Cuando los asuntos de Bulgaria nos parecían muy lejanos y Sofía era el nombre de una princesa desterrada, en las sobremesas que se organizaban en los cafés, no faltaba casi nunca el caballero que ponía su malicia al servicio del chascarrillo en el que un patán se interesaba por un anuncio en el periódico en el que había leído que «Señorita universitaria enseña el búlgaro por las noches».
A finales de febrero de 2013, mientras en España se producía el inane debate sobre el Estado de la Nación (doblemente inútil, pues todos sabemos cómo está el país y también que los que discuten quién lo hizo o hará peor no van a conseguir sacarnos del agujero), el gobierno búlgaro dimitía en bloque.
Dicen las crónicas que el gobierno con sede en Sofía ha dimitido porque no se ve capaz de solucionar los dos grandes problemas del país más pobre de Europa: la crisis económica y la corrupción. Las medidas de austeridad han provocado que el descontento ciudadano explote en las calles, y las fuerzas antidisturbios, se están teniendo que emplear a fondo para reprimir la manifestación popular, con el argumento menos creíble: a trompazos.
Hoy por hoy, no estamos tan lejos. Sabemos que Sofía es la capital de Bulgaria. Y que se trata de un país de la Unión Europea, con magníficos índices macroeconómicos (PIB, deuda exterior y todo eso), pero una renta per cápita inferior a la media de la corporación mercantil a la que pertenece y pensiones que no llegan a los 100 euros/mes.
No hay distancia porque los problemas que deben ser resueltos aquí son, en realidad, los mismos. Y los métodos para aplazar su solución se parecen mucho a los que se emplean en Sofía: palabras, promesas y sacar a los policías a la calle para que den golpes a ciudadanos empobrecidos e indignados.
«No participaré en un Gobierno en el que la policía pega a la gente», expresó Boiko Borisov, primer ministro búlgaro, al anunciar su dimisión. Borisov, que fue karateca, tiene que saber lo que es pegar, sin duda. Pero como deporte, no como forma de persuasión al pueblo que te ha votado y ya no confía en tí.
A este gobierno no parece preocuparle el búlgaro. Deberían aprender del búlgaro y obrar en consecuencia. Con mentiras y golpes no se puede exigir credibilidad ni hacer escuela.

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