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Puedo ayudarte a que te equivoques menos

8 febrero, 2022 By amarias Deja un comentario

Empiezo este Comentario advirtiendo sobre la fotografía que he incluído en él. En la mitad inferior, camuflado gracias a su plumaje, se puede ver un agateador común (certhia braquydactyl). No se le distingue apenas, si no se está acostumbrado a detectarlo, porque parece un trozo de corteza. Esta ave precavida y tímida, recorre los troncos de coníferas buscando larvas de insectos, que extrae con su pico curvo. Empieza por la base del árbol y, cuando termina su inspección o se inquieta, vuela hacia otro tronco cercano para seguir con su alimentación.

Quiero, con este inicio poco usual, llamar la atención sobre un colectivo que está injustamente poco valorado y que, como se decía antes cuando la tribu estaba unida, reúne lo fundamental de una colectividad: los ancianos y su experiencia práctica. La velocidad con la que se han prodicido los cambios tecnológicos ha llevado a la confusión de que lo importante, lo eficaz, lo que vale, es lo nuevo, lo último, aquello que corresponde a los pretendidos últimos avances de la ciencia, del arte, de la técnica.

El vulgo se extasía ante una obra a la que los falsos entendidos han catalogado, siguiendo casi siempre mezquinos intereses, como una obra maestra. El feísmo se ha instalado entre nosotros. En la pintura, en la arquitectura, en el cine, en el teatro… Por ejemplo, piezas teatrales que atacan el más elemental pudor, ridiculizan y tergiversan la Historia, o que vulneran el respeto debido a las creencias religiosas, reciben elogiosas críticas e inducen a su contemplación a incautos y prudentes que no se atreven a proclamar que se trata de un engaño. Por tanto, la patraña se alimenta y continúa.

Magnifica iniciativa la de ese médico valenciano, Carlos San Juan, que ha movilizado más de 600.000 firmas bajo el lema «Soy mayor, no idiota», para reclamar una atención especial de las entidades bancarias para los mayores no expertos en virguerías digitales, transformadas, por razón de la automatización y la reducción de personal y oficinas, en máquinas sin espíritu, solo aptas para captar nuestro dinero y reducirlo a bocados.

Deberíamos extender esa protesta a todos los órdenes, para mejorar la vida de todos. He leído que las compras de los mayores de 60 años representan del orden del 60% de los gastos de las familias. Con sus ahorros y pensiones se pagan la mayor parte de las compras de bienes, los alquileres, las adquisiciones de vehículos y viviendas….

Existe una perniciosa corriente instalada entre nosotros de despreciar la experiencia, el trabajo bien hecho, la seriedad y educación en el trato. No se levanta nadie para ceder un asiento en el transporte público a un mayor, sea hombre o mujer: los jóvenes son los que más corren para ocuparlos, y así poder enfrascarse cómodamente en la contemplación estupidizante de sus móviles. Los carteles bondadosos en los que se expresa que tendrán preferencia para la atención los mayores de 65 años son ignorados. Pero no es eso lo más importante: jóvenes con escasa experiencia como seres humanos se han apropiado de los sitios en los que se toman decisiones, actuando como autómatas, siguiendo programas cuyo sentido completo ignoran, y que no serían capaces de reproducir desde el origen, porque carecen de la formación necesaria, y solo saben introducir los datos para que automáticamente se obtenga un resultado (bueno o mala, al que puede faltarle incluso el orden de magnitudes).

No tengo más que admiración hacia la juventud y, en especial, hacia los jóvenes brillantes, tenaces, inteligentes e imaginativos. Lo que no me impide alzar mi voz para expresar que esta sociedad ignora con demasiada desfachatez a los mayores y, con ello, como aún sucede (menos) con las mujeres, pierde sustancia para hacer que las cosas funcionen mejor. No todo es cuestión de las nuevas tecnologías, de los resultados automáticos, de reducir personal para sustituírlo por un aparato y un programa.

Actualmente hay en activo 5.320 jueces y magistrados, es decir, algo más de 11 por cada 100.000 habitantes, con una edad media es de 50,4 años, según los datos publicados en el Anuario del Poder Judicial en 2021. La media habrá bajado algo gracias a tres mujeres de 24 años, egresadas de la Facultad de Derecho de Valladolid, palentinas y amigas, que han conseguido obtener una plaza de juez de or vida. Las felicito de corazón, y no dejo de alarmarme porque alguien consiga en tan tierna edad un puesto de por vida con tanta responsabildad. Una de ellas reconoce que «quizá tenga menos base que otros compañeros de oposición, pero supe defenderme bien».  Su sinceridad la honra y levanta serias dudas acerca de la verdadera competencia de estas jóvenes, por supuesto, saturadas de informacion jurídica obtenida en los libros y apuntes, pero aún ayunas de experiencia práctica sobre las circunstancias y veleidades de la vida real.

Es solo un ejemplo. A lo mejor, no el más afortunado. Aún con su debilidad, sirva para poner un acento sobre el menosprecio de esta sociedad a la edad, a la experiencia, al saludable efecto del tiempo sobre los conocimientos y a la importancia del saber muy bien el cómo, el por qué y el para qué antes de tomar una decisión  echando mano de los manuales de instrucciones (a lo peor, traducidas del chino al español por un autómata).

Publicado en: Sin categoría Etiquetado como: agateador común, anciano, Carlos San Juan, experiencia, jóvenes, jueces, no tonto, poder judicial, Soy viejo, Universidad de Derecho de Valladolid

Me gusta oirte hablar de libertad

21 marzo, 2015 By amarias Deja un comentario

comiendo el fruto de la castaña

Me gusta oirte hablar de libertad,
aunque luego vas me dices
que no ocultas por principio
nada a nadie
porque tú, diáfana, pretendes ser un ánfora
de hechura cristalina, alondra sabia
sin nada que aprender, calma marina
con toda su carga al aire, joya expuesta,
desnuda de matices, comas y corchetes.

Te da la sensación, me cuentas luego,
de que los hombres de mi generación
somos muy torpes para coger al vuelo
sentidos a las cosas, perdemos como poco los papeles
en explicaciones y cantos de oropel, almas mimosas
con turbia imaginación que presumimos
de volver  mientras buscamos.

Tu verdad y la mía son falsas. Ambos aprendemos.

Pero tu situación es mejor,
más joven tu pereza, más pureza tu mente,
aprendes de mis fallos.

Alumna aventajada,
para este maestro de pueblo eres la número uno,
acerca hermoso tu triunfo al calor de mi cuerpo,
educa tu gozo pálido en mis curtidos sentidos
y obedece la experiencia vieja de un amigo:
abandona entender, deja a otras piernas
la carga fugaz del pensamiento.

(Poema 9 de «Sin herencia precisa», @angelmanuelarias, sin fecha)

Publicado en: Poesía Etiquetado como: angel manuel arias, experiencia, libertad, me gusta oirte hablar de libertad, poemas, Sin herencia precisa

La madre de todas las ciencias

22 noviembre, 2014 By amarias Deja un comentario

Sin ganas de abrir un nuevo debate sobre el tema, me apunto a la opción expresada por el maestro Alonso Quijano de que la experiencia es la madre de todas las ciencias.

Cierto que si el asunto hubiera surgido en una tertulia académica (de esas que ya no se estilan), hubiera defendido a la Filosofía, pero no está el horno para bollos ni florituras reposteras, sino para empanadas. Y no de las rellenas de bonito o carne guisada, sino de esas mentales que, a los que tenemos el alma señalada por los zurriagazos de la cruda realidad, nos hacen temer que el aprendizaje colectivo es imposible, y que, por mucho que se haya escrito, analizado o dicho,  la inmensa mayoría sigue siendo crédula, y se traga lo que sea, con tal de que se le adorne convenientemente.

Me parece que la corrupción, en particular, la de los que manejan dineros públicos, es inadmisible, pero la solución a ese problema, en el que ahora se ceban, como truchas al atardecer en tarde tormentosa de verano, todos los líderes políticos, es sencillo, pues basta adoptar este principio:  «pocas manos y muchos ojos». Se lo oí decir a Sergio Fajardo, gobernador de Antioquia, en una magnífica entrevista que le hizo recientemente Jordi Evole.

Tengo escrito, además,  que no soy de los partidarios de que nos flagelemos con la obsesión de ser calificados como uno de los países más corruptos del mundo.  Con seguridad, no lo somos. En todas partes cuecen corrupciones.

Si en algo podemos aparentemente distinguirnos, separándonos especialmente de nuestros vecinos de porte inmaculado, es que nuestros corruptos han sido, por confiados, además de ladrones, torpes para ocultar mejor el resultado de sus fechorías. Los que los eligieron -culpa in eligendo-, merecen ser calificados de cómplices más que de engañados, y los que debían vigilarlos y no lo hicieron -culpa in vigilando-, por mucho que intenten escurrirse, no se salvan con menor sanción que la de ser designados como incompetentes, y, por tanto, inútiles para seguir en las labores de cuidar lo de todos.

Tema distinto y, desde luego, muy difícil, es analizar cómo salir de la crisis, y muy en especial, resolver la necesidad apremiante de crear empleo, generando nuevas actividades y empresas que tengan continuidad. Tampoco es menos importante, arbitrar nuevas formas de distribuir las plusvalías que se produzcan por el juicioso empleo de los recursos humanos, naturales y físicos.

Para mayor dificultad del cierre categorial, no se puede descuidar que, puesto que la situación es de emergencia, habrá que echar mano -justificada, transparente, gradual, ordenada y procurando evitar medidas confiscatorias- al patrimonio de los que más acumulan, sobre todo, al ocioso.

Me produce, por ello,  gran alarma personal  que las argumentaciones, claramente improvisadas en lo económico y con nulo apoyo tecnológico, de los sabiondos chicos de Podemos (aunque no ignoro que detrás también se incorporan algunos canos), magníficamente adobadas con palabras duras como puños, ajustadas al guión,  contra los partidos mayoritarios, no sean contrastadas por interlocutores que, puestos enfrente, además de alardear de parecida labia, sean capaces de aportar ideas viables sobre cómo mejorar la realidad, y no entren en el juego de buscar solo la descalificación desde la ética.

La ética, como el valor a los militares, se supone a los políticos. Y, si se descubre que a alguno le falta, se le hace consejo de guerra deontológico y se le manda al paredón del escarnio.

Claro que es necesario, como catarsis, meter  a unos cuantos de los corruptos en la cárcel. Pero me temo que si nos proponemos meter en jaulas a todos los que tengan manchadas las manos de esa mierda, no vamos a tener plazas suficientes.

Contentémonos, pues, con amedrentar para siempre a los que lo hayan sido y, sobre todo, dejemos el terreno marcado con advertencias de peligro a todos los que se hubieran propuesto serlo. Implantemos  un sistema estricto de control del gasto público -atentos a porcentajes, comisiones, revisiones de contratos, etc. pero no ignoremos que donde más se ha perdido es en adjudicaciones de obras inútiles-.

Pongamos ya el foco en lo que más interesa al futuro: crear empleo.

Cuando me entero con sorpresa de los beneficios de las grandes empresas, crecientes en épocas de crisis; cuando observo que el lujo y la ostentación con la que viven algunos no solo no ha disminuido, sino que ha aumentado; cuando veo que la investigación, la enseñanza, la Universidad, la sanidad y todo aquello que sustenta nuestro estado de bienestar, sigue confiado al buen hacer de unos cuantos, capaces de abstraerse del fragor de incompetencia que les rodea, … echo de menos que salgan a la palestra, exponiendo sus ideas, no a jóvenes politólogos, no a economistas o historiadores con la cabeza caliente, no a miembros de partidos viejos proclamando a quien quiera escucharlos que van a renovar sus estructuras, ni siquiera a teóricos de partidos nuevos alardeando de pureza, sino a gentes con experiencia concreta, viajados y bragados, conocedores de cómo funciona la realidad, tanto la española como la internacional, y que, con base en ello y en su voluntad de servir al bien público, nos propongan ideas factibles, cuantificadas, serias y serenas, que puedan obligar sin escapatoria a los que tienen más y que nos comprometan a todos, en ese objetivo irrenunciable de salir rápido del agujero sin que haya vencidos, sino solo convencidos.

Porque la experiencia es la madre de la ciencia, en especial, de la ciencia que da de comer a las familias. Por otros caminos, me atrevo a vaticinar que se llega a una mayor descomposición social, a ahuyentar a inversores, aspaventando a los dineros, profundizado, con cada tormenta estéril de improperios y descalificaciones, en un desánimo improductivo.

Si no lo corregimos, gane quien gane en próximas elecciones, con ese panorama, cuando se disipe el humo de las ilusiones,  nos encontraremos atrás, bastante más atrás.

El mundo es global y no se puede pretender jugar en solitario. El sistema económico imperante es el capitalismo de base liberal y no es factible, sin que se nos caigan encima los cascotes de la pirámide, cambiar sus cimientos, ni hace falta. A un país intermedio como España, solo le es preciso reformar con inteligencia la parte que nos sustenta. Teniendo presente que, como en toda selva, al que se separa de su rebaño natural, se lo comen los depredadores.

 

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Antioquia, bienestar, cárcel, ciencia, corrupción, descomposición social, empleo, experiencia, improductivo, Jordi Evole, Podemos, política, programa, Quijhano, Sergio Fajardo, tecnología

La seguridad jurídica y los recursos

4 diciembre, 2013 By amarias2013 1 comentario

En la magnífica revisión de la clásica película sobre el oeste americano titulada «Valor de Ley» («True Grit» en inglés), los sagaces hermanos Coen, recogen varios tiroteos dialécticos en torno a la cuestión de la justicia, mezclando mensajes sobre la forma de alcanzarla. Por cierto, el título de la versión en el español de España, que es magnífico como reclamo publicitario, introduce su propio mensaje en el guión, tergiversándolo, pues la cuestión va más de «verdaderas agallas» que de lo que significa la Ley, incluso para tomarse la justicia por propia mano.

En una escena inolvidable, de las muchas de que dispone esa obra maestra, cuando la adolescente Mattie Ross (interpretada por Hailee Steinfeld) quiere convencer al malo Lucky Ned (al que pone su cara Barry Pepper) para que la deje marchar libre, prometiéndole que le buscará un buen abogado que le defenderá de sus delitos, el forajido le contesta: «Lo que necesito es un buen juez».

Quienes estamos metidos en los berenjenales justicieros, apreciamos lo que es un buen juez, y hasta nos podemos arriesgar a definirlo: persona experimentada en la vida real, que conozca muy bien el Derecho, que venga del ejercicio de la abogacía (al menos, por algún tiempo), que actúe con independencia de cualquier presión y, sobre todo, que se lea los expedientes y resuelva con base en ellos, aplicando la Ley y la comprensión de los hechos y sus circunstancias.

Como estamos en un país que se mueve por profundidades misteriosas, e incluso abisales, tenemos muy pocos datos acerca de la fiabilidad de un juez. Otras veces escribí que los países anglosajones nos sacan terrible ventaja en esa necesidad de transparencia, hasta el punto de que se puede conocer la calificación que merece un juzgador, en relación con los procesos en los que ha intervenido y la sostenibilidad de sus fallos.

La seguridad jurídica depende también, y, en realidad, mucho, de las revisiones de las Sentencias que provoquen las Instancias Superiores. Si, por ejemplo, la tercera parte de las Sentencias de primera instancia civil son revocadas por las Audiencias Provinciales y, en no pocos casos, muchas han sido ejecutadas provisionalmente (gracias a las ya no tan novedosas disposiciones de la Ley de Enjuiciamiento específica que lo permiten), esa hipótesis -nada alejada de la realidad- da idea del caudal de actividad deconstructora que generan los procesos judiciales.

Un buen abogado -más bien, uno experimentado- puede, desde luego, construir todo un arsenal de recursos, demandas de revisión, apelaciones, quejas, protestos, impugnaciones, etc., que prolonguen el proceso, lo compliquen, lo encarezcan y desfiguren, haciendo que los más débiles económicamente se dejen la piel en el camino, incluso aunque hayan visto cumplidas provisionalmente sus expectativas en primera instancia.

Si los órganos superiores confirmaran con abrumadora mayoría las sentencias de los inferiores, se alcanzaría más calma en el maremágnum justiciero. Pero no echemos, ni mucho menos, la culpa de ese desequilibrio a la ignorancia (aparente, todo sea con el debido respeto) o a la falta de diligencia de los jueces de menos grado. En realidad, tampoco las Sentencias de las Audiencias se libran de pescozones de los magistrados del Supremo, ni éstos se ven libres, como la historia muestra, de anulaciones por parte del Constitucional o de los Tribunales europeos.

Tal vez no sea solo cuestión de que le toque al que pleitea un buen juez (además de poder confiar en que un buen abogado defienda sus razones y enuncie los hechos que le importan). La Justicia no es totalmente ciega y, mientras no se implante la fórmula general de que cualquier estamento pueda verse analizado en su labor por el pueblo al que representa en su función, en éste, como en otros órdenes, se generarán reductos de oscurantismo, secretismo y corporativismo.

Por eso, ayudaría a la transparencia del conocimiento de los senderos reales por los que anda la justicia que, además de ofrecer en los Informes Anuales algunos porcentajes, números insuficientemente desagregados de litigios entrantes, o de las causas resueltas en cada instancia y otros datos no muy inteligibles, tuviéramos más visión de lo que hace cada portador de puñetas, y de su eficacia y solvencia como contribuyente a la seguridad jurídica del paisanaje. Porque las Sentencias son públicas y las del Supremo generan, en su caso, jurisprudencia de obligada aplicación, pero, si hubiera muchos buenos jueces, y se utilizaran las herramientas informáticas y telemáticas como es debido, ¿harían falta tanto tiempo para resolver, serían necesarios tantos papeles acumulándose en legajos, habría tantos funcionarios, abogados, procuradores, clientes, testigos, curiosos, paseando su tiempo por los Juzgados?

Publicado en: Derecho, Sociedad Etiquetado como: abogado, Barry Pepper, expediente, experiencia, hailee Steinfeld, hechos, hermanos Coen, independencia, juez, justicia, legajo, ley, resolución, telemática, true grit, valor de ley

Mi Diccionario desvergonzado (17): inseminación artificial, enseñanza, culo, pecado, experiencia

3 julio, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

inseminación artificial: Acto sexual realizado con una probeta que, a diferencia de la mayoría de los llevados a cabo exclusivamente entre seres humanos, tiene por objetivo la procreación.

enseñanza: 1. Resultado negativo de una aventura de cualquier tipo que, por fortuna, se olvidará muy pronto. 2. Conjunto de métodos y materias que pretenden rivalizar, desde la Administración pública, con la formación de la calle, con resultados muy dispares. 3. Dedicación oficial de maestros y profesores, que les genera persistentes dolores de cabeza, a los que llaman, por cortesía, disimulo o ignorancia, satisfacciones.

culo: 1. Palabra que dicen los infantes, por creerla malsonante, cuando se enfadan con su abuela, porque no les deja seguir jugando en los columpios, ya que tienen que merendar. 2. Parte de la anatomía femenina (en general), sujeto de idolatría. 3. Zona inferior de un vaso, que suele desprenderse al sacarlo del fregaplatos. 4. Zona trasera de los animales superiores, separada en dos mitades, lo que facilita el movimiento de las extremidades y que, por albergar la salida al exterior del aparato digestivo, permite también otras funciones.

pecado: 1. Alimento indigesto proporcionado por la mayor parte de las religiones al ente metafísico denominado conciencia, al que produce retortijones o remordimientos, y cuyos efectos son, en realidad, incurables. 2. Denominación equívoca, en la que se entremezclan materiales contrarios a la ética universal, con sustancias que provienden de aportaciones interesadas, e incluso, de indicaciones acerca de cómo conseguir momentos extremadamente placenteros. 3. Con manifiesta exageración, en ciertos círculos, forma inocente de designar cualquier situación agradable pasajera, como comerse un helado, faltar a clase o contemplar un paisaje divino por el ojo de una cerradura.

experiencia: 1. Pretensión de conocimientos que los demás no suelen valorar. 2. Relación tediosa de los cargos y ocupaciones del ponente en una Conferencia antes de su jubilación. 3. Suceso desgraciado, que debería evitar, a quien lo ha sufrido, volver a pasar con él, lo que, debido a la fragilidad de la memoria humana, no suele tenerse en cuenta.

Publicado en: Actualidad, Cultura, Diccionario desvergonzado, Sociedad Etiquetado como: culo, diccionario desvergonzado, enseñanza, experiencia, inseminación artificial, pecado

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