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Sueño en mi país con vistas sobre el mar
entregado feliz al ser amado
y que no tengamos miedo a despertar
porque estemos curados del pasado
Sueño que hemos vencido del pesar,
que las cosas retornan a su estado,
que no hay nada dañado en el hogar
y hasta lo viejo está recién pintado.
Sueño que nos hará fuertes lo dispar
que el tiempo no ha pasado en vano
y que seguimos estando en buen lugar.
Sueño que despertaré y estaré sano,
los niños inventarán modos de jugar
y disfrutaremos de este verano.
23 de abril de 2020
(@angelmanuelarias, Sonetos desde la crisis)
«Niña dando de comer carne a las palomas», es una de las doce láminas que integré en el libro Sonetos desde el Hospital (del que los amigos y lectores asiduos de este blog saben que soy también el editor, así como sus circunstancias).
La niña del dibujo presenta una paradoja, un contrasentido. Pero, sobre todo, debe interpretarse como un doble mensaje, al menos, en mi intención. Está ofreciendo trocitos de carne a las palomas, como si se tratara de aves carroñeras o de presa. Sentada en un banco esquemático, en un paisaje arbolado también apenas insinuado, esta niña-adolescente (algo entrada en carnes), no está exponiendo su ignorancia acerca del alimento preferido de esas granívoras, sino su ambivalencia como significantes.
Una paloma puede representar tanto la pureza (blanca paloma, paloma de la paz, el espíritu santo, etc.) como la realidad de ser actualmente consideradas equivalentes a las «ratas de ciudad», transmisoras de enfermedades y sujetos de deterioro de monumentos y otros edificios y material urbano, constituyentes de una plaga que se trata de combatir.
Las palomas representan aquí el intento de destrucción de la pureza, la apertura del deseo de la pasión (o el amor) por parte de la niña-adolescente. El querer ser, querer romper, liberarse.

