Hoy, viernes, 18 de marzo de 2022, está prevista una conversación telefónica entre el presidente chino, Xi JinPing y el norteamericano, Joe Biden, sobre la guerra. No ha trascendido gran cosa de los objetivos para esa reunión virtual que tratará de satisfacer el senecto líder demócrata y aún menos se sabe de lo que pueda expresar el oriental. Para calentar motores, Biden ha llamado «criminal de guerra» a Vladimir Putin, lo que desde el más allá del nuevo telón de acero que protege al Kremlin, se considera inaceptable.
Obviamente, la guerra en Ucrania se está deshaciendo en esquirlas de variado tamaño, y se puede llegar a creer que lo que menos importa ya es que jóvenes ucranianos y rusos se estén matando con armamento no muy sofisticado (según los cánones militares más avanzados, según dicen). Las cifras de muertos en el campo de los desencuentros son desconocidas: aquí y allá se ilustran los comentarios sobre la invasión con fotografías de algún cuerpo yacente, unos amasijos férreos y, sobre todo, decenas de personas huyendo con sus mínimos enseres a cuestas y el rostro del pánico, el cansancio o el dolor claramente expreso.
Dicen que Putin está enfermo (no de una deriva mental, de otras cosas) porque ha engordado bastante en los últimos dos años. Su cara hinchada refleja, según se especula, que está tomando cortisona; su mirada rigica, inexpresiva, no sería consecuencia de su intrínseca maldad, sino que proyecta su esfuerzo para contener el dolor. Además, ha sufrido el ataque de la Covid, porque la vacuna Sputnik no funciona mejor que un placebo y, al no estar plenamete curado y ser un aprensivo esférico, huye de cualquier acercamiento a persona alguna, ya sea Macron, su equipo de confianza, su preparador físico o cualquiera de sus amantes.
Biden estaría preparando un discurso breve (speech) sobre los costes de la guerra para enjaretárselo, si se deja, al experto en aprovechar la economía global que es JinPing. Supongo que se los habrá calculado un futuro Premio Nobel de Economía y se les dará oportuna difusión, para que todos nos enteremos, no solo de lo que vale un peine, sino una escaramuza de invasión de un país despistado, una guerra de desgaste entre dos fuerzas militares que no quieren hacerse mucho daño, una guerra de arrasamiento y destrucción masiva del Estado agredido, una escalada bélica localizada a Europa y, en fin, la tercera guerra mundial si China metre las narices.
Muy interesantes son los análisis sobre los daños colaterales. Los más visibles son la destrucción de inmuebles, infraestructuras y armamento bélico. La recuperación de la economía dañada, la reconstrucción de lo destruído en la contienda, el volver a poner en pie las vías de producción, de transporte de bienes y hasta el consumo, es otro de los capítulos. Pero olvidar lo sucedido, restañar heridas sicológicas, reorganizar las relaciones internacionales, llevará mucho tiempo. La prueba la tenemos, por citar solo el ejemplo de los odios tribales, introducidos con la leche materna en los hijos, en la Historia de los pueblos. Ucrania y Rusia tienen ahí un cementerio de incomprensiones recíprocas, guerras sordas y expresas, sangre, dudas.
Putin está ganando la batalla de los media en su propio país y, hay que temerlo así, también en China. Suspendidas las comunicaciones con las emisoras de Occidente, la propaganda oficial explica hasta la saciedad las razones de su guerra: eliminar la tenaza de un gobierno nazi, antidemocrático y cruel sobre los ciudadanos rusos y los simpatizantes de la gran Rusia que viven en Ucrania. Su liberación, con rasgos de guerra santa desde la ortodoxia cristiana frente a judíos, católicos y musulmanes, es una obligación para el canciller ruso. No tiene ningún odio contra el hermano pueblo ucranio, de tan similares raíces eslavas; solo pretende que el gobierno ilegítimo de Volodomir Zelenski sea depuesto y sustituído por otro que no tenga la menor intención de agruparse jamás con la facción antirusa de los norteamericanos y unioeuroepos.
Claro está, las imágenes de la guerra que digieren los rusos en sus televisiones de Moscú, San Petesburgo, Kazán, Novosibirsk, …, no presentan a jóvenes rusos muertos junto a sus tanques, sino a victoriosos militares con la Z sobre sus casacas que esgrimen trofeos de guerra como si se tratara de un partido de rugby, no hablan de familias ucranianas huyendo de los bombardeos, sino que educados generales explican que se están controlando todas las resistencias del Ejército nazi, que Zelenski está huído y que los odiosos gobiernos europeos se obstinan en enviar armamento obsoleto a los engañados ucranianos, para prolongarles la agonía.
Confiemos en que la conversación entre los mandatarios chino y norteamericano se desarrolle en buenos términos, con palabras pacíficas, con intercambio de promesas y parabienes que no enfaden ni saquen más rabia interna al enemigo de los cosacos ucranios. Porque se trata de calcular los beneficios de la no-guerra, esto es, de la paz, que es lo que interesa a la inmensa mayoría.

