Cuentan que un día de finales de una época, a la orilla del mar, estando ya avanzada la tarde, un hombre de mediana edad contemplaba absorto el subir de la marea:
-Héme aquí -decía para sí -, ya en el último tercio de mi vida y sin poder ofrecer la menor realización digna de mérito.
En realidad, este individuo, a quien llamaremos Sérgulo, advirtiendo de inmediato al lector que su verdadero nombre era otro, no había estado, ni mucho menos, inactivo, en la trayectoria vital que había dejado atrás.
En lugar de ser sumiso a la autoridad, sin ser rebelde, no dejaba por ello de ser crítico. En vez de ser crédulo con cuanto le habían inculcado, analizaba las razones por las que pretendían instruirlo de ese modo. Y, por mayor abundamiento, siempre que le habían presentado algo o alguien como importante, no aflojaba la ocasión para verlo por detrás o por debajo, en las posturas que resultaban menos favorecedoras al objeto o sujeto.
Si sus trabajos habían servido para algo, no le habían servido para granjearse plácemes ajenos. Por eso, cuando repasaba los logros de quienes habían sido sus compañeros de promoción, las distinciones y galardones de aquellos a los que, en algún momento, había tenido por colegas, encontraba, en contraposición a los de los otros, su currículum estaba vacío como una cáscara de nuez abandonada.
-Cierto que he colaborado en múltiples temas, propuesto infinidad de otros, avanzado teorías y resuelto dificultades. No dudará nadie que estoy ilustrado en una variedad de disciplinas. Pero quienes conceden los títulos que se cotizan en la feria de los valores, los que evalúan los méritos que cuentan, los que conceden las medallas del prestigio y del dinero, jamás han llamado a mi puerta para darme el menor reconocimiento.
Mientras así proseguía, devanándose los sesos para encontrar la razón de lo que entendía como una injusticia ante su diligencia, el agua le rozaba los pies y empezaba a mojarle los pantalones de fibra sintética que, despreocupado, no se había subido hasta las pantorrillas, como hacen los que se acercan al agua para refrescarse las varices.
-He despilfarrado, sin duda, las cualidades que la naturaleza puso en mí. No he conseguido convencer de mi capacidad a mis coetáneos. Y no, por supuesto, a los que estaban en lo alto, a quien no dudé en criticar si me pareció que así lo merecían, sino a los que estaban a mi altura o por debajo en la escala de las decisiones. Todo me sucedió, al contrario de a esos otros a los que, en mi petulancia, consideré menos dotados y que han llegado más alto.
Como suele suceder, el pensamiento del desolado filósofo -no muy profundo, como se advierte, sino más bien de andar por su casa-, volaba también hacia los que tenía más próximos físicamente, repasando las actitudes que mantenían con él. Sin encontrar causas para recriminar, sino reforzando cuanto argumentaba, estaba a punto de sacar alguna conclusión al ya tan largo discernir para su coleto:
-Mi esposa, en fin, que me recuerda casi a diario que no saco rendimiento a cuanto hago, es la voz de la verdad. Soy un inepto, y no por lo que hice, sino por lo que no hice.
Con estos pesarosos discurrires, harto tristes, atormentaba su ánimo, mientras las olas, alborotadas por un viento de poniente que era propio de la época del año, redoblaban en su ímpeto, mojándole ya a veces hasta las rodillas.
Quiso la casualidad, que es colaboradora de todas las historias, tanto verdaderas como inventadas, que en aquel momento se hallaba paseando por el mismo arenal, una joven de buen ver, acompañada de un perro de lanas de cierto tamaño, con el que la muchacha jugaba a lanzar, lo más lejos posible, un platillo de plástico, y que el animal recogía con presteza, volviendo, una y otra vez, a depositárselo a sus pies.
Esta actitud del animal era premiada, ocasionalmente, por la joven con una palmadita o una trozo de galleta que sacaba de una bolsa que llevaba.
Justo en el instante en que la reflexión de Sérgulo estaba concretando de la manera indicada el diagnóstico de las razones por las que se consideraba despilfarrador de dones y ayuno de oficiales méritos, el perro que pertenecía a la joven, en una de sus cabriolas atropelladas, buscando el plástico, tropezó con el filósofo, lo hizo trastabillar, y dio con él de bruces en la marea.
-¡C…! -fue la expresión, casi inaudible, que pronunció Sérgulo, mientras se debatía con su azoramiento para volver a ponerse en pie, con las ropas totalmente empapadas, siendo las olas, desde luego, poco cooperadoras para hacer que recuperara el equilibrio.
Cuando, después de varios intentos, consiguió levantarse, miró alrededor -tal vez sin haberse percatado exactamente de lo que le había pasado- y vió, alejándose, a la joven que, sin manifestar el menor interés, respeto o preocupación por lo sucedido a Sérgulo, seguía con su juego, venga a tirar una y otra vez el adminículo a su animal de compañía.
-En verdad -dijo Sérgulo, hablando esta vez en voz alta- esta joven es mi buena Samaritana. Ha conseguido, con su total desprecio hacia la caída que me provocó, hacerme ver lo errado que estaba con mis reflexiones.
Volvía a la zona que aún no había alcanzado la marea, y advirtió que sus zapatos -por fortuna, no muy caros-, habían sido llevados por el agua, mar adentro. Siguió, impertérrito, razonando.
-La marea estaba subiendo y yo creía que podría evitar mojarme más allá de las rodillas, porque vigilaba su ritmo. Pero un elemento ajeno al mar y a mi propósito, me ha tirado de bruces al agua, en donde estuve, si quiero llevar la idea a su extremo fatal, a punto de ahogarme.
La mojadura de Sérgulo y el frío que estaba empezando a notar en las zonas íntimas de su cuerpo, haciéndole tiritar, no le impidió expresar, también en alta voz, -aunque nadie lo oyó, al estar desierta la playa, a salvo de la Samaritana y su perro, ya a punto de abandonarla-:
-Los seres humanos, en realidad, no somos tan ajenos al comportamiento que esa joven provoca en su perro. Recoger el plato de plástico que ella arroja no tiene, desde una perspectiva objetiva, mérito alguno, pero ella le premia con un trozo de galleta, llevando al corto conocimiento del animal la creencia de que es lo que se pretende de él y que, con ello, recogiendo el plástico, está haciendo algo útil, cuando, en realidad, solo se pretende mantenerlo ocupado.
Seguía andando, descalzo y mojado, hasta la escalera que conducía al paseo marítimo.
-Y ahora que lo veo tan claro, prefiero haber hecho toda mi vida lo que me pareció que correspondía a mi cualidad de ser libre, sin andar persiguiendo los plásticos que lanzan, atentos a lo suyo, quienes solo pretenden mantener ocupados a sus animales de compañía y les premian con dulces cuando alcanzan objetivos que no sirven para nada ni nadie absolutamente.
Y, mucho más contento que cuando empezó a subir la marea, ya casi a oscuras, volvió a su casa y siguió haciendo lo mismo que solía.
FIN
