(Con este comentario termino la serie de tres con los que he pretendido, tanto resumir la Jornada sobre el fracking organizada por el Colegio de Geológos, como aportar mi propia visión sobre el tema, que reconozco receptiva y dinámica, como corresponde a un ciudadano interesado, técnico pero no especialista, y atento a descubrir contradicciones, debilidades y fortalezas en los argumentos e intenciones ajenas)
Retomo ahora la pregunta que la asistente a la Jornada formuló, una vez que los ponentes terminaron sus exposiciones: ¿Tiene la tecnología de la fractura hidráulica problemas, o todo son ventajas?
La respuesta que obtuvo la curiosa pertinente fue, más o menos: «No especialmente. Se trata de una industria que quizá no conocemos suficientemente en España, pero muy probada en otros países. Los problemas que pueden presentarse son conocidos, y ninguno es especialmente preocupante».
Es cierto que el concepto de fractura hidráulica de material geológico es conocido desde los romanos de la época clásica. En las Médulas perdura el testimonio de su técnica para demoler grandes masas de tiera compactada utilizando la presión del agua, para recoger el oro de aquellos depósitos auríferos. Pero si el concepto es el mismo, las magnitudes y el objetivo son completamente distintos.
En el caso de la extracción de petróleo, la perforación -a profundidades, en efecto, generalmente superiores a 3.000 m- se hace con una cadena de perforación rotatoria, sostenida por una torre y dirigida por un banco giratorio, retirándose los detritus de perforación por un fango a presión relativamente reducda. Una vez alcanzada la bolsa del yacimiento, el gas y el petróleo crudo, que están a muy alta presión, tienden a brotar con violencia, desde el momento en que se perfora la roca que ha estado sellando su ascenso durante miles de años; al cabo de un tiempo, las presiones se igualan y, si se quiere seguir explotándolo, hay que impulsarlo a presión, hasta que la rentabilidad del procedimiento se anula, momento en el que el pozo se abandona
La presión de trabajo en el fracking está en el rango de 350 y 700 atmósferas (e incluso más), y tiene por objeto romper la roca, creando caminos al gas, lo que obliga a organizar un complejo sistema de compresión y control. Las torretas de los pozos de perforación se parecen a una cabina de jumbo, por el número de aparatos de medida, recepción de señales y dispositivos de accionamiento y control y, desde luego, son mucho más complejas que las normales de perforación petrolífera.
España no está, ni mucho menos, en fase de iniciar la explotación del gas de esquisto, sino de iniciar la exploración, ya que se desconoce si tenemos realmente gas en cantidad y condiciones de rentabilidad. Las dimensiones de nuestros posibles yacimientos (las indicaciones geológicas son positivas) son reducidas, casi ridículas en relación con las de Estados Unidos o Canadá, e incluso centro Europa. El yacimiento de shale gas en Nueva York se extiende por aprox. 200.000 km2, casi la mitad de España!
Una cuestión nada despreciable es la de valorar la oportunidad y rentabilidad de la exploración inmediata de gas de esquisto. La coyuntura puede variar rápidamente y estamos en una situación de claro excendente de producción energética en relación con el consumo. Entiendo que si las empresas están dispuestas a realizar los desembolsos necesarios, asumiéndolos en su totalidad, poco se puede objetar, salvo, eso sí, la exigencia de compensaciones por la ocupación de los terrenos, el cumplimiento de la legislación y la obligatoriedad de devolver el paisaje a su estado anterior a los trabajos.
Pero no puede olvidarse que, si las operaciones tienen éxito, habrá que generar una red de tuberías hasta los puntos de consumo, que son las centrales de ciclo combinado, hoy, como se sabe, infrautilizadas; de las empresas propietarias es de donde intuyo proviene este interés moderno por el gas de esquisto, opción energética conocida desde los tiempos de maricastaña y a la que ahora se concede tanta antención mediática y ecologética.
Desde luego, las presiones ecologistas -en su mayoría, procedentes de la ignorancia ilustrada por internet, y en parte, supongo, ignorante de que los intereses antifracking provienen de países productores de petróleo y gas convencional, tras de las que se esconden poderosos caciques económicos)- no deberían conseguir que los costes de exploración -y, posteriormente, los de explotación- se vieran desmesuradamente incrementados con la petición de medidas de control ambiental extemporáneas (estudios de microsismicidad improcedentes, medidas de seguridad y tasación de riesgos estrambóticas, tasas de ocupación de terrenos excesivas, etc).
Hay en internet ejemplos alarmistas para ignorantes, como el del grifo de agua con tanto contenido en metano que se le puede hacer arder con una cerilla , o análisis elucubrantes de los efectos de la fracturación, que se provoca a la profundidad de 3 o 5 km, y que remiten a explosiones destructivas en superficie con cargas muy superiores (hablamos de microfisuras, no de demolición). Hay que separar las tonterías de las verdades, con argimentos que tengan credibilidad, seriedad y solvencia: tanto los defensores del fracking como los detractores deberían, ante todo, probar que no hablan de oídas o de leídas, que saben, por haberlo vivido, de lo que opinan. Reto difícil de cumplir para los técnicos españoles, salvo contadísimas excepciones.
Otro tema que no me parece menor es el de la capacitación técnica para realizar estas perforaciones profundas (seguidas de perforaciones horizontales, una vez alcanzada la cota vertical) y la disponibilidad de la maquinaria precisa en nuestro territorio. Son muy pocas las compañías capaces, y funcionan en régimen de oligopolio; así como en Estados Unidos o en Canadá se dispone de cientos de empresas capaces de hacer estas perforaciones, en Europa no disponemos de esa oferta, y los contratos de perforación se encarecerán.
