Me gusta oirte hablar de libertad,
aunque luego vas me dices
que no ocultas por principio
nada a nadie
porque tú, diáfana, pretendes ser un ánfora
de hechura cristalina, alondra sabia
sin nada que aprender, calma marina
con toda su carga al aire, joya expuesta,
desnuda de matices, comas y corchetes.
Te da la sensación, me cuentas luego,
de que los hombres de mi generación
somos muy torpes para coger al vuelo
sentidos a las cosas, perdemos como poco los papeles
en explicaciones y cantos de oropel, almas mimosas
con turbia imaginación que presumimos
de volver mientras buscamos.
Tu verdad y la mía son falsas. Ambos aprendemos.
Pero tu situación es mejor,
más joven tu pereza, más pureza tu mente,
aprendes de mis fallos.
Alumna aventajada,
para este maestro de pueblo eres la número uno,
acerca hermoso tu triunfo al calor de mi cuerpo,
educa tu gozo pálido en mis curtidos sentidos
y obedece la experiencia vieja de un amigo:
abandona entender, deja a otras piernas
la carga fugaz del pensamiento.
(Poema 9 de «Sin herencia precisa», @angelmanuelarias, sin fecha)

