía ningún dinero, y que solo poseía una Biblia y la facultad de conocer dónde había agua bajo tierra y cómo distinguir la bondad o maldad de las gentes.

-¿Y qué ves en mí? -curioseó el joven.

-Veo que eres una buena persona. Aunque, para saber qué hacer, debo consultar antes el libro sagrado en donde encontraré la dirección que debo tomar, porque lo que me propones es una aventura.

Diciendo esto, abrió la Biblia al azar y leyó en voz alta. Quiso la casualidad o el designio de Dios que lo hiciera en las páginas que corresponden al Cántico de Ana, la mujer de Elcana, en el libro de Samuel: «Es Yavé quien hace morir y vivir, hace bajar el sol y subir de él. Es Yavé quien empobrece y enriquece, humilla y exalta».

-¿Qué quiere decir eso que lees? ¿Cómo interpretarlo? -habló, al cabo de un momento de silencio, el curioso joven amhara. La muchacha lo encontró también hermoso y fuerte.

-No lo sé exactamente -replicó Yemeserach-. Pero voy a ir con vosotros, y que sea lo que Dios quiera. Lavaré y cocinaré y buscaré hierbas y comida en el camino hacia esa Tierra Prometida.

Así fue como la niña embarazada se incorporó al grupo que pretendía llegar hasta Europa y, mientras caminaban por tierras secas o fértiles, avanzando, sin saberlo, sobre depósitos de gas, cobre y tántalo, y se protegían del sol y de las serpientes y de los alacranes, selló la amistad con aquel joven que pertenecía a su misma etnia, y que se llamaba Edel, que significa Suerte.

Edel le contó un cuento de un niño que todo lo entendía al revés, y Yemeserach lo escuchaba, una y otra vez, embelesada.

Al principio eran pocos, pero a medida que avanzaban se fueron integrando en la expedición cientos, y luego, miles de personas, y, después de caminar muchos kilómetros y pasar múltiples penalidades, amortiguadas por la facultad de Yemesarach para localizar agua en los desiertos y poder distinguir las buenas de las malas personas, llegaron a la orilla de un mar y una vez allí, se lanzaron al agua como si fueran lémures, ñus o cebras en migración.

Pocos sobrevivieron, pero aupándose los que quedaban sobre los cadáveres de los que iban cayendo, alcanzaron a pasar al otro lado, en donde se dispersaron como polvo del desierto movido por un viento persistente.

Entre los que lograron sobrevivir, estaban Yemeserach y su hijo, que ya tenía dos años, y al que, a propuesta de Edel, llamó Bantayehu, que significa Vi A Través De Tí. La patrulla que los recogió anotó que el único enser que llevaba la joven era una Biblia escrita en amáhrico, y que se encontraba en muy buen estado, y en la que había varios párrafos subrayados con un color rojo negruzco, como sangre seca, que era, en verdad, el líquido con el que habían sido destacados.

De Edel no se supo nada más.

Yemeserach, miraba en lo profundo de los ojos de todos cuantos encontraba, pero jamás dejó traslucir desde entonces si veía bondad o maldad en sus corazones.

FIN

(N.B. Este Cuento está escrito el día de la Hispanidad, 12 de octubre de 2013, festividad de todas las Pilares, y se lo dedico a la memoria de María de Villota, luchadora infatigable, hermosa por dentro y por fuera)

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Cuento de otoño: Los amantes de Estepona

11 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Se conocieron un verano; ella, perteneciente a una familia con posibles, estaba de vacaciones en la Costa del Sol y él, hijo de jornalero y ama de casa, jugaba en el Esteponense FC de medio-centro. Fue amor a primera vista; él se fijó en sus pechos saltarines y ella en sus robustas piernas.

Ella se llamaba Nuria, le gustaba leer novelas rosa y aún más el dulce de membrillo, lo que ayudaba a redondear sus caderas. Acababa de cumplir los diecisiete, y los aparentaba.

El, Manuel Antonio, era conocido como «Lito», tenía treinta y dos años, y había jugado una temporada en el Málaga, sin éxito, por lo que había sido devuelto a las categorías inferiores. Se entrenaba poco, porque trabajaba a media jornada de fontanero en los servicios municipales y, cuando se terciaba, hacía chapuzas para particulares.

Como tenían tiempo libre solían dar largos paseos. Por la punta del Saladillo, el Paseo Marítimo, la playa de la Rada,…incluso se les vió un par de veces en la playa de El Cristo, que ya empezaba a ser ocupada por nudistas, aunque vergonzantes.

En verdad, lo que más les apetecía era acercarse a Sierra Bermeja, utilizando prestada la furgoneta del servicio de aguas que conducía Lito, dejando una mano libre del volante, y perderse luego por los senderos de lo que es hoy el Parque de los Pedregales, allí donde la ermita del patrono San Isidro, aguardando la oscurecida.

Las amigas de Nuria, conocidas de otros veraneos, los llamaron pronto «los amantes de Teruel», aunque les cuadraba mejor, obviamente, los amantes de Estepona.

Los amigos de Manuel Antonio pretendieron hacerle reflexionar sobre el a dónde quería parar.

-La niña es un bombón, pero si pasa algo se te va a caer en el pelo. El padre es teniente coronel de Artillería, y se trae muy malas pulgas. -le advirtieron.

-Si la envidia fuera tiña, …-era la única respuesta que obtenían.

Pasaron un verano magnífico y, cuando llegó para Nuria la hora de marchar para reencontrarse con el norte, prometieron escribirse casi todos los días y verse con la frecuencia que les fuera posible.

-Es difícil, porque la distancia es mucha y mis padres no me dejan más que salir hasta las diez -se lamentaba la rapaza.

-Aunque digan que la distancia es el olvido, yo te prometo fidelidad hasta la muerte -aseguraba Manuel Antonio, cruzando los dedos.

No me consta que se hayan escrito mucho, pero sí de un hecho de excepcional importancia, al menos para Nuria. Sucedió que, por falta de las debidas precauciones en determinadas ocupaciones placenteras, o tal vez de una ignorancia culposa, Nuria se había quedado embarazada.

«Queridísimo Lito -escribió la joven, allá por el mes de noviembre, en plena temporada escolar y deportiva-. Estoy de los nervios. Tengo una falta de tres meses. Hice la prueba de la rana y no tengo dudas de que me tocó premio. No te dije nada antes hasta estar segura. Pienso que fue por aquella noche en que me clavé una piedra en el pompis. Dime qué vamos a hacer. Besos, Nuria»

Manuel Antonio leyó la escueta misiva, escrita con la letra grande y bastante desgarbada que se le hacía muy difícil de entender, hasta el punto de que, muchas veces, no comprendía algunas palabras o frases, quedándose a medias o a tercias.

Pero aquella vez lo comprendió todo, aunque, para quien no estuviera en el ajo, el estilo de Nuria pudiera parecer algo críptico. En directo, pues: su amiga estaba preñada. Solo que él no tenía ninguna gana de perder su libertad por una criatura más o menos que viniera al mundo, y verse con ello traspasado a la solemnidad de ser padre de familia.

Tenía, además, desde finales de septiembre, relación formal con cierta moza de Estepona, que trabajaba en una almazara y era también consentidora.

Por eso, tras un período de meditación sobre las opciones, decidió hacerse el longis. Escribió, al cabo de una o dos semanas, una nota deliberadamente oscura:

Querida Nenuca -la llamaba así porque le había encontrado la piel suave como la de un bebé, aunque ahora también era la manera en que se refería a la novia esteponense-. No te preocupes por nada. Las faltas se pitan en el momento en que se cometen. De la rana, qué te voy a decir. Solo se aprovechan las ancas, y en rebozo. A mí me dan repelús. La piedra que dices era serpentina, y no tiene ningún valor. Besos, Lito.

Nuria se quedó apesadumbrada, porque, como era lista para algunas cosas, vio claro que Lito se desentendía del asunto del penalti. Armándose de valor, le contó a sus padres el percance, pidiendo perdón por el desliz y haciéndose la víctima.

-Yo qué sabía -le confesó a su madre, que venía de ejercicios espirituales con los Avelinos-. Creía que los niños venían de París y no de Estepona.

El padre quiso inicialmente enviar un destacamento de artilleros, tomar Estepona y diezmar a la población varonil, pero, recobrada la calma, tomó una decisión estratégica más adecuada.

-Hay que poner punto y aparte a esta situación embarazosa -bramó.

Como por aquella época en que estaba prohibido abortar en España, Nuria fue enviada con su madre a Londres, de compras, y en un largo fin de semana quedó formalmente liberada, sin mayores consecuencias.

Pasaron muchos años. Nuria no volvió a ir ni pasar por Estepona -incluso renunció a acercarse a Málaga, y eso que tuvo oportunidad de que le adjudicaran una plaza de funcionaria en esa localidad.

Tampoco supo nada de Lito, que, por cierto, se retiró del fútbol al año siguiente, por una rotura doble de menisco, se casó con la chica de la zona, tuvieron dos hijas y actualmente está jubilado del Servicio de aguas, que fue privatizado y en el que llegó a ser encargado de saneamiento.

Algunas noches, Nuria sueña con que el niño que pudo haber tenido se llama Florencio o Pascasio y que unas monjas clarisas lo cuidaron hasta que pudo valerse por sí mismo, y ahora enseña Geografía en un instituto. Curiosamente, ese es parecido al sueño que, de tarde en tarde, inquieta a Manuel Antonio.

Ambos no supieron jamás lo que podría haber sido la historia completa de los amantes de Estepona, si hubieran querido jugar sus cartas de otra manera, o si las leyes que cambiaron bastante más tarde, hubieran convertido al nonato Florencio en un hijo natural, pero con todos los derechos que sostienen a los nacidos dentro de un matrimonio bendecido.

FIN

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Cuento de otoño: La granja sin matarife

10 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Hay cuentos que ponen la carne de gallina, incluso a los que presumen de ser duros y correosos como los cocodrilos. Este es uno de ellos, por lo que no es aconsejable que se lea a los niños antes de irse a dormir, pero es conveniente que lo conozcan para que estén bien despiertos ante lo que se les avecina.

Había una granja en la que los animales eran cuidados con esmero. Comían cuanto les apetecía, tenían sus zonas de esparcimiento y, por las noches, se procuraba, con el auxilio de unos feroces mastines, de que ninguna alimaña merodease por los alrededores.

En consecuencia, vivían una existencia muelle, engordaban, se reproducían y disfrutaban de las ventajas de un clima y entorno muy agradables. El propietario de la granja era un hombre bueno, sensible con los animales y, en consecuencia con unos principios éticos que había asumido como inquebrantables, había tomado una decisión muy importante.

Había despedido al matarife. No soportaba que sus animales fueran convertidos en carne para ser llevados al mercado como hamburguesas, filetes o chorizos. Ni siquiera cuando las gallinas habían dejado de poner huevos, las vacas de dar leche o los caballos ya no aguantaban el peso ni del más liviano de los jinetes, les daba pasaporte forzado al otro mundo.

Los seguía alimentando y cuidando, mientras envejecían. Y cuando la muerte les llegaba de forma natural, los enterraba piadosamente en una ladera soleada.

La situación se hizo difícil. No exactamente para el dueño de la granja, que era muy rico porque su abuelo había hecho fortuna en las Américas (cuando las Américas existían como tierra prometida). Se hizo difícil para los animales más jóvenes, que veían cómo los más viejos ocupaban los mejores sitios en los comederos, en los pesebres, en las perchas y en las zonas en donde se podía rumiar bajo la mejor sombra.

Un cerdo de raza ibérica prístina convocó a los jóvenes de todas las especies para una reunión informativa. Lo hizo al amparo de la hora de la siesta, mientras los mayores dormitaban. Y eligió como sitio en donde despertar las menores sospechas, un lugar alejado de los comederos, cerca de los montones de estiércol, en donde se fabricaba abono orgánico para fortalecer los campos de remolacha y trigo.

-No debemos soportar más esta deplorable situación. Los viejos ocupan el sitio que nos corresponde en la granja. El amo los quiere más, solo porque son más antiguos en este lugar, y ellos se comen lo más sustancioso del alimento, sin producir nada a cambio. -argumentó, convincente.

-Es cierto -corroboró una de las gallinas ponederas-. El amo se come nuestros huevos, bebe la leche de las vacas nodrizas y carga pesadamente a los alazanes más jóvenes, mientras las gallinas cluecas y añosas, las vacas estériles y los caballos que no sirven ni como sementales ni para tiro, nos desplazan de los lugares de privilegio.

-Aún peor -gritó una ternera primeriza, que estaba recién parida-. Mi abuela y sus amigos decrépitos nos miran por encima del hombro, dándonos estúpidos consejos, acerca de si no debemos desperdiciar la comida que cae de los comederos, o la conveniencia de tener pocas crías para no sobrecargar la economía del patrón.

-No valen ni para solazarnos con ellos -terció una oveja que tenía restos de hierbabuena en el mentón-. Hay varios machos cabríos a los que no les importa que estemos en celo para cubrirnos, pero que se interponen entre los más potentes de nuestros compañeros, reclamando prudencia en las prácticas sexuales, porque alegan que disminuye la esperanza de vida…

El intercambio de pareceres discurrió de ese tenor durante una hora larga. Al final de la cual, uno de los cerdos más lustrosos, propuso la adopción de una medida que, en realidad, llevaba ya estudiada.

-Debemos proponer al amo que vuelva a contratar el matarife. Será la forma de eliminar a tanto vejestorio y disfrutaremos de la granja para nosotros solos, los jóvenes, como merecemos.

La propuesta fue aprobada por aclamación. Y aquella misma tarde, los animales jóvenes de aquella granja especial, que estaban dotados .como también sus mayores- de la facultad de hacerse entender de los humanos, trasladaron, como una condición irrenunciable, que el matarife debía volver a ocupar sus funciones en la granja.

El amo no quería, llevado de su sensibilidad, malestar entre los animales a los que respetaba y quería. Deseaba hacer lo mejor para ellos y, no queriendo que el alboroto se convirtiera en una revolución, llamó al matarife, para que cumpliera con el trabajo para el que estaba capacitado.

Y lo hizo, válgame Dios si lo hizo a conciencia. Explicó al amo que los animales viejos tenían la carne demasiado dura para ser llevada al mercado y no merecía la pena pagar las tasas del matadero ni los costes de conducirlos al mercado.

En cambio, sacrificó a una buena parte de los animales jóvenes, que tenían las carnes tiernas y mucho más jugosas y apetecibles para los mercados.

La calma volvió a reinar en la granja. Y los animales rebeldes, tanto los que quedaron por el momento en la casa de labranza como los que fueron conducidos al sacrificio, tuvieron algún tiempo para meditar sobre el alcance de su protesta.

FIN

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Cuento de otoño: De altramuces y sabios

9 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Seguramente, algunas de las obras de quienes ahora llamamos clásicos de la literatura, no surgieron del impulso genial sino de la necesidad de combatir el aburrimiento, tanto ajeno como propio.

Las muchas horas que había que cubrir entre pendencias callejeras, desvíos amorosos, batallas en Argel y justas poéticas, tenían forzosamente que consumirse en las tabernas, apurando jarras de vino peleón, tratando de encontrar sentido a frases que hicieran, por ejemplo, rimar permiso con inciso, liza con castiza, o brío con me fío.

Todo fuera bien empleado, si acudía la inspiración al llamado del ingenio, lo que, como es sabido, se fomenta con el auxilio del alcohol, tanto si faltan como si comparecen féminas («Soy varón, y nada de lo nuestro me es ajeno», como escribió Terencio en horas bajas).

Cuando Calderón de la Barca se decidió a incluir en una décima de La vida es sueño, un plagio del cuento del Conde Don Julián sobre un muy pobre tipo que recogía las cáscaras de los altramuces que a otro habían servido de alimento, le dio, sin saberlo, un giro precursor, pues puso de protagonistas a sabios y no a pobres ni a tipos corrientes, y dejó a un lado las habichuelas para referirse, simple y llanamente, a hierbas.

Así dotó de una trascendencia insospechable a sus forzados ripios: «Cuentan de un sabio que un día/tan pobre y mísero estaba/que solo se sustentaba/ de unas hierbas que cogía/…!

Son, en efecto, en la actualidad que se vive en Valgamediós, los sabios quienes más riesgo corren de pasar hambre. Y para paliarla, no es cuestión de buscarse altramuces, que, con el correr de los tiempos, se han vuelto bastante caros, pues son ahora legumbre muy apreciada ya que, a decir de los dietistas que andan a la que salta, mejora mucho el colesterol bueno.

Así que los altramuces han pasado de ser el acompañante con que nos obsequiaba el tabernero cuando tomábamos aperitivo en Andalucía, a delicatesse de estómagos selectos y, a la par, hemos conducido a los investigadores (aunque no alcancen la categoría de sabios), a hacerles apreciar las hierbas, víctimas de la penuria.

Hierbas que pueden ser o ingeridas o fumadas, según naturalezas.

Por todo ello, los niños a los que hoy sean dados a leer los versos de don Pedro, ya no le sacarán la enjundia que veían en ellos aquellos maestros que anteponían su vocación a las reivindicaciones.

En lugar de ver en cuentos de altramuces y sabios un ejemplo de resignación ante los reveses de la vida, no hallarán en ellos más que galimatías sin sentido. Y estando sus entendederas muy perjudicadas por los iPod con los que nacen llevándolos ya incrustados en las orejas, no sabrán a quién preguntar significados ni, si lo encontraran, dispondrán de la intención con que escucharles.

¿Qué es mísero? ¿Quién es galimatías? ¿Son los altramuces frutos venenosos? ¿Importa a alguien saber más o mejor, si todo está en internet al alcance de un clic?

Reivindiquemos a Calderón de la Barca por su perspicacia. Aunque, ya que él remedó a Juan Manuel, hagámoslo con él nosotros, terminando su décima de esta forma parecida:

«Y cuando el rostro volvió,/ halló la respuesta viendo,»/ que nadie iba respondiendo/ las preguntas que él formuló./

Hay por ahí gentes que se molestan en poner puntuaciones a la sabiduría de los habitantes de Valgamediós, confrontándolos con test que no tienen otra intención, según su opinión oficialmente admitida, que dejarlos en ridículo.

Por supuesto, defienden, que saben interpretar correctamente una factura eléctrica (-Pero, ¿de qué nos serviría?, -se preguntan), y son capaces de entender el Quijote (-Cuando nos animemos a hacerlo, -razonan-¡Hay tanto que leer!) y que sus universitarios están a la misma altura que los de Japón (y, sin duda, es un insulto compararlos con estudiantes de bachillerato orientales, dada la diferencia cultural).

-Los habitantes de Valgamediós -difundió su portavoz oficial, en un comunicado- no sacamos buena nota en los exámenes porque venimos de vuelta de todo. En especial, de allí donde otros alimentan y estimulan las perspectivas que promete la ciencia. En Valgamediós nos hemos especializado en criticar los hallazgos de otros, cualesquiera que sean éstos. Somos, por ello, maestros en la crítica destructiva.

-En coherencia con ese objetivo, -prosigue el comunicado- damos y daremos únicamente la voz a los que más griten, sin importarnos la verdad o falsedad de sus argumentos, pues nos complace el barullo que generan.

En la redacción de esta Declaración de principios, según parece, participaron varios especialistas en vacuidades y torpezas. Un periódico local, al día siguiente, alabó la pertinencia de dar divulgación a estos principios, extrayendo la siguiente conclusión:

-Que otros se ocupen de lo que creen útil, porque nosotros sabemos muy bien lo que necesitamos para ser felices. Debemos dejarnos dominar por la ignorancia supina, que es la única forma de estar al servicio de la naturaleza.

El pasquín, junto con esta glosa o comentario, firmada por un prestigioso enmerdador cultural, fue colocado en todas las Universidades, Escuelas, Centros de Orientación Pedagógica y Lugares de Investigación, para que sirviera de guía obligatoria, por si alguien mantenía alguna duda de cómo habría que proceder en caso de duda.

Nadie se atrevió a rechistar, que se sepa.

FIN

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Cuento de otoño: Lecciones para cerditos

8 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Casi todos los cuentos para niños acaban mal para las brujas, los lobos, los duendes y, en general, para esas criaturas taimadas que aprovechan los descuidos y la inocencia de otras, con la exclusiva intención de comérselas, objetivo que nunca cumplen y, si llegan ocasionalmente a zampárselas, surgirá un cazador que les abrirá la panza para extraer, sanos y salvos, a las abuelitas, los cerditos, los corderitos o las caperucitas.

Nos han enseñado a interpretar esas historietas en una sola dirección, que es la de pretender que nos identifiquemos con los perseguidos y saquemos como moraleja, conclusiones y avisos que, en la vida real, es muy poco probable que podamos poner en práctica.

De entre los cuentos enigmáticos con los que teóricamente fue formado en mi niñez en las buenas prácticas, el de los tres cerditos es, para mí, el que se lleva la palma.

Recordará el lector que esos tres lechoncitos, habitantes de un bosque, eran apetecidos como alimento por el lobo feroz. Buscando protección, todos construyeron una casa para guarecerse en ella. El más vago y remolón la fabricó de paja; el intermedio en las veleidades del espíritu, la hizo de madera, y el tercero, que era más concienzudo, se atrevió con el ladrillo.

Cuando el lobo aparece en la escena, hambriento y sistemático, sopla primero sobre la casita de paja, destruyéndola, y da luego unos golpes sobre la de madera, que tampoco puede resistir tales envites. Los dos hermanos menos eficientes, desprovistos de cobijo, corren a refugiarse en la casa del albañil, la cual, no solo resiste, sino que, cuando el lobo intenta entrar por la chimenea con las previstas intenciones manducatorias, se encuentra con que le está esperando en el hogar una caldera con agua hirviendo, en la que cae de cabeza.

Las versiones que andan por ahí difieren a partir de este momento. Unas, dan en afirmar que al lobo nunca más le quedaron ganas de comer cerditos, bien por escarmentado o por haberse convertido en carne guisada. Otras variantes, seguramente ubicables en lo que se podía llamar teoría de la liberación de cánidos, dejan a cerditos y lobo cantando juntos en un grupo musical, en feliz armonía.

En realidad, los grandes comedores de cerditos somos los seres humanos, y solo hay que irse hasta Segovia para percatarse de las razones de la devoción que sentimos hacia estos animales, de las que se ha dicho que nos gustan hasta los andares.

Cierto es que los cerditos que viven en los bosques se llaman jabalíes y que, dado el abandono en el que, particularmente en España, tenemos a esta parte de la naturaleza, han proliferado mucho, hasta el punto de que bajan al llano a hurgar en la basura de las colonias humanas que limitan con lo verde.

Cierto también que, gracias a la reintroducción del lobo en ciertos parajes, y a la escasez de los apetitosos rebaños de ovejas, que tan buenas historias de saña, solidaridad y desafectos filiales proporcionaron a nuestros ancestros, no es ya improbable que los jabatos y los lobos tengan encuentros poco saludables para los primeros.

Pero todo no es óbice ni cortapisa para defender que el mayor enemigo de los suinos en general es el hombre. Y puesto que el ser humano es el único animal conocido capaz de leerse cuentos y creérselos, poca defensa tienen los seres a los que este depredador les encuentre buen sabor, salvo que sean venenosos o sea oficialmente declarado pecado el comérselos.

Por eso estoy convencido de que, en la versión para cerditos, en la que no hay lobos feroces, sino hombres y mujeres sin miedo al colesterol, los tres hermanos se salvan, no por la solidez de la construcción de las viviendas, sino por haber conseguido influir en las alturas para ser declarado animal inmundo.

Lo que es un buen truco, desde luego. Hasta el punto de que los percebes, las cigalas, los centollos, la carne asada, los calamares en su tinta, la tarta de Santiago y las empanadillas de bonito están tramitando la declaración de impacto celestial.

FIN

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Cuento de otoño: El profesor de paleontología que fue invitado a una cena de promoción

30 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

A partir del momento en que se cumple cierta edad, y más especialmente, llegada la de jubilación, es habitual en estos tiempos que alguien más animoso o especialmente desocupado convoque a los antiguos compañeros de estudios a una comida o cena «de la promoción».

La característica que aglutine al grupo es lo de menos, puesto que, cuando ya la curva de los años entre en su declive final, pretextos habrá a montones. Puede tratarse de reunir a paisanos de patria chica que coincidieron en un mismo batallón comiendo los ranchos de milicia, miembros de extintas sociedades deportivas o benéficas de las muchas que en nuestro mundo han sido, catecúmenos que se prepararon para su primera comunión en idéntica parroquia, pandilleros de vacaciones en veranos, o ex-militantes de la Liga Comunista Revolucionaria.

El objetivo normalmente expresado para justificar esas exhibiciones de bonhomía y disponibilidad de tiempo libre es que así se estrechan los vetustos lazos, al recordar anécdotas de aquellos tiempos idos y se disfruta, en fin, de la felicidad de encontrarse otra vez entre aquellos con los que se compartió algo y de los que se perdió la pista.

Cuando el viejo profesor recibió la invitación para asistir a una cena de promoción de sus antiguos alumnos de Paleontología y Estratigrafía, que habían terminado su carrera hacía treinta y tres años, según rezaba el tarjetón, su primera reacción fue de incredulidad. ¿Qué motivo llevaba a aquellas personas, a las que cabría sin esfuerzo imaginar sexagenarios, para incorporarlo a él, casi nonagenario, a esa celebración, sin haberlo hecho antes?

Vencido, aunque no convencido, por una mezcla de satisfacción, vanidad y curiosidad, ratificó su presencia en el acto gastronómico, y el día previsto, compareció, apoyándose en el bastón con empuñadura de plata que ahora le facilitaba andar con más presteza.

Un sonriente ser de cabeza monda y unos mostachos parcialmente amarillentos por la nicotina, se abalanzó sobre él, tan pronto entró en el comedor, abrazándole con la energía que solo se utilizaría con un hermano de sangre recién salido de la cárcel:

-¡Querido don Protasio! ¡Amado profesor inolvidable!¡Qué alegría!¡Está igual que entonces! ¿Se acuerda de mí? -y, sin esperar respuesta, el parlante aclaró: ¡Soy Rogelio Narváez!

Se acordaba, desde luego, de Rogelio Neopilina galatheae, un monoclapóforo al que se consideraba un fósil viviente, clave para conocer cómo estaban dispuestas las partes blandas de sus ancestros del paleozoico. Volvió a ponerle cara, y lo remitió al silúrico mental, de donde no debería haber salido.

La memoria del profesor había sido privilegiada, y la facilidad para asociar nombres de los alumnos y alguna de sus características físicas, a los yertos sujetos de la Paleontología, era un juego imaginativo al que se prestaba conscientemente.

Las diversiones al alcance de un paleontólogo son mas bien escuetas de figura, y, aunque había dedicado muchas horas a estudiar y analizar fósiles, solo había creído descubrir ciertas irregularidades morfológicas en las tecas de los Rhombifera, que facilitarían su identificación, y que la comunidad científica había desestimado por irrelevante.

Gracias a su memoria prodigiosa, Protasio Calzón Ceratites semipartitus, un tipo sencillo, liso de tez, a salvo de una costura que le había dejado la varicela infantil, había podido obtener la cátedra de paleontología en la Politécnica de Corpinduncia con solo veinticinco años. Aún ahora podía jactarse de recitar, sin confusión, todas las opciones de identificación basadas en la migración anal de los equinoideos, dieciséis años después de su jubilación como emérito.

-Por supuesto que sí. No eras precisamente de los mejores. Aprobaste mi asignatura en la convalidación final de carrera, porque era la única que te quedaba pendiente -le aclaró el venerable profesor-. ¿Qué haces ahora?

-Soy consejero delegado de una multinacional que exporta alta tecnología de comunicaciones al sudeste asiático -contestó, sin perder su sonrisa, el interpelado-. Me va bien, aunque jamás he vuelto a ver un bicho de ésos que a Vd. le parecían tan importantes, en mi vida, ni al natural ni en pintura.

Todos se presentaron, sucesivamente, y el profesor los fue recordando, situando en el casillero morfológico, y, puesto que ya nada le importaba, les explicó los apelativos con los que los había tenido asociados en su memoria. Allí estaba Marcelo Pérez Pricyclopyge binodosa, un tipo grande y de tórax fortachón, con sus ojos enormes, ahora -según aclaró el exalumno- ocupando la secretaría general en el Ministerio de Cultura, y reconociendo, de paso, que el último libro lo había leído hacía diez años, y era una novela de Mika Valtari.

El encuentro con Javier Pteraspis agnato, pequeño y afilado, torpe en el andar, pero el más listo de la clase, le resultó especialmente emotivo:

-¿Qué haces ahora, Javier? -le preguntó.

-Se me acabó el paro hace unos meses y ahora me dedico a arreglar electrodomésticos, para ir tirando. -fue la tímida respuesta.

Un silencio había acompañado a esa explicación, y el maestro paleontólogo sospechó que la mayoría de aquellos que estaban festejando el aniversario de haber terminado su carrera no habían vuelto a verse desde entonces.

El viejo profesor fue tratado con máxima deferencia, y le ofrecieron el sitio de cabecera en la mesa, sentándolo junto a Primitivo Tarancón Taxocrinus coletti, que aún evidenciaba su tendencia a engordar, aumentada por el gusto a la cerveza, y que había sido el delegado de curso. Se dedicaba a la política, confesó, y le apasionaba coleccionar minerales radioactivos. Por él se enteró de la razón por la que le habían invitado a aquella cena de celebración: era el único profesor que aún quedaba vivo.

Cuando ya había servido el postre y, todos estaban ya medio chispas por lo mucho que habían bebido (pues así suele hacerse, que se bebe de más cuando se paga a escote), trataron de convencer al profesor para que dijera unas palabras.

El anciano, doblando la servilleta, que dejó sobre la mesa, se excusó por un momento, alegando que debía ir al baño. Agarró su bastón con mano algo trémula.

-Ah, sí, por supuesto. Hay que cuidar la próstata, don Protasio -le saludó, con un guiño, desde el fondo de la mesa, Marcial Diez Cornuproetus, cuyas orejas desproporcionadas sobresalían del cefalón, haciéndolo especial entre los Trilobites, que eran Tamargo y Tovar; éste último se había casado con la hija de un magnate colombiano de la seda y llevaba contabilizadas cuatro vueltas al mundo, e incluso estaba apuntado desde hacía años para viajar a Marte, tan pronto se pudiera.

No volvió. Salió a la calle y, dándose prisa, antes de que cualquiera lo advirtiera, tomó un taxi y se volvió a la residencia.

Puede que hubiera habido más cenas o celebraciones de aquella promoción, pero no volvieron a llamarlo. Ni siquiera se interesaron por su salud, que empeoró.

Y el caso es que aquella noche llevaba preparada su disertación, porque había supuesto, correctamente, que le pedirían que hablara en aquella cena. Pero, de repente, se había sentido muy cansado.

¿Qué les había enseñado? ¿Para qué les había servido?

-¡Y, al menos -razonó para su coleto, en el taxi- yo traté de introducirlos en la Paleontología, que estudia seres que vivieron hace más de 280 millones de años y nada han cambiado en estos últimos 33! ¿Qué pensaría, si viviera, el profesor de Electrotecnia? ¿Tendría remordimientos por las veces que les había hecho aplicar la ley de Ohms a sus educandos, en problemas imaginativos que combinaban conexiones de resistencias y capacitancias en serie y paralelo, largas como riestras de pimientos choriceros?

Un sueño profundo le invadió aquella noche, y soñó, como no podía ser de otra forma, con trepostomados, platyceras y peronopsis. Fue muy relajante. Se había sentido un Siluraster perfectus, inalterable a pesar del frío glacial que empezaba a cubrir de escarcha los cristales. Pero dentro, en la habitación con derecho a baño de asiento, se estaba calentito.

FIN

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Cuento de otoño: Las zapatillas que permitían ver el futuro

29 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

En las que serían las tierras donde, algunos siglos más tarde, dominaría el primer maharahjá de Kapurthala, posiblemente antes incluso de que Gurú Nanak naciera (aunque de esto no estoy seguro), y, como pura coincidencia, en un pueblo que estaba relativamente cerca de Talwandi, vivía un joven, de familia humilde, a quien llamaban Atal.

Se trataba de un muchacho de natural despierto y, por tanto, preocupado por conocer la verdad de las cosas, por lo que no cesaba de preguntar a todos los que suponía que eran sabios y, en especial, a cuantos se decían iluminados por la gracia de Dios, que, por aquella época, también eran numerosos.

Sucedió que, un día en que salía de acompañar el rezo comunitario en el lugar apropiado para ello, al ir a recoger sus babuchas, no las encontró. A la entrada de la mezquita, quedaban aún por retirar decenas de calzados de otros fieles y simpatizantes, pero ninguno se parecía a sus babuchas, que estaban muy gastadas por el uso, pero eran las suyas.

-Espera a que todos recojan su calzado, y quédate con las zapatillas que sobren -le aconsejó el santo del lugar, quien había dirigido la plegaria comunitaria, y que tenía la fama de que jamás se equivocaba.

Así lo hizo Atal, y cuando el último de los creyentes se retiró -un anciano achacoso que estaba próximo a conocer la verdad de la existencia, pues estaba a punto de morir-, halló que las babuchas que nadie había recogido estaban hechas de una tela preciosísima, y terminadas en los bordes con delicadas puntadas de hilos que parecían de oro.

Atal hubiera creído que eran las del anciano, pero éste se calzó unas agujereadas y cubiertas de polvo.

-¿No serán las suyas, venerable anciano, éstas otras? -le preguntó Atal, atajando el paso del creyente en edad de no admitir ya dudas, convencido de que, por la corta vista del viejo, se habría equivocado al elegir el calzado.

-No, querido hijo -fue la respuesta-. Ya ves que estas me quedan como un guante. Esas han de ser las tuyas, o de alguien que decidió regalártelas.

Puesto que no tenía la menor intención de volver a su casa sin calzado, ya que las que le habían desaparecido eran las únicas que tenía, y contando de nuevo con el beneplácito del santo director, se enfundó en las babuchas que la suerte le había concedido.

Lo hizo, desde luego, no sin preguntarse cómo alguien podía haberse olvidado una prenda tan delicada y cara, pero en el templo no quedaba ya nadie, y el encargado de velar por la pureza del sagrado lugar, cerró la puerta con las tres llaves que llevaba al cinto y le urgió a que se marchara, pues le estaban esperando para almorzar

No bien había calzado el joven sus pies, se dio cuenta, en primer lugar, que le quedaban algo grandes, y, en segundo, notó que un flujo potentísimo, una energía incontrolable, le llegaba desde los pies al cerebro, hasta el punto que casi pierde el conocimiento. Aquellas zapatillas eran, sin duda, mágicas.

Es cierto que, al principio, después de los primeros pasos, no advirtió los peculiares efectos. Fue al doblar la primera esquina, ya enfocando su caminar hacia la parte más antigua de medina, en donde vivía con su madre enferma, en una de las casitas de adobe, cuando Atal comprendió lo que le estaba pasando: era capaz de ver el futuro.

No el futuro inmediato, sino el futuro lejano. Su cabeza se encontró atiborrada de imágenes, que no cesaban de fluir desde los pies a la cabeza.

Vio artefactos de indescriptibles hechuras, unos voladores como cometas, otros sumergibles y ágiles como percas o más veloces que los tigres y más fuertes que los elefantes.

Vio guerreros con armas que mataban a distancia, empeñados en buscar enemigos con los que entablar cruentas batallas. Vio hombres y mujeres entregados a placeres que le parecieron abyectos, y muchos niños muriéndose de hambre. Vio cajas gigantescas que echaban humo, ríos que se convertían en mares y vergeles que se tornaban desiertos tórridos. En todas las imágenes que contemplaba en su cabeza no faltaban poderosos fundamentalmente taimados y pobres básicamente convencidos.

Cuando llegó a casa, la imagen se le había detenido, como una pirinola que se parara de repente, en una curiosa población, desconocida para él, y en una época que tampoco pudo precisar exactamente, falto de toda referencia.

-Madre, veo que, dentro de varios siglos, habrá un pueblo con hombres de tez blanca y pelo moreno que, abandonando lo que habían considerado su verdadera religión, venerarán a dioses de carne y hueso.

Su madre, que estaba postrada por las fiebres, le advirtió de los perniciosos efectos del alcohol de arroz, suponiendo que, de vuelta a casa, su hijo habría tomado bebidas espirituosas con los amigotes.

-No bebí ni una gota de agua, madre. Veo que esos dioses son planos, habitan en un recinto de cristal y llevan las piernas al aire. Ocupan el tiempo dando patadas a una bola, que mueven de un lado para otro -decía, contando sus visiones, el muchacho.

-¿Y qué les pasa a esos seres, hijo? -se interesó la madre, que, como todas las madres, no descartaba la opción de que su retoño pudiera ser un bienaventurado, y ganar dinero en las ferias con su arte.

-Algo muy rato. Uno de ellos es aclamado como líder del grupo, le rodean los niños para besarle las manos (o algo parecido), y los adultos gritan que desearían que sus hijos se parecieran a él, sin importarles que sea un ladrón mientras siga siendo capaz de hacer malabarismos con la bola -continuaba Atal, aún con las babuchas mágicas en los pies, y los ojos cerrados.

Su madre se lamentó, entonces, de que su marido no hubiera estado allí, para exorcizar al sacrílego, pues creyó que su hijo había sido presa de las fuerzas malignas. Pero el padre de Atal hacía ya tres años que había sido incinerado, y, con seguridad, vagaría por el éter, en busca de una próxima reencarnación, sin importarle ya su antigua familia.

-Veo que en ese pueblo en el que, por cierto, millones de personas se encuentran sin trabajo, vive también un Rey anciano al que le gusta cazar elefantes, aunque le duelen los huesos…-el muchacho parecía enajenado, y la madre le urgió a que quitase las babuchas y las devolviera a su dueño, que, con seguridad, las estaría buscando, y se dejara de decir tonterías.

-Espera…espera aún…Veo ahora que la hija de ese rey está casada con un atleta de otro juego algo diferente, que consiste en meter una bola mayor por un aro situado por encima de la cabeza -reincidía Atal, advirtiendo, de paso, que no podía quitarse tan fácilmente las zapatillas, porque parecían adheridas a la piel de sus pies.

-Estás poseído por las fuerzas malignas, sin duda… -se lamentó la anciana, haciendo esfuerzos para levantarse del lecho, lo que no conseguía, pues estaba baldada de la espalda y débil por la fiebre.

-Veo que ese atleta venerado por la multitud está a punto de ser juzgado por no haber pagado diezmos a las arcas públicas y, al mismo tiempo, y por similar motivo, la hija de ese Rey es insultada con despecho, aunque los argumentos de ambos son idénticos. Ellos no cometieron ninguna falta, porque era su padre,quien les llevaba las cuentas del dinero… -hablaba y hablaba Atal, contrariando su habitual naturaleza, que era la de ser muy taciturno y callado.

-Calla, por todos los dioses que se conocieron y se conocerán, -suplicaba la mamá del vidente-. Cuanto dices son aberraciones que no pueden darse jamás y es solo el fruto de una imaginación perversa que te producirá serios contratiempos. ¿Una hija de rey insultada por las mismas multitudes que aplauden a un plebeyo? Es cosa demoníaca, Atal, y debes ir al santo de la mezquita y pedirle de rodillas que te perdone haberte apropiado de las babuchas embrujadas y te absuelva de tus pecados poniéndote las manos sobre la cabeza.

No hubo forma, sin embargo, de convencer a Atal de que tal hiciera. Por el contrario, encantado de conocer las verdades cuyo conocimiento tanto anhelaba, se propuso perfeccionar la técnica que le permitiría controlar la visión que emanaba de las mágicas babuchas.

Supo así mucho sobre el futuro que deparaba a la humanidad, aunque fuera en pueblos tan distante y diferentes del suyo, y, convencido de ser un bienaventurado de veras, se retiró al desierto, a comer saltamontes y beber agua de lluvia, que, alternándolos con ciertas hierbas que aprendió a reconocer, le proporcionaron sustento suficiente, aunque adelgazó la tira y le creció la barba, que le llegó prácticamente hasta cubrirle las babuchas.

Con el tiempo, sin embargo, las babuchas no solo no envejecían, sino que aparecían lustrosas como el día que las recogiera del templo, manteniendo toda su fuerza predictiva.

Atal, a todos los que, por casualidad, se acercaban al lugar donde estaba, fundamentalmente caravanas de tribus nómadas, les contaba historias que parecían increíbles sobre lo que iba a pasar dentro de varios siglos, sobre pueblos y gentes de los que nadie había oído hablar ni una palabra. Esos cuentos, como es lógico, no interesaban a nadie en absoluto, por más que a él, le producían esa paz espiritual que embarga a quienes, por haber dispuesto de la posibilidad de ver el futuro, están convencidos de que, sin importar el tiempo o el lugar en que se produzcan, las cosas que hacen los seres humanos, si les afectan a los demás, son, sobre todo, divertidas.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, babuchas, cuentos de otoño, españa, fútbol, futuro, India, Infanta Cristina, Kapurtala, mago, maharahja, Messi, Pakistán, predecir, pueblo, rey

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