Creo que ya lo conté otra vez, al menos. Pero me sirve para enmarcar este Comentario y, como ha visto el lector, para ponerle título.
Unos padres de una pizpireta nena de cuatro años, se interesaban por saber lo que había aprendido en su jornada de preescolar. «Hoy nos enseñaron a distinguir los niños de las niñas», explicó la interpelada.
El papá quiso, desde un principio, quitar hierro al asunto, utilizando la teoría que suponía adecuada a la edad de la pequeña. «Bueno…en realidad, no veo que haya diferencias importantes», casi balbució.
Pero la niña tenía ganas de comunicar detalles de su ampliación de conocimientos acerca de la humanidad. «En el recreo, Carlitos y yo nos bajamos los pantalones y las comprobamos».
La madre encendió las alarmas: «¿Y qué? Después de todo, lo que hay es que los niños tienen pirulina y las niñas tenemos otra cosa», afirmó, pretendiendo ser convincente, y deseosa de cerrar el capítulo.
«Pero, ¿sabes, mamá? -replicó la niña-. Las pirulinas son mucho más divertidas».
Si se pudiera hacer una encuesta mundial, entre adultos, acerca de la conclusión de esta niña, tengo que vaticinar que los resultados a favor y en contra deberían ser equilibrados. No haría falta, entre lectores inteligentes, explicar las razones objetivas por las que aventuro la conclusión de esta hipotética consulta.
Aunque el asunto pueda ser más controvertido, mis conocimientos sobre el tema no me permiten decidirme -en lo pragmático, o sea, en lo que conviene a la colectividad- acerca de si es mejor el capitalismo liberal o el comunismo de base marxista-leninista.
He sido educado en una economía y un entorno basados exclusivamente en la evolución (e involución) del capitalismo.
He sobrevivido a una dictadura de las consideradas de tomo y lomo -que, al ser nacido en la postguerra civil, no me avergüenzo reconocer que no me dejó huellas apreciables); hice mis dientes y uñas contestarias frente a una tecnocracia aperturista muy moderada, pero no mal intencionada; superé -desde el extranjero- el pánico a una operación de ruptura con el presente extremadamente delicada que se saldó sin víctimas inocentes; fui testigo y colaborador hasta donde me permitieron sus muñidores de los avances de una socialdemocracia tal vez demasiado apresurados para su época; observé, encantado, como los defensores del capitalismo teórico del dejad hacer se convertían al estado social y de derecho y, en fin, cuando se pusieron malas, asisto con decepción, tanto a la vuelta de tuerca hacia un capitalismo engreído y poco tolerante, como al pasado de rosca de una socialdemocracia sin ideas de cómo recuperar posiciones.
No alcanzo a vaticinar lo que me espera conocer en mi país.
Ahora mismo, ante el creciente desbarajuste entre las cifras macroeconómicas del país y la realidad cotidiana harto miserable -especialmente, por comparación- que viven más de millón y medio de familia, cuando la situación de millones de jóvenes sin trabajo ni aparente futuro ha hecho eclosionar sus mentalidades hacia la exigencia de un cambio brusco de la situación, en fin, en el tiempo presente en que una mitad de la población defiende lo divertido que son las pirulinas sin preocuparse de la otra mitad, no soy capaz de entender lo que se pretende con el debate electoral, previo a las votaciones del 27 de junio de 2017, en las que se repetirán los comicios de finales de diciembre.
Unos parecen encantados con resaltar lo divertidas que son las pirulinas, y otros, justamente los que tienen ese adminículo, no son capaces de explicar para qué sirven.
No es un juego de niños, sin embargo. Tenemos que elegir cómo queremos que sea nuestro mundo de adultos, en el que, como ya recordé muchas veces, hay muchos matices a considerar, dentro y fuera de nuestras fronteras. Y, claro, olvidar esa realidad, nos pone en riesgo de cometer gravísimas piruladas, muy difíciles de corregir si salen mal.
