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Salvar al soldado Rodríguez

8 febrero, 2017 By amarias Deja un comentario

La indefinible guerra entre «machos alfa» por el control de Podemos que protagonizan Errejón e Iglesias, y los miembros de sus respectivas manadas conceptuales, me hace recordar (como a muchos otros universitarios de mi generación, sin duda), las interminables disputas entre estudiantes «comprometidos» con la necesidad de una revolución antifranquista que formaban parte del espectáculo regular de las Facultades de  finales de los sesenta y principios de los setenta del siglo XX.

Aquellas reuniones, protagonizadas casi siempre por los mismos personajes, se denominaban Asambleas, y eran convocadas casi siempre con premura apelando a muy variadas causas, desde lo concreto (por ejemplo, actuaciones violentas de la Brigada social, solidaridad contra represaliados, etc, ) hasta lo ideológico (diferencias entre comunismo y marxismo, discrepancias entre el MC y la LCR, etc.).

En Oviedo, donde yo estudié ingeniería, la Facultad de Filosofía y Letras -de la que también fui alumno poco después-, se llevaba la palma de todo el distrito en convocar asambleas, y organizar manifestaciones y revueltas, en un círculo vicioso que, en gran  medida, se autoalimentaba, con la ayuda de las fuerzas del orden y de la represión política imperante. Se perdieron muchos días de clase, pero algunos aprendieron a hablar en público, e incluso a hacerlo a voces, sin  perjuicio de envolver el lanzamiento de contenidos con los tonos más acres.

La actual controversia podemista, llevada a la plaza pública, se parece como una gota de agua a otra aa aquellas batallas del tardofranquismo que se convirtieron en parte -sustancial- del paisaje universitario. No se calibrar, al día de hoy, si consiguieron algo (aparte de golpes, magulladuras, algún destierro y la inmolación lamentable de mártires que acaban dando valor a la Historia de todo proceso revolucionario), aunque no habrá ninguno de sus protagonistas que no defienda que la democracia vino de aquellas manos. Para la mayoría, fueron, simplemente, parte del paisaje.

Volviendo al presente, la preparación física e intelectual de los partidarios de expresarse más en la calle que en el Congreso de Diputados (apoyando, por tanto, el cambio revolucionario) o de caminar por la vereda de los cauces previstos por la actual Constitución, dejando las manifestaciones callejeras como acción excepcional (esto es, tratar de alcanzar el poder político mediante una reforma progresista), no vaticina nada bueno para el pacífico desarrollo del Congreso de Vistalegre que está convocado para el segundo fin de semana de febrero de 2017.

En consecuencia, este rifirrafe tampoco es una buena noticia para los partidarios y simpatizantes del mensaje de cambio que aupó a Unidos Podemos por encima de la opción socialdemócrata del ya maltrecho Partido Socialista Obrero Español.  a la que debilitó aún más con un abrazo de oso en un momento crucial. Hoy, ese antiguo portador de la esencia de la izquierda civilizada, en manos de una gestora, nombre que a muchos suena parecido a la administración concursal de una empresa en liquidación, acumula problemas tanto de identidad como de liderazgo.

Qué momento más importante, pues, para la izquierda española. Restringiéndome al ámbito de Podemos, y al margen de mis concretas posiciones ideológicas (aunque ya las tengo suficientemente expresadas en estas crónicas), me caen mucho más simpáticos el tono, la actitud y el contenido de los mensajes de Iñigo Errejón y sus compis de batalla, que la prepotencia y recursos vocingleros de los Pablos (Iglesias y Echenique) y sus principales valedores.

Acababa de escribir este comentario, cuando, al revisar mi posición personal -de espectador interesado en el desenlace, si bien al margen de facciones polìticas concretas- me acordé del general Julio Rodríguez. Sí, el soldado Rodríguez, que fue nombrado in pectore Ministro de Defensa por el macho alfa Pablo Iglesias cuando fue presentado en público antes de incorporarlo a primera línea de fuego con el solo pertrecho de su prestigio personal.

Tengo expresado ya mi afecto y mi respeto por la decisión adoptada en su día por el ex jefe de Estado Mayor. Pero, ahora que el campo de batalla se ha desplazado a las propias líneas del campamento de Podemos ¿habrá llegado la hora de Salvar al soldado Rodríguez ? (*)

No me puedo imaginar al prudente y experimentado general templando gaitas entre jóvenes universitarios que se creen poder  ventilar sus diferencias con el mismo ardor que si estuvieran en una Asamblea de la Facultad de Políticas, y, en realidad, están protagonizando un docu-drama. La sociedad quiere que se ponga el énfasis sobre las soluciones  y no asistir a un concierto de dentelladas y poses de agresividad. Por lo menos, yo así lo veo.


(*) Saving private Ryan es el título original de la película épica estadounidense ambientada en la invasión de Normandía durante la Segunda Guerra Munidal, y que dirigió Steven Spielber. Narra la increíble aventura imaginaria de un tal capitán Miller que, junto a un reducido grupo de siete hombres, recibe el encargo de rescatar al soldado Ryan y devolverlo a casa, lo que hacen atravesando el cruento campo de batalla.

La fotografía que adjunto es parte de otra, de mejor calidad, representando una disputa por el alimento entre un pico picapinos y un gorrión. Me resultó increíble el ardor con el que el ave menor se lanzaba, hasta amedrentarlo, contra el picatuero que le estaba arrebatando la comida. Tengo otras instantáneas en las que aves de diferentes especies pugnan por un alimento apetecible.

No es una situación habitual, ni mucho menos: bien se trata de arrebatar la posición relevante en un comedero artificial o de defender el territorio de cría ante la proximidad de un invasor del espacio propio.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Errejón, Iglesias, Julio Rodríguez, Podemos, soldado Ryan

El general Rodríguez en el laberinto

5 noviembre, 2015 By amarias 2 comentarios

Conozco al general Julio Rodríguez Fernández desde hace poco tiempo, pero con una amistad construida desde la perspectiva de las edades maduras, en las que se descubren rápidamente, sin la contaminación de erróneas expectativas ni de fugaces destellos de falsas sintonías, las personalidades, actitudes y temperamentos, con los que uno comparte la asimilación de una vida intensa y comprometida, que concede pericia para separar pajas y semillas sin que nadie nos marque el libreto.

Cuando Julio Rodríguez fue presentado, el 4 de noviembre de 2015, por el candidato Pablo Iglesias como fichaje estrella y futuro ministro de Defensa para el caso problemático, pero no imposible, de que su corporación política obtenga condiciones para situarle como presidente de Gobierno, me conté entre quienes se sorprendieron con la decisión del general.

Me apresuro a puntualizar que no me extrañó porque descubriera de pronto su posicionamiento ideológico o social, crítico con las rigideces económicas, políticas y mentales que se han convertido en camisa de fuerza que nos impide analizar errores, construir alternativas y vencer resistencias, que me eran conocidas y que no tengo el menor reparo en reconocer que comparto.

Lo que yo no era capaz de entender en Julio afectaba a su sentido de la oportunidad y la valoración de ofrecerse a la exposición pública de forma tan aparatosa, exhibiendo un compromiso personal, completamente legítimo y plausible, que rompía el ánfora de discreción y reserva con el que había guardado hasta ahora sus afinidades con quienes se han convencido de que hay que intentar otros caminos, porque la oferta del mercado ideológico huele a caducada.

Tuve ocasión de oír, a lo largo del día de ayer, variados comentarios críticos respecto a la decisión del general Rodríguez, mezcladas con elucubraciones, la mayor parte, intencionadas hacia la descalificación de su talante, cualidades personales y hasta su trayectoria militar y méritos.

Como quien más corre en esa labor de echar basura encima del que se mueva fuera de su tiesto, es la derecha reaccionaria, nostálgica permanente de rediles mentales en los que confinar a propios y extraños, el intento más burdo de menosprecio a la acción del antiguo jefe de Estado Mayor provino del programa televisivo El gato al agua. Esta tertulia, especializada en ridiculizar y dejar con la palabra en la boca a representantes de las posiciones de izquierda, contó para la ocasión con su experto polemista en temas militares, almirante retirado (R), Angel Tafalla, quien, a pesar de su detectable intento de no dejarse llevar por la jauría dominante, no reconoció más que errores a las actuaciones del general Rodríguez, al que calificó como «persona de vídeo y no de audio», queriendo con ello significar, como sus comentarios adicionales aclararon, que su antiguo colega y jefe tenía más fachada que contenido.

La decisión del general Julio Rodríguez, es responsabilidad suya y no tengo la menor duda de que, como hombre reflexivo, la ha meditado con su almohada. El éxito de su fichaje para la agrupación de Podemos es incuestionable. Supone aportar mayor respetabilidad, serenidad y sentido plural, entre otros adjetivos que no me costaría nada proponer, a un movimiento que aún me sigue pareciendo desordenado y necesitado de varias cocciones, incluida la eliminación de postureos y declaraciones que son propias de penenes o agitadores asamblearios de Universidades de letras.

Para otras corporaciones políticas de la izquierda ideológica y, en especial, para el PSOE,  supongo que será motivo de profunda reflexión el que se haya escapado de su territorio natural un candidato tan valioso para reforzar una alternativa al PP o a Ciudadanos. El general Rodríguez no es un insensato, ni un extremista, y su conocimiento de las cuestiones de Defensa, su formación general, su talante y su bagaje cultural -también su edad y experiencia-(1) son un acervo de máxima calidad.

Es decir, en  mi opinión, el laberinto es el nuestro, no el del general Rodríguez. Y apuesto doble contra sencillo a que, aunque intenten presentarlo sus envidiosos y detractores de otra forma, no se le oirá decir ninguna tontería ni descalificar al contrario, menospreciándolo. Es un militar de carrera, y un hombre de firmes principios, y sabe mucho de estrategias y es experto en pilotar aviones de combate.

—

(1) No me resisto a cotillear que Julio Rodríguez y yo somos rigurosamente coetáneos, nacidos en 1948 y con solo un mes de diferencia.

 

Publicado en: Actualidad, Ejército, España Etiquetado como: defensa, El gato al agua, general, Julio Rodríguez, Pablo Iglesias, Podemos, PSOE, Tafalla

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