Al socaire

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Vigésimo Primera Crónica desde el País de Gaigé

26 junio, 2022 By amarias Deja un comentario

Termina junio en Gaigé con manifestaciones en las principales ciudades. No han tenido mucho éxito en sus convocatorias, pero son significativas del ambiente que se respira en ciertos sectores, donde militan o se agrupan simpatizantes de la coalición de Gobierno.

Por una parte, se protesta contra la cumbre de la OTAN que tendrá lugar en Madrid los días 29 y 30 de junio. Los manifestantes, alentados por varios ministros del Gobierno aunque hayan desistido de acudir personalmente a la algarabía, exigen la disolución de la Organización, el final de la guerra en Ucrania, la reducción aún más drástica del presupuesto militar y la devolución de los terrenos ocupados por las Bases Militares norteamericanas. Espero no olvidarme nada de su ideario antibelicista.

La moderna doctrina subyacente para estos pacifistas es, en fin, que la OTAN y la ambición norteamericana por mantener su hegemonía mundial (ya muy debilitada) son las principales causantes del ataque de la Rusia de Putin a Ucrania. Una guerra defensiva, pues.

La reunión de los presidentes del G7, que tiene lugar en Alemania este domingo, por su parte, bebiendo de aires muy diferentes, ha servido para reforzar el apoyo incondicional a Ucrania y para exponer solidaridad conjunta ante la crisis energética y alimentaria, que está comiendo aceleradamente los pies del estado de bienestar.

La difusión de algunos comentarios de los líderes occidentales ridiculizando a Putin no servirá, seguramente, para estrechar lazos con el protagonista y causante del mayor problema actual contra nuestra seguridad. La cumbre de la OTAN madrileña pondrá a prueba los sistemas de seguridad de Gaigé. Cruzamos los dedos para que todo suceda, no solamente con un final que permita presentar algún acuerdo relevante sino sino, y sobre todo, sin incidencias notables.

La segunda ola de manifestaciones que ha tenido lugar en Gaigé encuentra su fundamento en un terrible suceso que violentó nuestra sensibilidad: un intento de casi dos mil subsaharianos (fundamentalmente procedentes de Chad y Sudán) para superar la valla que separa Marruecos de Melilla.

La violenta actuación de la policía de Marruecos, que utilizó incluso -según puede sospecharse al observar los vídeos difundidos en las redes- disparos reales, junto a gases lacrimógenos y piedras para impedir el asalto, provocó, al menos, 23 muertos por asfixia, golpes y heridas de bala. Las imágenes difundidas pueden interpretarse en parte como que la presión policial forzó a los subsaharianos a amontonarse contra la valla.

La inexplicable actuación marroquí está motivada, según se indica por analistas del complejo tema del Magreb, como exhibición de la buena relación actual entre los gobiernos vecinos. Sánchez ha elogiado el empeño marroquí de controlar el intento de los migrantes, tildándolo de ejemplar, cuando no conocía que había causado tanta mortandad . Pero no supo desdecirse al saber que la morgue de Nador estaba saturada con los cuerpos de jóvenes fallecidos en la batalla desigual, ni al contemplar las imágenes de centenares de jóvenes hacinados en el suelo controlado por la policía.

Tanto despliegue de fuerza y causas de dolor no han impedido que casi 150 chadianos y sudaneses hayan penetrado en tierras españolas y estén ahora confinados en el Centro de Estancia Temporal de Emigrantes, donde una veintena de abogados ofrecen sus servicios para conseguir que, dadas sus circunstancias personales y la situación en sus países de origen, puedan alcanzar el estatus de refugiados.

Es imposible, al comentar este suceso, no poner énfasis en el escaso apoyo que se presta al desarrollo a los países del Sahel, suministradores principales de esos contingentes de jóvenes que huyen de sus países, buscando del Dorado europeo, a costa del riesgo de perder sus vidas.

El calor ambiental ha remitido en casi todo Gaigé, que trata de curar las heridas de los últimos incendios. Particularmente graves han sido los destrozos causados por el fuego en la sierra de la Culebra, en Zamora. La hermosa zona, atractivo turístico importante, ha quedado irremediablemente afectada y el gobierno de Mañueco ha tenido que explicar su actuación ante las llamas. Faltan medios, profesionales , adecuado cuidado del monte y de las zonas sensibles y mejora de la sensibilidad ciudadana para evitar (o causar) actuaciones que favorezcan la aparición de terrible antinomio fuego-bosque.

No faltan graves problemas en Gaigé, siendo el del aumento sin control de la inflación el más preocupante. El llamado tope al precio del gas autorizado por Bruselas se descubre como un parche insuficiente para detener la escalada del precio de la energía. Gaigé muestra la debilidad de su proyecto energético, pues, en cuanto a la producción de electricidad, la energía solar (afectada por la calima) y la eólica (en momentos de parálisis de los vientos) resultan escasos para cubrir las necesidades, privadas y empresariales.

La demanda del parque móvil -tanto para el automóvil eléctrico como para los que se mueven con combustible convencional- no cesa de crecer y los precios están disparados. Para lo eléctrico, se ha tenido que recurrir a las centrales de ciclo combinado y a la denostada nuclear; para la gasolina y el gas oil (el petróleo) se seguirá subvencionando el consumo con 20 céntimos/litro, rápidamente absorbidos por el mercado desbocado.

No estamos solos en el toque al tambor del pánico: Alemania revisa el abandono nuclear y planea reabrir las minas de carbón. La transición energética europea, amparada en aquel mensaje de ser modelo para el mundo, deberá revisarse desde e, pragmatismo.

Publicado en: Actualidad, País de Gaigé, Sociedad Etiquetado como: bomberos, Castilla-León, Centro de Estancia Temporal de Emigrantes, CETI, Chad, Cumbre de Madrid, energía, gasóleo, gasolina, incendios, manifestaciones, Marruecos, Melilla, OTAN, País de Gaigé, policía marroquí, Sierra de la Culebra, Sudán, Unión europea

Ucrania resiste

28 febrero, 2022 By amarias Deja un comentario

A punto de terminar el domingo, 27 de febrero de 2022 no puedo menos que registrar, en esta crónica emocionada de una situación que puede significar un cambio sustancial en el equilibrio económico y político mundial, la evolución de los acontecimientos, porque suponen el agravamiento del conflicto.

Los dos hechos más significativos recientes son, por una parte, la defensa de los ucranianos ante la invasión, movilizando a buena parte de sus reservistas y consiguiendo despertar ub profundo espíritu de patriotismo y la solidaridad de la opinión pública europea expresada ésta en multitud de manifestaciones en las calles de las ciudades principales. La actitud valiente y digna del presidente de Ucrania, el respetable cómico Valodomir Zelenski, en el mejor y más duro papel de su vida, ha controbuido a elevar el ánimo de sus compatriotas y atraer la simpatía de todos los amantes de la paz y del derecho.

Kiev resiste. Odesa, también. David está ofreciendo resistencia heroica contra un Goliat matón y fuertemente armado, más poderoso incluso en una guerra convencional. Pero vencer a un contrario correoso, dispuesto a todo, no se llevará a cabo sin desgaste propio, muerte de los soldados que se envióa la invasión, pérdidas económicas sustanciales, críticas y oposición internas.

Por otra parte, el presidente ruso aparece como incapaz de asimilar la resistencia encontrada y amenaza, en el más puro estilo de matón de barrio, con emplear armamento nuclear y no tolerar que Finlandia y Suecia, se adhieran a la OTAN, augurando que tendrá graves consecuencias.

Las medidas contra Rusia alcanzan ahora  un máximo nivel, tras las últimas decisiones emanadas de los Estados Unidos, que se va configurando como el contrapeso ideológico y la condena cada vez más dura contra la agresión invasora propiciada por Putin. La mayor parte de las operacione bancarias con Rusia se han congelado, al prohibir con ella las transacciones swift -acuerdos de clearing bancario que permiten disponer de dinero sin necesidad de trasporte físico de divisas-; se han congelado las cuentas em el exterior de Putin y otros oligarcas. La decisión tiene damnificados colaterales, como han puesto de manifiesto personas que venían realizando envíos de divisas a familiares y proveedores en Rusia.

Es, obviamente, muy preocupante que el dictador ruso haya puesto en alerta, como comunicó,  su fuerza nuclear. Europa, falta de músculo militar colectivo y con desigual potencia armamentística en sus miembros, observa atónita la escalada de tensión. Suecia y Finlandia han contestado de inmediato a la amenaza del dictador, expresando que son países libres de tomar la decisión que les convenga, sin aceptar imposiciones de terceros.

Pienso, como todos los amantes de orden y la paz, pero también del derecho a la libertad y a la defensa ante quien pretende ultrajarnos o sojuzgarnos, en los ucranianos. Alabo y aplauso la valentía, la gallardía y el honor de su Presidente y equipo de gobiernos, convertidos en comandante en jefe y generales de un ejército, en parte improvisado, de patriotas. Están dspuestos, han dicho, a defender su libertad hasta el final.

No podemos estar impasibles. Si Putin, que imagino tendrá algún asesor sensato que intervenga para detener este despropósito, que ya ha causado miles de mertos y miles de millones de euros en pérdidas económicas, no reconoce que la invasión fue una decisión eqivocada y no retira sus tropas de Ucrania, tenemos segura la tercera guerra mundial.

Para muchos, será la última.

Publicado en: Actualidad, Europa, Guerra en Ucrania, Rusia, Ucrania Etiquetado como: estados unidos, guerra, Kiev, manifestaciones, paz, Ucrania, Vladimir Putin, Volodomir Zelenski

Más madera

28 octubre, 2019 By amarias Deja un comentario

Los violentos han aumentado. Se siente, la violencia está presente.

Podríamos admitir, por la cuenta que nos tiene, que lo que ha cambiado es solo la apariencia más arisca de una característica propia de la naturaleza humana, que hubiera tomado carrerilla, favorecida por circunstancias e impulsada en nuevas razones.

No resulta sencillo, esto es, comprensible para el observador o el analista, reconoce qué es lo que provoca esta eclosión de descontentos llevados al precipicio de la violencia Incluso aunque fuéramos capaces de descifrar y poner orden en la mezcolanza de argumentos con entidad suficiente para movilizar los ánimos de aquellos colectivos afectados por injusticias, reales o presuntas, deberíamos preguntarnos por los propósitos de aquellos acompañantes (side riders) que no teniendo relación directa -¡ni indirecta¿-con el mensaje, añaden por su cuenta, tensión disruptiva y violencia.

Vale, sí. No estamos dirigiendo el contrato social hacia los valores de calma, solidaridad, colaboración o igualdad. Y si entre los que me leen, hay quienes me juzgan pesimista por expresar esta idea, me defiendo alegando que no invento nada; solo atiendo a los síntomas.

Los principios que rigen la violencia son comunes. Los estallidos del ánimo existen desde la niñez, pero son cortos, pasajeros y se juzgan como anómalos. A nivel colectivo, ya no es tan cómodo definir la violencia, cuando estalla, como la excepción. Porque si la paz social es lo apetecible y saludable, no es evidente que sea «lo normal».Algo de la condición bastarda individual se cuela con fuerza, en momentos históricos, en los recovecos en donde se apoyan los postulados de solidaridad, bien común y ética social (¡tan plausibles!) y conduce, periódicamente, al caos, a la falta de entendimiento entre humanos, al estallido de las revoluciones.

Parece, pues, que, como una constante, dos fuerzas opuestas compiten en el magma del orden social. Son los dos principios que se contraponen sin que haya un vencedor claro: la libertad e independencia frente al determinismo y fatalidad del comportamiento humano. En cada uno de nosotros, la batalla se libra, incluso cada día. Cuando el terreno de la pendencia es lo colectivo, hay que ser muy fuerte en el control para que la libertad individual no sucumba ante la manifestación de una postura colectiva.

Admitido que el punto violento está dentro de nosotros y que una vez que ha entrado en ebullición, sus efectos son extremadamente contagiosos, y exigen un gran autodominio para ponerlos a raya, nos veríamos forzados a reconocer una vía genérica que explique comportamientos no basados en razones, sino en imitaciones, cuando los humanos se entregan a lo grupal.

Es preocupante, en este sentido, que cada vez haya más violentos manifiestos y que no sepamos por qué lo son y, por tanto, no sepamos -desde el orden social- cómo sofocar su fuego de descontento.

Afloran, al principio con apariencia inocente, desde los niveles más bajos de violencia, poniendo en solfa y ridículo a cuantos lucen, en estado de reposo, un  semblante más beatífico que el de  las imágenes de santos de peana en las iglesias. Y contagian. Convierten, como mutantes, a ciudadanos que estando a priori dispuestos a participar en «pacíficas manifestaciones callejeras», contagiándolos, en violentos. Y se éstos permanecen fieles a su intención de comportamiento pacífico, los hacen ignorantes o disimuladores (a sabiendas) lo que se mueve detrás de sus pancartas con lemas inocentes.

Vale lo escrito para el caso de quienes se manifiestan ahora en tierras catalanas detrás de mensajes como  «Diálogo». «Llibertat»,  «Unidad» o el imperativo «Spain, sit and talk»- No se identifican, para salvar su intención con los exaltados, inmersos en la delincuencia punible, que protagonizan excesos muy violentos en las retaguardias.

Conviene no perder de vista los argumentos de esos pacíficos que no alcanzan a ver, más bien no quieren ver, debido a las anteojeras que solo les piden dar visibilidad a sus argumentos ante cualquier autoridad que pueda resolverlos, que en la trasera y aledaños a sus marchas con apariencia de guante blanco y bonhomía se mueven decenas de encapuchados o enmascarados que, -¡por el gusto de armar bulla¡-, se lían a ostias y porrazos con las fuerzas del orden. Tienen sus propias consignas, trazadas de antemano desde los cuarteles del catastrofismo, muy distintas a los lemas «oficiales» y al propósito  expresado por la mayoría sumisa, en un pulso contra el Estado.

La cuestión debería tener grados, aunque ya no los tiene. A nivel individual como colectivo, la progresión en las escalas de violencia debería ser gradual. Así se espera, por lo menos. Si se llega hasta cierto punto de rotura, el break limit point debería servir de contención lejana, porque, en estado cabal,  no se desea ir tan lejos- En el individuo en estado «normal», cuando se percibe ese límite se detiene la manifestación de violencia o disgusto: nadie quiere aparecer como homicida ni culpable de lesiones a otros,  … ni siquiera se estaría cómodo siendo detectado como destructor de mobiliario urbano, incendiario de bienes ajenos.

Tampoco debería ser de recibo querer pasar por cómplice de los infractores. Ese límite también existe.

Resulta, sin embargo, que nuestra valoración del pacifismo sufre conmociones en momentos especiales. La desazón por el incumplimiento de las normas propias o ajenas y los comportamientos del otro que rompen la esencia de lo que estimamos correcto, no se limita a exteriorizar nuestro disgusto moviendo la cabeza, quejándonos con la pareja o con los amigos. No podemos ignorar al que se comporta de forma irregular y a desaparecer del lugar o de la proximidad de quien produjo el hecho malicioso. No vale aquello de «caló el sombrero, fuése y no hubo nada», hay que actuar, porque hay que atajar la violencia en su estado primigenio.

Para que no crezca y nos arrolle. Como el escenario donde nos movemos los humanos se ha vuelto bastante global (pero ni un ápice más solidario que antes), expresar violencia con métodos destructivos tiene el premio de la difusión. No debería ser el objetivo principal, pero se ha convertido en un objetivo muy apetecible. Los violentos y sus acompañantes (o al revés), pueden saber casi al instante de los cientos de lugares donde la violencia ha conseguido desatar sus amarras, arrollando a los pacíficos.

Todos podríamos saber que las manifestaciones de extrema calentura ajena se desatan siempre con un motivo concreto, creíble, cumpliendo al signo de que el movimiento de la voluntad exige una razón asumible y cercana, comprensible: ya sea la subida de los billetes de metro, la sospecha de un amaño en el cómputo de votos que hurta una segunda vuelta al otro candidato, la insondable sensación basada en infundadas mentiras de que el resto de España nos roba, el cierre repentino de una fábrica o de la actividad de un sector de los que fueron estratégicos (¿para qué o quién?) que deja sin trabajo a decenas, cientos o miles de trabajadores, el hartazgo de una política empañada en corrupción y arribismos, …

Pero…¿de veras es necesario llegar a la violencia exterior, grupal, para conseguir algo que la razón juzga como aceptable y el resultado final revela como posible?

Si se quisiera protestar de veras, con intensidad argumental que conmueva los cimientos de nuestra sociedad,  haría falta apelar a motivos muy hondos: la desigualdad entre los seres humanos crece, el futuro extremadamente complicado, la escalada climática que no dará tregua ni permite vislumbrar paz para nuestros hijos y nietos, la concentración de fabricación de cacharros tecnológicos en pocas manos y lejanas, la proliferación de autómatas… toda esa amalgama de novedades sin resolver genera un panorama previsible de desempleo y hambruna, la insolidaridad, la escasez hídrica, el hambre, la codicia, … yapuntan, en fin,  a que una confrontación entre bloques de quién sabe ya qué pelaje y que nadie se atreve a pronosticar sus consecuencias.

Pero esas razones, para las que no tendríamos respuesta (ni parecen preocupar a los que nos dirigen sin rumbo), no cuentan como factor de movilización. Estamos ocupados en contemplar cómo se manifiestan a cada paso grupos concretos con intereses minoritarios, particulares, reforzados por violentos mercenarios, que queman bienes públicos y privados y ponen a prueba la preparación (física y sicológica) de las fuerzas del orden.

Nos estamos contentando con la contemplación del disgusto por los que reclaman que se les corrija lo inmediato, haciendo la trampa de que su visión local es la que interesa a todos.

Tendríamos que mirar más alto. Lo que en realidad une a chilenos, argentinos, bolivianos, hongkoneses, uigures, tunecinos, catalanes, andaluces, asturianos, no es más sencillo, pero tiene un denominador común que lo hace asimilable y comprensible, aunque, desde la cortedad de visión se pueda sentir como algo que no nos contagia.

Porque aunque se trate de estallidos sociales que podemos estimar como locales, peculiares, concretos, surgidos ante una situación que un grupo particular percibe como injusta, y que moviliza a sectores afectados -más o menos numerosos-, para manifestarse en un momento y que es oportunamente canalizada por elementos con capacidad de organización para que el malestar alcance una dimensión externa, no son locales. Son manifestaciones generales de lo que nos está pasando. De lo que nos va a pasar.

Ni siquiera es anormal que los que se dicen pacíficos juzguen con  simpatía que esas manifestaciones se lleven a cabo cuanto más violentas y aparatosas, mejor, porque les dará visibilidad a sus argumentos y captará atención mundial a su protesta. Se equivocan al imaginar que, después de todo, apagada la revuelta, todo se resolverá sin más deterioros que unos cuantos policías y manifestantes heridos, tal vez algunos muertos, unos desperfectos físicos cuantificables y que, a la postre, será la vuelta al aquí paz y después gloria.

Preocupada nuestra sociedad por las violencias individuales, descuida juzgar y atajar las colectivas, y confunde las colectivas con manifestaciones de grupos concretos, aislados, suponiendo para su tranquilidad que no se verá afectado el núcleo de la convivencia.

Pero se afecta. Cada vez  más. Las violencias colectivas son de otro percal y precisan de otro tratamiento al de las violencias individuales. No se puede confundir las violencias que, en su estado exacerbado, pueden provocar hasta el asesinato del ser que antes fue objeto de deseo, o convivió como vecino sin tacha, o resultó demasiado resistente ante un robo armado. Esos casos aislados se resuelven con el Código penal, y son, en suma, solo la cúspide de las violencias poco visibles de las alcobas, las disputas circunstanciales de bar, las rencillas soterradas de familia, los tejemanejes de los cuarteles de la droga y el vicio, donde solo entra sin permiso el diablo Cojuelo.

Están proliferando otras violencias grupales que no se corrigen con el código penal, porque no se puede meter a toda una población en la cárcel que, además, esgrime en su defensa que es pacífica y no tiene nada que ver con los violentos, aunque les haya dado visibilidad.

El método de actuación no es sencillo. Se debe separar, ante todo, identificándolos correctamente, a todos los violentos que se han incorporado a la manifestación del descontento pacífico, para no caer en demasías.

Y comoestán creciendo tanto, debemos preocuparnos sin tardanza en detectar por quçe el número de violentos que se manifiestan ha aumentado, en nuestras calles y en las de otros, y que ahora van coordinados, vuelan juntos, y no tienen más objetivos que romper el sistema. Empiezan a ser demasiados para mantenerlos a raya.

Si son la avanzadilla destructora que se coloca en la «cabeza mediática» de la máxima visibilidad de los que tienen el argumento que los llevó a la calle, aún podríamos pensar que todo puede volver a estar en orden algún día. Tranquilizaría imaginar que esos encapuchados, armados de barras de hierro, tirachinas de plomo, adoquines y hasta armas, no son parte del argumento, y que no lo necesitan para destruir. Su disposición a priori vale para cualquier algarada, porque gustarían de la violencia como fin en sí mismo: se añaden al jaleo para conseguir la subida de adrenalina, como si fueran al gimnasio, enfrentándose a la policía y a los que defienden el sistema, en un ejercicio premeditado y emocionante.

Si a esos violentos mercenarios, incluidos los violentos que arman algaradas de colegio, no les une ninguna ideología, si no les interesa el propósito ni la voluntad de expresar lo que les incomoda o hiere a los pacíficos a los que acompañan, podemos estar a salvo. No son peligrosos a largo plazo, son aves de paso.

Dediquemos el esfuerzo a saber qué es lo que desean los pacíficos de la manifestación, qué cosas desean que se cambien, hagamos bueno el diálogo acercando posiciones desde el Estado que puedan convenir a todos.

Borremos del imaginario el objetivo a los violentos sin causa, cuyo objetivo se cumple cuando al día siguiente, en los media, aparecen sus fotos con rostros enmascarados y las muestras de los destrozos que han causado. Tranquilicémonos pensando que esa parte destacable, destructora y letal, no tiene que ver con los propósitos de aquellos que solo quieren que se les haga algún caso, que nos sentemos a negociar, que las autoridades hagan lo posible por solucionarles lo suyo.

¿Y si no fuera así? ¡Ay! No deberíamos, los que alardeamos de ser pacíficos, ver con indiferencia el crecimiento del número de los violentos. Es el termómetro de los riesgos de nuestro estado de bienestar social. Si los que tenían argumentos que se podían resolver desde el diálogo y la discrepancia «civilizada» han decidido que ya no merece la pena discutir, sino solo liarse a porrazos unos contra otros, si aplauden la visibilidad que les dan los violentos, la sociedad habría entrado en disposición para la guerra.

Ahí está el peligro. Cuando se inicia una guerra, porque ya no valen las palabras, solo sirven las armas, al menos, hasta que las dos facciones hayan medido sus fuerzas en la cruenta batalla.


Un bando de espátulas (platalea leucorodia) surca los cielos, hacia sus lugares de invernada en quién sabe qué lugar de la región mediterránea. Distinguible sin  confusión, incluso a distancia en estas formaciones migratorias, por su ancho pico en forma de cuchara, con las patas estiradas y largo cuello. A la luz del día aparece como de blanco plumaje (en su vestido invernal), que se embellece con una mancha naranja en el pecho y un moño conspicuo en la etapa reproductora, cuando llegue la primavera.

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Venezuela en el foco mundial

2 febrero, 2019 By amarias 1 comentario

Mañana, día 3 de febrero de 2019, se cumple el plazo impuesto por algunos países de la Unión Europea, entre ellos España, para que Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, convoque elecciones o reconocerán a Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional y autoproclamado presidente interino con el apoyo de una parte de la población, como máximo mandatario del país.

Se ha generado una situación extremadamente complicada en el país, que parece preludio de una guerra civil. La confianza de Guaidó y quienes lo apoyan desde dentro -al parecer, varios millones- es que el Ejército venezolano se mantenga neutral, aceptando como buena la promesa del presidente interino de que no se realizarán cargos ni se tomarán represalias contra los militares que no apoyen a Maduro. Ese deseo no va a cumplirse, aunque han aparecido algunas fisuras entre los altos jefes de la república bolivariana.

Pero el presidente Maduro sigue agrupando en su entorno a la mayoría de la cúpula militar, formada, sin duda, `por estómagos agradecidos, que han expresado en sus apariciones públicas y en algunas declaraciones privadas, que apoyan al incalificable sátrapa, un endiosado personaje, manifiesto incompetente para dirigir un país, pero experto en latrocinio de los bienes públicos en beneficio propio y de sus secuaces y poseedor de un verbo fluido, incendiario y voluntariamente indocumentado, que se ha evidenciado muy capaz para movilizar a millones de individuos, muchos de ellos sin formación ni información, crédulos con cuanto emana de la dicción con cuño de soflama del déspota sin escrúpulos.

Podía extenderme en calificativos -no precisamente laudatorios- respecto a la personalidad y actuaciones del presidente Maduro y, en la línea de juzgar como antidemocrática su voluntad de perpetuarse en el poder, cuestionar su legitimidad como presidente de un país al que ha estado esquilmando de los resultados de su mayor riqueza natural (el petróleo).

Sin embargo, lo que me pregunto hoy, ahora, en la fecha llena de simbolismo para el pueblo venezolano del dos de febrero, en que están convocadas sendas manifestaciones encaminadas a demostrar al mundo y, sobre todo, a los sufridos naturales de ese hermoso país, que tanto Maduro como Guaidó cuentan con el mayor respaldo popular, es ¿por qué el mundo «civilizado» ha creído llegada la hora de tomar postura respecto a la terriblemente deteriorada situación venezolana, capitaneada por la hiperinflación, la hambruna y el descrédito de su gobierno militar?

Otros analistas con más información que yo podrán responder, seguramente, con mejor tino y mayor acierto a la cuestión. Yo, simplemente, estoy convencido de que Guaidó y los venezolanos que le apoyan desde el exilio (también algún destacado líder de la oposición a Maduro, exiliado, represaliado o encarcelado, del que Antonio Ledezma, Henrique Capriles y López  de Mendoza  aparecen como más significados) han conseguido,- antes de actuar en una maniobra que pretende desestabilizar el régimen del tirano del que muchos Estados supuestamente defensores del mundo civilizado y demócrata, el plácet del gobierno norteamericano de Donald Trump.

El apoyo de la Unión Europea, lamentablemente, resulta, por las declaraciones de algunos mandatarios europeos, una vez más incapaces de ponerse de acuerdo, haber sido buscado tardíamente, a contrapié y construido de forma improvisada, lo que explicaría, que no justifica, su carácter heterogéneo y friable.

El en otras ocasiones desconcertante Donald Trump (cuyo único lema de acción, si existe, ha explicitado con la aporía: America first, entendiendo por América, solo Estados Unidos, por supuesto), ha echado mano de una lógica militar al afirmar, ante el hecho consumado de Guaidó de haber encendido las mechas de la simpatía o rechazo ante su levantamiento cívico, que «no excluye ninguna actuación» al respecto. En lenguaje paladino: «no solo te animo a tener firmeza, amigo Guaidó, sino que estoy dispuesto a apoyarte con lo que haga falta, incluso a riesgo de involucrarme en un conflicto armado».

El descuido  premeditado del consejero de Seguridad Nacional John Bolton -curiosa denominación la de su puesto para quien se ha puesto en primera línea de las declaraciones contra Maduro- dejándose ver con dos líneas de su bloc escolar, en la que todos pudimos traducir  «5.000 tropas a Colombia», alimenta la deducción de que los grandes Estados Unidos de Norteamérica están preparados para una intervención armada en Venezuela: la frase sería un aviso para los navegantes que apoyen a Maduro.

Vaya, pues. Los asesores de Trump saben bien que, además de la fuerza propia, (bien educados sus mandos y muchos de sus efectivos en la fidelidad que dan los garbanzos garantizados), Nicolás Maduro,  cuenta con la intendencia y el saber militar sobre el terreno de miles de curtidos militares cubanos, hoy destacados en el país amigo, que forman un contingente preparado, no para luchar en el exterior, sino para defender con las armas, si fuera preciso, el orden tiránico del sátrapa.

No va la cuestión de ideologías (el régimen putrefacto del Sr. Maduro carece de ellas),  sino de la capacidad de persuasión de la bota puesta sobre el cuello del pueblo inerme sometido, emanada de un grupo armado y entrenado para apoyar un régimen que se ha especializado en aprovechar el poder para apropiarse de los beneficios del petróleo, cambiando dólares por boliviaranitos sin valor. ¿La fórmula? Controlar la información exterior, perseguir toda oposición y utilizar como álibi eficaz la eficaz cortina de humo que proporciona a las vísceras sentimentales la figura del «enemigo yanqui», paradigma del capitalismo más apestoso, según el manual chavista.

Permanezco atento a la pantalla, porque no veo claro el desenlace. Preciso: no veo un desenlace sencillo, salvo que Maduro y parte de su cúpula más significada fleten un avión y se vayan con su viento fresco y los ojos cerrados de la opinión internacional a algunos de los paraísos fiscales en donde han ido amontonando, sin empacho ni vigilancia exterior,  el dinero hurtado a su país.

La posición del Gobierno español, concediendo un plazo de ocho días a Maduro (que acaba el lunes, cuatro de febrero) para que convoque nuevas elecciones o reconocerá la legitimidad de Guaidó, al no contar con pleno apoyo de todos los Estados de la Unión Europea, aparece doblemente delicada: cabe preguntarse cómo se ha pensado actuar si el cuestionado presidente venezolano no se aviene (como bravuconamente ha anunciado) a aceptar la presión y…qué se pretende, en realidad, conseguir si el deplorable dictador convoca elecciones, que, como su anterior proceder ha demostrado varias veces, convertirá en un nuevo pucherazo, a despecho de los observadores internacionales.

Más aún. Incluso en el caso de que Maduro adopte el camino de tomar las de Villadiego, la cuestión que me hago es si se les prometerá impunidad o se les ofrecerá inmunidad frente al Tribunal Penal Internacional, por sus muy evidentes crímenes contra la población civil, a la que ha dejado, con ayuda de sus cómplices y palmeros, en la miseria. Venezuela está hoy necesitada de una recuperación de la estabilidad y el camino del progreso, surgiendo de un pozo tan profundo que solo se puede comparar (aunque, en este caso, con ventaja para Maduro) con los descalabros a la decencia y a la ética protagonizados por otros tiranos de parecido pelaje de adulterado doctrinario marxista-cristiano, próximos geográficamente (habitan en Nicaragua, Bolivia, Cuba, …)


Me gusta esta fotografía, con la que pretendo aliviar algo la tensión que me provoca, y provocará con seguridad a cualquiera interesado en Venezuela y en la paz mundial, el momento venezolano.

La he publicado ya en otra ocasión. Un zorzal común (turdus philomelos), que en Asturias conocemos como malvís, dedicado a devorar el fruto del tejo, uno de sus predilectos proveedores de alimento, allí donde se encuentra. Un ave pequeña más que su pariente el mirlo común, distinguible por sus motas ventrales y, en el amanecer y atardecer (sobre todo) de los días primaverales, identificable por el hermoso canto, lleno de notas vibrantes, de gran melodiosidad.

El fruto del tejo es dulce y sabroso (animado por mis amigos pueblerinos en mis días de vacaciones veraniegas, cuando maduraba, ya a final de verano, tuve ocasión de probarlo, temerariamente. Escupíamos las pepitas, venenosas, como lo son también las hojas del emblemático árbol de los celtas.

 

 

 

Publicado en: Actualidad, Ejército, España, Venezuela Etiquetado como: conflicto, Guaidó, John Bolton, Maduro, manifestaciones, Unión europea, Venezuela

Manifestaciones callejeras

25 marzo, 2018 By amarias Deja un comentario

Calle o parlamento. La opción parece estarse desviando hacia la manifestación personal en ese foro sin reglas (o apenas) que supone la ocupación de las aceras. Es igual que se trate de pedir justicia -cómo no- para la presunta asesina del niño Gabriel, o la libertad del ex President Puigdemont a quien la policía alemana acaba de trincar para conducirlo a la prisión de Neumünster en cumplimiento de una orden cursada vía Interpol por la judicatura española.

La calle es lugar de acogida tanto para quienes deseen protestar ante el gobierno por la ridícula revisión anual de las pensiones de jubilación, como para los preocupados por el futuro (negro) del carbón autóctono.

No tengo tan claro, en cambio, hacia quién van dirigidas todas esas expresiones, generalmente de descontento. En el caso de las peticiones que reclaman el ejercicio de las previsiones del Derecho, me parece interpretar que se trata simplemente de dar salida a una tensión emocional: la señora que, fuera de sí, fue interceptada por la policía cuando pretendía abalanzarse sobre la homicida confesa del niño almeriense, no creo que fuera consciente de que arriesgaba convertirse, ella misma, en delincuente, si se le hubiera permitido ofrecer el espectáculo ante las cámaras televisivas de asesinar (o tal vez solo agredir) a quien tanto odiaba.

Quienes se manifiestan -lo están haciendo en este momento- por las calles de Barcelona para reclamar. incluso con carteles en alemán (Freiheit für Puigdemont), la inmediata libertad del tipo que más daño ha hecho a la democracia en la Historia reciente española, no creo sean conscientes de que están apoyando a un delincuente. Seguro que, si fueran preguntados, contestarían que lo que desean es reflejar la injusticia que se está cometiendo por el Estado opresor español contra el deseo de Cataluña de ser una nación independiente, y republicana. No necesito, para quienes no tengan la venda ante los ojos, expresar que no hay opresión ni falta de libertad o democracia en este sufrido país en el que a los españoles nos toca compartir la inmensa belleza con algunas inmundicias.

Tampoco me parece que los que se desgañitan por mantener el carbón autóctono como fuente energética, a pesar de su nula competitividad, sean conscientes de que mejor estarían defendiendo la energía solar fotovoltaica, la energía nuclear o, simplemente, denunciando el despilfarro energético del que hacemos gala continuamente, en edificios públicos o privados, en desplazamientos innecesarios o en medios de transporte personales no compartidos.

En fin, tampoco estoy convencido de que los jubilados vean revisadas sus pensiones al alza, sin despreciar en absoluto los graves argumentos que esgrimen los más sagaces de los que se lanzaron a las calles blandiendo pancartas que pedían Pensiones Dignas. Es cierto que no pocos pensionistas -¿el 25%?- constituyen el único ingreso familiar del módulo impresentable en el que conviven abuelos, hijos y nietos, mientras el país es incapaz de resolver seriamente el problema del paro, que es el mismo que el que ha generado salarios basura y el crecimiento de la economía sumergida.

Vuelvo al principio. La calle no puede sustituir al Parlamento. Necesitamos políticos serios, instruidos, creíbles, sagaces. Gentes con formación y capacidad de persuasión que resuelvan los problemas con buenas decisiones de gobierno y que, si no los pueden solucionar, digan las razones.

Entretanto, faltos de esa dirección, crecen las expresiones en la calle, los revoltosos, los tipos con el rostro tapado que lanzan cóctels molotov y rompen cristales, incluso de los furgones policiales. Peligro para todos y profunda desilusión para quienes siempre creímos en la fuerza de la evolución.


Este ave es un morito (plegadis falcinellus), fotografiado en las marismas del Guadalquivir. Suele buscar en pequeños grupos, rastreando los marjales, los insectos, batracios y pececillos  que le sirven de alimento, aprovechándose de su largo pico curvado. También le ayuda su plumaje negro -en invierno, sin los visos purpúreos que despliegan en la capa veraniega- para pasar desapercibido de quienes lo pueden detectar bajo el agua somera o entre los carriezales.

 

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: asesina, calle, derecho, Gabriel, manifestaciones, Parlament, Puigdemont

La enseñanza del búlgaro

22 febrero, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Cuando los asuntos de Bulgaria nos parecían muy lejanos y Sofía era el nombre de una princesa desterrada, en las sobremesas que se organizaban en los cafés, no faltaba casi nunca el caballero que ponía su malicia al servicio del chascarrillo en el que un patán se interesaba por un anuncio en el periódico en el que había leído que «Señorita universitaria enseña el búlgaro por las noches».

A finales de febrero de 2013, mientras en España se producía el inane debate sobre el Estado de la Nación (doblemente inútil, pues todos sabemos cómo está el país y también que los que discuten quién lo hizo o hará peor no van a conseguir sacarnos del agujero), el gobierno búlgaro dimitía en bloque.

Dicen las crónicas que el gobierno con sede en Sofía ha dimitido porque no se ve capaz de solucionar los dos grandes problemas del país más pobre de Europa: la crisis económica y la corrupción. Las medidas de austeridad han provocado que el descontento ciudadano explote en las calles, y las fuerzas antidisturbios, se están teniendo que emplear a fondo para reprimir la manifestación popular, con el argumento menos creíble: a trompazos.

Hoy por hoy, no estamos tan lejos.  Sabemos que Sofía es la capital de Bulgaria. Y que se trata de un país de la Unión Europea, con magníficos índices macroeconómicos (PIB, deuda exterior y todo eso), pero una renta per cápita inferior a la media de la corporación mercantil a la que pertenece y pensiones que no llegan a los 100 euros/mes.

No hay distancia porque los problemas que deben ser resueltos aquí son, en realidad, los mismos. Y los métodos para aplazar su solución se parecen mucho a los que se emplean en Sofía: palabras, promesas y sacar a los policías a la calle para que den golpes a ciudadanos empobrecidos e indignados.

«No participaré en un Gobierno en el que la policía pega a la gente», expresó Boiko Borisov, primer ministro búlgaro, al anunciar su dimisión. Borisov, que fue karateca, tiene que saber lo que es pegar, sin duda. Pero como deporte, no como forma de persuasión al pueblo que te ha votado y ya no confía en tí.

A este gobierno no parece preocuparle el búlgaro. Deberían aprender del búlgaro y obrar en consecuencia. Con mentiras y golpes no se puede exigir credibilidad ni hacer escuela.

Publicado en: Internacional Etiquetado como: antidisturbios, Borisov, búlgaro, dimisión, enseñanza, europeo, manifestaciones, pobre, Sofía

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